jueves, 10 de marzo de 2016

Masacre virtual




Según el Revisionismo no existió el Holocausto. Bueno, digamos que lo aligera, lo disminuye, modifica las cifras para hacerlo “pasable”, lo morigera, lo minimiza. Afirman los partidarios de esta asquerosa tesis que es falso que el nazismo exterminara a 6 millones de judíos en Segunda Guerra Mundial, sino tan solo, apenas, la ínfima cantidad de 600 mil. Continúa, el Revisionismo, argumentando que todo el Holocausto no es más que una campaña mediática conducida por la derecha mundial, el sionismo y el imperialismo. Una masacre mediática, pues.

El fallecido delirante sociólogo argentino Norberto Ceresole se declaraba revisionista y denunciaba virulentamente la conspiración sionista del Holocausto como virtual, y como producto de una operación mediática manejada por el poder judío de Wall Street y Hollywood. Ceresole, fue asesor y mentor de Hugo Chávez desde que comenzó a dar sus primeros pasos en el mundo político. Se jactaba de ser ideólogo de la revolución, tanto de la islamista, como proponente del Califato, como de la bolivariana, en la que predecía el nacimiento de una gran nación meridional americana.

El gobernador eviterno del estado Bolívar, general Francisco Rangel Gómez negó la desaparición y asesinato de 28 mineros en Tumeremo. “Es una campaña mediática de la derecha”. “Es una masacre virtual”. “Una sensación” diría José Vicente Rangel. Oficialmente, en los portales del régimen chavista, se la denominó durante días “La Masacre Virtual de Tumeremo”.

Pero a los 2 días, bajo la intensa y desesperada presión de parientes de las víctimas y 2 sobrevivientes que contaron con el apoyo del diputado opositor a la Asamblea Nacional Américo de Grazia, no solamente tuvo que admitir que había ocurrido, sino, además, declarar que había ordenado “responsablemente” una investigación exhaustiva.

En Venezuela es harto conocido que sectores militares corruptos colaboran en sociedad  con mafias de la minería, como lo hacen en materia de contrabando, narcotráfico y bachaqueo, entre otras actividades. De manera que el abominable hecho, acompañado por las disparatadas –y aun, cínicas- declaraciones de Rangel Gómez y el oficialismo, arroja un fétido e inequívoco tufo a conspiración que implica a cuerpos de seguridad del Estado y hasta al propio gobierno.

Y tan fuerte es la hediondez, que los parientes de las víctimas y dos sobrevivientes buscaron el amparo la de Fiscalía. Pidieron al declarar, los mantuviera al margen de los cuerpos de seguridad del Estado, como Ejército y Guardia Nacional. Curiosamente, los fiscales encargados, que inicialmente aceptaron la solicitud, decidieron entregarlos a la GNB. Esto generó una protesta contundente del grupo, lo que finalmente evitó la entrega.

El fascismo -mucho se ha reiterado en este blog- siempre pretende borrar la realidad y la historia para sustituirlas con una versión propia y fabricada de las mismas, adecuada a sus intereses políticos. La mentira de Goebels, el ministro de propaganda de Hitler, que repetida mil veces se transforma en verdad. El Holocausto que no fue. La Masacre de Katýn perpetrada por los soviéticos en Polonia, en 1943, que Rusia negó hasta 1993. El saqueo y destrucción de Venezuela, que no existen pues lo que hay es una Guerra Económica. La inseguridad, que en realidad tampoco existe, pues lo que hay es “una sensación”, consecuencia de una campaña mediática de la derecha. La Masacre de Tumeremo, que, según el régimen, primero no existió; luego fue un enfrentamiento entre bandas; y ahora es una operación de paramilitares enemigos de la revolución (todavía se dan el lujo de crear una tercera versión que también les será insostenible).

Cualquiera sea la realidad, crímenes de esta magnitud son propios de sociedades que atraviesan profundas crisis morales. Hugo Chávez hizo del delito política de Estado. Empoderó al hamponato como parte del lumpen, para usarlo en la “lucha social”, vale decir, en el exterminio de todo aquel que pensara distinto, o que simplemente, pensara. La revolución dotó a la delincuencia de armas de altísima tecnología, motos y dinero ilimitado. Y finamente, con el establecimiento de las Zonas de Paz, hasta poder político, jurisdiccional y policial (claro está, irregulares e ilegales). Entregó regiones enteras del país a bandas que se reparten el territorio para la explotación delictual. El galáctico supremo carcomió la fibra social por medio de esta plaga, a la que se le suman ruina económica, hiperinflación y escasez, todo inscrito dentro del Plan Tierra Arrasada.

