Relatos Familiares y Personajes

Mi Madre
            
           No sé si pueda escribir sobre mi mamá Paulette Cécile, Polly. El recuerdo de su agonía nubla todos los demás. Por más que trato de recordar su risa, lo que veo es su cuerpo ofendido por la enfermedad, macilento en su lecho, al tiempo que escucho sus indetenibles gemidos de intenso dolor; los que siempre entendí como un “¿por qué?” para el cual nunca tuve respuesta.
            Era sabia y a la vez ingenua, razón por la cual la hacíamos víctima de nuestras chanzas y juegos. Una vez le conté que estaba muy preocupado pues había descubierto que mi hermana mayor tenía un romance con “El Enano de Prados del Este”, el famoso Andresito, quien la distinguía con su amistad. Le dije “mamá, lo que más me preocupa es que no respetan. Entré en su baño y la encontré bañando al enano desnudo junto con Javier (mi sobrino de tres años para entonces) en el jacuzzi, ¡no imaginas el tamaño de las bolas que tiene!” - ¡No mijo, no me digas eso! – Sí mamá, te lo juro. – ¡Pero ¿cómo puede ser?! – No sé mamá, el amor, el amor, debe ser, y como él y Javier son del mismo tamaño es más práctico...   - ¡Pero si ese es un adulto y Javier es un niño, válgame Dios! – Así es mamá. Y así la dejé con la preocupación. Entiendo que luego tuvo una seria conversación con mi hermana.
            Recuerdo que cuando muy niño, me cargaba desnuda luego de sacarme de la bañera donde nos bañaba. La imagen de su enorme vientre de embarazada con mi próxima hermana mientras me transportaba en sus brazos, ha permanecido vívida en mi memoria. Así también la de cuando me rescataba de la camioneta volcada cuando ella la conducía en la subida que llevaba a la casa de Las Colinas de Los Chaguaramos, de la que perdió el control por causa de la hija que se arrojó sobre sus brazos desde atrás.
            Jamás fue cariñosa conmigo, salvo cuando yo enfermaba, lo que sucedía muy frecuentemente, no sé si como consecuencia de mi asma, o precisamente por  la misma búsqueda de cariño. Entonces, me acariciaba, y me llamaba “amor grande”, conjunción de palabras que desde entonces, guardan especial significado para mí.
            Me permitía todo. Me alcahueteaba hasta en mis aventuras amorosas. Me daba dinero para gastar con novias. En una oportunidad, llegué con mi primo Manuel Vicente y dos profesoras de música gringas que –aunque mucho mayores que nosotros- habíamos (¿o nos habían?) seducido para un “paseo”. Fuimos a la casa a cambiar de carro pues iríamos por una carretera de terreno abrupto. Mi jeep se encontraba al final del garaje en el que había cinco carros. Mi madre salió al escuchar el ruido. Al salir –mientras preguntaba qué hacíamos- oyó las risas escandalosas de las maestras que dentro del otro carro, consumían sendas botellas de champán. -¡Miren, sinvergüenzas, ¿qué están haciendo ustedes?! ¡Cuidado despiertan a tu papá y se arma el alboroto! ¡¿Quiénes son esas?! –Tía son las profesoras de música del Friedman a quienes les estamos dando la cola para su casa, dijo Manuel.  -¡Sí bandido, ¿tú crees que yo soy pendeja?! –Te lo juro tía.    –Verdad mamá, secundé yo. -¿Y para qué están sacando los carros? –No te preocupes mamá, sólo queremos sacar el jeep. Por fin logramos sacar el último vehículo que bloqueaba la salida del estacionamiento. Pero cuando fui a prender el jeep, la batería estaba descargada. Le dije a Manuel “vamos a empujarlo”. Comenzamos a hacerlo pero teníamos cierta dificultad pues yo debía empujar y maniobrar el volante en una curva en retroceso al mismo tiempo. ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando veo a mi querida madre, que sin pensarlo dos veces, acudió en nuestro auxilio y –con gran esfuerzo- procedió a empujar el pesado carro también! Mientras yo lo abordaba para manejarlo, mi abnegada mamá –junto a mi primo- empujó mi Toyota hasta que encendió. Esa madrugada, gracias a mi solícita madre, pasamos una grata velada.
            Escuchando los juegos por radio, aprendió béisbol. Se hizo caraquista. Esto la llevó a acaloradas discusiones conmigo pues yo era magallanero. Llegó a dominar tanto la teoría de ese juego (la teoría nada más pues sólo fue una vez al estadio, y esto, al cabo de muchos años) que se convirtió en mayor experta que Carlitos González y Delio Amado León. Hablaba del bateo y corrido, del squezze play, del doble play, del triple play, del sacrificio, el balk, el pásbol, el hit podrido… Y yo le decía “¡mamá, si tú no sabes ni lo que es un jonrrón!” Enfurecía: “¡necio!”
            Hacia 1980 decidió investigar sobre el padre que la abandonó a los tres años de edad, Tomás Beauregard Bouquet, de quien decía fue un aventurero francés (especulamos sus nietos si fugado de la Isla del Diablo), que perdió un dedo cazando caimanes y tortugas con dinamita en el Orinoco, y que también cazaba aves para vender sus plumas. Contaba que se casó con mi abuela, a quien conoció en Ciudad Bolívar, después de haber perdido a la primera esposa y a sus hijos, quienes fueron raptados de su casa por una piqueta de chácharos mandados por Eloy Tarazona, el esbirro de Juan Vicente Gómez, quien se había enamorado de ella. Decía que yo había heredado de él mi gusto por la comida china, que en una época en que no existían esos restoranes en Caracas, él disfrutaba comprándosela a los chinos de las tintorerías. Pudo determinar que su última residencia fue en Nueva York, así que –sin hablar una palabra de Inglés- partió sola para allá. Luego de recorrer oficinas de registros y otras dependencias, averiguó que se había vuelto a casar (a pesar de nunca haberse divorciado de mi abuela), había formado nueva familia y había muerto a la edad de ochenta años. De su padre conservaba sólo un recuerdo: ella sentada en sus piernas mientras él le cantaba y la llamaba “mi pequeña Polly”. Sostenía que luego de irse debido a la solicitud muy violenta de mi abuela, quien no era muy equilibrada, él le mandó correspondencia durante años, que le fue escondida por su madre.
            Un día de septiembre de 1994, me la tropecé en el automercado, al saludarla y preguntarle cómo estaba, respondió que bien pero que había tenido dolores en las rodillas, había ido al médico, Martín Rodríguez, y éste le había mandado tratamiento con Clinoril (Sulindac) para el reumatismo, y además, le había comentado que “tenía bajas las defensas”. No le di importancia. Días más tarde viajamos a Margarita donde ella iba a comprar una casa. Durante el viaje se sintió mal. En la isla continuó con el malestar y tuvo fiebre. Pudimos firmar la compra de la casa y pasamos un día en la playa de la Restinga, donde disfrutó a sus nietos y por primera y única vez en mi vida, la vi entrar al mar –al que siempre temió pues no sabía nadar- para bañar a mi hijo Pedro Antonio. Reía.
            Empeoró y fue necesario hacerla abordar un avión para retornar a Caracas. Fue recibida por mis hermanas y llevada a la clínica en donde quedó hospitalizada. Luego de muchos exámenes y descartar dengue hemorrágico, fue diagnosticada con Aplasia Medular. Fue trasladada a la clínica El Ávila donde fue atendida por su vieja y entrañable amiga Aixa Müller, hematóloga. En la lucha contra la muerte, investigamos la historia del tratamiento con el “médico” Martín Rodríguez. Pudimos determinar que su hematología era normal antes de comenzar el régimen con Clinoril (Sulindac, medicamento conocido por causar innumerables casos de Aplasia). A los veinte días, su hematología ya no era normal: tanto Glóbulos Blancos como Plaquetas habían caído a la mitad. ¡Pero el “médico” decidió continuar con la administración de la droga contraviniendo todo principio de Medicina! Esto –con los documentos en mis manos- se lo mencioné al galeno en una junta con varios de sus colegas de la clínica Metropolitana, donde tenía su consultorio. Bajó la cabeza cuando le dije delante de todos “como puedes ver, tú mataste a mi mamá”, aunque ella todavía no había muerto. Nunca busqué resarcimiento ni satisfacción de ningún tipo, a pesar de las ofertas de ayuda de amigos en este sentido. Sobre su agonía sólo diré que duró tres meses en los cuales su cuerpo fue consumido por toda clase de infecciones bacterianas y virales, y hemorragias cutáneas. Murió el 2 de Enero de 1995, luego de un año Nuevo que no logro olvidar. Desde entonces no he vuelto a celebrar la llegada de cada año. Jamás se gana una batalla contra la muerte.
            Cuando la tierra caía sobre su féretro, un antiguo amigo dijo “fue una gran dama”.

Mi Padre


            Mi padre no era un hombre muy tolerante para algunas cosas. Y era muy gordo. Pero detestaba que los desconocidos lo llamaran “gordo”.  Era un apodo sólo reservado para sus amigos y parientes: Lo conocían como “El Gordo Silva”. Pero había que estar autorizado por la amistad o el parentesco para dirigirse a él de esa manera.
            Tenor dramático excepcionalmente dotado, era célebre en la escena musical de la vida nocturna caraqueña, en cuyos locales los artistas profesionales le cedían el escenario, para disfrute de una fiel audiencia de seguidores, a la que conmovía con su arte. Sin duda, un talento único para el canto, admirado por grandes como Antonio Estéves y Alfredo Sadel, su gran amigo de la infancia, con quien compartía momentos musicales únicos. Su amigo Sevillano no se atrevía a cantar cuando él lo hacía. Alfredo le cantó en su quincuagésimo sexto cumpleaños, en 1987. Era un sibarita, amante de la buena mesa y los vinos, aunque tenía que abstenerse un poco de estos últimos, pues sufría de gota. Su plato favorito (si se puede decir tal cosa pues en realidad le gustaban todos) era el Stroganoff de Lomito: le gustaba con una buena cantidad de la mejor mostaza, muchos hongos, echalote a discreción y abundante pimienta recién molida. Además, era devoto de las alcaparras y el curry. Bastaba que un plato contara con la presencia de uno (prefería los dos) de estos ingredientes para que tuviera su aprobación inmediata.
            Aunque nunca pasé de ser un intérprete mediocre a pesar mi excelente oído armónico-melódico, aprendí a tocar cuatro autodidactamente a los seis años de edad con el Método de Delepiani. Así desde niño, mi padre me pidió que le acompañara canciones que él me iba enseñando, desde clásicos venezolanos como Serenata o Voraz, hasta canzoni italianas, pasando por tangos y boleros, algunas de gran dificultad armónica. Conocedor del folklor, junto con el Hueso Sánchez y mi tío Manuel, nos  enseñó a los tres niños cuatristas de la familia, Manuel Vicente, Jesús Enrique y yo, una de las primeras gaitas marabinas del siglo XIX en su forma original: La Cabra Mocha, de la cual escribo los dos primeros versos y anexo la totalidad de la letra al final:
Es esta la Cabra Mocha de Josefita Camacho,
es mocha de las orejas del rabo y de los dos cachos
y Josefita no deja que la cojan los muchachos.

Hay unas que beben ron
como bebe el agua el sapo,
hay otras que con el papo
nos parten la verga en dos.
Si bien de cuestionable letra, una muestra exquisita de los giros melódicos y armónicos tradicionales de este género característico de la zulianidad.
            Pero con sus ciento cincuenta kilos tenía una debilidad: terror o fobia a los insectos y arácnidos. Era frecuente escuchar sus potentes gritos desesperados por toda la casa y a quinientos metros a la redonda: “¡Pooooollyyyyyyy, Leonaaaaardooooooo, vengan yaaaaaa! ¡Corraaaaan!” Para encontrarlo cubriéndose con la sábana ante la amenazante presencia de una arañita. -¡Mira esa arañaaaaa gigantescaaaa! -¿Dónde papá?    –¡En la pared! -¿Cuál pared papá? –Detrás de ti. Entonces yo giraba para ver a un diminuto atrópodo, quizás de dos centímetros, ocupándose de sus propios asuntos en esa pared. Era complicado desobedecer su orden “¡mátala, que es venenosa!” Pero lo hacía. No relataré lo que le sucedía si se trataba de una feroz cucaracha, caso en el cual, exigía ver el cadáver.
            Al llegarle la hora de la ducha diaria, los vecinos solían congregarse frente a la casa. Desde allí podían disfrutar de sus interpretaciones de arias de ópera, zarzuelas, canciones italianas, algunos tangos, canciones venezolanas, canciones de arte y uno que otro bolero. Su potente y única voz ponía en trance hasta al más insensible. Una vez, en el banco entre las dos matas de mango en el parque frente a la casa, un muchacho nuevo en la urbanización preguntó “¿quién es ese marico que está cantando?” y sin pensar respondí “mi papá”.
            En otra oportunidad, cuando me agarraba a golpes con mis oponentes Ricardo Mas Lara y Gonzalo Romero frente a la entrada de la casa, salió Chucho Sevillano: “Leonardito, sube que te llama tu papá”. Detuve la golpiza para atender a la orden y subí a su cuarto donde lo encontré en su eterno ambiente con aire acondicionado. “Este carajito se estaba cayendo a coñazos, gordo” dijo Chucho. -¿Eso es verdad, Leonardo? –Sí papá, contesté aprehensivo. –Bueno, baja y terminas de caerte a coñazos y luego subes que necesito hablar contigo.
            A los once años le pedí una minimoto. Me dijo “¡ah, tu quieres una moto…!” Bueno, yo te voy a dar una moto, pero te la voy a dar por partes. Primero te voy a dar el tubo de escape. Y emitiendo una ruidosa trompetilla que sólo puedo representar con la onomatopeya ‘prrrrrrr’”, hizo un gesto insertando el índice de a mano derecha en un aro formado con el pulgar y el índice de la izquierda, cuyo significado dejo a la interpretación del lector. Finalmente me la compró.
            Gran estudioso de la Medicina, como su hermana Mariela también se inclinaba por métodos poco convencionales. Cuando yo padecía una grave crisis asmática de las tantas que signaron mi infancia, me llevó a los baños turcos de El Bosque, a los cuales era muy aficionado. Allí me recetó un tratamiento radical para mi terrible broncoespamo: baños de vapor intenso a muy alta temperatura, alternados con duchas heladas. Cinco minutos de uno, cinco minutos de las otras. ¡Me alivié! Esto es, por unas pocas horas, porque luego de retornar a la casa, hubo que llevarme de emergencia a la clínica, donde recibí la salvadora adrenalina. Me abstendré de citar las palabras de la reprimenda que le dio de mi malhablado pediatra.
            Tenía muy claras las prioridades. Cuando el Viernes Negro (la macrodevaluación de 1981) yo vivía en Boston y portaba una tarjeta de crédito que –aunque emitida a mi nombre- pagaba él en Caracas. Me llamó muy preocupado: “Leonardo debes ser cuidadoso con el uso de la VISA, mira que no sabemos a dónde va a llegar el dólar. Úsala sólo para lo más indispensable: pagar la universidad, los libros, ropa si necesitas, bares y restoranes”.
            En otra ocasión, junto con mi madre y tres parejas amigas, llegó al excelente restorán del hotel Los Alpes, ubicado en la carretera panamericana; hotel famoso para encuentros amorosos. Al entrar al restorán con las tres damas, el maitre salió al encuentro. Mi papá de inmediato le preguntó “¿podemos entrar con las putas?” Mi madre –aunque no la entusiasmó mucho el chiste- no pudo evitar soltar la carcajada. Las otras tres señoras reaccionaron de igual manera.
            Connotado jurista (reconocido como el primer experto en Derecho de Seguros del país), era famoso por jamás haber hecho un embargo contra una familia o alguna viejita endeudada, así como tampoco haber asistido en un juicio de divorcio. Pero en las décadas de 1960 y 1970, por razones de amistad, defendió gratuitamente a miembros de la guerrilla de la izquierda, entre ellos al arquitecto Fruto Vivas. Así que los teléfonos de su bufete y de la casa estaban intervenidos por la policía política que dirigía su amigo y ex alumno Remberto Uzcátegui, hermano de Redescal. Cuando levantaba el teléfono a primera hora del día saludaba a los escuchas “buenos días cabrones coños de madres del gobierno, saludos al marico de Remberto”. Y al llegar al bar de “El Caney” donde frecuentemente encontraba a Remberto y a su gran amigo Carlos Delgado Chapellín, aquel le reclamaba “¡gordo por favor, no digas esas vainas cuando te están grabando las llamadas que me haces quedar mal con mis muchachos!”
            Por supuesto, era cliente fijo en buena cantidad de restoranes de Caracas, en los que siempre lo recibían con un “¡doctor Silva, pase adelante!” Una vez, fuimos a uno de sus más frecuentados. Cuando llegaba a la puerta, el portero, hombre muy moreno de agradable aspecto, le dijo: “¡epa goldo, pasa adelante!”, al tiempo que con una mano le abría la puerta y con la otra le hacía señal de invitación. Mi padre enrojeció (era hipertenso mórbido), los labios se le contrajeron en una mueca, apretó los dientes, volteó bruscamente hacia el pobre e ingenuo individuo -en realidad inocente pues su escasa formación no le permitía mayor urbanidad-,  y con los ojos exorbitados le increpó: “¡Mira, ¿acaso yo alguna vez te he llamado ‘negro e mierda’, ¡coño e tu madre!?!” Retomó  el camino como si nada hubiera ocurrido y entró en el local.
            Abogado hasta el final, cuando despertaba de la cirugía en la cama de la Terapia Intensiva de la clínica El Ávila le informé que –debido a complicaciones de la diabetes y una gangrena que lo llevó al coma- en mí había caído la responsabilidad de autorizar la amputación de su pierna izquierda, en medio del la sedación, el abatimiento y la confusión que padecía sentenció balbuceando mirándome a los ojos: –No te felicito. -¿Por qué papá, por qué me dices eso? –No te felicito. No exigibilidad de otra conducta (causa eximente de responsabilidad en la Teoría del Derecho Penal). Es decir, no tuve opción ni mérito en tomar tal decisión.  Un mes después, a consecuencia de la terrible enfermedad que además ya le había hecho perder los riñones y causado daño cerebral, murió ahogado en su propio vómito a los sesenta y dos años.
            En su funeral, nutrido por una gran asistencia, el político Luis Piñerúa Ordaz, quien no lo conoció pero asistió por su amistad conmigo, le comentó íntimamente a su hijo Luis Alberto “jamás vi llorar tan sincera y sentidamente a tantos hombres la muerte de otro hombre. Debe haber sido muy querido y haber hecho mucho bien”.

