lunes, 17 de octubre de 2016

La muerte, política de Estado




“Pueden matarnos a todos, pero jamás derrotarán al pueblo”
Ho Chi Mín


No conocí a Luis Oviedo y a Diego Píccari. Supe de ellos el sábado, por Carla; fueron sus amigos. Sus compañeros en muchas largas sesiones de bowling. Conmovida, Carla me contó de sus muertes en una llamada telefónica durante la cual el horror heló mi sangre y la rabia abrasó mi pecho. Pero estuve en el velorio de Luis, acompañándola en su dolor. El de Diego fue en Valencia, así que no pudimos asistir. Luis y Diego aparecieron asesinados en un matorral adyacente a la carretera de Mampote, uno con un tiro en la nuca, otro con uno en la sien. Acurrucados, boca abajo. Todo indica que su ejecución fue la prueba de iniciación para malhechores que aspiraban a ser admitidos en una de las tantas bandas delictivas que azotan a los venezolanos.

Me niego a aceptar que Luis y Diego son solamente números que vienen a sumarse a los casi 300.000 fallecidos a manos del hampa en los casi 18 años de la dictadura chavista, quienes tampoco son simples números. Son seres humanos, nuestros hermanos. Esa pavorosa cifra significa que de cada 100 venezolanos, uno ha encontrado la muerte violenta aniquilado por malandros. Y también significa que es muy improbable que haya algún compatriota a quien la muerte por homicidio no le haya tocado cerca. Todos tenemos un ser querido, pariente o amigo que ha muerto por obra de la delincuencia patrocinada por el Estado.

Promovidos a “luchadores de clases”, los hampones fueron dotados de armas, incluso de guerra; de motos; de dinero; aun de territorios para su explotación como cotos privados de caza, en los cuales impusieron su ley. “Zonas de Paz”, bautizaron los revolucionarios a esos territorios adjudicados a las bandas para su dominio absoluto y la comisión de toda clase de delitos, desde el secuestro y el cobro de vacuna, hasta el homicidio y el narcotráfico. Pasaron de ser malandros a “buenandros”.Aterrorizaron a la población de estados enteros. Proliferaron parasitando y exterminando a ciudadanos de bien.

La predicción fundamental del marxismo (el marxismo no es más que una especulación, ni siquiera teoría) es la llamada por Marx lucha de clases. El Estado socialista se instaura en virtud de una revolución de la clase obrera (llamada proletariado por Marx) en contra de la clase media profesional, aquella con oficios, estudios y capacidad de pensar (a la que Marx llamó burguesía). De esa clase y de las clases más altas provenían los empresarios y el capital.

Tanto la lucha de clases como la revolución son concebidas por el marxismo como el exterminio total de una clase social (burguesía) por parte de otra (proletariado). Exterminio que garantiza a la nueva clase obrera dominante el control total de la sociedad por medio de lo que Marx llamó socialismo o dictadura del proletariado.

En Venezuela –como en el resto de Latinoamérica- no existe la enorme clase trabajadora de la Europa de principios del siglo XIX y de la Revolución Industrial. Esta, en efecto, es prácticamente inexistente. En nuestro continente abunda lo que Marx llamó lumpenproletariado, o lumpen, esa masa sin preparación, sin oficio, indigente, desposeída, incapaz de aportar económicamente y sobre todo, incapaz de pensar.

Por contraste, la “burguesía” o clase media, es justamente la cabeza pensante de la sociedad moderna. Desde sus orígenes en los burgos de la Edad Media –aldeas en las que se concentraban artesanos y gente con oficios- esa “burguesía” ha sido responsable del progreso de la humanidad. De ella salieron médicos, matemáticos, ingenieros, científicos, humanistas, abogados, economistas, etc..
Esta es la razón por la cual en todos y cada uno de los fracasados ensayos comunistas marxistas de la historia, el objetivo ha sido el exterminio de “la burguesía”, vale decir, la decapitación de la sociedad. Lo hicieron Lenin y Stalin a un costo de 45 millones de muertos. Lo hizo Mao con su esposa en el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural,  con 50 millones de muertos. Los hizo Pol Pot en Camboya, aniquilando al 40% de la población, unos 5 millones de muertos (bastaba usar lentes para merecer una ejecución sumaria bajo la presunción de saber leer y escribir). Lo hizo Castro en Cuba, aunque todavía no sabemos cuántos muertos costó.