De forma que, haya o no haya participación directa o indirecta de             funcionarios, militares, policías, es indiscutible que el principal responsable de estos espantosos hechos es Hugo Chávez, junto a su gavilla de robolucionarios. La siembra de odio que acompañó al empoderamiento de la delincuencia, la impunidad y el lucro desmedido a partir de la corrupción, constituyen el abono perfecto para la barbarie.

Quizás la prueba más contundente del trastorno moral y psicológico que sufre la sociedad venezolana, es la apatía. Ensordece el silencio de una población que  explotó indignada contra los atentados terroristas de Paris en 2015, o el de Charlie Hebdo, o –como debía ser- con el  asesinato de los 43 normalistas en México.

“Lo contrario del amor no es el odio, es la apatía”.
Rollo May, psicólogo

Leonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe

domingo, 6 de marzo de 2016

Extraño a Hugo




Sí, lo extraño. Extraño a Hugo el psicópata misógino galáctico que destruyó y arruinó a mi país, uno de los más ricos del orbe, enfermó y corrompió a su sociedad y esclavizó a su pueblo, que hoy apenas puede obtener de su trabajo lo suficiente para subsistir al borde del hambre y la miseria, y que tendrá por generaciones la carga de una deuda externa aplastante.

Extraño a Hugo, el mentiroso compulsivo que decía venir de un hogar en extremo pobre cuando en realidad lo hizo de uno de clase media en el que sus padres proveían como funcionarios públicos, maestros, y dirigentes de partidos puntofijistas. Primogénito de Hugo de los Reyes, líder gremial copeyano, curero, vestido de verde con casco y maraquita.

Extraño a Hugo, ese resentido que se benefició de todas las bondades de esa democracia que odió y obliteró, en cuyas escuelas, liceos y Academia Militar estudió. La misma que le permitió nacer (en hospital construido por esta), crecer comiendo gracias a los sueldos que sus progenitores recibían del Estado, graduarse de secundaria, entrar en la Academia Militar construida por la democracia, graduarse de esta, lanzarse a candidato y en la campaña manifestar que era su enemigo sin que ella le cercenara su candidatura. La misma democracia que le permitió ser Presidente de la República aun a sabiendas de que la subvertiría.

Extraño a Hugo, ese cobarde que hubo de ser empujado del avión para tener ese único salto en paracaídas que le permitiera graduarse como oficial y tener el atrevimiento de ostentar la boina roja reservada para valientes, que fue derrotado y capturado sin echar un tiro, paralizado de miedo, en el Museo Histórico Militar de El Calvario. Que no salía de vacaciones como cadete pues no cumplía con el requisito de nadar una piscina, ya que el miedo al agua apenas le permitía aferrarse a los bordes transido en pánico.

Extraño a Hugo, ese degenerado  resultante de abuso infantil, que contaba que hasta los 3 años de edad, momento en que se lo regalaron a su abuela, quizás para no continuar tentados a golpearlo salvajemente, debía encerrarse en un clóset para evitar las bárbaras y rutinarias golpizas que le propinaba su madre. Ese Hugo misógino de sexualidad trastornada gracias a la madre maltratadora y licenciosa que debido a su amor sensual, le entregó mi país a un hombre anciano en el que descargaba buena parte de su erotismo. Ese trastornado cuyo muy bien documentado odio a las mujeres lo llevó a arrasar con Venezuela, que como tierra y patria, es también mujer.

Extraño a Hugo, ese iletrado, ignorante, bruto, que estableció la inseguridad como política de Estado para exterminar a las clases pensantes. Que instauró la corrupción administrativa en proporciones nunca antes vistas en Venezuela, con el objeto de garantizarse la permanencia en Miraflores, comprando la lealtad de militares y civiles con zarpazos a la Cosa Pública, patrocinio del narcotráfico y el más formidable y sistemático saqueo que haya sufrido país alguno en la historia.

Extraño a Hugo, el que dividió, sembró odio en la sociedad            , destruyó familias, matrimonios, causó suicidios y enfermedades para atornillarse en el poder.

Extraño a Hugo, ese que pudrió y destruyó a las Fuerzas Armadas de la República para entregar el país a potencias extranjeras y perpetuarse en el poder.