La siguiente es la letra completa de  La Cabra Mocha:

Es esta la Cabra Mocha de Josefita Camacho,
es mocha de las orejas del rabo y de los dos cachos
y Josefita no deja que la cojan los muchachos.

Hay unas que beben ron
como bebe el agua el sapo,
hay otras que con el papo
nos parten la verga en dos.

Animal feroz el sapo
en frente a la lagartija,
¿cómo tendrá la verija
la que no se lava el papo?

Son estas las opiniones que de René Bracho dan,
que las mujeres nos dan con el papo en los cojones
y nos llevan a empujones de Maracaibo al Moján.

No váis a pensar Andrés
que soy puta depravada,
partíme la pepa en tres
¡Ay pero con el culo nada!

Brinca el burro a la pollina,
con asombrosa destreza
le va metiendo la presa
por tan singular pretina.

Es esta la Cabra Mocha de Josefita Camacho,
es mocha de las orejas del rabo y de los dos cachos
y Josefita no deja que la cojan los muchachos.

En la calle Independencia
existe un burdel de fama
donde se tira en el suelo
porque allí no tienen camas.

Hasta aquí mi amor llegó
si vos no te determinas
a juntá tu conqueorinas
con el conqueorino yo.

Son estas las opiniones que de René Bracho dan,
que las mujeres nos dan con el papo en los cojones
y nos llevan a empujones de Maracaibo al Moján.

Brinca el burro a la pollina
y en resonancia de peos
se abren todos los culos
una cuarta y cuatro dedos.
Mi Abuelo Tetente


            Descendiente de corsos, mi abuelo era conocido como “El Catire Silva”. De contextura menuda, magra y atlética, mi recordado abuelo Pedro Vicente, Tetente, hombre muy culto y tolerante aunque en gran medida autodidacta, acostumbraba tomarse unos whiskisitos los Jueves por la noche en el botiquín del vecindario, después de salir del trabajo en el Automóvil Universal y luego en Almacén Americano, donde era vendedor. Fue maestro de escuela. Febril aficionado a los crucigramas, se asistía con un “Larousse Ilustrado” que terminó corrigendo con abundantísimas notas marginales debido a sus imprecisiones y carencias. Hablaba y escribía el italiano fluidamente, el cual aprendió por propia cuenta.
            Por sus travesuras, de muchacho era tenido por un diablo en su natal Carúpano, donde lo llamaban “Er Catire Zirva”. De sus experiencias allá me enseñó   –como antes hiciera con otro mi tía Mariela- un poema determinante en mi vida. Y es que la poesía ha sido fundamental en la historia de la familia. Entiendo que mi bisabuelo Pepebo era partidario de ella y escribió un poema alusivo a la ceguera de su recién nacido hijo Fernando, mi querido y recordado Nanán. Su hermana Luisa del Valle y su hijo Alfredo son glorias de la poesía nacional. Así, mi adorado Tetente me dio a conocer el siguiente poema, que aprendió pues en las paredes de unas ruinas a la orilla de la playa, creo que Playa Grande, en su pueblo:
“El que venga aquí a cagar
observe con disimulo
cómo le acaricia el culo
la suave brisa del mar”
No fue difícil memorizarlo, con la sensibilidad que me distingue, lo hice de inmediato.
            Solía recibir “encomiendas” de nuestros parientes de su natal Carúpano, con chorizos, morcillas, casabe, lairén y dulces abrillantados. Acostumbraba buscarme al regresar en la noche luego de sus reglamentarios palitos semanales en el bar “La Carioca”, para invitarme a cenar con él esos manjares. Hábil con las manos, tenía toda clase de herramientas. Siempre portaba un machete –con el que era particularmente diestro- debajo del asiento del carro. Usaba navaja muy afilada, con la cual acostumbraba cortar las frutas cuando las comía. En una oportunidad, cuando aserraba una tabla de madera con sierra eléctrica, se cortó perpendicularmente el dedo pulgar. Lanzando el grito “¡carajo!”, se agarró con la otra mano presionando la punta del dedo y se dirigió a curarse, cosa que hizo él mismo. Cuando revisó la cura dos días después, encontró que un colgajo de carne sobresalía de la herida. Su decisión “médica” fue cortar el exceso de tejido. Agarró una tijera, y en medio de aullidos, procedió a extirpar.
            En una ocasión llegó de un chequeo médico. “¿Cómo te fue papá?”, preguntaron mis tíos. “¡Muy bien!”, respondió. “¿Qué te dijo el médico?” “Nada nuevo, nada que yo no supiera ya. Que tengo una deficiencia coronaria importante”, y bajando la cabeza se señaló con un dedo la calva en la coronilla, en medio de su rubia cabellera.
            Era un hombre popular. Seducía con su cultura, humor y bonhomía a cuanta persona le conocía. Así, en el pueblo de Higuerote, donde tenía su casa vacacional, recibía las visitas de miembros de la comunidad cuando se enteraban de su llegada. Por cierto, al llegar allá, se quitaba los pantalones y quedaba en sus interiores tipo bóxer  de color crema, muy parecidos a los trajes de baño de la época, aunque más “reveladores”. Mi tía Mariela le reclamaba: “¡papá, ponte un traje de baño por favor, no andes así!”, contestaba “¿por qué hija, quién puede notar la diferencia?” Y “vestido” así, sin ninguna otra prenda más que un par de viejas alpargatas,  deambulaba por todo el pueblo.
            Igualmente querido era en la población de Zaraza, lugar de nacimiento de mi tío Manuel, su yerno. La noticia de su llegada era propagada por el lugar: “¡llegó el Catire Silva!” Ese día llegó en la tarde desde Caracas. Le informaron que había un festejo de boda en la casa de una familia amiga. Decidió asistir. Cuando fue a arreglarse para partir, le observaron “¿cómo vas a ir si no te han invitado?”, ripostó “pero tampoco me dijeron que no fuera”. Murió allí el 27 de Diciembre de 1969, en el baño cuando se aseaba para asistir al festejo; sus últimas palabras, en un grito escuchado por los parientes en toda la casa, fueron “¡ay mi madre!”
            Un día, cuando mi padre tenía 13 años de edad, se encontraba en una calle de la Urbanización El Conde con un pequeño grupo de amigos: Bernardo, Carlos Julio, Guillermo, Elio y Juan. Habían comprado una botella de ron a escondidas de los mayores, y la consumían a pico, sentados sobre la acera. Mi abuelo salió más temprano del bar cercano a casa. Los adolescentes bebían sin percatarse de que se aproximaba un carro por la calle. Bernardo le pasó la botella a mi padre. Él la elevó apuntándola hacia el cielo, y la llevó a la boca inclinando hacia atrás la cabeza. En ese momento, muy silenciosamente se detuvo el carro frente al joven bebedor. Éste, concentrado en la ávida ingestión del licor, no notó su presencia. Era mi abuelo. Sin preámbulo le exclamó al joven: "¡Mi amor, con ese telescopio vas a ver las estrellas!" 
            Metió el embrague, puso la primera, y continuó su camino. Atrás dejó al precoz beodo, su hijo mayor Leonardo, para que terminara la botella. Corría el año 1944.

Mi Tía Mariela



            Cuando contaba seis años de edad, mi adorada tía Mariela -quien era alta funcionaria del Ministerio de Educación y educadora de carrera- me enseñó e hizo memorizar (cosa no muy difícil pues el tema me encantó) el siguiente poema:


"¡Qué me importa

torta!

Que tu amor se pierda

¡mierda!

Creí que me querías

¡porquería!

Creí que me adorabas

¡pendejada!

Ahora que he comprendido

que tu amor es nulo,

contigo y tu familia

yo me limpio el culo".


           Además de memorizarlo, lo anoté en un papel e hice copias. Lo llevé a mi colegio  -uno de los más importantes y el más prestigioso de Caracas, dirigido por el Dr. Rafael Vegas y la Dra. Diana Zuloaga-, y allí lo repartí a otros alumnos. Fue un éxito. Ellos hicieron lo propio: copias que circularon por todo el plantel. Eventualmente, estas cayeron en manos de maestros y coordinadores, quienes condujeron una investigación. Por supuesto, fui inmediatamente delatado por mis cobardes condiscípulos.

            Primero, me llevaron a la coordinación de primaria (cursaba 2do grado), con la Sra. Bello. Allí decidieron elevar el caso a la sub-dirección con la Dra. Zuloaga. Ésta a su vez, apeló a la dirección, así, que finalmente mi expediente llegó al escritorio del director, el respetable y adusto (pero en realidad muy jovial con los niños) Dr. Vegas. Con copias del poema en sus manos, fui interrogado por los tres docentes. Temblando ante el grave y muy enrojecido rostro (padecía Mal de Chagas) del director, resistí aproximadamente 5 segundos y 3 décimas. Rompí a llorar y delaté a mi tía, quien era supervisora del Ministerio de Educación, a cuya zona -por esas casualidades- correspondía la escuela. Decidieron llamar a mis padres, quienes fueron debidamente informados de mi transgresión y citados para una entrevista. Asimismo, llamaron a mi tía al ministerio para determinar si era cierta mi imputación. Ella -según recuerdo- no la negó. Ya encontrado el culpable, sin haber decidido castigo, me dejaron ir a casa.

            En casa, fui nuevamente interrogado por mi papá y mi tía, hermanos entre sí, quienes se miraban fingiendo seriedad. Me solicitaron que recitara el poema. Con gran esfuerzo, pues estaba muy asustado, procedí: "¡Qué me import..." El llanto no me permitió continuar. Mi tía y mi padre se miraron y reventaron de la risa mientras yo lloraba inconsolable.

            Fue mi primer encuentro con la poesía.





Otra de Mi Tía Mariela






           Descendiente de corsos y españoles, mi adorada tía Mariela siempre fue una mujer excepcionalmente hermosa y muy robusta; rubia de ojos azules de singular belleza. Inteligente y sensible, aunque de métodos -a veces- poco convencionales. Educadora de carrera, y en ese sentido digna heredera de su tía Luisa del Valle Silva, es una estudiosa del niño y su psicología. En ese campo, llegó a los más altos niveles de la dirigencia en la Educación infantil del país. Es una lidereza en el área.

            Conmigo –su favorito- fue particularmente amorosa. A los tres años de edad, utilizando el sistema de enseñanza de Luisa del Valle, me enseñó a leer y escribir (ya en otro escrito he referido cómo me inició en el maravilloso mundo de la poesía). Así, fue la principal responsable de que yo accediera precozmente a la escuela, es decir, es la principal responsable del desastre que resulté en la vida. Planificó casi toda mi educación prescolar, primaria y secundaria. Recuerdo verla llorar en el salón de la casa de mi tío Enrique Bravo Adams desconsolada, horrorizada pues yo estaba considerando estudiar en un colegio de curas, cuando a mis cinco años entraría en primer grado de primaria. Felizmente, consiguió que no fuera así.

            Como decía, siempre ha sido una experta en la psicología infantil y el trato con los niños, ¡es su profesión! Por lo tanto, fue lo más natural que cuando llegué a la dentición, colaborara conmigo para superar tan traumática etapa. Así pues, un día descubrió que uno de mis incisivos estaba muy flojo. Sentenció: “Leonardito (con cincuenta y tres años todavía me llama así), ese diente hay que sacarlo, mi amor. No te va a doler, no te preocupes que no te voy a hacer nada”, al tiempo que lo exploraba con la uña del índice, larga y pintada a la moda de la época. Sentí un ligero dolor e hice un movimiento defensivo inconsciente. “¡No te muevas, carajo!”, exclamó la educadora. Quedé inmóvil con la boca abierta. Continuaba jurungando con la uña, trataba de arrancar el diente con ella mientras decía “no te voy a hacer nada”. (¡Claro, yo confiaba en ella y sus habilidades odontológicas y respetaba su autoridad!) No me moví hasta que volví a sentir dolor, “¡coño, que no te muevas carajo!”, volvió a ordenar la experta maestra. Así seguimos por cosa de media hora hasta que llegó a la conclusión de que debía proceder con otro método (cierta ayuda mecánica, mencionó), y salió a buscar algo; imaginé una pinza. Regresó con un alicate que sacó de la caja de herramientas de mi abuelo. Recuerdo que no fue la grasa de carro que lo cubría la que me preocupó, sino su enorme tamaño. Mansamente abrí mi boca a la orden “abre la boca mi amor, que no te voy a hacer nada” (¡ven, como conocedora de la psicología del niño sospechaba que yo estaba aterrado hasta la médula con la herramienta!). Lo introdujo en mi boca e intentó agarrar el diente con las mandíbulas del alicate. Estas resbalaban y yo sentía los infructuosos tientos. En uno de ellos, el alicate resbaló y ofendió mi encía. El dolor fue agudo. Tuve una reacción instintiva: corrí huyendo de la escena.

            Esto sucedía en la quinta “Mariela”, una de las tres casas del complejo intercomunicado de la familia. A alta velocidad, hui hacia la quinta “Brasil”, donde vivía mi anciana tía Amalia. Con sus casi cien kilos de peso, la bella, rubia              y considerada educadora corrió tras de al grito “¡pa dónde vas tú gran carajo!” No volteé. Seguí corriendo, entré a la casa de Amalia y continué hasta el cuarto “de la cama grande”. Allí, acorralado, me arrojé en la cama y cuando volví la mirada, vi a la comprensiva maestra en el umbral de la puerta: despeinada, con una bata de casa, y el ofensivo alicate en la mano derecha, el cual blandía mientras decía “¡de aquí no te me escapas carajito!” (Supongo que esto tenía que ver con las teorías de Jean Piaget, algo para tranquilizarme). Saltó sobre . Me aplastó con su cuerpo. Luché, no podía respirar (y no era el éter el que sofocaba mi aliento). Trataba de abrirme la boca con la punta del alicate. Con su peso de aproximadamente seis veces el mío, no era sensato continuar resistiendo. Cedí, pelé los dientes. La educadora metió la herramienta, y luego de unos minutos de maniobras durante los cuales resistí tanto el dolor infligido por esta como el formidable peso de la poco convencional maestra, logró extraerme el diente. Se bajó de mi cuerpo y –ya parada- lo exhibió entre las mandíbulas del alicate, elevándolo en el aire con una sonrisa en los labios: “¡¿viste mi amor que no dolió nada?!”

            El Ratón Pérez me trajo un “fuerte” esa noche, gracias a mi tía la educadora.



