miércoles, 7 de septiembre de 2016

¡¿Diálogo otra vez?!




“Este no es momento para componendas, sino para para barrer la escoria y exigir cuentas. El daño ha sido demasiado profundo y hecho a propósito”
Enrique Aristeguieta Gramcko


Si algo no ha faltado en la política venezolana durante los últimos 15 años, es diálogo. El diálogo, la conciliación y negociación desde posiciones diversas, es la esencia de la política. Sin diálogo no hay política. Desde esta perspectiva, oponerse al diálogo, aun con una dictadura bárbara, cínica y sangrienta, en apariencia luce “radical”, insensato y desatinado. Siempre podrá existir el cuestionamiento a esta negativa con argumentos en apariencia racionales.

Pero existen circunstancias en las que no solamente es imposible el verdadero diálogo, sino que es abiertamente contraproducente. Por ejemplo, en el caso en que ese diálogo sea convocado como emboscada, como una trampa para que una de las partes logre exterminar a la otra y perpetuarse en el poder. Tampoco es posible el diálogo cuando de antemano existe absoluto desprecio e incluso negación con respecto a la posición de la contraparte y su poder de negociación. También es imposible cuando una de las partes excluye toda posibilidad de que pueda existir un pensamiento distinto al propio. No es posible el diálogo cuando hay amenaza de violencia contra el interlocutor, como violarlo sodomitamente con una yuca blandida por uno de los  “dialogantes” y de masacrarlo con un mazo o garrote de cavernícola esgrimido por el otro. Sobre todo, es imposible el diálogo y hasta es una contradicción siquiera proponerlo, cuando una parte desconoce la mera existencia de la otra. Por último, es imposible el diálogo con secuestradores que no creen en diálogos y sólo desean comprar tiempo para matar a los rehenes y evadir la justicia.

El chavista, de la misma manera en que sólo cree en elecciones si las gana, sólo cree en el diálogo cuando sus propios excrementos le llegan al cuello y amenazan con ahogarlo. Sólo cree en el diálogo como tabla de salvación que le permita recuperarse y repotenciarse para continuar oprimiendo al pueblo. Desde 2002, en los tiempos de la Coordinadora Democrática, Gaviria y Carter, el chavismo ha usado el diálogo para salvarse,  preservar su garra en el poder y atornillarse de manera más profunda para controlar la sociedad. Históricamente, el diálogo ha servido al chavismo para consolidarse como dictadura. El diálogo, tal como lo concibe y practica el chavismo, es un recurso para desarticular a la oposición y neutralizarla, a lo cual esa oposición a causa de su talante democrático e ingenuidad (y quién sabe si colaboracionismo bien remunerado) se ha prestado.

Hoy, especialmente después del formidable despliegue de infinita fuerza que los millones que aun con los obstáculos ilegítimos como bloqueos de túneles y carreteras, cierre de medios de transporte, del Metro y de todas las barreras groseras impuestas por la dictadura, desbordaron las avenidas de Caracas y luego de los sucesos de Villarosa en la otrora chavista Margarita, el chavismo clama por diálogo. Súbitamente, la palabra “diálogo” aflora en labios de los que normalmente acostumbramos escuchar sólo insultos y amenazas.

Para gestionar el diálogo –el diálogo al estilo chavista, claro está- el régimen contrató los servicios de antiguos socios o cómplices como Rodríguez Zapatero, Ernesto Samper, Martin Torrijos y Leonel Fernández, de quienes  hasta escándalos de corrupción relacionados con el chavismo ha mencionado en la prensa. Con este grupo de aliados o, mejor, mercenarios agavillados, el chavismo pretende emboscar a la oposición y confundir a la opinión pública mundial presentándolos como intermediarios neutrales de buena fe, cuando en realidad son tan dolientes del destino de la dictadura como los mismísimos Nicolás Maduro y Diosdado Cabello.

Dada la precaria posición actual de la tiranía en lo que a popularidad se refiere, pero especialmente en vista de los crímenes cometidos por esta contra el país, el pueblo venezolano y la humanidad, que van desde el asesinato y la tortura hasta el genocidio (constituyen genocidio las cientos de miles de muertes por la incapacidad o negativa estatal de garantizar el derecho a la vida, la alimentación y la salud, máxime si los recursos para garantizarlos existieron pero fueron saqueados), pasando por delitos “menores” como narcotráfico, lavado de capitales y promoción del terrorismo internacional, el único diálogo posible con el chavismo debe ser para negociar su rendición incondicional sujeto a las garantías que le otorgan tanto el Derecho Internacional y como el Interno.

Es de destacar que los capos del chavismo hablan de la necesidad del diálogo como condición o requisito para que el referéndum revocatorio pueda tener lugar, lo cual es un planteamiento inaceptable. Ni la Constitución ni las leyes exigen tal requisito. Más grave aún, el referéndum es un derecho constitucional no negociable ni susceptible de ser condicionado, mucho menos por la parte a ser revocada. Pero lo verdaderamente inadmisible de esa exigencia es el derecho que se arroga el régimen –a la vez una desfachatada confesión absolutamente impúdica- a decidir si el revocatorio se realiza o no, dependiendo de la ocurrencia del fulano diálogo. Basta con que el pueblo pida el referéndum de acuerdo a lo dispuesto y exigido en la Constitución (sin limitarlo con normas y resoluciones caprichosas dilatorias emanadas de poder público alguno) para que este se realice. No tiene el gobierno ni ningún órgano del Poder Político la autoridad para condicionar la realización del revocatorio. Y si el régimen tiene la osadía de exigir diálogo como condición para hacer el referéndum, inequívocamente está confesando que se considera con la facultad para obstruirlo y para desconocer la voluntad popular; o sea, está confesando su control de todas las ramas del Poder Público, exceptuando a la AN e incluyendo muy especialmente al CNE.

Los millones de venezolanos que se lanzaron a la calle el 1º de septiembre de 2016, esos que caminaron en Caracas o que quedaron atrapados congestionando las carreteras bloqueadas por la dictadura, son los mismos que votaron en mayoría aplastante por la Asamblea Nacional elegida el 6 de diciembre pasado y que, junto a los que se les sumaron desde entonces,  constituyen la fuerza con que cuenta esa asamblea para deponer la dictadura exigiéndole su rendición incondicional y para restaurar la democracia. Sería un crimen desperdiciar ese poder y dilapidar la más brillante oportunidad histórica que la providencia le ha brindado al pueblo venezolano para librarse de las cadenas opresoras del mal.

Leonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe

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