Extraño a Hugo, el que regaló el Esequibo en esa desbocada campaña para comprar popularidad y liderazgo mundiales a costa de los recursos de todos los venezolanos.

Extraño mucho a Hugo. Ese que tuvo la maldad suficiente para imponernos a un cucuteño desalmado, semianalfabeta, brutal, imbécil borderline, malvado, agente del G2, mayordomo de Raúl Castro para que le diera la estocada misericordiosa a Venezuela y terminara así su obra destructiva, al tiempo que humillaba a los Venezolanos, arrodillándolos, obligándolos a hacer colas para comprar comida y medicinas racionadas con presentación de Cédulas de Identidad y huellas dactilares, sometiéndolos con hiperinflación, escasez, inseguridad, ruina, miseria.

Extraño mucho a Hugo, pues cuando la nave que destruyó se viene a pique debió estar él al frente del timón, asumiendo la responsabilidad histórica y moral que solamente a él le corresponde en la criminal  y abyecta destrucción de un país que, con los recursos que administró, debería estar a la vanguardia del continente en bienestar social y calidad de vida.

Pero agradezco tanto a Hugo. Porque me acercó a Dios, me hermanó a Jesus, me hizo estudiar, enriqueció mi alma con conocimiento, vivencias, meditación, templó mi espíritu con padecimientos y enfermedad, porque después de haberlas perdido con tantos seres queridos, gané por fin mis primeras batallas contra la muerte, porque mi ser no se corrompió con odio, ni siquiera hacia él. Ni él ni ningún chavista es digno de odio, que sí de profunda lástima, conmiseración. Adversar a Hugo y secuaces, y haber sufrido pérdidas en el proceso, es una verdadera distinción y una suerte de garantía que me presenta ante la historia como hombre de bien, junto a tantos, tantos otros que siempre estuvieron del lado correcto de ella. Esto lo agradezco y debemos agradecer a Hugo.

Lo juro, no lo odio como no puedo odiar a ningún chavista. A nadie. Y es que odiar, odiarlo, incluso, habría sido sucumbir a sus intenciones, habría sido perder el combate, habría sido entregarle la victoria. Y esa satisfacción jamás se la daré. Ni a él ni a ningún chavista. A nadie. El odio fue su consigna, y lo carcomió.  Si lo odiamos, él ganó.
                                                                 
Leonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe

sábado, 5 de marzo de 2016

Marisela Valentina





Todavía recuerdo. La imagen es muy clara. Una fría mañana de un domingo en 1963 subíamos por la carretera de El Junquito en la camioneta Opel Caravan de mi madre en dirección a la casa de descanso de mis tíos Enrique y Luisa del Valle, ya fallecida para esa época. Era la cita obligada de la familia con los más íntimos cada fin de semana. A mis 4 años ya sabía reconocer y sucumbir a la belleza femenina, y mi mirada no se podía apartar de la hermosísima niña de nariz aguileña y piel canela que viajaba a mi lado. Marisela Valentina.

Dos jóvenes estudiantes de Derecho de la UCV y activistas políticos de la resistencia contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, Leonardo Silva Estrada, mi padre, y Eduardo Godoy Boada, el padre de Marisela Valentina, se dirigían al Hipódromo La Rinconada a probar suerte esa tarde con los últimos Bs 100 que les quedaban. Corría el año 1955. Eran compañeros de parranda, de estudios y de lucha libertaria como dirigentes estudiantiles, Eduardo por el partido Acción Democrática y mi padre por el Partido Comunista de Venezuela, en el que había ingresado, como mi madre, a los 13 años de edad. Vengo de un hogar comunista. Marisela de uno socialdemócrata.

Y era vital que los dos estudiantes de Derecho tuvieran suerte en las carreras de caballos de ese día. Carmelina Estaba de Godoy, la esposa de Eduardo, estaba a punto de parir y eran necesarios los bolívares para pagar el parto. Ambos, hípicos de corazón, estudiaron con detenimiento los caballos que participarían en las carreras de esa tarde, y finalmente decidieron apostar el resto, esos últimos Bs 100 que reunían entre los dos, en una sola yegua.

La yegua ganó y los dos jóvenes apostadores “levantaron” el dinero para pagar el parto, del cual, tres días más tarde nació una niña. Marisela Valentina, ya tenía escogido su nombre al nacer. Su padre y el mío, mientras celebraban el triunfo de la yegua que proveyó los fondos para pagar la clínica y demás gastos, lo seleccionaron. Sí, ellos hicieron el trabajo pesado -parir el nombre- y le dejaron la parte fácil –parir la niña- a la madre, Carmelina. 