Pipo
Un alma noble. Mi tío Pedro Vicente, Pipo, hermano menor de mi papá fue privilegiado con una extraordinaria inteligencia, físico envidiable de 1,86 m. de estatura, bien parecido, con ojos de color azul cielo. Alumno destacado en la Matemática y las ciencias fácticas, ingresó a estudiar Ingeniería en la Universidad Central de Venezuela a los dieciocho años. Todavía recuerdo su “coco” rapado por el “bautizo” de bienvenida, costumbre de la época para los nuevos alumnos.
            Nació en la cama de ni abuela Trina, en la quinta “Mariela” en Los Chaguaramos. Fue el mimado de la familia. Pero llegó la tragedia. Poco después de entrar en la universidad, enfermó de los nervios; fue diagnosticado como depresivo sicótico. Un amigo siquiatra que lo trató me comentó 30 años después: “la depresión es tristeza, y la tristeza es uno de los sentimientos más nobles del Ser Humano”. Fue la única vez que vi a mi abuelo llorar, estaba con mi padre -nítidamente los recuerdo en las escaleras de mi casa- al enterarse de que el mal era incurable.
            La inteligencia de Pipo se fue deteriorando con los repetidos tratamientos de electroterapia (electroshock) y los medicamentos. Engordó mórbidamente. Su color cambió. Desarrolló ojeras que se destacaban en su piel blanquísima. La expresión de sus hermosos ojos se hizo sombría. Su hablar se degradó y se tornó pesado. Su voz, antes vivaz, pasó a ser pausada. En fin, salvo por su simpatía, bondad y nobleza, dejó de ser él.
            Pipo era un gran tragón. Sin distinción, devoraba toda clase de alimentos desenfrenadamente. En una Navidad –mucho antes de enfermar- mi padre dejó un pernil de cochino horneado sobre la mesa del comedor, mientras iba a bañarse. Salió del baño y se vistió. Cuando llegó a la mesa, encontró que sólo quedaba el hueso del delicioso manjar. Además, la ensalada de gallina había desaparecido. Junto con estos, también desapareció el contenido de tres botellas de champaña. Mi padre prendió en cólera: “¡Pipo, gran carajo, ¿qué has hecho? ¿no ves que es la cena navideña?, ya son las 9, y nos dejaste a todos sin comida!” Parece que mi papá agarró el hueso cual garrote, pero Pipo, a pesar de su peso, logró batirse en veloz retirada para preservar la vida. El dulce de lechosa –por fortuna- se salvó.
            Definitivamente Pipo amaba la comida. Como referiré más adelante, obligaciones laborales nos llevaban a la costa de Río Chico. Luego de terminar nuestro trabajo, en las tardes íbamos a la playa donde permanecíamos hasta el anochecer. Una de esas tardes, se detuvo a comprar limones en el camino. Pregunté “¿para qué los compras Pipo?” y respondió “ya vas a ver”. En la playa, procedió a sacar guacucos enterrados en la arena. No importaba que estábamos cerca de la desembocadura del río Tuy, portador de todas las aguas negras de Caracas y sus alrededores; cuyos efluentes bañaban esas idílicas playas. Acostado en la arena, ayudado con su afilada navaja (cuyo uso era costumbre heredada de mi abuelo), abría la concha de los moluscos y los ingería luego de exprimirles encima unas gotas del zumo de los limones comprados. Intermitentemente, me cedía la navaja para que yo abriera los míos. Debo decir que secundaba a Pipo: a pesar del peligro de hepatitis, cólera, y otras enfermedades causadas por virus, bacterias, e incluso, por nuevas formas de vida generadas en el caldo de cultivo compuesto por agua de mar, de río, detrito humano y sustancias químicas novísimas creadas por el hombre en descargas industriales, eran una exquisitez inigualable. Comimos cientos.
            Cuando yo tenía diecisiete años, en 1975, mi padre me encargó el trabajo de gestionar documentos relacionados con la expropiación de unos terrenos que poseía en Río Chico, en la oficina de Registro Público, lo que implicó numerosos viajes. A tal efecto, contrató los servicios de Pipo para que me llevara en su carro (un Chevrolet Malibú verde con el techo blanco, sincrónico, modelo 1963, que heredó de mi abuelo), me asistiera y acompañara. Salíamos siempre antes del amanecer. A la altura de El Rodeo, en la carretera Caracas-Caucagua, religiosamente nos deteníamos en un restorán famoso por sus sanduches de pernil de cochino en pan “de a locha”. Un día quedaban exactamente cuatro de ellos en la caja de vidrio donde eran exhibidos. Malas noticias: él acostumbraba comer “solamente” ocho de ellos para desayunar y yo dos o tres. La cuenta no daba. Al voltear a verme, su mirada era una mezcla de desilusión con preocupación. Yo francamente me angustié: estaba hambriento y sabía que –en esta materia- Pipo no hacía concesiones. Para él era cuestión de principios. Noté que no le preocupaban tanto las innumerables moscas encerradas en la caja de cristal junto con los deliciosos bocadillos. A mí sí. Comimos los primeros tres; él dos que acompañó con sus primeras tres frescolitas de un total de cinco para ese desayuno. Al tiempo que Pipo decía “¡dame otro sanduchito ahí, por favor!” señalando con el índice, le dije al portugués “¡señor, eso está lleno de moscas!” El lusitano me miró con reproche y desprecio, y con el dorso de su masiva mano, logró aplastar varias moscas contra el vidrio de la caja. Cayeron cuatro encima del último ejemplar de comida. Acto seguido, una a una removió las moscas fallecidas cuyos humores se habían derramado sobre el pan, sin limpiarse las manos, procedió a agarrarlo para satisfacer la petición de Pipo, quien con cara de satisfacción lo recibió entusiasmado. En tres mordiscos, mi tío devoró ese último sanduchito sin comentar nada acerca del gusto aportado por las entrañas de las moscas. Pipo acostumbraba comer en silencio, sólo se escuchaban su respiración y gruñidos de satisfacción. Era hombre de pocas palabras.
            Pipo murió a los treinta y tres años, aterrado de vivir ante la posibilidad de causar  daño a otros (alucinaba que asesinaba y sufría miserablemente por ello pues no distinguía la fantasía de la realidad). El día antes de su muerte, mi primo Manuel Vicente y yo fuimos a visitarlo a la clínica siquiátrica de Los Chorros en la que se encontraba internado con una crisis. No nos permitieron verlo pues acababa de consumar un intento fallido de suicidio, clavándose unas tijeras en el pecho. Pero su decisión era firme e irrevocable. Al día siguiente, atendiendo al deseo de su espíritu, su cuerpo abandonó la vida –que tan injusta le había sido- por medios naturales.
 Mi Tío Alfredo
“Por mí
ninguna cosa permanece sola
pues yo la asocio a otra en mi corazón”
Alfredo Silva Estrada

            Mis padres, mi tío Alfredo y su esposa Sonia se reían de mis impresiones de las visitas a su apartamento en Los Palos Grandes, hacia el año 1961. Desde mi inocencia, decía que él y ella eran personas muy raras, pues en la sala de su casa había bloques de arcilla para construcción como adornos. En realidad servían de soporte a improvisadas mesas y bibliotecas. No recuerdo si allí vivía luego de regresar al país por pocos años o simplemente estaba de paso en unas vacaciones, pues desde el cierre de la Universidad Central de Venezuela, había ido vivir en París y a estudiar en la Sorbona. Por cierto, el plan original era que mi papá fuera a estudiar Derecho allá pero al éste acobardarse, él partió para Europa por barco en su lugar, con la promesa a mi abuelo de estudiar Medicina, pero se inscribió clandestinamente en Arte en Perugia, Italia.
            Sí recuerdo las despedidas y sus arribos al antiguo Aeropuerto de Maiquetía a los que acudía toda la familia. Sus llegadas por temporadas vacacionales a la casa de Amalia donde se hospedaba en el cuarto de la cama grande. También, años antes, cuando se alojaba en la otra casa contigua de la familia, la de mis abuelos, sus padres, donde me intrigaba al cuando lo veía deambulando totalmente desnudo entre el cuarto y el baño en la planta baja. Mi tío Alfredo era extraño.
            Sufría de dolores en la columna, mal que se le desarrolló como estudiante de Filosofía en Francia, tras pasar largas horas sentado en una silla incómoda ante una máquina de escribir. El sonido de su máquina siempre lo acompañó, jamás acudió a la computadora y al procesamiento digital de palabras. Como terapia para esos dolores, se guindaba de una barra portátil que cuando llegaba de vacaciones a la casa de Amalia, instalaba en el marco de una puerta. En una oportunidad, tuvo un terrible accidente: mientras ejercitaba en la barra y levantaba las piernas hacia el techo, ésta se desprendió y él cayó aparatosamente golpeándose gravemente la ya adolorida zona. Sufrió enormemente.
            En otro de sus viajes vacacionales a Venezuela, con mucha solemnidad nos agasajó en la quinta Brasil con una de sus recetas aprendidas en París cuando estudiante: tallarines con atún, huevos duros, queso parmesano, aceite de oliva y pimienta recién molida. Para mí resultó una delicia que jamás olvidaré y que desde ese momento incluí en mi repertorio, aunque debo admitir que nunca fui muy discriminatorio con la comida. De esa época recuerdo su afición por las canciones del argentino Sandro, cantaba continuamente con gran dramatismo, en su voz de barítono con mucho vibrato y  no particularmente afinada “Rosa, Rosa”, “Penas”, “Penumbra”; todavía lo escucho: “peeenaas y peeenaas y peeenaaas hay dentro de mí y ya no se irán porque a mi lado tú no estáaaas…”
            Fue gran amante del canto y devoto admirador de Libertad Lamarque. Bueno, más que admirador le rendía un culto fanático: coleccionaba sus discos, artículos de revistas y prensa relativos a ella, fotos, afiches, y creo que hasta películas tenía. Cantaba con peculiar estilo un amplísimo repertorio de tangos en los que era experto. Además era especialista en la chanson francesa, e interpretaba piezas propias del repertorio de Édith Piaf e Yves Montand, entre otros. La canción popular italiana era otra de sus predilectas. De niño me enseñó “Sassi” en la versión de un disco de su admirada Ornella Vanoni. La solicitud de que nos interpretara a los sobrinos “Cuartito Azul” con su whisky helado en la mano acariciando su mejilla, era obligada en toda reunión familiar y él no se hacía esperar para su actuación. Luego –sin falta y sin mediar petitorio- nos deleitaba con su versión de “Igual Que Un Mago de Oriente...” (el bolero "Alma Libre"). El problema era que después no dejaba cantar a nadie más, se robaba la escena; y jamás lo detuvo el no tener acompañamiento instrumental. Mi papá –que se sentía desplazado a pesar de ser un muy superior cantante-  no era muy admirador de su estilo: “¡qué desafinado es Alfredo, él jura que está cantando!”, exclamaba con cara de disgusto, pero a nosotros nos fascinaba.
            Aunque perennemente estaba controlando su peso bajo la estricta e implacable vigilancia de mi tía Sonia, tenía un apetito voraz. Después de repetir cuatro y cinco veces en las ocasiones especiales platos colmados hasta los bordes con hayaca, ensalada de gallina, pan de jamón, etc., no faltaba un “amore, llevemos ‘un poquito’ más para el desayuno”, dirigiéndose a mi tía Sonia y mirándome sonreído, y aclaraba: “ustedes saben que yo soy pobre y no tengo para comprar desayuno”. Decía: “no digas nada Leonardo, pero tus hayacas son mejores que las de mi mamá y las de Mariela”. Juro que en el último cumpleaños de mi padre el 10 de Octubre de 1993, lo vi comerse seis platos desbordantes de un delicioso lechón horneado, “¿te parece que he comido mucho amore?, bueno, no sé cuándo pueda volver a comer…” ¡Y tenía el tupé de decirle a mi tía “Sonín, no debes comer más, estás pesando 45 kilos y te ves gordísima”! Al día siguiente, cuando llamaba enratonado luego de una noche de excesos, a mi pregunta “¿cómo estás tío?” respondía “¡cómo voy a estar, como una lechuga marchita!”
            El 27 de Diciembre de 1969, como a las 7:30 de la noche, sonó el timbre y  fui a abrir la puerta de nuestra casa de La Floresta. Desde la altura del muro lo vi junto a mi tía Sonia: “Leonardo abre que traigo una terrible noticia: tu abuelo Pedro Vicente acaba de morir en Zaraza”.
            Creo que jamás entendí su poesía que debe ser maravillosa pues es considerado uno de los poetas más importantes de Venezuela y Europa en el siglo XX, con premios tanto aquí como allá: Premio Nacional de Literatura, Premio Municipal de Poesía, Premio Internacional de Poesía de la Bienal de Lieja (conocido como el “Nobel” de poesía), entre otros. Pero definitivamente desde joven me cautivaron sus “Transverbales”, “Los Quintetos del Círculo”, “La Oda a la Chiripa”  y “Cercos”, con unos versos sobre el tejido de la araña, éstos últimos siempre le pedía me los recitara:
Dócil, cedida a su expansión concisa,
la araña se transforma en propia urdimbre.
Tiende el hilo consciente
tras la cárcel exigua
que anuda –libre de ella- su otra forma.
Trocada en su labor ya no la cubre.
Aunque era famoso como uno de los grandes traductores de poesía Francés-Castellano, más frecuentemente lo escuchaba recitar de memoria a grandes poetas italianos, otro idioma que dominó como los anteriores. Sé que estaba orgulloso de mí y me quería aunque de vez en cuando –sobre todo en la llamada telefónica que me hacía a diario antes de ver su telenovela- me decía “es que tú siempre has sido muy bruto e inculto mi amor, eres un bárbaro”, y reíamos.
            Para un cumpleaños me ofreció un aparato para ejercitar pues consideraba que yo estaba fuera de forma, una resortera; yo tendría diez años. Llegó mi cumpleaños, no me dio nada. Pasaron unos días, nada. Transcurrieron dos semanas, nada. Un Sábado, tres semanas después, delante de varias personas en la terraza de mi casa le dije: -Tío, ¿y mi regalo? -¡¿Cuál regalo?!, dijo sorprendido. –El que me ofreciste para mi cumpleaños. -¡¿Yo te ofrecí un regalo?! –Sí tío, ¡¿no te acuerdas?! -¿Qué te ofrecí? –¡Tío, una resortera para hacer ejercicios! -¡Ah sí, ya recuerdo, pero eso fue en un momento de debilidad! Por supuesto, no hubo resortera. Pero en un cumpleaños anterior, me regaló un ejemplar de “Siddhartha”, mi primera lectura de Herman Hesse, el cual leí ávidamente.
            Cuando con mi tía Sonia regresó definitivamente a Venezuela hacia 1966, se hospedó por una larga temporada en mi casa de La Floresta. Allí estableció un régimen para mí: una hora diaria de gimnasia en la que mezclaba elementos de la Sueca con Yoga, para la cual debía usar sólo un traje de baño, y la practicábamos en el patio de la casa bajo los árboles de mango y aguacate, sobre sendas esterillas. Pero podía ser cruel a veces: cuando yo tenía como trece años, me preguntó: -¿Qué estás leyendo Leonardo? –“Viento del Este, Viento del Oeste”, de Pearl Buck (que me lo había regalado mi papá), ¿te gusta tío? Con mucho desprecio contestó “sí, ella es maravillosa, no dejo pasar un día sin leerla”. Todavía me río de esa respuesta y del desagrado que me causó en el momento. Como también de su expresión cuando le preguntaban acerca de algún poeta que no fuera de su agrado: “sí, el perpetra poesía”. Su humor siempre fue agudo y cáustico.
            Al aproximarse la hora de algún recital de danza de mi tía Sonia se transformaba. El siempre aplomado y alegre hombre, se trocaba en un manojo de nervios. Lo dominaba el pánico. Los tres whiskies que bebía para calmarse no obraban ningún efecto. Temblaba sin control, no entendía lo que le decían, cambiaba el color de su piel, sudaba copiosamente. Me agarraba y apretaba la mano preguntando “¿cómo está Sonia? ¿qué crees, saldrá bien? ¿todo está listo?” Y en ese estado observaba toda la presentación, generalmente aferrándose a cada lado con sus manos a uno de nosotros sin calmarse hasta esta terminar el espectáculo.
            Nuestra última conversación personal creo que fue en 2006. Nos sentamos en sendas poltronas reclinables en el salón de su apartamento. No recuerdo lo que hablamos pero sí que reímos mucho. Bebimos whisky moderadamente y compartimos desde el mediodía hasta tarde en la noche, hora en la que –como siempre acostumbró- me botó para poder ver su imperdible telenovela. Después, sus llamadas diarias que por décadas me hizo hacia las 7:30 de la noche por teléfono, se hicieron ininteligibles debido a un trastorno neurológico misterioso que le afectó el habla. Desde la nube de mi enfermedad recuerdo que se desesperaba por hacerse entender y yo por entenderlo. Sé que murió pues estuve en su funeral.

“Antes de Partir”  de Alfredo Silva Estarada

Antes de partir
No te detengas a mirar
Esas sábanas en desorden
Y ese vaso
Donde tantas veces uno ha bebido
Busca más bien
Los horizontes que puedas tejer
como estambres
Los pájaros que comen sobre los
Hombros de los ciegos
Y esa ruta que te lleve
Como una escritura

Cuartito azul

Cuartito azul, dulce morada de mi vida,
fiel testigo de mi tierna juventud,
llegó la hora de la triste despedida,
ya lo ves, todo en el mundo es inquietud.
Ya no soy más aquel muchacho oscuro;
todo un señor desde esta tarde soy.
Sin embargo, cuartito, te lo juro,
nunca estuve tan triste como hoy.
Cuartito azul
de mi primera pasión,
vos guardarás
todo mi corazón.
Si alguna vez
volviera la que amé
vos le dirás
que nunca la olvidé.
Cuartito azul,
hoy te canto mi adiós.
Ya no abriré
tu puerta y tu balcón.
Aquí viví toda mi ardiente fantasia
y al amor con alegria le canté;
aquí fue donde sollozó la amada mía
recitándome los versos de Chénier.
Quizá tendré para enorgullecerme
gloria y honor como nadie alcanzó,
pero nada podrá ya parecerme
tan lindo y tan sincero
como vos.





