sábado, 5 de marzo de 2016

Marisela Valentina





Todavía recuerdo. La imagen es muy clara. Una fría mañana de un domingo en 1963 subíamos por la carretera de El Junquito en la camioneta Opel Caravan de mi madre en dirección a la casa de descanso de mis tíos Enrique y Luisa del Valle, ya fallecida para esa época. Era la cita obligada de la familia con los más íntimos cada fin de semana. A mis 4 años ya sabía reconocer y sucumbir a la belleza femenina, y mi mirada no se podía apartar de la hermosísima niña de nariz aguileña y piel canela que viajaba a mi lado. Marisela Valentina.

Dos jóvenes estudiantes de Derecho de la UCV y activistas políticos de la resistencia contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, Leonardo Silva Estrada, mi padre, y Eduardo Godoy Boada, el padre de Marisela Valentina, se dirigían al Hipódromo La Rinconada a probar suerte esa tarde con los últimos Bs 100 que les quedaban. Corría el año 1955. Eran compañeros de parranda, de estudios y de lucha libertaria como dirigentes estudiantiles, Eduardo por el partido Acción Democrática y mi padre por el Partido Comunista de Venezuela, en el que había ingresado, como mi madre, a los 13 años de edad. Vengo de un hogar comunista. Marisela de uno socialdemócrata.

Y era vital que los dos estudiantes de Derecho tuvieran suerte en las carreras de caballos de ese día. Carmelina Estaba de Godoy, la esposa de Eduardo, estaba a punto de parir y eran necesarios los bolívares para pagar el parto. Ambos, hípicos de corazón, estudiaron con detenimiento los caballos que participarían en las carreras de esa tarde, y finalmente decidieron apostar el resto, esos últimos Bs 100 que reunían entre los dos, en una sola yegua.

La yegua ganó y los dos jóvenes apostadores “levantaron” el dinero para pagar el parto, del cual, tres días más tarde nació una niña. Marisela Valentina, ya tenía escogido su nombre al nacer. Su padre y el mío, mientras celebraban el triunfo de la yegua que proveyó los fondos para pagar la clínica y demás gastos, lo seleccionaron. Sí, ellos hicieron el trabajo pesado -parir el nombre- y le dejaron la parte fácil –parir la niña- a la madre, Carmelina. 


Esa yegua triunfadora se llamaba “Marisela”. Eduardo ya había decidido que si Dios le regalaba una hembra –en esos días no se conocía el ecosonograma- la llamaría Valentina (“la valiente, la que vale, la que tiene valor”) en honor a la india Kariña que lo crió como a tres generaciones de Godoyes, a quién llamaban “mamá”, Mamá Valentina. Así que fue más bien sencillo que entre whiskeys, los dos amigos, hermanos que se profesaron la más profunda amistad que la lucha continua, la vida, los años de solidaridad y la mutua admiración nutrieron, unieran los nombres Marisela y Valentina, apropiado apelativo de la valiente mujer que no imaginaban, sesenta años después se enfrentaría sin temor a la dictadura de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro. Como no imaginé yo, aquella mañana ascendiendo por las montañas de Caracas junto a ella en el asiento trasero de la Opel Caravan, que la bellísima niña de ocho años, de cabello lacio castaño oscuro, melodiosa voz y deliciosa risa de la que estaba tan enamorado, condenaría la absurda, descabellada y atrabiliaria sentencia en contra de la nueva AN dominada por la oposición, con un brillante, sentido, docto aunque llano, sabio y valiente discurso el 17 de febrero de 2016, pronunciado como Magistrada de la República, en Sesión Plenaria del TSJ, cuyo audio fue  borrado por orden de Gladys Gutiérrez, la Presidenta chavista de esa magna corte que no es más que la consultoría jurídica del PSUV, en un esfuerzo inútil por silenciar la voz de Marisela Valentina, que con la burda maniobra se hizo más estruendosa, contundente y eficaz en transmitir y defender el clamor popular expresado con sufragios el 6 de diciembre de 2015, cuando el pueblo diáfanamente le exigió al chavismo la salida del poder.


Profesionalmente Marisela se destacó como Juez de Primera Instancia y Superior en lo Penal durante la era democrática, cuya conducta fue signada por altos valores éticos, morales, jurídicos y científicos. Una apasionada de la Ciencia del Derecho, se cultivó en la Academia y el foro como penalista  y constitucionalista de altísima solvencia. Su carrera como docente en la UCV avala su solidez como jurisprudente.

Pero sobre todo, la formación en un hogar de nobles valores, dentro de una familia de luchadores demócratas que sacrificaron libertad y fueron obligados al exilio por la dictadura militar perezjimenista, forjaron el espíritu templado, recto e incorruptible de Marisela Valentina.

Sobrina, además, de Efraín Godoy Boada, juez de honesta, amplísima y respetable carrera, es portadora de una tradición de lucha democrática,  de amor por el Derecho, de respeto por los más caros valores humanistas y de amor por Venezuela.

Ese día en la carretera, cuando embelesado no podía apartar mi mirada de su bello rostro, no sabía que Marisela devendría en mi hermana mayor, mi amiga, mi confidente, mi consejera y algunas veces, mi salvadora. No pocas veces me dio de comer. No pocas veces su regaño me hizo rectificar el camino o emerger de un abismo. En ocasiones, me aferré a nuestro amor fraternal para no sucumbir ante la adversidad.

