lunes, 5 de septiembre de 2016

Cacerolas contra fusiles

"Podrán matarnos a todos, pero jamás derrotarán al pueblo"
Ho Chi Mín




Cualquier viajero proveniente del mundo civilizado que llegue a Venezuela se sentirá impactado por el ubicuo uniformado de verde oliva con un fusil en la mano. Desde el aeropuerto, donde ese uniformado será el primer paisaje que vea del país, hasta en supermercados y farmacias, pasando por plazas y centros comerciales, las botas, la cachucha y el Kalashnikov dominan la escena. ¡Desde la custodia de la soberanía (entregada a Cuba, por cierto) y de la seguridad interna (donde el hampa opera a sus anchas) hasta la distribución de comida –gallinas, pollos, carne, verduras, frutas- están en manos de militares! En Venezuela hay militares hasta en la sopa. Literalmente.

No es exageración. Con la novísima Gran Misión Abastecimiento Seguro y Soberano –“solución” milico-socialista a los problemas de hiperinflación, desabastecimiento y escasez; mismos que siempre ha creado el socialismo en todas las latitudes- su Presidente, el general Padrino López designó generales encargados de cada rubro de la cesta alimentaria. De esta manera, Venezuela es pionera mundial en el desarrollo de las Ciencias Económico-militares y único país en el planeta en el que hay un General que se ocupa de la distribución de pollos; otro General de la distribución de carne; otro de la de yuca, ocumo y papa; otro de la harina de maíz; otro de los huevos; y así sucesivamente. ¡Tantos años de formación militar y dólares de la nación invertidos en esa educación para terminar haciendo el mismo trabajo que cualquier portugués haría más honesta, económica y eficientemente! No era necesario enseñarlos a usar fusiles, tanques, misiles, barcos y aviones para ponerlos a vender comida.

Pero en Venezuela los militares se ocupan hasta de vender comida a punta de fusil por una razón: dominación. Obedecen a la otra fuente inspiradora –además del pajarito- del cucuteño usurpador: Josef Stalin (“controla la comida del pueblo y controlarás al pueblo, que estará agradecido de lo poco que le des”). La dictadura castrochavista domina todos los aspectos de la vida ciudadana con las armas y con la mirada omnipresente de un militar muerto. Por la fuerza del fusil obliga al pueblo a someterse a un indigente intelectual semianalfabeta, extranjero, agente del G2 impuesto por Cuba. Con ese fusil apuntado a la frente de cada venezolano, los capos militaristas revolucionarios nos hablan de sus deseos de paz: pax militari.., o paz de los sepulcros al que se les resbale.

Pero el pueblo de Venezuela gritó “¡basta!” y el 1º de septiembre salió a marchar por las grandes avenidas de Caracas que se desbordaron con más de un millón de manifestantes rebelados contra la bota miltar-civil que saqueó al país y lo llevó a la miseria. Y sacó sus cacerolas para percutir en ellas con el deseo desesperado de que el militarismo títere de Cuba suelte su garra sobre este noble país.

Al día siguiente, el Virrey Cubano que ejerce con el título de Presidente de la República visitaba el barrio de clase media Villa Rosa, en la isla de Margarita. Los habitantes lo recibieron con un cacerolazo monumental. Cuando se retiraba en la caravana presidencial con un ejército de escoltas, lo caceroleaban con gritos de repudio como jamás había escuchado un gobernante en el país. Perdió el control y se bajó de la camioneta que lo conducía. Iracundo confrontó a una señora y la golpeó en el rostro para arrebatarle la olla con que lo ofendía. Corrió. Se dirigió a otra dama que lo insultaba indignada y también la golpeó en la cara. Continuó su carrera hasta que finalmente huyó de la muchedumbre que seguramente lo habría linchado de no ser por la ayuda del general Mata Figueroa, gobernador chavista del estado, quien también se bajó a repartir golpes, y de sus escoltas de la Casa Militar.

La venganza represiva contra los habitantes de Villa Rosa no se hizo esperar. Decenas de detenciones, allanamientos arbitrarios por docenas, decomisos masivos de celulares (que en videos y fotos captados guardaban la realidad de los sucedido). Incluso el editor de Reporte Confidencial, medio que publicó videos de los hechos y dio la noticia, Braulio Jatar Alonso, fue interceptado en su vehículo por la policía política, detenido y está siendo imputado por “legitimación de capitales”, no por difundir la información, sino porque “convenientemente al régimen” llevaba $ 20.000 en su carro (sabemos que los cuerpos de seguridad de la dictadura son incapaces de sembrar evidencia a sus adversarios cuando los quieren sacar de circulación).

El terror infundido a la dictadura por la protesta popular la hizo responderle al pueblo con el mismo extremo terror que retuerce los intestinos de los tiranos chavistas.

Los acontecimientos de Villa Rosa puestos en contexto con la gran Toma de Caracas y todos los sondeos de opinión que le dan al gobierno menos de 10 % de aprobación y muestran un rechazo virtualmente unánime de la población, son evidencia inequívoca de que los gobernantes están en guerra con el pueblo. En una guerra en la que el régimen tiene los fusiles, tanques y aviones y el pueblo únicamente su corazón, su voluntad y las cacerolas.

La historia enseña que el dominio ejercido por fuerza de las armas, violencia y terror sólo funciona en el corto plazo y que eventualmente desembocará en tragedia para los gobernantes. Un día el pueblo explotará harto y desesperado rompiendo las cadenas que lo oprimen y no habrá ni armas ni terror que lo detengan. Es un patrón que se ha repetido una y otra vez a lo largo de la civilización.

Es trágico que un gobierno esté en guerra con su pueblo. Y más trágico aún será el final de esos que detentan el poder aterrorizando y hambreando al pueblo. Sería saludable para el propio chavismo que comprenda que 30 millones de venezolanos conforman una inmensa Villa Rosa. Y demostrarán que la voluntad del pueblo expresada en el humilde sonido de las cacerolas es infinitamente más poderosa que todos los fusiles, tanques y aviones de los forajidos verde oliva.

La pregunta no es si el pueblo derrotará a la dictadura, sino cuál será el precio que la dictadura le hará pagar para alcanzar su victoria. Pero no quepa duda, cualquiera que este precio sea, lo pagará. También lo enseña la historia. Como además enseña que el precio pagado por los sátrapas en su derrota de forma fatal es exponencialmente proporcional al que le hacen pagar al pueblo.

Leonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe

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