Mi Tía Amalia


           Mi tía-abuela Amalia es uno de los personajes más agudos y sabios que he conocido, a pesar de no haber cursado ni secundaria. Fiel a su ancestro corso, era mujer muy rubia, y hermosa en su juventud. Fue más abuela que mis abuelas. A mi nacimiento, me convertí en la razón de su vida. Su mundo giraba en torno a mí. Junto a su perra Dolly, una inteligentísima Pastor Alemán, cuidó mi sueño desde el momento en que nací. Nunca supe su edad con  exactitud. Sé que nació en Carúpano antes que mi abuelo Tetente y que su hermana Luisa del Valle, en la década de 1890. Debía tener alrededor de 80 años. Exigía ser llamada “señorita Amalia” pues había conservado la virginidad, según decía.
            Extremadamente coqueta, cuidaba su todavía hermoso cutis con cremas de las que recuerdo la Pond’s y se jactaba de conservar los bellos dientes a su avanzada edad, mismos que siempre conseguía mostrar con su maravillosa y presta sonrisa. Caminaba con suma dificultad, y se desplazaba agarrándose de las paredes. Aún así se ocupaba de mis necesidades cuando pasaba todos los fines de semana en su casa. Se desvelaba con mis ataques de asma empeorados con el polvo de los libros y objetos antiguos que allá había. Aunque no era cocinera y sus limitaciones físicas le imponían severas dificultades, lograba cocinar para mí platos deliciosos cuyo sabor todavía conservo en la boca: pastel de berenjena, sopa Kelber, lomito encebollado, tortilla de arroz, pescado empanizado, escabeche de carite, torta de pan, arroz con leche.
            En la década de 1960, en Venezuela se pusieron de moda los secuestros de niños de familias pudientes, por parte de la guerrilla de la izquierda marxista. En esos días la señorita Amalia manifestaba a otros su angustia por la posibilidad de que me secuestraran. Cuando le argumentaban “¡señorita Amalia, ¿quién va a secuestrar a ese niño si no es hijo de millonario?!”, respondía “mi amor, no será millonario ¡pero mira la cara de millonario que él tiene!”.
            Vivía en la planta baja de la casa familiar. Mi tío Enrique Bravo Adams, viudo de Luisa del Valle, vivía arriba. Cuando limpiaban su piso, a veces caía sucio y agua abajo. En esas ocasiones, Amalia se ponía furiosa, se asomaba y gritaba: “¡Claro, las gallinas de arriba siempre cagan a las de abajo!”
            Adoraba a mi primo Manuel Vicente quien vivía en el mismo complejo de las tres casas de la familia, esto es, hasta que yo llegaba el Viernes en la tarde. Entonces le decía, ¡”mire, muchacho de mierda, váyase para su casa!” Invariablemente, Manuel que siempre fue muy mal hablado, y muy a pesar de que la amaba, contestaba con un “¡el coño de tu madre!”
            Jamás usaba pantaletas (sostén sí pues era cuidadosísima de conservar sus atributos físicos) sino cuando tenía que visitar a su médico, mi tío Ángel Esteban; visita que prefería evitar, para lo que argumentaba “es que me siento mal”. Una vez, salió del baño recién duchada, con una mano sobre el pecho, en un gesto que sugería estaba agarrando algo con el puño, para ser sorprendida por el frutero asomado por la ventana desde el jardín. -¡Señorita Amalia, póngase algo que está desnuda! -¡Ay mi amor, no seas tan escandaloso! ¿No ves que me tapo con la toalla? -¡No señorita Amalia, la toalla cayó en el piso!
            La señorita Amalia era rubia natural, declaró después el frutero.
  
Luisa
A mi tía abuela Luisa del Valle siempre la llamé Luisa. Aunque murió cuando yo apenas tenía tres años de edad, tengo recuerdos de ella, algunos vagos, algunos muy vívidos. Su risa, su dulzura, su rostro, su rubio cabello, sus ojos azulísimos y su alegría son imborrables en mi memoria, y creo recordar también su voz. Ella nació en 1896, en Barcelona, pero la familia era de Carúpano y Río Caribe.
Luisa es muy conocida como poetisa, educadora, luchadora social, férrea opositora de las tiranías, de Gómez primero, y de Pérez Jiménez, después, y pionera del movimiento artístico y el de los derechos de la mujer. Fue cofundadora y pronunció el discurso de orden en el acto inaugural del Ateneo de Caracas en 1939. También en el de la fundación de la Federación Venezolana de Mujeres en 1944 en el Teatro Nacional. En esta organización batalló por el derecho al voto femenino, el cual se alcanzó en la Asamblea Constituyente de 1947.
Cuando jugaba deslizándome por el pasamanos de las escaleras de acceso a la quinta Brasil, donde vivía con su esposo, padres y hermanos, en Los Chaguaramos, ella cuidaba que no cayera. Esa casa fue sede de reuniones conspirativas de la resistencia cuando la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, contra la cual luchó, en las que participaban hombres como Rómulo Betancourt, Leonardo Ruiz Pineda y Fabricio Ojeda. Esto no obstó para que luego en la Democracia, la misma fuera allanada en repetidas ocasiones por la policía política, bajo sospecha de estar relacionada con el guerrillero Douglas Bravo, pues además de ser comunista, su esposo Enrique tenía el mismo apellido. De niño escuché un cuento famoso: Luisa era una mujer subyugante por su inteligencia, cultura y belleza. En una ocasión Rómulo se propasó en un piropo hacia ella, y Enrique lo desmayó con un golpe en la mandíbula que puso al primer presidente de la era Democrática del postperezjimenismo sin conocimiento durante varios minutos. También recuerdo comentarios sobre la torpeza del mismo personaje al pasar mensajes en la clandestinidad escritos en pequeños papeles que la comprometían y podían ser interceptados por la terrible Seguridad Nacional, lo que causó el reclamo de ella.
Los paseos a los que me llevaba varias veces a la semana en su camioneta conducida por Custodio, hacia los alrededores de Caracas, siempre están presentes en mis remembranzas. Su expresión “¡qué maravilla Leonardo!” cuando llegábamos a La Mariposa me llevó a creer que así se llamaba el embalse. Sus conversaciones, de las que no recuerdo mucho los detalles, mantienen viva su voz en mi mente. Se sentaba conmigo a hablar en la sala con poltronas de cojines verdes de su casa, a veces acompañada de Enrique y su hermana Amalia. Era frecuente el juego entre ella, él y yo, en el que mi tío decía “Luisa es mía”, y yo contestaba “¡no, es mía!” a lo que ella riendo gozosa ripostaba en conciliación “soy de los dos”, y nos acariciaba a cada uno con sus manos. Y recuerdo los platos que preparaba, siempre vegetarianos; y la pimpina de barro –como una pequeña ánfora roja sin asas- en la que mantenía el agua fresca de beber que a mí me fascinaba: "¡dame agua de pimpina Luisa!", yo la prefería a la de la nevera.
Ella fue determinante en la formación intelectual de mi padre, el hijo que nunca tuvo. Sus ideas marxistas infundidas en él con lecturas y libros (que por cierto, yo también leí) desde muy temprano, lo llevaron a ingresar al Partido Comunista de Venezuela a los trece años de edad. Allí él sirvió distribuyendo “Tribuna Popular”, el periódico de la organización, bajo las órdenes de Luis Miquilena, en 1944. Allí también, sin conocerse, militaba mi madre. Luisa lo guió en el estudio de la Literatura, la Historia y la Filosofía, campos de los que mi padre alcanzó considerable dominio.
Luisa amaba las aves. Diariamente me pedía acompañarla a darles de comer a cientos de pájaros de distintas especies que vivían en una terraza en la que tenía jaulas gigantescas. Pero no eran cautivos, se negaba a quitarles la libertad, “sería un crimen”, decía. Estos pájaros residían en ellas por propia voluntad pues las puertas de las mismas siempre permanecían abiertas. Volaban y se alejaban para luego regresar a comer y dormir. Y allí tenían a sus pichones. Les brindaba alpiste y otras semillas y les cambiaba el agua de los recipientes. También “tenía” cientos –si no miles- de palomas. Digo “tenía” entre comillas pues también eran libres. Vivían en los quicios de las ventanas, en los techos y en los árboles de las casas y jardines del complejo de la familia. Cuando salía al patio, las palomas la rodeaban emitiendo sus gorjeos. Les arrojaba alimento –semillas de girasol y maíz- mientras les hablaba, y –con mucho alboroto- comían del piso.
Adoraba las flores. En la azotea tenía un jardín colmado de ellas, en materas construidas en metal por mi tío Enrique y macetas. Recuerdo las rosas, las coquetas y     –sobre todo- los amarillos girasoles. Las regaba con regaderas metálicas. Las olía. Las acariciaba tomándolas con las manos. Coleccionaba mariposas de porcelana, no necesariamente finas, pero todas delicadas. Llenaban vitrinas, estantes, mesas; por doquier estaban sus maripositas. Y me cautivaba su venadito acurrucado, de vidrio barato esmerilado. Aunque sufrió un accidente, todavía lo conservo.
            Había una anécdota de su niñez que solía contarme Amalia ante mi insistente solicitud: La familia que vivía en Carúpano antes de migrar por barco a Caracas, tenía una casa vacacional en Macarapana, donde pasaba largas temporadas anualmente. Un día, Luisa jugaba sola en el extenso y agreste patio trasero. Se agachó y recogió del suelo lo que aparentaba ser una colorida cuerda y exclamó “¡papá, mamá, miren qué bello mi collar!”, colocándosela alrededor del cuello y uniendo los cabos –por donde la sujetaba- atrás de la nuca. Los padres la observaron durante unos segundos y exclamaron aterrorizados “¡Luisa, no, suéltala, es una coral!” Luisa insistía: -¡No, es mi bello collar! -¡No, es una culebra venenosa, suéltala ya! Finalmente, luego de mucho insistirle, la niña soltó al mortal reptil sin sufrir daño.
            Por alguna razón, apenas logro recordar sombras de la conmoción que causó en mis padres y la familia su súbita muerte a consecuencia de un accidente cerebro-vascular, al que sobrevivió cerca de un día en su cama, consciente pero sin poder hablar, expresaba angustia con la mirada, atendida por los médicos alternativos amigos de su esposo. Sí recuerdo preguntarle a Amalia repetidas veces “¿dónde está Luisa?” en los días  –e incluso años- subsiguientes, a lo que reiteradamente respondía “en el Cielo mi amor, con Pepebo, Mamá Vieja y Leopoldo” (mis bisabuelos y el hermano muerto de lepra en Carúpano a los doce años).
            Siempre le creí. Todavía le creo. Los pájaros se fueron y jamás volvieron, las flores se secaron, las palomas quedaron huérfanas.



 Mi Tío Enrique

Arquitecto destacado y actor, hijo y hermano de actores de teatro itinerantes, nacido circunstancialmente en Cuba pero de nacionalidad latinoamericana, fue el esposo de mi tía Luisa del Valle Silva y su más grande admirador. El recuerdo más importante que guardo de él es que –aunque murió cuando yo tenía doce años de edad- jamás me trató como niño. La frase originalmente atribuida a Shakespeare “en este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira” me la enseñó antes de mis cinco años y me explicó su significado.
            De él escuché por primera vez el nombre Albert Einstein, cuando todavía estaba en edad pre-escolar. Me explicaba las Teorías General y Especial de la Relatividad (si es que tal cosa es posible). Me describía los experimentos mentales creados por el gran genio, como el famoso de los gemelos; cómo la gravedad curva el Espacio y la Luz; cómo el Tiempo no es sino otra dimensión más del Universo (Espacio-Tiempo); y cómo –entonces- podemos especular sobre la posibilidad viajar al futuro y al pasado. Aunque   –pienso- jamás he llegado a entender estos temas, despertó en mí el interés que me ha llevado a leer sobre Física del Siglo XX a lo largo de cuarenta años.
            Con la misma facilidad, me hablaba de Camilo Flammarión el gran astrónomo y espiritista francés, de Psicología, de Parapsicología, Homeopatía ¡y Espiritismo! O de la reencarnación, los espíritus encarnados, los planos físicos, espirituales, astrales… Como tratamiento para mis recurrentes ataques de asma bronquial, me sometía a sesiones de hipnosis: con voz monótona, firme y calma todavía escucho “ahora sientes tus párpados muy pesados, sientes que te estás quedando dormido, ya no puedes abrir los ojos… Cuando cuente diez y escuches el chasquido de mis dedos, despertarás y no recordarás nada de lo que ha sucedido”. Creo, hasta dónde entiendo, que nunca caí en estado hipnótico por que sí recuerdo esos pases (menos mal, pues mi psiquiatra -espantado- hace pocos años me dijo que es un estado psicótico inducido, cuando le conté que mi padre también me sometía a ella antes de cumplir un año), pero igual fingía mi trance, por respeto a él.
            Como homeópata e hipnotizador, gozaba  de fama continental, por esto su casa, la quinta “Brasil” (de Bravo y Silva) en la calle Alma Máter de Los Chaguaramos, en la que también vivía mi tía Amalia, se colmaba de pacientes provenientes de toda Latinoamérica y aun Europa, tres veces a la semana. Las colas interminables de enfermos , a quienes atendía desde el mediodía hasta altas horas de la noche, no se debían al hecho de que jamás cobró por sus servicios; tampoco al de que a algunos llegaba a ayudar hasta económicamente; sino a que se le atribuían curaciones extraordinarias, cosa que no puedo confirmar. Lo que sí puedo asegurar es que su legión de seguidores le profesaban devoción.
            Tenía doctorado ad honorem en Medicina Homeopática de la Universidad de Bogotá; su diploma no estaba exhibido sino que lo mantenía colgado dentro de su gabinete de medicinas homeopáticas. Recuerdo –a media noche- escuchar los golpes de su herramienta de madera, como un martillo, para agitar las preparaciones homeopáticas y “dinamizar” las moléculas que impregnaban sus “globulitos”, de los cuales me administraba de Árnica Montana para los golpes y hematomas, y de Sulphur para el asma. Su gabinete estaba repleto de pequeños frascos contentivos de cientos de distintas formulaciones que iban desde la Chamomilla hasta el veneno de culebra y el Arsenicum Iodatum, con las mínimas, esféricas y muy dulces pastillitas, a las cuales –confieso- yo era muy aficionado, y sospecho que mis primos también.
            Estudioso del Espiritismo, dirigía -más en calidad de observador pues no era médium- sesiones espiritistas que tenían lugar tres veces por semana en la  mesa del comedor, a las cuales –aún infante- me invitaba. Había hecho un pacto con su adorada esposa quien también se interesaba por esta materia: Quien muriera primero, buscaría al otro desde el plano espiritual, y el sobreviviente a éste desde el plano físico (terrenal). Se sentaba en la cabecera a operar un grabador para posteriormente escribir con minuciosidad y ser  analizado, todo lo acontecido en las reuniones, generalmente nocturnas: Las “manifestaciones” de espíritus a través de media con voces extrañas y contorsiones paroxísticas, y todas las preguntas de los presentes –que también hacían anotaciones de los mensajes de los espíritus con unos garabatos que él luego descifraba- a esos “hermanos manifestados”. ¡Hasta extraterrestres se presentaron en una sesión diurna! (Bueno, eso era lo que aseguraba la médium antes de convulsionar). Fui invitado de honor a una que comenzó a la media noche en la privacidad de su estudio del ático en el tercer piso. En esa fingí ser  médium  y ¡nadie! se atrevió a cuestionar mis visiones inventadas improvisadamente. Con mi corta edad percibía que su actitud era la de experimentador científico crítico, no de fanático creyente.
            Aunque es cierto que asistía a sus sesiones espiritistas, a las que se sumó mi primo Jesús Enrique (hijo del Hueso), esto lo hacía a escondidas de mi padre. Eventualmente tanto éste como el Hueso descubrieron nuestra afición por “El Más Allá”. Se armó el alboroto. Los gritos de ambos se escuchaban en la Universidad, a dos kilómetros de distancia. Con sus rostros enrojecidos se escuchaba “¡Enrique les vas a dañar las mentes a estos niños! ¡Qué irresponsabilidad! ¡Qué locura!” La verdad –creo que hablo también por mi primo- esos señores espiritistas –a pesar de nuestra corta edad- nos parecían una cuerda de dementes.
            Era rígido en su alimentación. Desayunaba cereales de los cuales yo era fijo cliente de sus “Zucaritas”. Almorzaba frugalmente lo cocinado por Amalia. A veces cenaba su favorito “Arroz a la Cubana”, siempre con su mano derecha apoyada sobre el muslo. Masticaba lenta e intencionadamente. Su predilecta era la Sopa Kelber, receta de su colega homeópata del mismo nombre, consistente en un picadillo de vegetales diversos con hinojo y muchos hongos secos, sin sal, a la que añadía aceite de oliva. En Navidad, las hayacas las consumía sin calentar, frías, directamente de la nevera. Esto nunca lo entendí, quizás por mi culto por este manjar, adquirido antes de lo que me sirve la memoria. A media tarde comía un trozo de chocolate semi-amargo para taza “Savoy”, del cual compartía otro conmigo sin reserva de que luego me robara uno o dos o quién sabe cuántos más de su despensa. Me enseñó el gusto por el queso Gouda con conserva de guayaba. ¡Y nunca pude contener el impulso de comerme de su nevera el “Merengón de Caramelo” que semanalmente le regalaba una paciente! A los sobrinos nos enseñó el gusto por las frutas que tanto amaba: las tunas, una dolcísima patilla de pulpa amarilla que jamás olvidaré (mis hijos no me creen que existe). Dejaba una fuente de caramelos sobre la mesa para que nos deleitáramos, que él también disfrutaba: de miel (auténtica), maní (mis favoritos rellenos con su mantequilla de tenor salado), menta verde y anís. En la noche Amalia le mandaba por el “donguáiter” (don’t waiter, ascensor interno para pequeños objetos) un plato de suspiro (merengue) con limón, recién hecho.
            Una tarde me oyó llamando a Amalia a gritos. Bajó de su casa. “¡Mire joven, ¿qué está haciendo usted?! ¡Venga que le voy a enseñar una lección!” Se sentó en una silla al lado de la mecedora de Nanán (Fernando, mi tío abuelo ciego) y me ordenó acostarme boca abajo sobre sus piernas. Procedió -con gran gravedad y algo sobreactuado- a darme diez nalgadas que fue contando una por una hasta concluir el castigo. Lloré aunque las débiles nalgadas eran más un gesto simbólico que una verdadera pena. Jamás volví a levantarle la voz a mi tía.
            Frecuentemente me pedía que lo acompañara en paseos para visitar a parientes, o a sus misteriosos colegas el Dr. Kelber o el Dr. Coraspe, o a la compra de libros en recónditas librerías especializadas en ocultismo y espiritismo. Recuerdo una en un barrio de estrechas calles aledaño a El Silencio. Allí escogía parte de los libros que poblaban su voluminosa biblioteca. Me animaba a seleccionar unos para mí. Me regaló los que me introdujeron a lo que más tarde sería unas de mis pasiones: el Karate de Okinawa, el que practiqué en sus formas más tradicionales hasta enfermar hace pocos años, no sin antes haber ganado algunas competencias de contacto pleno en Los Venados del Ávila, ya muy entrado en mis cuarentas.
            En su compañía y la de Amalia, sentado en la sala de su casa donde tantas veces me senté también con mi tía Luisa, vi la llegada del Hombre a la Luna en su televisor en blanco y negro (no es que hiciera falta colores y menos con el alto contraste del paisaje lunar y ausencia de grises). Y vi los saltos de Neil Armstrong, sus palabras casi ininteligibles traducidas por Oscar Yánez: “un pequeño salto para el Hombre, un gran paso para la Humanidad”. 
            En mis madrugadas de develo por el asma pasadas abajo con Amalia en “el cuarto de la cama grande”, escuchaba los pesados pasos de Enrique por todo el apartamento. Generalmente, al siguiente día me relataba cómo se había “desdoblado” y partido a hacer un “viaje astral” que frecuentemente –según describía- lo llevaba a los más apartados rincones del Universo, hasta los mismos Quásares. Pero sospechábamos que en gran medida su deambular nocturno se debía a los dolores que lo aquejaban por su hernia inguinal nunca tratada; no sabíamos que durante años había padecido un cáncer de próstata que -fiel a sus creencias- se resistió a tratar por los métodos de la Medicina Alopática, incluyendo la cirugía.
            Fue diseñador y constructor del edificio de la Aduana de La Guaira y de la actual sede de la Escuela Naval de la Marina de Guerra en Mamo. Cuando el terrible terremoto de 1967, recibió sendas notas de reconocimiento del Estado en consideración a que sus edificaciones no sufrieron daños debido a su impecable ejecución. Asimismo, diseñó y edificó las casas de la familia, en las que introdujo sus características ventanas de postigos de madera, así como ciertos elementos innovadores de diseño que caracterizaban su arquitectura. Los muebles de su casa, todos, incluyendo los de la cocina, los diseñó e hizo con sus manos. También se inclinó por la escultura y esculpió en madera una figura exquisita del cuerpo de Luisa del Valle.
            Sus convicciones lo llevaron a ser devorado por la enfermedad maligna. Unas tres semanas antes de morir, cayó en cama y fue hospitalizado. Ángel Custodio Ramírez, su chofer, fiel amigo y autoproclamado alumno estuvo a su lado hasta el final. Dejó bienes suficientes para pagar sus deudas corrientes y su entierro. El resto, o lo había regalado a unos parientes consanguíneos, o lo había donado a sus pacientes más necesitados. Parecía haber hecho el cálculo preciso del costo de su viaje terrenal antes de partir a reunirse en el plano espiritual con su amada Luisa del Valle, a quién incansablemente buscó en aquellas miles de sesiones de espiritismo.