Su delicado aspecto o su tersa voz de exquisito gusto por el canto popular y la música venezolana, su sensibilidad en todos los sentidos, incluyendo el artístico, no merman para nada su reciedumbre y templanza. Con ataques y atentados, agresiones de toda índole claramente surgidos del oficialismo y sus grupos terroristas, especialmente cuando asumió la defensa de militares disidentes de Plaza Altamira, la obligaron a ver a la muerte a los ojos sin inmutarse. Jamás lograron doblegarla, mucho menos postrarla de rodillas. No lo consiguieron cuando varios hombres en dos vehículos la persiguieron gritándole amenazas con su nombre y apellido, y acosándola hasta hacer encunetar su camioneta, una tarde en la que transitaba por la Avenida Boyacá (Cota Mil) de Caracas.

Pero a un luchador no se le debe advertir sobre la invencibilidad de su adversario, o sobre los peligros que le esperan en la pelea, o sobre la posibilidad de morir o ser descuartizado, justo antes del encuentro, cuando ya es tarde para eludirlo, cuando con la actitud de vida o muerte camina hacia la arena dispuesto a entregar la vida en la batalla por la defensa de sus convicciones, sus creencias, su familia y su país.

Y ese error cometí cuando Marisela Valentina decidió asumir el combate en la defensa de la democracia y del silenciado pueblo venezolano desde el corazón del lenocinio conocido como TSJ. Cuando comprendí la magnitud de los peligros que enfrentaba y los riesgos que corría en ese nido de serviles incondicionales al régimen y que ni sus pares tolerarían su incursión en ese antro y la opinión pública la destrozaría, una mañana desperté aterrorizado y le pedí que no lo hiciera.

Sé que el dolor de interpretar mi gesto como falta de solidaridad en un momento crucial de su carrera y su lucha democrática le impidieron hablarme durante 14 meses. Hasta que un día, el sábado 27 de febrero de 2016, sin conocer acerca del “borrado” que la Gutiérrez le había echado a su discurso ni sobre el mismo discurso, le escribí por WhatsApp “no sé cuánto piensas vivir tú, pero yo no pienso vivir lo poco que me queda sin hablarte ni estar contigo. No me calo más que no me hables”. A los pocos segundos sentí su infinito amor en su entusiasta y alegre saludo.

Hoy sé que esos dos jóvenes que escogieron su nombre están a su lado, cuidándola, aconsejándola, cuando ese discurso a la vez llano pero de altísima solvencia académica, profundidad humanista y científica retumba en las redes sociales e Internet gracias al torpe pero muy eficiente y oportuno “borrado” chavofascista -en sí mismo un gran servicio a la causa democrática- en el que Marisela Valentina llanamente –como debe ser pues es la misma y viva voz del pueblo- le dice a sus colegas a punto de sentenciar un absurdo jurídico, filosófico y político tan disparatado que más bien pertenece al realme de la comedia, “señores, el pueblo votó en contra de ustedes, les pidió que se fueran, pidió cambio, no quiere más escasez, inflación ni miseria ni muerte por falta de medicamentos. El pueblo habló clara, contundente y masivamente el 6D. Aun si la Guerra Económica existiera, el pueblo los considera incompetentes pues la perdieron y desea a otros al frente del país. Ninguna sentencia ni tribunal en la Tierra tiene la jerarquía, poder y legitimidad para derogar, desconocer y mucho menos arrogarse la voluntad popular, y entiendan, esa AN es la voluntad popular. Unos señores nombrados por jerarcas de un partido de gobierno a la carrera no pueden silenciar al pueblo directamente representado en la AN. No inventen triquiñuelas ni causen enfrentamientos artificiales entre poderes (que no lo son pues el único que goza de representatividad popular directa es la AN, no el TSJ) porque la gran perdedora será Venezuela. Asuman su responsabilidad histórica y acepten la autoridad incuestionable de la AN, a la que el pueblo con su sufragio directo acaba de entregarle la responsabilidad de la conducción política del país”.

Los dos amigos estudiantes de Derecho que apostaron el resto en el Hipódromo aquella tarde de 1955, se fueron prematuramente, mi padre en 1994, víctima de la diabetes, Eduardo, que no lograba reponerse a la pérdida del amigo, en 1996. Estuve presente en la habitación del Instituto Urológico de Caracas junto a Marisela y Carmelina en su agonía, cuando sus estertores me indicaron que llegaba el momento final. Abruptamente me despedí de las dos mujeres incapaz de revivir una nueva derrota a manos de la muerte. No esperé el ascensor. Cuando bajaba por las escaleras supe que Eduardo moría. Nunca más me saludaría amoroso: “nené, pídame la bendición”. Nunca más su “Dios te bendiga, mi amor”. No fue en tono de reclamo que Marisela me aseguró: “tú sabías y no pudiste quedarte. No tuviste el valor de quedarte y huiste”. Fue nuestro secreto.

Es comprensible que Marisela Valentina extrañe a esos dos jóvenes que apostaron a la yegua para pagar su llegada al mundo, como padre y tío, como los pilares que también fueron para su pensamiento jurídico en momentos de duda. Que extrañe su presencia como tantas veces me ha dicho en los últimos años y como me lo reiteró el sábado que nos reconciliamos. Que los extrañe tanto como yo los extraño. Sobre todo, es comprensible y natural que ante el compromiso que asumió con la historia, no se percate de que en realidad no se han ido, de que están presentes aconsejándola y diciéndome que se lo recuerde a través de estas líneas.

No son tus huellas, Marisela Valentina.                                                                                                                                            
Leonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            
               

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              

No hay comentarios:

Publicar un comentario