Es famoso el ejemplo de la Masacre de Katýn, en la que Stalin y el Soviet Supremo ordenaron a Beria –el entonces director de la NKVD (KGB)- la ejecución sumaria de 23.000 oficiales del Ejército Polaco durante la ocupación en la Segunda Guerra Mundial. La Ley obligaba a todo graduado universitario a alistarse en el Ejército al egresar de la universidad, de esta manera, la oficialidad polaca aglomeraba a toda la clase profesional del país. Asesinando a esa oficialidad, se exterminaba a toda la clase pensante. Una vez exterminados los oficiales, procedieron a ejecutar también a los comunistas polacos miembros de la guerrilla de la resistencia contra el nazismo, pues a juicio de Stalin eran capaces de pensamiento y pasarían a ser enemigos rebelados en contra de la dominación soviética.

El pensamiento es el peor enemigo del comunismo. Todo aquel que es capaz de pensar comprende que el comunismo es una aberración inviable y un crimen contra la humanidad. El simple hecho de que para instaurarse es requisito la aniquilación total de toda una clase social, ya lo hace violatorio de Derechos Humanos, de la misma manera que el nazismo. Y todo aquel capaz de pensar entiende que el pensamiento único, de cualquier signo, de izquierda o de derecha, es cualquier cosa, mas no pensamiento. El pensamiento único es la negación de la individualidad (esencia del colectivismo) y por lo tanto de la diversidad y de la creatividad. En consecuencia, es la negación del pensamiento.

El castrochavismo no fue una excepción. La pretendida revolución bolivariana que resultó no ser más que un saqueo en gran escala, también contempló el exterminio de las clases pensantes. Su Plan Tierra Arrasada, mediante el cual la revolución reduciría a escombros al país y a su sociedad impulsada por la clase media o “burguesía”, contemplaba la lucha de clases por medio del fomento de la inseguridad y la delincuencia, de la muerte. La muerte sería política de Estado. La inseguridad sería complementada por la ruina económica, la escasez y la inflación. Así, homicidios, hambre y carencia de salud –todos violaciones del Derecho a la Vida por parte de un Estado que no garantiza ese derecho- se conjugarían para exterminar el pensamiento. Genocidio no tan velado, pero menos patente que fusilamientos en el Estadio Universitario.

A las muertes se sumaría la nada despreciable diáspora sin precedentes en la historia del país. Más de dos millones de venezolanos se han visto obligados a emigrar para sobrevivir. Millones de cerebros sacados del camino para facilitar la entronización del comunismo. Un efecto colateral del genocidio muy deseable para los comunistas dizque bolivarianos.

Junto a 300.000 mil hermanos cuyos nombres deberán estar algún día en un monumento para que la civilización no olvide, y a muchos, muchos otros más que no se encuentran en los registros de muertes violentas, como bebés muertos por falta de medicinas, Luis Oviedo y Diego Píccari deberán ser recordados como víctimas de ese exterminio planificado en las más altas esferas del poder, con toda seguridad, en un salón de algún palacio en Cuba, en donde el Mojito Cubano y los Cohíba deben también haber estado presentes.

Es lugar común decir que mientras haya presos políticos nadie puede tener verdadera libertad. Pero es absolutamente cierto. Como es cierto que cuando matan a uno de nuestros hermanos, quienes sobrevivimos no podemos tener vida. Al menos una parte de nosotros muere con cada una de esas muertes. Pero no tengan duda los asesinos -y no me refiero a los descerebrados que jalaron el gatillo, me refiero a sus amos que han hecho de la muerte política de Estado-, con cada muerte nos fortalecemos y se fortalece nuestra capacidad y decisión de lucha. Jamás podrán vencernos. Podrán matarnos, pero no vencernos.

Leonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe

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