Mi Tío José Leandro

            Cuando un personaje tiene dimensiones formidables por su carácter y condiciones especiales, en Inglés dicen larger tan life (más grande que en vivo o en persona). Tal es el caso de mi tío-abuelo José Leandro. De inteligencia sagaz, culto, noble, ocurrente y devoto creyente del catolicismo, fue –quizás- el mejor amigo de mi abuelo Pedro Vicente, su cuñado; y padrino de mi tía Mariela.
            Con mi abuelo se reunía una o dos veces por semana para tomarse unos palitos, y cuando los ingería, su simpatía alcanzaba niveles insospechados. También hacían viajes al interior, con frecuencia a Higuerote. Tengo muchos recuerdos de mi tío. Ya anciano, trabajó conmigo en la compañía de mi padre. Allí llevaba algunos aspectos de contabilidad, entre ellos, el control de inventario de los activos fijos muebles. Al poco tiempo de haber llegado a la empresa, mi seductor y viudo tío ya se había ganado el favor de las damas –incluso- de las más jóvenes, quienes competían para visitarlo en su escritorio a lo largo del día. Disfrutaban sus piropos y sus cuentos. Era muy paternal con ellas: En varias ocasiones lo encontré con alguna joven sentada en sus muslos, mientras le explicaba dudas de trabajo que le consultaban, a la vez que la confortaba acariciando su espalda y cabellera. Así era su espíritu cristiano.
            Fue orador muy solvente. Gustaba combinar la inclinación por la oratoria con su afición por los funerales, jamás se perdía uno. En el de un conocido, interrumpió sus emotivas palabras alusivas al difunto para preguntar a los presentes “¿cómo es que se llamaba el muerto?” De mi temprana adolescencia, recuerdo vívidamente el viaje a Cumaná para un festejo relacionado con la graduación de médico y compromiso matrimonial de mi querido primo Gustavo, su hijo, quien hacía la pasantía obligatoria en esa ciudad. En un recinto muy amplio se hizo una reunión con la familia nuestra y la de quien sería su esposa, María Teresa. Un grupo nutrido de gente de la mayor calidad humana, con muchas señoras de todas las edades debidamente emperifolladas. Mi tío tenía prohibición de beber por parte de sus hijas, quienes temían –principalmente- la proclividad de él a contar chistes subidos de tono y cometer ciertas indiscreciones cuando ingería unos whiskisitos. Pero José Leandro no acató el deseo y decidió tomar, aunque muy moderadamente.
            La reunión proseguía y a lo largo de un exquisito almuerzo, él escuchaba las conversaciones de las mujeres en puestos adyacentes, quienes entre muchos temas, trataban el obligado en las mayores: sus conquistas de la juventud. José Leandro escuchaba callado pacientemente. También tenía órdenes de no cometer imprudencias en la conversación. Así que se abstenía de intervenir, mientras oía a las distintas señoras contar “yo tuve tal o cual pretendiente, o fulanito fue novio mío, o menganito estaba enamorado de mí, o sutanito me llevaba serenatas…” Mi tío resistía estoicamente la tentación de contar un relato propio.
            Así transcurrió la tarde. Hacia el final de la reunión, distintos invitados pidieron la palabra para manifestar su complacencia con el festejo y la bienaventuranza para Gustavo y María Teresa, quienes con la graduación de este, emprenderían también una vida juntos. Finalmente se dio por terminada la ronda de discursos. En ese instante, mi tío José Leandro, el experto orador, voceó “¡un momento!” y se levantó de la silla. “Yo también quiero decir unas palabras”. La concurrencia guardó silencio y le prestó atención:
“Buenas tardes, señoras y señores. Hoy nos hemos reunido en esta ocasión especial para nuestras familias y deseo agradecer la presencia de todos. Soy un hombre mayor. No precisamente agraciado. Pero quiero que sepan mis queridas y respetadas señoras (y paseó su mirada por toda la audiencia, en especial por las damas cuyas conversaciones románticas había soportado silente toda la tarde), que este viejo que está aquí, así como ustedes lo ven, feo y echado a perder.., (hizo una pausa dramática) ...es mucha la cuca que se ha pasado por esta bragueta (al tiempo que de abajo hacia arriba pasaba la palma de su mano derecha por la zona del pantalón mencionada). Buenas tardes”.
            Mi tío salió cargado de esa reunión, pero no fue en hombros.



  
Mi Tío Manuel


           Mi querido tío Manuel –tío político pero es como si fuera consanguíneo-, hombre de profunda cultura y estudioso de la Historia, pero no particularmente religioso, es uno de los tipos más ocurrentes y de más agudo humor que he conocido. Aficionado al béisbol, a los seis años de edad me llevó a mi primer juego en el estadio Universitario: un Caracas-Magallanes. Es magallanero y debido a eso –a pesar de que mi padre siempre fue caraquista- yo también lo soy. Mi hijo menor lleva su nombre. Es aficionado taurino de mucho cuidado, con algunas actuaciones de “espontáneo”, y temible jugador de Dominó y “As y Ley”. Es partidario del canto, pero sin muchas condiciones para él, aunque se conoce que más de una vez ha subido a un escenario y –aun- a una mesa a ofrecer su arte. Es amante de la Música con gusto de muy amplio espectro.

Mi tío jamás conoció eso que llaman “Miedo Escénico”. Es más –por todo el cañón-, es un impúdico escénico. Se presentó en la audición para entrar en la Coral del Colegio de Abogados. El examen de aptitud se lo haría nada menos que su amigo y compadre de mi padre, el gran maestro Rafael “Fucho” Suárez. Con público presente, se paró frente a Fucho. Éste –cuatro en mano- se dispuso a comenzar la prueba. Rasgó sobre las cuerdas del instrumento el acorde de Mi Mayor, mientras con la voz cantó una nota “Mi” para que mi tío repitiera exactamente el tono. Pero mi tío lo tomó como pie para cantar una canción y –sin mediar preludio- se arrancó con “Miii canción de amooooor viene a turbaaaar la calma y el silenciooooo…” ¡”Serenata”! de  Manuel Enrique Pérez Díaz, el excelso autor. No hubo forma de detenerlo hasta terminar su magistral interpretación.
            Él siempre ha sido muy impetuoso. De muy niño recuerdo verlo llegar luego de una de sus amadas corridas de toros, despeinado, sudado, con la ropa algo desarreglada y la bota de vino terciada al torso, seguido por mi tía Mariela con cara de muy pocos amigos. “¡Hola sobrino!”, me saludó con su radiante sonrisa en los labios. Pude enterarme por los comentarios de mi tía, que hacia el final de la corrida, al calor de la incontenible emoción, con singular valentía se lanzó al ruedo a brindarle asistencia al “mataor” y retar al enorme animal en igualdad de condiciones: sin capa ni muleta ni estoque, sólo equipado con los dos regalos que como hombre le dio el Creador. Fue vitoreado y aplaudido por la multitud.
            Cuando mi tío se divorciaba de mi tía, estaba muy triste. Yo tenía 20 años entonces. Nos invitó a su hijo Manuel Vicente y a mí, a tomar unos whiskeys para conversar, en el “Nichol’s 70”, el piano-bar más célebre de Caracas, a donde iban los grandes como Arturo Rubinstein, Bill Evans y Astor Piazzolla a escuchar tocar a otro grande: Rubén Castro, el pianista más famoso de la noche caraqueña en la década de 1970, cuya fama trascendía a nuestras fronteras, cada vez que venían al país. El “Nichol’s” era una suerte de “Blue Note” venezolano. En su melancolía sazonada con escocés y excelente música, en un momento de reflexión, mi tío nos dice: “¿ustedes saben cómo es la vaina?, si me divorceo, me divorceo”.
            Mi tío también me llevó a mi primer juego de béisbol de Grandes Ligas, un Medias Rojas de Boston versus Yankees de Nueva York. Desde el palco elevado del Fenway Park de Kenmore, en Boston, ciudad en la que yo estudiaba en la universidad del mismo nombre, disfrutamos el espectáculo. Aunque todavía hacía frío y pegaba un viento fuerte, bebimos litros de excelente cerveza mientras me sorprendía con la velocidad de los envíos de los pitchers y la potencia de los batazos. Definitivamente había una diferencia importante con la dinámica de la pelota triple A de Venezuela. Reímos y gozamos mucho, fue una experiencia inolvidable. Con muchos tragos encima, emprendimos el regreso a Hartford, Connecticut, en donde estaba radicado mi primo Manuel Vicente que estudiaba música en la universidad de esa capital. Mi tío exigía que yo manejara y que le pusiera la emisora de mi universidad que –sin duda- radiaba la mejor música. Al cabo de dos horas y media entrábamos en el edificio donde se ubicaba el apartamento que mi primo compartía con nuestros queridos hermanos Bravo, María Eugenia y Enrique, quienes a su vez, recibían la visita de su dulce madre, mi adorada Luz, matrona de edad madura cuyos mejores días  ya habían pasado. No traíamos las llaves. Eran las 3 de la madrugada. Subiendo las escaleras a mi tío no se le ocurrió mejor idea que lanzar el grito atronador “¡Luz, abre que voy!” Caí de rodillas en el escalón desternillándome de la risa.
            En Boston salimos con dos damas de quienes él pretendía a una. Fuimos a comer y presencié sus avances y galanteos. Mi tío estaba divorciado. Las mujeres reían sin parar con sus cuentos y dichos. Yo era poco más que un florero. Cuando regresamos al hotel, luego de una larga velada que comprendió teatro, música, comida mexicana, tequilas y margaritas, me dijo muy serio “sobrino, no voy a tener más remedio que esguasála a machete”. Hoy es su esposa desde hace más de veinte años.
            Mi madre –sencillamente- lo adoraba. Cuando no la saludaba “¡Polarrrr!”, lo hacía “¡Crema-Arroz!”, pues era conocida como Polly (igual que la marca del cereal), apodo puesto por su padre, el abuelo Tomás a quien jamás conocí. De mi tío decía ella “Hernández Risso es colosal”. Reía de todas las bárbaras y no bárbaras ocurrencia de él. También la llamaba “Comadre” pues es el padrino de su hija mayor. Otras veces la llamaba “Beauregard”, por su apellido. Y aún otras la saludaba con un “¡Hola Paulette!” acompañado con la característica combinación de sus pícaras mirada y sonrisa. En fin, cualquier cosa por sacarle una carcajada.
            A mi padre siempre lo admiró mucho –incluso- como colega. De él me dijo en varias oportunidades, “es el más brillante e inteligente abogado que he conocido”. Además de admiración y respeto, siempre le brindó incondicional cariño, mismo que con total solidaridad nos ha honrado a sus herederos, a quienes siempre ha considerado sus sobrinos. Pero tanto respeto no lo libraba de sus chanzas. Así, se dirigía a él con un apodo particular: “Armonía”, extraído de la letra de Noches Larenses, canción que cuando la Coral del Colegio de Abogados la interpretaba, el solo de tenor del arreglo de Rafael Suárez correspondía a mi padre, quien se hizo célebre en la escena coral venezolana con su magistral interpretación.
            Una mañana, Manuel Vicente y yo despertamos en la habitación de mis hermanas en la que nos habíamos acostado luego de una noche de parranda musical con Redescal Uzcátegui que comenzó en el "Nichol’s 70", continuó en la casa de éste, siguió con un desayuno en una arepera y concluyó en una sola cama sencilla en la que tuvimos que acomodarnos los dos. Curiosamente, ante los gritos de regaño de mi padre, despertamos en camas diferentes y jamás supimos cómo ocurrió el cambio. “¡¿Cómo es posible que estos carajitos amanezcan parrandeando, borrachos y se aparezcan en esta casa de familia a las ocho de la mañana?! ¿Con quién estaban ustedes?”  Por supuesto, no imaginaba que habíamos estado precisamente con uno de sus mejores amigos,  compadre,  y compañero de mil farras. “¡De inmediato voy a llamar a Hernández Risso porque esto no se puede permitir!” Tomó el teléfono: “¡Manuel, esto es muy grave! ¡Estos muchachos han amanecido borrachos y se han presentado aquí en la casa a las ocho de la mañana! ¡Quién sabe cuánto han bebido! ¡No se puede beber licor de esa manera! ¡Aquí están tirados en cama sin poder moverse!”. (La verdad, sólo queríamos dormir y olvidar el dolor de cabeza). Hizo unos segundos de silencio mientras escuchaba la respuesta de mi tío. Colgó. Dijo: “Manuel Hernández está sumamente alarmado y molesto con ustedes, pero sigan durmiendo y después hablamos”. Nunca más tocó el tema. Más tarde, le preguntamos a mi tío qué le había dicho: -Le dije “¡No joda Armonía, ¿te vas a poner con esa vaina? ¿Acaso no es eso lo que tú has hecho toda tu vida desde que tienes doce años?!” Eso es lo que se llama solidaridad de borracho.
            Una noche, mi tío invitó a mi primo Manuel Vicente y a su -para entonces- novia María Amparo a comer en uno de los restoranes chinos más exquisitos de Caracas. Al entrar, vino a recibirlos un chinito que le preguntó: “¿son tles pelsona?”, y mi tío con expresión muy grave miró directamente a los ojos del chino y contestó pausadamente: “y un solo Dios Todopoderoso”.