Esa yegua triunfadora se llamaba “Marisela”. Eduardo ya había decidido que si Dios le regalaba una hembra –en esos días no se conocía el ecosonograma- la llamaría Valentina (“la valiente, la que vale, la que tiene valor”) en honor a la india Kariña que lo crió como a tres generaciones de Godoyes, a quién llamaban “mamá”, Mamá Valentina. Así que fue más bien sencillo que entre whiskeys, los dos amigos, hermanos que se profesaron la más profunda amistad que la lucha continua, la vida, los años de solidaridad y la mutua admiración nutrieron, unieran los nombres Marisela y Valentina, apropiado apelativo de la valiente mujer que no imaginaban, sesenta años después se enfrentaría sin temor a la dictadura de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro. Como no imaginé yo, aquella mañana ascendiendo por las montañas de Caracas junto a ella en el asiento trasero de la Opel Caravan, que la bellísima niña de ocho años, de cabello lacio castaño oscuro, melodiosa voz y deliciosa risa de la que estaba tan enamorado, condenaría la absurda, descabellada y atrabiliaria sentencia en contra de la nueva AN dominada por la oposición, con un brillante, sentido, docto aunque llano, sabio y valiente discurso el 17 de febrero de 2016, pronunciado como Magistrada de la República, en Sesión Plenaria del TSJ, cuyo audio fue  borrado por orden de Gladys Gutiérrez, la Presidenta chavista de esa magna corte que no es más que la consultoría jurídica del PSUV, en un esfuerzo inútil por silenciar la voz de Marisela Valentina, que con la burda maniobra se hizo más estruendosa, contundente y eficaz en transmitir y defender el clamor popular expresado con sufragios el 6 de diciembre de 2015, cuando el pueblo diáfanamente le exigió al chavismo la salida del poder.


Profesionalmente Marisela se destacó como Juez de Primera Instancia y Superior en lo Penal durante la era democrática, cuya conducta fue signada por altos valores éticos, morales, jurídicos y científicos. Una apasionada de la Ciencia del Derecho, se cultivó en la Academia y el foro como penalista  y constitucionalista de altísima solvencia. Su carrera como docente en la UCV avala su solidez como jurisprudente.

Pero sobre todo, la formación en un hogar de nobles valores, dentro de una familia de luchadores demócratas que sacrificaron libertad y fueron obligados al exilio por la dictadura militar perezjimenista, forjaron el espíritu templado, recto e incorruptible de Marisela Valentina.

Sobrina, además, de Efraín Godoy Boada, juez de honesta, amplísima y respetable carrera, es portadora de una tradición de lucha democrática,  de amor por el Derecho, de respeto por los más caros valores humanistas y de amor por Venezuela.

Ese día en la carretera, cuando embelesado no podía apartar mi mirada de su bello rostro, no sabía que Marisela devendría en mi hermana mayor, mi amiga, mi confidente, mi consejera y algunas veces, mi salvadora. No pocas veces me dio de comer. No pocas veces su regaño me hizo rectificar el camino o emerger de un abismo. En ocasiones, me aferré a nuestro amor fraternal para no sucumbir ante la adversidad.

Su delicado aspecto o su tersa voz de exquisito gusto por el canto popular y la música venezolana, su sensibilidad en todos los sentidos, incluyendo el artístico, no merman para nada su reciedumbre y templanza. Con ataques y atentados, agresiones de toda índole claramente surgidos del oficialismo y sus grupos terroristas, especialmente cuando asumió la defensa de militares disidentes de Plaza Altamira, la obligaron a ver a la muerte a los ojos sin inmutarse. Jamás lograron doblegarla, mucho menos postrarla de rodillas. No lo consiguieron cuando varios hombres en dos vehículos la persiguieron gritándole amenazas con su nombre y apellido, y acosándola hasta hacer encunetar su camioneta, una tarde en la que transitaba por la Avenida Boyacá (Cota Mil) de Caracas.

Pero a un luchador no se le debe advertir sobre la invencibilidad de su adversario, o sobre los peligros que le esperan en la pelea, o sobre la posibilidad de morir o ser descuartizado, justo antes del encuentro, cuando ya es tarde para eludirlo, cuando con la actitud de vida o muerte camina hacia la arena dispuesto a entregar la vida en la batalla por la defensa de sus convicciones, sus creencias, su familia y su país.

