jueves, 18 de agosto de 2016

La negación del marxismo




Por lo menos en apariencia, el móvil que impulsó a Karl Marx a proponer sus teorías fue muy loable. Tradicionalmente se sostiene que surgieron ante su preocupación por la explotación de los trabajadores en la sociedad de comienzos del siglo XIX durante la era del Maquinismo y la Revolución Industrial, por parte de empresarios capitalistas burgueses.

Es cierto que para la época se practicaba un inhumano trato hacia el obrero. Las jornadas de trabajo eran de 16 horas. Hasta niños y mujeres embarazadas laboraban en condiciones atroces y sujetos a esos horarios esclavizantes.

Sin embargo, por mucho que la solidaridad humana haya originado las ideas de Marx, no hay duda de que su solución al problema fue en extremo perversa y maligna. El genocidio, la eliminación de una clase social entera.

Ignorando los mecanismos autoreguladores que el capitalismo demostró tener años más tarde cuando paulatinamente él mismo generó justicia social, la reducción de la jornada laboral, el incremento del nivel de vida y de bienestar, aumento de la longevidad, la reducción de mortalidad y morbilidad, Marx propuso como única salida a esa oprobiosa situación de los trabajadores explotados una revolución de la clase obrera -a la cual llamó proletariado- en contra de la clase económicamente dominante –que llamó burguesía-. El ascenso al poder de la triunfante clase obrera conduciría en primera instancia al establecimiento de una dictadura del proletariado que llamó “socialismo”. Un sistema colectivista totalitario.  Finalmente esa dictadura evolucionaría hacia una etapa definitiva (y utópicamente idílica, de igualdad entre todos los hombres) que llamó “comunismo”. Según él, el sistema perfecto de gobierno, economía y sociedad por ser igualitario (en la práctica, este sistema colectivista jamás se ha desprendido de su condición de totalitario y en él las desigualdades se han acentuado entre las élites gobernantes y el pueblo oprimido y hambreado).

Es necesario hacer énfasis en que -según Marx- la revolución socialista, la dictadura socialista y la sociedad comunista surgen exclusivamente de la clase obrera como motor de cambio, del proletariado; clase social con oficios, calificada para diferentes labores productivas. Bajo ningún concepto se genera de lo que Marx llamó “lumpenproletariado”, o la clase formada por indigentes, mendigos, gente sin oficios ni habilidades profesionales totalmente improductiva, a la que, por cierto, Marx despreciaba profundamente y consideraba una lacra social.

La gran aberración de la teoría marxista es el hecho de que es –por definición- genocida. La revolución se fundamenta en lo que su autor llamó “la lucha de clases”, confrontación violenta de una clase social (obrera) con otra (burguesía), que persigue la eliminación de esta última. Es decir, la tal lucha de clases es el exterminio sistemático de la clase media profesional que los marxistas llaman “burguesía”, por parte del proletariado.

Como todo movimiento marxista populista (y además, militarista nacionalista totalitarista), el chavismo traiciona el principio esencial del marxismo: la revolución no nace del proletariado. La pseudo revolución chavista se apoya casi exclusivamente en el lumpen y la promueven militares ávidos de poder y riquezas. Por una parte, en Venezuela –como en el resto de Latinoamérica- la clase obrera o proletaria es menos numerosa que la clase indigente o lumpenproletariado. Por otra, es más difícil ganar el favor de una clase compuesta por individuos con oficios y habilidades profesionales, capaces de subsistir sin las dádivas de un Estado comunista. Además, siendo la clase obrera esencialmente de gente “pensante” debido a su comparativamente superior formación intelectual que la del lumpen, es mucho más difícil de engañar con las mentiras que tradicionalmente imperan en las promesas populistas de cualquier signo, de derecha o de izquierda.

Hasta que los precios del petróleo cayeran abruptamente, el Estado chavista fue capaz de mantener una populosa clase indigente subsidiada con transferencias generalmente conocidas como “misiones”, que provocaron la ilusión de bienestar social al punto de que hasta organismos internacionales celebraran la erradicación de la pobreza en Venezuela (pobreza que regresó con creces y súbitamente al caer los precios del crudo). Estas misiones, el sistema de Mercal  y Pdval, el FUS y en general todos esos organismos y fondos creados para otorgar regalos y limosnas al lumpen clientelar y de esta forma garantizarse su fidelidad (y para enriquecer a los revolucionarios que los administraban facilitando el expolio), lograron con éxito su objetivo proselitista hasta que ocurrió la debacle petrolera.

La dramática pérdida de popularidad de la dictadura causada por sus fracasos de toda índole, principalmente económicos, es decir, causada por el hambre, condujo a la creatividad delictual chavista a concebir un sistema de subsidio a su fiel lumpen, al último bastión de aquella popularidad que una vez tuvo, y nació el bachaqueo, que continúa satisfaciendo el doble propósito de comprar la lealtad del lumpen y de enriquecer brutalmente a la jerarquía militar y civil del régimen.

En alianza con los mismos grupos delictuales que fueron reclutados para la llamada “lucha de clases” desde los comienzos del gobierno chavista, en su mayoría conocidos como “colectivos”, muchos dirigidos por los llamados “pranes” patrocinados por el gobierno como “luchadores sociales”, y en complicidad con los mandos militares y policiales (GNB, GP, PNB), el bachaqueo se erigió como un sistema de subsidios al fiel lumpen de altísimo rendimieno y beneficio para los bachaqueros y sus jefes.

Se rumora que en diferentes automercados, expendios de alimentos y medicinas distintos pranes son beneficiados con un número X de tickets que se otorgan diariamente a bachaqueros a su servicio para hacer las colas de ingreso a esos negocios, con el objeto de comprar productos regulados que luego son revendidos en el mercado negro con beneficios que pueden alcanzar hasta 500 veces el precio controlado.

Es indiscutible que el sistema de bachaqueo requiere para existir una alta intervención del gobierno y sus entes paraestatales (colectivos, consejos comunales). En primer lugar, le es indispensable el control oficial de precios de productos de primera necesidad. En segundo lugar, necesita que las autoridades y cuerpos de seguridad se hagan la vista gorda ante las transgresiones y desmanes cometidos por bachaqueros y sus jefes (pranes y directivos de consejos comunales y colectivos leales a la dictadura). Sin un Estado que lo patrocine, el bachaqueo sería imposible.

La motivación del lucro formidable que ofrece el bachaqueo hace que, acaparados por los bachaqueros, los productos desaparezcan para los compradores legítimos y vecinos de cada zona, quienes deben pagar los exorbitantes precios del mercado negro si desean sobrevivir.

Es posible que el sistema de bachaqueo le proporcione cierto grado de beneficio a la dictadura, que mata dos pájaros de un tiro con este crimen: compra la lealtad del lumpen que ayuda a sostenerla a la vez enriqueciendo a los capos civiles y militares chavistas, y perfecciona el exterminio de las clases media y obrera; clases pensantes que por serlo representan una amenaza para el chavismo. El bachaqueo potencia de tal manera la inflación y la escasez para quienes pierden el acceso a los productos bachaqueados, o sea, para las clase media obrera y profesional, que se constituye en un eficiente mecanismo de “limpieza social” y genocidio por medio del hambre y la muerte causada por falta de medicinas. Por consiguiente, también es un delito de lesa humanidad y violación de DDHH por parte del Estado que lo permite o patrocina. Pero inevitablemente conducirá a la tragedia y terminará siendo un boomerang para el propio régimen. Agravará el hambre del pueblo catalizando la hambruna, pero también alimentará la ira popular en contra de la operación de saqueo criminal conocida como revolución bolivariana y de sus dirigentes. Porque contrariamente a la creencia chavista, el pueblo no es pendejo, y menos, con el estómago pegado al espinazo.

Leonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe

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