Custodio


Si he conocido algún ángel, ese es Ángel Custodio Ramírez. Hombre de raza negra nacido en 1913 en el centro del pueblo de Petare. Hijo de una madre soltera a quien amó sin medida. Su inocencia y bondad exceden la comprensión. Mi padre lo consideraba más que amigo, pariente. Igualmente sentíamos todos los demás familiares. Por más de cuarenta años, fue el chofer de la familia, desde que comenzó con mi tía Luisa del Valle y su esposo, mi tío Enrique Bravo Adams. Con él trabajó hasta 1970, cuando este falleció.

Mis recuerdos más antiguos de Luisa del Valle (murió cuando yo contaba tres años de edad), se remontan a la época de los paseos en los que me llevaba con Enrique, en su camioneta Rambler marrón de 1956, conducida por Custodio, a ver los paisajes de La Mariposa. Diáfanamente vive en mi memoria la vista del embalse y la planta de tratamiento contrastando con la maravillosa sonrisa de Luisa y su reiterado “¡qué maravilla!”, expresión por la que bauticé al lugar “La Maravilla”. Así, varias veces a la semana le pedía “Luisa, ¡llévame a La Maravilla!”, y obedeciendo mi deseo, ordenaba “¡Ramírez, llevemos a Leonardo para La Maravilla!”. Rascándose la cabeza, Custodio manejaba.

De mi tío Enrique –estudioso de muchos temas, entre ellos el Espiritismo; cuyos estudios se acentuaron con la muerte de Luisa- Custodio –a su particular manera- adoptó el estudio del “Más Allá”, como él decía, de las “Ciencias Ocultas”. “Yo soy dotol en Ciencias Ocultas”, afirmaba. Como experto de lo “oculto” y psicólogo (también le metía a la parapsicología), hablaba de los misterios de la existencia y sus peligros, decía “hay que estál aleltas cuando transitamos pol los caminos procelosos de la vida”. Con frecuencia lo escuchábamos hablando con “los hermanos”, así llamaba a los “espíritos” (con "o") que cotidianamente “se le manifestaban”. Se sentaban con él en el carro o a la mesa cuando comía. ¡Era “médium”! Siempre lo acompañaba un hermano; no conocía la soledad. Después de la muerte de Enrique en 1970, pasó a trabajar con mi tío Manuel. En un viaje nocturno a Zaraza en el Mercedes Benz 220S negro de mi tío, éste notó en Custodio una actitud extraña, mirando continuamente al espejo retrovisor. -¿Qué pasa Ramírez? –Nada dotol. -¿Qué está viendo por el espejo?  -Es un helmano dotol. -¡¿Cómo que un hermano?! –Un helmano dotol, un “espírito” que se manifiesta desde el otro mundo, dotol. -¡¿Se manifiesta dónde?! –Del Más Allá, viene sentado en el asiento de atrás. -¡¿En el asiento de atrás?! ¡Mire, ¿usted sabe cómo es la vaina Ramírez? Que se me para a la derecha y me baja a ese carajo del carro inmediatamente!

En sus años mozos Custodio fue boxeador. Contrariando los deseos de su madre, entrenó dedicadamente para probar suerte en el deporte de los gladiadores enguantados. Pero su carrera se vio frustrada. Luego de mucho entrenarse, consiguió la pelea de su debut. Con sus calzones y guantes subió al cuadrilátero. Sonó la campana. Bailoteó hábilmente al oponente durante dos rounds con un juego de pies prodigioso, pero siempre guardando una muy prudente distancia. (Nos demostraba sus maniobras en aquella pelea, con amagos de las manos acompañados de bufidos con la respiración, una mirada feroz y los movimientos que hizo de piernas y caderas). El público rugía impaciente. Ya no podía posponer más el intercambio con el oponente y –cuando se disponía a asestar su primer golpe- recibió un directo a la mandíbula que lo envió directo a la lona donde quedó tendido largo e inconsciente, en un desmayo que se prolongó por media hora. Su adorada madre le prohibió de forma absoluta volver al ring. Con un solo golpe le robaron la pelea, su sueño de púgil y le frustraron la promisoria carrera.

Decidió probar suerte en el mundo de la Música. Así, junto con dos amigos, fundó un grupo al que llamó “Los Pico y Pala”. Nos cantaba los éxitos del peculiar ensemble del cual era el cantante y charrasquero. El más pedido por nosotros sin ninguna duda era “El Alfiler”. Con su espantosa y desentonada voz interpretaba: “Dame er arfilel mamá, dame er arfilel mamá, dame er alfilel mamaítaaaaaaaauuuu”. Huelga decir que no era discernible melodía alguna. Y  continuaba, extendiendo las manos con un gesto dramático en el rostro: “mamaíta de mi vida, tú que tienes dicha buena, acelcáte un poquitico pa que me escuches mi penaaaaaa, mamaaaaaáuuuu”. Es imposible olvidar cuánto reíamos con aquellas performances del dulce Custodio.

No había manera de que me llamara “Leonardito” como lo hacía buena parte de la familia, y menos “Leonardo”. Él me tuteaba llamándome “Leonarcito”. Hasta que un día me monté en el carro y respetuosamente tratándome de “usted” interrogó: “¿pa dónde va usté bachillél?” -¡Custodio! ¡¿usted?! ¡¿bachiller?! ¡¿qué es eso?!   -¡Llámame por mi nombre! -¡No! ¡Usted se graduó ayer de Bachillél de la República, ahora tiene título y eso se respeta! A pesar de que me vio nacer y hasta ayudó a cambiar mis pañales, jamás me llamó otra vez Leonardo ni Leonarcito, y cuando regresé graduado de economista de Estados Unidos pasé a ser “er dotol”.

Usaba grandes anteojos de montura de pasta negra. No se los ponía para manejar pero sí para leer su “Últimas Noticias”, único material que aparte de unos libros de espiritismo y varios de “Botánica” (“botánica” decía él, pero eran manuales de yerbatería y brujería) y ensalmes, constituían su material de lectura. Luego de almorzar solo (en más de cuarenta años no hubo manera de que se sentara a comer con el resto de la familia, rechazando un sinfín de invitaciones), se metía en el carro con sus anteojos calzados a leer su periódico. También los usaba para sus paseos obligados de cada Domingo a la Plaza Bolívar, donde intervenía en interesantes debates, que comprendían desde la política hasta la Ciencia, desde la Economía (tenía una teoría acerca de las causas de la “inflacción”) hasta la Psicología, con su grupo de compañeros intelectuales de edad madura, habituales del lugar. Un día le preguntamos –Custodio, ¿qué defecto tienes en la vista? -¡Je, je, je!, era toda su respuesta. -¿Es miopía Custodio? -¡Je, je, je!, insistía, rascándose la cabeza. -¿Hipermetropía? –No bachillél, no tengo nada. Son anteojos sin corrección. -¡Sin corrección! ¡¿Y para qué los usas Custodio?! –Bueno, bachillél, lo que pasa es que con anteojos uno parece un profesól, se ve mas inteligente y curto y la gente lo respeta májauno…

Por consideración a los más jóvenes lectores y a las damas, no contaré las confesiones que en cuanto a sus gustos en materia amorosa, nos hacía el buen Custodio. Mis amigos Ricardo Mas Lara, Manuel Vegas y Ernesto Carrasquero los conocen bien, y creo que mi primo Manuel Vicente también. Sólo diré que era muy ortodoxo y comedido, muy poco propenso a aventurarse “pol los caminos procelosos de la vida” y se abstenía absolutamente de proporcionar ciertos placeres muy apreciados por las mujeres, por sentir desagrado hacia “aquellos” íntimos aromas y humores. ¡Y se escandalizaba y reía paroxísticamente cuando le afirmábamos que éramos partidarios de las “especiales ofrendas” entregadas en devota genuflexión a la hembra! ¡Se burlaba de nosotros! “¡A ustedes les gusta esa vaina bachilleres! ¡Asco! ¡Qué bolas tienen ustedes! ¡Ji, ji, ji, ji, ji! ¡Uuuuus!” Decía riendo a caracajadas y rascándose la cabeza vigorosamente con las dos manos y con los dientes pelados.

Aunque era su profesión, es difícil encontrar un peor chofer. Los carros automáticos -los que condujo por primera vez en 1970- los manejaba con un pie en el acelerador y otro en el freno simultáneamente. Vicio derivado del uso de sincrónicos, los cuales, por supuesto jamás operó bien. Quemaba el clutch constantemente pues reposaba siempre el pie izquierdo en el pedal. Epilépticamente aceleraba y frenaba, aceleraba y frenaba, cosa que sacaba de sus cabales a mi papá, quien se desesperaba también con su lentitud, y cuando se la reclamaba, Custodio respondía acelerando sin control en una carrera pavorosa que generalmente terminaba con un violento frenazo. Y tocaba insistentemente la corneta, sin parar, antes de que la luz del semáforo cambiara ya estaba tocándola y gritando insultos junto con la acusación “¡saboteadores!”

Era sumamente ingenuo. En los tiempos cuando comenzaron a proliferar las máquinas automáticas expendedoras de tickets en los estacionamientos, no sabía cómo funcionaban éstas. Se detenía escrutador ante ellas tratando de descifrar cómo operarlas. En vez de decirle que pulsara el botón que la hacía emitir el ticket, le dije “tienes que hablarle y pedirle ‘por favor, ¿me da un ticket?’” Cosa que hacía y se quedaba esperando pacientemente durante minutos.

Custodio se declaraba “curioso”, esto no es que sentía curiosidad, no, significa que “curaba”, que practicaba curaciones. No aceptaba el término “curandero” al que consideraba denigrante, y ni hablar de "brujo". En este sentido, era hecho conocido que gozaba de gran prestigio en su barrio de Los Altos de Sarría, donde vivía. Allí, los días de semana por la noche, y los Sábados y Domingos en la tarde, atendía a una numerosa  legión de clientes y “clientas” o pacientes y "pacientas" (se adelantó a nuestra actual Constitución). Su palabra era ley en el barrio. Además de acerca de la salud física, era consultado sobre temas espirituales y “psicológicos”. Decía, “yo soy curioso, botánico y psicólogo, lo mío es la psicología” (por supuesto, y “dotol en Ciencias Ocultas”). Además de recetar yerbas y otra clase de procedimientos mágicos, practicaba ensalmes, rezos y pases hipnóticos. Nunca cobró a los miembros de su comunidad ni a nadie por tales servicios, emulando a mi tío Enrique, a quien estimaba su mentor, modelo y maestro. Cuando había un enfermo en la familia, era trámite obligado, recibir ensalmes y los demás procedimientos de Custodio. Cuando nos tocaba el trance, era casi imposible contener la risa, pero lo hacíamos por profundo respeto a su persona. Su diagnóstico habitual era “Mal de Ojo”, en cuyo tratamiento era un especialista, una de las primeras autoridades del país. Otra especialidad era la Culebrilla, aunque no es exactamente lo mismo, enfermedad íntimamente relacionada con el “Mal de Ojo”. Debía matársela antes de que uniera la cabeza con la cola, caso en el cual, la vida del paciente se perdería irremediablemente. Además de los ensalmes y rezos, en su calidad de “Botánico” recomendaba la “Yerba Mora”. Nunca aceptó que era causada por un virus. Desaconsejaba totalmente la ingesta de tomate pues causaba una gravísima “enrritación” de la sangre.  También era un maestro en la Ciencia del “Alivianamiento contra la Posesión por Espíritus Burlones y otras causas”, especial pero no exclusivamente aplicado en inmuebles, y que comprendía la ejecución de ciertos rezos, ensalmes, y el uso del Kerosén. Mi casa fue tratada varias veces, luego de sus diagnósticos expertos.

No tenía sino amigos en cada rincón: en el vecindario, entre mis vecinos y amigos, en el abasto, en el automercado, en la panadería y en la bomba de gasolina, sitios que frecuentaba haciendo los diarios mandados de la casa. Todos ellos se divertían con sus juegos y excentricidades.

Un día de 1986, estando en mi oficina, recibí la llamada de mi padre, quien con voz muy grave dijo: “Leonardo, vente ya para la casa. Manuel Vicente acaba de encontrar a Ramírez tirado en el garaje y cree que está muerto”. Cuando llegué treinta minutos más tarde, encontré pálido a mi primo, visiblemente afectado. Siguiendo instrucciones de mi papá, lo llevamos a la clínica El Ávila en el asiento trasero del mismo carro que por años condujo. Después de un electrocardiograma, los médicos lo declararon muerto. En su funeral, sus hijos nos dijeron que siempre nos consideró su familia. Nos acompañaron esos amigos de nuestro vecindario, de su barrio, clientes, “clientas”, sus amigos de la bomba, abasto, automercado, panadería, con permiso especial de los patronos, pues había fallecido el amigo, Ángel Custodio Ramírez. Mi padre me confesó: “he perdido a un gran amigo, a un hermano”.





Mi Tío Eduardo

          
               Eduardito para mi papá en honor a su corta estatura que la Naturaleza le dio en compensación por su inmensa alma. Entrañable amigo, hermano de mi padre desde los tiempos de lucha universitaria contra la dictadura pérezjimenista, en diferentes partidos. Desde mi niñez lo llamaba “tío” aunque no nos vinculaba la sangre sino el amor.
            A mí me llamó siempre sólo de dos formas hasta muy cercano a mis 40 años, cuando nos dejó: “nené” o “mi amor”, palabras que siempre acompañaba con la solicitud de un beso y un abrazo, y la exigencia, si yo ya no lo había hecho: “¡pídeme la bendición!”, a la que cuando se la pedía contestaba: “¡Dios te bendiga, mi amor!”, y luego preguntaba “¿cómo estás nené?”, ¡y yo pesaba ciento cuarenta kilos! Dudo que haya existido un hombre que amara y admirara más a mi padre, y me consta, era correspondido.
            Junto con su amigo Freddy Rada y Sebastián Núñez Mier y Terán, mi tío Eduardo introdujo a mi papá en una de sus pasiones: el hipismo. Tuvieron caballos y yeguas –todos fracasados- juntos. Iban al hipódromo, apostaban, perdían y a veces ganaban. Su hija mayor, Marisela, mi hermana de cariño (parafraseando a mi tía Caridad Bravo Adams, Carita), no fue bautizada así por el personaje de Gallegos, la hija de Doña Bárbara: Todavía estudiantes, en 1956 la situación económica no era la mejor. Se aproximaba el parto de la niña y no había dinero para pagarlo. Cuatro días antes el par de amigos se fue a la pista de caballos. Apostaron a una yegua ¡y ganó! Con la bolsa del premio Eduardo pudo pagar la clínica y de ahí el nombre de su primogénita, escogido por los dos beneficiarios: en honor a Marisela la yegua ganadora, la llamó Marisela Valentina.
            Como mi padre, Eduardito gustaba de los Baños Turcos, en los que generalmente se encontraban tres veces por semana. Una noche, uno de los jóvenes que se ocupaban de la limpieza, Jesús, salió despavorido gritando “¡Corran que están cogiendo al doctor Fulano!” (no usaré su nombre por tratarse se un hombre público casado con una famosa dama). Sorprendió a la amorosa pareja cuando se disponía a limpiar uno de los más pequeños cubículos de vapor cerca de las diez de la noche, hora en que muy pocos clientes quedaban. Junto con dos más presentes, los dos amigos corrieron al lugar del “crimen”. Mientras los ardorosos enamorados se sentaban hacia el fondo del baño, el “donante” tapándose sus henchidas partes con una toalla, Eduardo y mi padre se sentaron sobre el banco de madera. Mi tío giró a ambos lados la cabeza aspirando como tratando de percibir un olor y al cabo de unos segundos dijo, en un tono serísimo que lo caracterizaba cuando preparaba el terreno para uno de sus juegos: -Leo, ¿no te huele como si aquí acabaran de “perjudicar” a un hombre?    –Sí Eduardito, sin duda estaban “perjudicando” aquí a alguien, ¿a quién sería? –No sé Leo, pero huele a hombre “perjudicado”… Así continuaron hasta que los enamorados huyeron de la escena, uno con el paño arrollado en la cintura, otro tratando de tapar su congestión. No comentaré las amenazas de demanda que el responsable pasivo del romance lanzó contra los compadres y contra el dueño del negocio, ni el escándalo que se armó en las semanas subsiguientes.
            Visitaba mi casa casi todos los fines de semana. Mi papá, guardando distancia, era aficionado a las razas caninas gigantes, así que teníamos un Gran Danés: Bronco. Perro enorme de casi un metro a la cruz, de casi cien kilogramos de peso y que erguido sobre las patas traseras, pasaba de los dos metros de altura. Una mañana –Eduardito acostumbraba llegar en las mañanas- abrió la puerta del jardín de entrada a la casa, y allí lo recibió Bronco. A mi tío le gustaban los perros pero no de tan descomunal tamaño. Bronco no era agresivo, de hecho, era muy “buena gente”, y entusiasmado, meneaba el rabo cuando acudió a saludarlo (el can sí era muy educado). “Hola perrito” dijo Eduardito. Bronco se entusiasmó y comenzó al lengüetearlo, a embestirlo cariñosamente con la enorme cabeza en la entrepierna, hasta que se irguió y montándole una pata delantera en cada hombro, se apoyó en las dos patas traseras para lamerle el rostro. Paralizado por el pánico, con extrema dificultad, Eduardito logró emitir un grito desesperado llamando a mi padre: “¡Gordo, quítame este perro que si me mea me ahoga!” 



Mi Tío Hueso


            Aunque no lo era, a Enrique, El Hueso, lo llamaba tío y le pedía la bendición. Un personaje único lleno de bondad, simpatía y amor. Amante apasionado de la Música, en especial la venezolana, a la cual dedicó gran esfuerzo en su vida. Fue uno de los símbolos de la Democracia. El Hueso siempre tenía una palabra ocurrente y jocosa, aún, ante la más terrible adversidad. Nadie tenía el histrionismo de él para contar un chiste. Sin que mediara la sangre, fue un hermano de mi padre, a quien cuando no llamaba “Gordo” o “Leo” llamaba jocosamente “Narrrdo”.
            El Hueso fue –en gran medida- un hombre universal. Abogado que se estrenó comunicando la país la sentencia condenatoria contra Pérez Jiménez, abrazó la música y en particular el canto, con devoción. Bueno, todo lo hacía con pasión, sus palabras siempre estaban cargadas de cierto dramatismo casado con humor. Aunque no poseía una voz particularmente bella, a nadie he visto cantar con tanta emoción. Su amor por la música lo llevó a explorar la lutería. Recuerdo cuando construyó su primera pieza: un fino cuatro. Ese amor contribuyó a desarrollar en mí el gusto por la música popular. También abordó la cocina, en la que fue destacado ejecutante. Ganó premios de carácter nacional con su receta de “Carabinas Trujillanas”, la cual tenía la particularidad de que contenía caraotas blancas, no negras. En una visita a su oficina, me brindó una taza de un invento simple: manzanilla con limón. ¡Qué maravilla, cómo es que nunca se me ocurrió! A mis doce años conocí la música de Modesta Bor, por ejemplo, y canciones que marcaron mi vida, porque me hizo formar parte de un coro familiar para parrandas navideñas que tuvo rotundo éxito. En él fui bajo, tenor y cuatrista, bajo la dirección “divergente” de alguien que merece capítulo aparte: mi tío Redescal Uzcátegui, su otro hermano.
            Cuando su gran amigo Rafael “Fucho” Suárez, el genial maestro director del Quinteto Contrapunto fue internado muy grave en el Hospital Universitario con falla renal por rechazo a un transplante anterior (en esa época no existía la Ciclosporina), junto a mi padre acudió a su lado. En una ocasión se indignó: “¡Qué bolas tiene esa enfermera, gordo!”, le dijo a mi padre, “¡me preguntó si era verdad que Rafael era el director del Quinteto Punta’e Trasero! ¡Qué ignorancia!” (Nunca supimos si fue cierto o una ocurrencia de él).
            No se encontraban donantes para el transplante que el paciente desesperadamente necesitaba, y éste se deterioraba rápidamente. Con genuino dolor y elevando la mirada a las alturas, le exclamó a mi papá. “¡Ah malaya quién pudiera donarle un riñón a ese hombre!” Mi padre, que nunca pudo resistir la tentación de jugarle una chanza a un amigo, tramó una emboscada para El Hueso: A las pocas horas habló con él:      -Hueso, ¿en verdad estás dispuesto a donarle el riñón a Fucho? -¡Claro gordo, es lo menos que podemos hacer! Nuevamente, mi padre dejó pasar unas horas y regresó a hablar con él: -Hueso, hablé con los médicos, parece que eres compatible. Desean hacerte los exámenes, debes ir de inmediato a que te tomen las muestras y ya están preparando el quirófano para operarte. -¡Cómo, ¿a mí? ¿seguro?! –Sí Hueso, te están esperando. Con cara de horror el Hueso exclamó:   -¡Bueno gordo, es que acaso uno ya no puede ni hablar pendejadas!



Redescal


                   A Redescal Uzcátegui Bruzual lo conocí cuando yo tenía cinco años de edad. Aunque había escuchado mucho de él, vivía en Alemania y Suiza. De abundante cabellera negra y anteojos de pasta, su hablar siempre fue ininteligible para mí, aún luego de aclarar su garganta, cosa que hacía cada seis palabras con un ruido ensordecedor. Fue cuando se alojó en mi casa al regresar a Venezuela después de pasar varios años en Europa donde se graduó con postgrado como Ingeniero Nuclear.
            Músico muy solvente, tenía sólida formación en Teoría, Armonía, Contrapunto y Piano. Su interpretación del vals predilecto de mi padre, “El Muchacho” de Von Ziegler, era magistral. Con el vals “El Peine” me enseñó mucha armonía: cuando era púber me hizo acompañarlo al piano con mi cuatro, lo que implicaba armonización improvisada de la modulante pieza. Salí airoso de la prueba: “tienes oído armónico”, declaró. Más tarde, además de Música, él me hablaba de las “densidades probabilísticas” en el Átomo, de la Teoría Cuántica, la Gravitacional, de Bohr, Heisenberg, Planck, Einstein y Newton. De niño fue el primero que me contó sobre la frase famosa de Einstein “Dios no juega a los dados con el Universo”, mi tío Enrique Bravo no me había hablado de ella. En él se conjugan el Humanismo con las Ciencias en perfecta armonía con el buen escocés.
            Gracias a su profunda formación musical, mi tío Hueso lo designó director del coro familiar de parrandas navideñas, tarea que emprendió con seriedad muy divergente: Sus directrices eran casi imposibles de comprender debido a su particular dicción, y para poder ejecutar su gesto, debía meter en el bolsillo trasero del pantalón su sempiterno vaso de whiskey en los ensayos y “conciertos”. Su encantadora esposa –“La  Suiza”, Hedi- formaba parte del equipo a pesar de que no cantaba mucho, no por falta de voz o musicalidad: logró descifrar el 5 por 8 del merengue venezolano, esencia del aguinaldo, pero jamás el Castellano, el cual nunca llegó a pronunciar bien. Los ensayos generalmente comenzaban con su participación al esposo en un germánico “¡Rwadiscal, somos nos listos!” Correctísimo pero poco coloquial.
             Redescal nunca fue muy amigo del baño diario. Sus relaciones con la ducha y el jabón -sencillamente- no eran buenas. En una oportunidad acompañé a mi papá a buscarlo a su casa. Siempre despeinado, se colocó su chaqueta de cuero y se dispuso a salir cuando mi papá le preguntó "¡Redescal, ¿no te vas a bañar?! ¡Hueles a tigre!" a lo que contestó "Mira gordo, vamos a hacer un pacto de reciprocidad: tú no me mandas a bañar y yo no te digo que no te bañes, ¿acaso yo alguna vez te he pedido que no te bañes?"
            A los 18 años, junto con mi primo Manuel Vicente, solíamos pasar en mi jeep Toyota frente al célebre pianobar “Nichol’s 70”, donde tocaba nuestro amigo, otro hermano de mi padre, el gran pianista Rubén Castro; local fundamental de la escena musical visitado por músicos y amantes de la música de todo el orbe, donde mi padre mantenía cuenta abierta para nuestro consumo. Si veíamos el Renault 16 de Redescal, nos bajábamos para conversar con él, tocar y aprender música y otras cosas. No era raro que al cerrar el local a las 5 de la madrugada, termináramos en la casa de Redescal después, con unos vasos de whiskey y los instrumentos, al lado de su piano.
            Cuando hacia 1989 Redescal se enteró de que yo estaba componiendo merengues venezolanos asistido por computadora, de improviso se presentó en mi apartamento: ”¿Cómo es eso de secuenciación y MIDI?” Pionero del uso la Informática en Venezuela con las primeras IBM en la UCV y el Reactor Nuclear de Pipe, después de sentarse unos minutos frente a la Mac, sentenció: “No me interesa esa vaina”. Hablamos un rato de Heisenberg y su Principio de Incertidumbre, me enseñó dos o tres cosas más, y partió. Fue la única vez que visitó mi casa.
            Una vez, Redescal llegaba con mi papá a la casa de éste en La Floresta. Cuando se aproximaban a la entrada del estacionamiento, observaron que un ladrón estaba penetrando en el inmueble. Éste, al verse descubierto, corrió emprendiendo la huida. Mi padre enfiló el carro para perseguirlo y llegando a la esquina, lo trancó con el vehículo contra un muro. Gritó a su copiloto: -¡Redescal, bájate y agárralo! -¡No joda Gordo, yo soy ingeniero, el policía es Remberto! (Remberto Uzcátegui, su hermano, ex director de la policía judicial y -para la fecha- de la policía política).
            No fue al entierro de mi padre y tampoco al del Hueso, no podía resistir el dolor.
Mi Tía María

            Cuando éramos muy niños, mi Tía-abuela María, nacida en Maracaibo, solía pasar temporadas de visita en nuestra casa de La Floresta. Ella vivía en el barrio de San Agustín del Sur. Con 83 años, era viuda del General Zapata, quien fuera Presidente del Estado Bolívar durante la dictadura gomecista. Había perdido toda su fortuna y todos sus dientes, y no le gustaba usar plancha.
            Su temperamento era dominado por la alegría siempre presente. Nos deleitaba con historias de la niñez, la juventud, y anécdotas de la época de Juan Vicente Gómez. Nos contaba de su niñez y adolescencia en Maracaibo, junto con mi abuela, su hermana menor. Cómo cada miembro de la familia –medianamente pudiente- tenía asignado un esclavo, a pesar de que la esclavitud en Venezuela había sido abolida en 1854. Aunque caminaba con dificultad, disfrutaba mucho bailar. Nos pedía que pusiéramos música en el radio o el tocadiscos con cualquier tipo de música para ella danzar, lo que hacía hasta sola. Meneaba el cuerpo, batía las caderas, reía… Nos invitaba a bailar con ella, cosa que yo jamás hacía. Enseñaba pasos como el Charleston y el Foxtrot a mis hermanas.
            En una ocasión, en una de esas sesiones de danza, cuando nos demostraba distintos estilos de baile popular, le preguntamos: -Tía, ¿el Charleston es el que te gusta más? –No mi amor. -¿Es el bolero? –No mi amor. -¿Será el Foxtrot? –No mi amor.          -¿Acaso el vals? –No mi amor. –Entonces, ¿cuál es el que te gusta más? –Mi amor, el que me gusta más es uno que también les gustará más a ustedes cuando lo conozcan, se llama “Joropo en Colchón”.
Mi Tío Gordo 


No me enteré de que el Gordo García, Augusto, no era mi tío consanguíneo sino hasta bien entrado en mi infancia. En realidad era cuñado de mi abuela Trina, viudo de su hermana fallecida en circunstancias trágicas, y gran amigo y compañero de mi abuelo Tetente, a quien visitaba casi todos los fines de semana, con quien se reunía semanalmente a tomarse unos palitos, y también viajaba frecuentemente, en especial, a Higuerote, en donde al igual que mi abuelo, tenía una casa, aunque la de él era grande, de la cual sólo usaba el anexo con techo de palma a la orilla del mar y al que a veces llegaban la olas; la construcción principal siempre estuvo clausurada.
De cabello blanco abundante, una muy prominente barriga rodeada por un grueso cinturón de cuero con hebilla de oro, nunca supe que las manchas de su vitíligo no eran algo normal. Era de hablar muy lento, cantado, con una sonrisa siempre presente. Usaba leontina metida en el mismo bolsillo del cual sacaba enormes puñados de monedas: fuertes, bolívares, dos bolívares, reales, medios, todos de plata, que repartía generosamente entre los niños de la familia que lo rodeábamos con el saludo “¡Tío GordoTío Gordo!” cada vez que llegaba; y es que demandaba ser llamado “Tío Gordo”. Amaba a los niños, no podía ocultarlo.
Era aficionado a componer poemas y canciones jocosos. A cada sobrino le dedicaba  uno o varios, generalmente nos saludaba con esas composiciones personales. “Manuel Vicente, pimpollo e’ ruda, se mea en la cama, dice que suda. Manuel Vicente, culo caliente, mete la pata, en agua hirviente”. Y reía a carcajadas entre uno y otro. Estábamos orgullosos de nuestros versos únicos y particulares.
En una ocasión, en uno de los innumerables paseos por los alrededores de Higuerote que acostumbraba hacer con mi abuelo en el carro de éste, acompañados por una botella de Ancestors o Ye Monks, además de agua de coco y hielo, cayeron por accidente en lo que parecía ser un charco de los tantos que se veían en aquellas rústicas rutas luego de las lluvias, que Tetente intentó vadear. Pero resultó no ser tal: era amplio y medía más de dos metros de profundidad. El Chevrolet de mi abuelo se sumergió de inmediato y los dos acianos apenas lograron escapar por las ventanas (nunca pude entender cómo mi Tío Gordo logró pasar la panzota por la luz la suya). Antes que intentar nadar para llegar hasta la orilla, prefirieron montarse sobre el techo del vehículo. Mi tío –con la prudencia que lo caracterizaba- logró salvar del accidente, con una mano mientas se ayudaba a escapar con la otra, la preciada botella de escocés. Así, trepados, continuaron bebiendo y el Gordo decidió declamar sus poemas. Transcurrió la tarde. Contaron los rescatistas que los encontraron al atardecer, que recitaba con el agua marrón al pecho y la botella de licor en una mano.
            Nos enseñó es esta canción –aporte a la cultura de la familia- que se constituyó en una suerte de himno:

En una casa de posada
por necesidad llegué
mandé a servir un café
huevos fritos
y empanada.
Arroz y carne mechada
me sirvieron en la mesa
y era un cuadro de tristeza
lo que mis ojos veían.
Al recordarlo me pesa
lo que me pasó ese día.
De la cocina venía
una repugnante aroma
y eran huevos de paloma
que para mí se freían

(…………………………..)

Cada vez que le trinchaba
las costillas al perico
me tiraba con el pico
a morderme y no alcanzaba.
El hambre me devoraba
y el perico y yo bregando
hasta que se fue volando
el pobre animal asado
dejándome aquí sentado
con el plato suspirando.




Pantera


            Nuestra perra pantera es una de las “personas” más importantes de mi infancia. Nació el 6 (de esto no estoy muy seguro pues confundo su fecha de nacimiento con la de otro “perro” que nació el mismo mes del mismo año: mi hermano Alfredo que –creo- nació el 8) de Agosto de 1966. Una enorme Gran Danés de 86 cm. a la cruz y 85 kg. de peso, de color negro, y –a pesar de no tener pedigree- de absoluta concordancia con el estándar de la raza. Aunque de singular belleza y nobleza, nunca fue una “persona” muy equilibrada. Guardiana feroz, era totalmente afable con la familia, los amigos y los niños. ¡Tenía discernimiento! En pocas palabras, era mejor que la mayoría de los humanos, cosa que no es de extrañar, y es una opinión en la que me acompañan muchos como mi propia madre, Aníbal Nazoa y mi hermano Alfredo quien -me ha confesado- se siente más perro que humano.
            A pesar de su inteligencia y bondad, hay que reconocer que Pantera tenía episodios que podían ser considerados borderline en la psicosis. Después de sus celos, frecuentemente sufría embarazos psicológicos. Le crecía el abdomen, se le llenaban las mamas, su carácter cambiaba, hacía nido cavando huecos en la tierra.., en tres palabras: perdía la razón. Después de uno de estos embarazos, una paloma muy bella, de color marrón y un aro verde en el cuello, tuvo el mal tino de caer en el patio de la casa, quizás aquejada de algún mal o herida no visible. En su locura, Pantera de inmediato la adoptó como hija. Hacía intentos de ponerla a mamar y gemía ante la indiferencia de la palomita por sus tetas. No es necesario comentar el pánico que embargaba al ave que la perra no soltaba. Cuando aquella trataba de escapar, la solícita “madre” la agarraba delicadamente con sus incisivos por las plumas de la cola y la jalaba hacia sí. Luego de que esta maniobra se hubo repetido innumerables veces, la pobre gallinácea quedó con la cola pelada. Sólo era visible su piel enrojecida. Al cabo de un mes, al salir de su crisis, logramos quitarle al pobre animal y liberarlo.
            Pero Pantera sí tuvo oportunidad de ser madre. En dos ocasiones junto con mi mamá y mis hermanas atendí sus partos. Trajo hermosímos y enormes cachorros al mundo, hijos de grandes campeones nacionales e internacionales propiedad de criadores que buscaban ejemplares excepcionales de una progenitora con una buena genética. Una criadora en particular pensó que podía lograr la variedad azul, lo que nunca sucedió, sólo dio rubios y negros. Era devota y amorosísima con sus hijos, y lloraba cuando los apartábamos de ella para alimentarlos o asearlos, pero no lo impedía.
            Adoraba a los niños con quienes –además de jugar- era muy paciente. Tal es el caso de mis hermanos menores Alfredo y Tomás quienes la torturaban a diario con sus juegos. Un día, Tomás le mordió la punta de la cola. Con intenso dolor ella trataba de liberarse. Se sacudía, pero el niño no aflojaba sus mandíbulas. En su desesperación, corrió por toda la sala y el comedor arrastrándolo atrás, pero el persistente infante no cedía. Lo arrastraba a lo largo de su carrera. Comenzó a fluir la sangre, y mi hermanito no soltaba. Pantera aullaba. Él no separaba los dientes. Finalmente, un trozo de carne quedó entre los incisivos del dulce Tomás y la perra quedó liberada. La cicatriz pasó a ser parte de su imagen. Cuando se cansaba de esos tormentos, aprisionaba tomando por la cabeza con sus enormes fauces a uno de los dos niños mientras que al otro lo abrazaba también haciéndolo cautivo con sus patas delanteras. Normalmente se dormían en esta posición sobre el piso al cabo de unos minutos, y –por fin- ella descansaba.
            Durante sus celos, todos los perros de la urbanización venían a “hacerle la visita” y traerle desentonadas “serenatas” de aullidos. Eran detenidos por el muro de la casa. Pero había uno que lograba trasponer tal defensa: el diminuto Pinsher miniatura del Coronel Jaimes. Con sus  tres kilos de peso, Pantera era casi 30 veces su tamaño, así que eran muy divertidos sus intentos muy perseverantes y apasionados de “hecerle el amor”. Definitivamente, el perrito era un enamorado, pero no eran agradables los recuerdos que dejaba en la sala con sus apasionadas visitas.
            Como digno miembro de la familia Silva, Pantera también era voraz. Comía en cantidades poco vistas. A pesar de haber terminado su comida, su presencia al lado de la mesa familiar era obligada. Sabía que no recibiría dádivas pues nos estaba prohibido darle comida, pero esperaba la oportunidad de hurtar alguna pieza de un plato. Si alguna vez se le daba con la mano algo de comer, lo arrebataba con una salvaje mordida que lanzaba con su gigantesca boca. En una ocasión, cayó al piso la botella de “Cumachi” (potente picante indígena hecho con culos de bachacos y ajíes), pantera lo consumió entero del piso al tiempo que tosía y hacía gestos de desagrado. En otra, quedó encerrada en la cocina una noche. Jamás supimos cómo lo hizo, pero en la mañana encontramos la nevera abierta, todo su contenido había sido vaciado y devorado, incluyendo líquidos y una gran Sacripantina (exquisita torta italiana con mucho licor), la mejor de Caracas, que los amigos Greci nos habían regalado para una celebración que tendríamos al siguiente día. Igual estaban todos los gabinetes y la despensa. Pantera se había comido toda la comida de la existente.
            Su inusual inteligencia quedó demostrada una tarde cuando llegué a la casa y no podía entrar pues no había nadie y no tenía llaves. Me asomé por la ventana de la cocina y allí estaba Pantera quien me saludaba meneando la cola. Yo sabía que había un juego de llaves en una gaveta accesible desde la ventana. Con un alambre traté de abrir la gaveta. Fue imposible. Pantera comenzó a angustiarse pues entendió que necesitaba ayuda. Fue entonces cuando se irguió y apoyando una pata sobre el tope del mueble de la cocina, comenzó a hacer intentos de abrir el cajón con la otra pata. No lo lograba y comencé animarla diciéndole “¡ábrela Pantera!” Ella se impacientaba, emitía un leve gemido. Luego de muchos intentos, ¡logró abrirla! Sucedió lo increíble: metiendo su enorme hocico trató de agarrar el llavero, ¡sabía lo que buscaba! No logró hacerlo pero permitió que con el alambre, yo pudiera enganchar las llaves. Logré entrar a la casa
Pantera sufría terriblemente en Navidad. Las explosiones de los fuegos artificiales le causaban crisis de angustia que la hacían deslizarse también en la locura. Temblaba violenta y desenfrenadamente. Gemía en intenso dolor. Lloraba. Sus ojos exorbitados clamaban auxilio. Sólo altas dosis de un sedante para uso exclusivo veterinario, lograba apenas paliar su pánico. Mi madre sufría con ella. Por cierto, ella jamás regañaba a Pantera y menos le pegaba a causa de sus constantes travesuras, por graves que estas fueran. Decía “ella es una señora adulta y me da vergüenza tratarla mal, no merece ser tratada así”. Pero sí conversaba con ella y le explicaba por qué debía apartarse de ciertos procederes transgresores. Pantera entendía.
            A tres personas les debo haber salvado mi vida, una es Pedro Aguerrevere, otra mi segunda esposa y la otra es Pantera: Cuando tenía catorce años, me encontraba en mi cuarto encerrado con aire acondicionado una tarde de un sábado, mientras el resto de la familia estaba fuera, entretenido en mi afición desde los seis años: la lectura. Al bajar a almorzar, observé a Pantera en el descanso de la escalera, donde dormía durante todo el día y desde donde montaba guardia durante la noche, cuando no estaba en una ronda de vigilancia. Como todo perro, era de hábitos nocturnos. Súbitamente, mientras leía acostado en mi cama, escuché sus ladridos feroces. Le grité que callara, no obedeció. Continuó ladrando con decisión. Al cabo de pocos minutos, comprendí que algo grave sucedía. Fui a las escaleras y vi que ya no estaba en su puesto acostumbrado. Bajé escuchando sus atronadores ladridos y la encontré latiendo y arremetiendo contra la puerta cerrada de la cocina. Como la había dejado abierta treinta minutos antes, concluí lo obvio: alguien estaba detrás de esa puerta. Luego supe que se trataba de un intruso que la había cerrado tras de sí, cuando huía de la perra que lo había sorprendido al escalar, y sólo le había dado oportunidad de cubrir la pequeña distancia entre su punto de entrada y esa puerta salvadora. Pantera estaba enfurecida. Me preocupé pero decidí que no tenía más opción que enfrentarlo. Así, me armé de valor y la abrí.
            Encaramos a un joven quizás un año mayor que yo, de un poco más de estatura pero más delgado, con un punzón que había tomado de un juego de Fondue en la mano amenazante. No sé quién estaba más asustado: si él con la formidable perra o yo, que más que por mí, temía por una punzada contra ella. La agarré por el collar cuando resuelta saltaba a atacar al joven. Le dije a él “o sueltas el punzón o te suelto a la perra y –puedes estar seguro- te va a matar”. Él me miró con ojos de terror unos segundos y soltó la improvisada arma. Lo agarré por la camisa con la mano izquierda pues con la derecha controlaba a mi protectora. Lo llevé al comedor y pregunté “¿por dónde entraste?” Me señaló la ventana a la que le faltaba un vidrio y por cuya luz entraba a veces mi amigo Ernesto Carrasquero, quien era el único suficientemente delgado para pasar por ella, cuando no teníamos llave para entrar a la casa. Interrogué: -¿Estás solo?          –No. -¿Hay otros afuera? –Si. -¿Cuántos? –Tres, más grandes que yo, mayores, y armados con cuchillos.  Entendí que no tenía sentido llamar a nuestra “eficiente” policía que –si llegaba a venir- podía tomarle para llegar el resto de la tarde, y el peligro de que los hombres ganaran acceso era muy grande. Le instruí: “te vas por donde entraste”. Dio dos pasos hacia la puerta que daba al patio donde se encontraban los cómplices, la cual tenía las llaves –de todas las puertas de acceso a la casa- pegadas. Cuando las tocó para girar la llave y la manilla (¡la iba a abrir para que entraran!), salté, lo tomé por la camisa y con gran vigor y violencia –yo era un joven conocido por mi suma fortaleza-, le metí la cabeza contra el mismo marco de la ventana por donde había entrado. Comprendió el mensaje y apresuradamente salió.
            Corrí a la habitación de mi padre. Busqué en el clóset su revólver, un .38 Special Smith & Wesson modelo 36 niquelado con cañón de dos pulgadas. No estaba. Desde la ventana era visible el muro de la casa, que daba a la calle, al Parque “ARUFLO” y a la zona verde de la Autopista del Este, vías de huida frecuente de los malhechores que asediaban el vecindario. Vi cómo -uno a uno- los delincuentes saltaban el muro y corrían hacia su ruta de escape. Comencé a temblar incontroladamente, sentí     –entonces- verdadero miedo y llamé a mi amigo Manuel Vegas a la casa de mi amiga Carolina López para que vinieran a auxiliarme. Pantera me había salvado de ser sorprendido en mi cama por cuatro hombres armados, que seguramente hubieran tomado mi vida.
Marcelino


            Una tarde de 1966, cuando contaba siete años, fui al “parquecito” (Parque La Salle) de La Floresta para conocerlo junto con mi hermana, estábamos recién mudados a la urbanización. Al rato de estar jugando en los aparatos, aparecieron dos niños no mucho mayores que nosotros, del Barrio de Bello Campo, quienes de inmediato, a punta de cuchillo nos conminaron a caminar hacia la caseta que estaba en la esquina Sur-Este del lote. Atrás de la edificación, nos sometieron a cada uno con las hojas muy afiladas presionadas contra nuestras gargantas y comenzaron a proferir toda clase de atroces amenazas cuyo significado completo sólo comprendí años después. De esta manera transcurrieron unos interminables minutos. Sentía estupor y pánico cuando súbitamente uno de los precoces delincuentes se llevó la mano a la frente con gesto de intenso dolor y escuché el grito “¡¿qué pasa ahí?!” Era el viejo Marcelino, el celador del parque, quien sin abandonar su posición en cuclillas, acababa de disparar certeramente una metra entre los ojos del agresor con su legendaria china hecha con caucho de tripa negra y madera de guayabo. Los perpetradores huyeron en carrera y jamás los volví a ver. Así conocí al negro Marcelino.
            Marcelino era de piel muy oscura, extremadamente delgado pero muy fuerte y siempre vestía una camisa blanca, pantalón azul oscuro, correa y zapatos de cuero negro, y sombrero blanco con banda negra. El canoso cabello lo llevaba casi al rape. Hablaba poco o nada. Pasaba horas en su posición favorita, agachado, observando la actividad en sus predios y cuidando la conducta y seguridad de los visitantes, si no estaba regando con una manguera, con su sempiterna china en el bolsillo trasero derecho del pantalón. Ante la transgresión traviesa de alguno de los zagaletones del vecindario (entre los cuales me incluía)  se escuchaba dos veces la advertencia “¡muchacho!” Jamás permitíamos que hiciera la tercera, pues sabíamos muy bien que se trataría de un chinazo en el trasero o -en casos graves- en la frente, el cual haría desde su posición habitual sin mover más músculos que los indispensables.
            Para redondear sus ingresos vendía refrescos en la pequeña casa en la que se alojaba dentro del mismo parque. Para comprarle íbamos hasta la puerta de la misma. Él con un gesto de la cabeza preguntaba -sin hablar- qué bebida deseábamos. Generalmente yo pedía Frescolita si no había colita Grapette. Luego de entregármela, extendía la clara palma de su enorme, callosa y delgada mano con surcos oscuros, para que le entregara un medio, el importe de la gaseosa. No cobraba por el costo de redención de la botella pero confiaba en el compromiso tácito de que se la devolvería intacta. No pronunciaba palabra.
            Cuando tenía once años y estaba en primer año de bachillerato, a veces me escapaba del colegio saltando el muro que daba hacia la estación de bombeo de agua del INOS que estaba contigua, y me iba al parquecito de Marcelino. Allí, a regañadientes, me permitía entrar en su casita. Generalmente tenía el radio encendido con música colombiana. Me sentaba, me ofrecía un refresco (el cual le pagaba) y también desayuno; generalmente perico con arepas hechos por él. Éste sí era sin costo alguno. Luego me decía “mejor vete para tu casa”, el mayor número de palabras que jamás le escuché. Pero siempre me rehusaba.
            No toleraba que nos trepáramos en los árboles de sus dominios. Cuando Mandinga (así llamábamos a uno de nuestros amigos) se montó en un pequeño guayabo y no atendió a sus primeras dos advertencias, con un tiro preciso de china en medio de los ojos lo hizo desplomarse a tierra. ¡Y Marcelino estaba acuclillado a unos veinticinco metros! Todavía recuerdo el prominente chichón de tinte verduzco, como un mamón, entre las cejas del compañero.
            A veces en su advertencia estaba ausente toda palabra. Esta se reducía a un certero chinazo con una metra que producía un terrible ardor en la nalga del transgresor. Todos los niños y púberes de la urbanización y barrios vecinos conocíamos su significado: “¡pórtate bien, quédate quieto!” Mi amigo Ernesto Carrasquero puede dar fe de esto pues tuvo el privilegio de recibir uno de esos impactos traseros cuando, montado en el muro del parque, trataba de alcanzar unos mangos del árbol de una casa contigua, junto con la parca sentencia “esos mangos no se tocan”.
            Pero no todo era represión de parte de Marcelino. En otra oportunidad el mismo Ernesto le presentó orgulloso al viejo velador una novísima china que su hermano Germán le acababa de confeccionar. Marcelino la tomó, la examinó y de inmediato la quebró con sus poderosas y magras manos. El niño corrió llorando a su casa y regresó más tarde con el hermano mayor para reclamar tal atropello. Sin embargo, el experto tirador los recibió con una flamante y nueva arma que le acababa de construir, la cual le obsequió con las palabras “una china se hace con guayabo, no con cualquier palo”. Esta se convirtió en su juguete predilecto en futuras cacerías de ratas en la quebrada Pajaritos.
            Tenía una siembra de diversas plantas comestibles adyacente a su pequeña casa, en territorio vedado para todo extraño. Cuando éramos picados por alguna de las numerosas avispas “Matacaballo” que había en esos terrenos, tomaba tres hojas de tres diferentes matas de ese conuco particular urbano, las trituraba y aplicaba la mezcla sobándola sobre la picada.
            Nunca intervenía para disolver las frecuentes peleas que armábamos dentro del parque. Bien fuera entre nosotros mismos, o cuando nos enfrentábamos a la selección oficial del Barrio de Bello Campo, conocido como El Barrio de los Perros, nuestros eternos rivales. Y tales peleas no eran poca cosa: salían a relucir bates, tubos y cadenas. Marcelino sólo observaba con interés, agachado muy bajo con sus rodillas cerca de los hombros, el desarrollo de los acontecimientos.
            Jamás supe qué ocurrió con Marcelino, sólo sé que un día no lo vimos más, se desvaneció, y su puesto fue tomado por un oscuro, vulgar, desagradable e inepto matrimonio que nunca gozó del aprecio de los muchachos vecinos.

1 comentario:

  1. Leo:

    Tus escritos son tan sentidos y profundos...... me has llevado a imaginar tu infancia, aun sin haberla conocido a detalle, como que si ha hubiese vivido durante el tiempo que duro la lectura....

    Te felicito....definitivamente este es uno de tus muchos talentos que merece ser explotado! No dejes de escribir por favor!

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