domingo, 6 de marzo de 2016

Extraño a Hugo




Sí, lo extraño. Extraño a Hugo el psicópata misógino galáctico que destruyó y arruinó a mi país, uno de los más ricos del orbe, enfermó y corrompió a su sociedad y esclavizó a su pueblo, que hoy apenas puede obtener de su trabajo lo suficiente para subsistir al borde del hambre y la miseria, y que tendrá por generaciones la carga de una deuda externa aplastante.

Extraño a Hugo, el mentiroso compulsivo que decía venir de un hogar en extremo pobre cuando en realidad lo hizo de uno de clase media en el que sus padres proveían como funcionarios públicos, maestros, y dirigentes de partidos puntofijistas. Primogénito de Hugo de los Reyes, líder gremial copeyano, curero, vestido de verde con casco y maraquita.

Extraño a Hugo, ese resentido que se benefició de todas las bondades de esa democracia que odió y obliteró, en cuyas escuelas, liceos y Academia Militar estudió. La misma que le permitió nacer (en hospital construido por esta), crecer comiendo gracias a los sueldos que sus progenitores recibían del Estado, graduarse de secundaria, entrar en la Academia Militar construida por la democracia, graduarse de esta, lanzarse a candidato y en la campaña manifestar que era su enemigo sin que ella le cercenara su candidatura. La misma democracia que le permitió ser Presidente de la República aun a sabiendas de que la subvertiría.

Extraño a Hugo, ese cobarde que hubo de ser empujado del avión para tener ese único salto en paracaídas que le permitiera graduarse como oficial y tener el atrevimiento de ostentar la boina roja reservada para valientes, que fue derrotado y capturado sin echar un tiro, paralizado de miedo, en el Museo Histórico Militar de El Calvario. Que no salía de vacaciones como cadete pues no cumplía con el requisito de nadar una piscina, ya que el miedo al agua apenas le permitía aferrarse a los bordes transido en pánico.

Extraño a Hugo, ese degenerado  resultante de abuso infantil, que contaba que hasta los 3 años de edad, momento en que se lo regalaron a su abuela, quizás para no continuar tentados a golpearlo salvajemente, debía encerrarse en un clóset para evitar las bárbaras y rutinarias golpizas que le propinaba su madre. Ese Hugo misógino de sexualidad trastornada gracias a la madre maltratadora y licenciosa que debido a su amor sensual, le entregó mi país a un hombre anciano en el que descargaba buena parte de su erotismo. Ese trastornado cuyo muy bien documentado odio a las mujeres lo llevó a arrasar con Venezuela, que como tierra y patria, es también mujer.

Extraño a Hugo, ese iletrado, ignorante, bruto, que estableció la inseguridad como política de Estado para exterminar a las clases pensantes. Que instauró la corrupción administrativa en proporciones nunca antes vistas en Venezuela, con el objeto de garantizarse la permanencia en Miraflores, comprando la lealtad de militares y civiles con zarpazos a la Cosa Pública, patrocinio del narcotráfico y el más formidable y sistemático saqueo que haya sufrido país alguno en la historia.

Extraño a Hugo, el que dividió, sembró odio en la sociedad            , destruyó familias, matrimonios, causó suicidios y enfermedades para atornillarse en el poder.

Extraño a Hugo, ese que pudrió y destruyó a las Fuerzas Armadas de la República para entregar el país a potencias extranjeras y perpetuarse en el poder.

Extraño a Hugo, el que regaló el Esequibo en esa desbocada campaña para comprar popularidad y liderazgo mundiales a costa de los recursos de todos los venezolanos.

Extraño mucho a Hugo. Ese que tuvo la maldad suficiente para imponernos a un cucuteño desalmado, semianalfabeta, brutal, imbécil borderline, malvado, agente del G2, mayordomo de Raúl Castro para que le diera la estocada misericordiosa a Venezuela y terminara así su obra destructiva, al tiempo que humillaba a los Venezolanos, arrodillándolos, obligándolos a hacer colas para comprar comida y medicinas racionadas con presentación de Cédulas de Identidad y huellas dactilares, sometiéndolos con hiperinflación, escasez, inseguridad, ruina, miseria.

Extraño mucho a Hugo, pues cuando la nave que destruyó se viene a pique debió estar él al frente del timón, asumiendo la responsabilidad histórica y moral que solamente a él le corresponde en la criminal  y abyecta destrucción de un país que, con los recursos que administró, debería estar a la vanguardia del continente en bienestar social y calidad de vida.

Pero agradezco tanto a Hugo. Porque me acercó a Dios, me hermanó a Jesus, me hizo estudiar, enriqueció mi alma con conocimiento, vivencias, meditación, templó mi espíritu con padecimientos y enfermedad, porque después de haberlas perdido con tantos seres queridos, gané por fin mis primeras batallas contra la muerte, porque mi ser no se corrompió con odio, ni siquiera hacia él. Ni él ni ningún chavista es digno de odio, que sí de profunda lástima, conmiseración. Adversar a Hugo y secuaces, y haber sufrido pérdidas en el proceso, es una verdadera distinción y una suerte de garantía que me presenta ante la historia como hombre de bien, junto a tantos, tantos otros que siempre estuvieron del lado correcto de ella. Esto lo agradezco y debemos agradecer a Hugo.

Lo juro, no lo odio como no puedo odiar a ningún chavista. A nadie. Y es que odiar, odiarlo, incluso, habría sido sucumbir a sus intenciones, habría sido perder el combate, habría sido entregarle la victoria. Y esa satisfacción jamás se la daré. Ni a él ni a ningún chavista. A nadie. El odio fue su consigna, y lo carcomió.  Si lo odiamos, él ganó.
                                                                 
Leonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe

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