Y ese error cometí cuando Marisela Valentina decidió asumir el combate en la defensa de la democracia y del silenciado pueblo venezolano desde el corazón del lenocinio conocido como TSJ. Cuando comprendí la magnitud de los peligros que enfrentaba y los riesgos que corría en ese nido de serviles incondicionales al régimen y que ni sus pares tolerarían su incursión en ese antro y la opinión pública la destrozaría, una mañana desperté aterrorizado y le pedí que no lo hiciera.

Sé que el dolor de interpretar mi gesto como falta de solidaridad en un momento crucial de su carrera y su lucha democrática le impidieron hablarme durante 14 meses. Hasta que un día, el sábado 27 de febrero de 2016, sin conocer acerca del “borrado” que la Gutiérrez le había echado a su discurso ni sobre el mismo discurso, le escribí por WhatsApp “no sé cuánto piensas vivir tú, pero yo no pienso vivir lo poco que me queda sin hablarte ni estar contigo. No me calo más que no me hables”. A los pocos segundos sentí su infinito amor en su entusiasta y alegre saludo.

Hoy sé que esos dos jóvenes que escogieron su nombre están a su lado, cuidándola, aconsejándola, cuando ese discurso a la vez llano pero de altísima solvencia académica, profundidad humanista y científica retumba en las redes sociales e Internet gracias al torpe pero muy eficiente y oportuno “borrado” chavofascista -en sí mismo un gran servicio a la causa democrática- en el que Marisela Valentina llanamente –como debe ser pues es la misma y viva voz del pueblo- le dice a sus colegas a punto de sentenciar un absurdo jurídico, filosófico y político tan disparatado que más bien pertenece al realme de la comedia, “señores, el pueblo votó en contra de ustedes, les pidió que se fueran, pidió cambio, no quiere más escasez, inflación ni miseria ni muerte por falta de medicamentos. El pueblo habló clara, contundente y masivamente el 6D. Aun si la Guerra Económica existiera, el pueblo los considera incompetentes pues la perdieron y desea a otros al frente del país. Ninguna sentencia ni tribunal en la Tierra tiene la jerarquía, poder y legitimidad para derogar, desconocer y mucho menos arrogarse la voluntad popular, y entiendan, esa AN es la voluntad popular. Unos señores nombrados por jerarcas de un partido de gobierno a la carrera no pueden silenciar al pueblo directamente representado en la AN. No inventen triquiñuelas ni causen enfrentamientos artificiales entre poderes (que no lo son pues el único que goza de representatividad popular directa es la AN, no el TSJ) porque la gran perdedora será Venezuela. Asuman su responsabilidad histórica y acepten la autoridad incuestionable de la AN, a la que el pueblo con su sufragio directo acaba de entregarle la responsabilidad de la conducción política del país”.

Los dos amigos estudiantes de Derecho que apostaron el resto en el Hipódromo aquella tarde de 1955, se fueron prematuramente, mi padre en 1994, víctima de la diabetes, Eduardo, que no lograba reponerse a la pérdida del amigo, en 1996. Estuve presente en la habitación del Instituto Urológico de Caracas junto a Marisela y Carmelina en su agonía, cuando sus estertores me indicaron que llegaba el momento final. Abruptamente me despedí de las dos mujeres incapaz de revivir una nueva derrota a manos de la muerte. No esperé el ascensor. Cuando bajaba por las escaleras supe que Eduardo moría. Nunca más me saludaría amoroso: “nené, pídame la bendición”. Nunca más su “Dios te bendiga, mi amor”. No fue en tono de reclamo que Marisela me aseguró: “tú sabías y no pudiste quedarte. No tuviste el valor de quedarte y huiste”. Fue nuestro secreto.

Es comprensible que Marisela Valentina extrañe a esos dos jóvenes que apostaron a la yegua para pagar su llegada al mundo, como padre y tío, como los pilares que también fueron para su pensamiento jurídico en momentos de duda. Que extrañe su presencia como tantas veces me ha dicho en los últimos años y como me lo reiteró el sábado que nos reconciliamos. Que los extrañe tanto como yo los extraño. Sobre todo, es comprensible y natural que ante el compromiso que asumió con la historia, no se percate de que en realidad no se han ido, de que están presentes aconsejándola y diciéndome que se lo recuerde a través de estas líneas.

No son tus huellas, Marisela Valentina.                                                                                                                                            
Leonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe