sábado, 2 de abril de 2016

Macondo, 1984





Los ubicuos ojos escrutadores del líder supremo vigilan absolutamente toda actividad ciudadana. Desde las fachadas de edificios en las grandes avenidas, en los baños públicos, en oficinas ministeriales y de servicios del Estado, los ciudadanos estamos bajo la mirada amedrentadora del Hermano Mayor. Pero esta es una versión de Big Brother que ni el visionario George Orwell hubiera concebido. Es un Hermano Mayor que parece más bien brotado de la pluma de Gabriel García Márquez; un 1984 ambientado en Macondo. Realismo mágico orwelliano.

No imaginó el genio de Orwell –prefiero recordarlo como Eric Blair- que el Hermano Mayor existiría en un grado mucho mayor de perversión que el de su profética novela. Los ojos omnipresentes del líder supremo, al modo de la pantalla de Orwell que todo lo veía, todo lo dominaba, pertenecen a un cadáver. ¡Es un muerto el que vigila al venezolano! ¡Es un muerto el que lo gobierna, domina y oprime! Y es un muerto el que lo saquea…

La banda de saqueadores organizada por el Big Brother de Sabaneta para asaltar el poder con el objeto de ejecutar el robo más formidable, rapaz, exhaustivo y sistemático de todas riquezas de un país en la historia de la civilización, es de una ineptitud tal que reconoció la necesidad de mantenerlo en el poder como líder, aun después de su muerte (a la que por cierto, rodean extrañas circunstancias), creando una suerte de culto necrófilo y la sensación de que el país es gobernado por un Cid Campeador tropical devaluado y en estado de descomposición; corrupción de la carne que recuerda la corrupción moral de esa secta destructiva fanática y necrófila. Así, crearon la imagen de los ojos del comandante difunto, el Big Brother con alpargatas en el cerebro cuya mirada nos persigue todo el día, todos los días, para recordarnos que somos sus rehenes a quienes, además, saqueó sin piedad.

Una sociedad regida por un cadáver descompuesto está seriamente trastornada, máxime si se trata de una ficción para continuar la dominación por parte de los herederos de ese muerto. Es un síntoma de psicosis.

Pero hay más. Esa banda de malandros asidos al poder bajo el amparo protector de un cadáver putrefacto está dedicada frenéticamente a “raspar la olla” y terminar el expolio sin entender, reconocer, admitir, que el pueblo le ordenó su salida el 6D con una contundente derrota electoral. El pueblo dijo “¡basta!” Pero el frenesí de marranos disputándose los restos de una última comida les impide ver esa realidad. De esta manera, se refugia en triquiñuelas, sentencias chimbas, trampas leguleyas para intentar lo imposible: desconocer esa voluntad popular.

Así, usan un TSJ designado apresuradamente por la banda en violación de la Constitución, conformado por compañeros de su misma banda, algunos de connotado prontuario policial, y lo ponen a emitir sentencias disparatadas en contra de la recién electa por el pueblo en votación directa, AN. En virtud de algún misterio ignoran que las sentencias emitidas por ese tribunal carente de legitimidad y sobre todo, de representatividad, son nulas y  jamás podrán represar la voluntad del pueblo. Desligados de la realidad –otro síntoma de psicosis-  se amparan en esos textos inútiles para continuar el saqueo hasta del último dólar. El frenesí les impide ver que con estas burdas maniobras sólo logran enardecer más la arrechera popular, que ya va acercándose a niveles explosivos. Los ejemplos a lo largo de la historia  enseñan que los gobernantes de cualquier signo o color en similar situación han encontrado su destino final en guillotinas y paredones, o en algo mucho peor.

La banda necrófila ocupada en el “raspado de olla” no logra entender que una sentencia forjada por su TSJ –letras- nada significa al lado de la muerte que acecha al bebé sin medicinas en brazos de la madre desesperada; del enfermo de cáncer que con alaridos de dolor y desesperación, agoniza sin medicamentos; del diabético que muere muy lentamente por falta de medicinas; del paciente renal cuya sangre envenenada no puede limpiarse pues no hay dólares para comprar material de diálisis; o del asmático que desesperado no encuentra aire pues no hay broncodilatadores en el país y se expone a morir asfixiado. La banda no entiende que la decisión nula de ese TSJ, un pedazo de papel, no significa nada al lado de esas violaciones de Derechos Humanos y que el pueblo lo sabe.

La banda del comandante difunto no entiende que la sentencia chimba firmada por el mismo Calixto Ortega que recibió trompetillas del juez de New York cuando le solicitaba que liberara a sus defendidos narcosobrinos Flores, es irrelevante para los millones de venezolanos que tienen que matarse en colas para comprar un pollo, un paquete de harina y un kilo de azúcar.

La banda de choros necrófilos psicópatas no entiende que una sentencia írrita de ese TSJ inconstitucional no significa nada  ante la arrechera desenfrenada de un pueblo y que, peor aún, agrava esa tremenda arrechera disminuyendo las probabilidades de supervivencia de los malandros de la banda.

La banda que secuestró a Venezuela hizo enemigos a lo largo y ancho del planeta. Se alió con las causas más abyectas de la humanidad. Saqueó el país y fracasó en su conducción como gobernante. Está señalada o investigada en distintos países por diferentes delitos que van desde el narcoterrorismo al lavado de capitales.

¿Por qué se aferra al poder por medios tan burdos cuando ya es tan evidente que con ello tan solo hará más violenta su salida, pero no la evitará? El dinero robado no podrá disfrutarlo, salvo dentro del país y al costo de andar en tanques de guerra y convoyes militares hasta para ir al mercado. Lamentablemente nunca construyó nada que pudiera mostrar como obra y causara un mínimo de bienestar que le permitiera una oportunidad de perpetuarse en el poder. Sólo destruyó y robó. Ahora no le resta más que pagar por sus crímenes.

Es claro que la banda chavista no escapará a la justicia del hombre. Los sistemas de justicia de otros países y aun los internacionales ya comienzan a moverse en su contra. Y la Justicia de Dios inexorable le espera. Ningún Dios permite y deja de castigar la muerte de niños privados de medicinas con el único objeto de robarles unos dólares para esconderlos en Andorra mientras se bañan en champán.

 Los ojos del psicópata supremo de Sabaneta vigilaban a los temerosos rehenes mientras su banda de choros saqueaban la nación. Pero el 6D los rehenes rompieron las cadenas a voto limpio. La banda parece en negación, no acepta que la historia cambió. Que su tiempo pasó. Que pertenece a un distante pasado. Que es en su mejor interés intentar negociar, salvar algo, antes que ir a una costosa confrontación en la que sin duda se llevará la vida de muchos, pero que la conducirá exactamente al mismo destino: a su disolución y a la cloaca de la historia, sólo que con mayores pérdidas.

La banda no fue destruida por el capitalismo, la guerra económica, el Imperio, la derecha, la oligarquía, los judíos. La banda fue destruida por la banda, su peor enemigo; a la manera en que Chávez fue el peor enemigo de Chávez. Desde que nació portaba el germen de su propia destrucción inoculado por su autodestructivo fundador. Su caída es el resultado lógico del cúmulo de sus actos. Dios se apiade de ellos.

Leonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe

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