sábado, 12 de diciembre de 2015

La risa remedio infalible





Cuando niño fui un ávido lector de Selecciones del Reader’s Digest. Leí todos los números publicados desde que comenzaron las ediciones en Castellano a partir de 1932. Mi padre tenía la colección. Dos cosas me apasionaban de la revista: los artículos relativos a la Segunda Guerra Mundial, espionaje durante la Guerra Fría y temas científicos, y la Risa Remedio Infalible, la conocida sección de chistes.

La Presidencia por usurpación fraudulenta de Nicolás Maduro me ha confirmado que el título de la conocida columna de chistes definitivamente hace honor a la realidad. Dudo que hubiera podido sobrevivir a las angustias y miserias que nos ha impuesto el hecho de que la nave Venezuela esté pilotada por un primate de cola prensil sin criterio ni talento ni brújula, si ese primate en compensación no me matara de la risa con sus disparates, metidas de pata y rendimientos fallidos.

Desde aquella “multiplicación de los penes”, pasando por sus aportes al Castellano como “proponió, millones y millonas, accequible, brillura, financío”; a la Matemática como “la mitad minoritaria y la mitad mayoritaria”; a la Geografía como “los estados Cumaná, Margarita y La Guaira”; y las Ciencias, como ese “telescopio” con que el médico le examinó el corazón. Nicolás es una infinita fuente de risas, aunque hay que reconocer que sus efectos beneficiosos finalmente terminan opacados por su altísima peligrosidad como ser humano y conductor del país.

Pero en los días que siguieron a la derrota electoral del chavismo en las elecciones parlamentarias del domingo 6 de diciembre, Nicolás nos dio un recital maratónico de comedia que no esperábamos. La verdad es que no estábamos preparados para su reacción. Pensábamos que cumpliría sus amenazas de salir a la calle a matar gente, de desconocer el resultado electoral, de defender la revolución con “candela con burundanga”. Pero lo que vimos atónitos fueron pataletas, lloriqueos, reclamos, pucheros, amenazas, bravuconadas. Parecía un niño malcriado reclamando que no ganó la rifa en una piñata o a quien su mamá no le quería comprar un helado.

Furioso le reclamaba al pueblo que le había aceptado sus sobornos –regalos de taxis, casas, tablets, comida- para votar por el PSUV pero que finalmente le diera su voto a la oposición. Amenazó con que no construiría las 500.000 viviendas planificadas para el año entrante como castigo al pueblo por su traición. “Puedo construirlas, pero no sé si quiero”. De igual manera amenazó con negarle comida, trabajo y medicinas.

Es cierto que la amenaza que implica la violación de Derechos Humanos y el reclamo que significa la confesión de fraude electoral, causan indignación; así como la inmensa maldad implícita en tan abominable venganza. Pero ver a aquel hombrón de casi dos metros de estatura y una barrigota de luchador peso pesado con la actitud de un carajito de kínder, sencillamente me hizo revolcarme de la risa, además de seguir riendo a carcajadas cada vez que recuerdo el episodio.

Poco importan los rumores de golpe de estado, que si Diosdado nos amenaza con guerra civil, que si los colectivos saldrán a saquear y matar, que si nos van a fusilar. Nada importa comparado con el disfrute de reír hasta convulsionar con los dislates de Nicolás. Esto hay que agradecérselo.

Y es que lo que me causa más risa no es tanto que la gente se haya burlado de él aceptando sus sobornos para terminar votando por el otro bando, sino que él se sienta con derecho a comprar votos, a cometer fraude electoral, y luego, a reclamar que fue estafado por el pueblo que no se dejó sobornar y que de todas maneras le negó el sufragio. Es ver a ese boceto de hombre confesando crímenes de lesa humanidad como si estuviera tomándose una Frescolita. Porque Nicolás no confiesa fraude electoral, violación del Derecho a la Vivienda, a la Alimentación y a la Salud a consciencia desafiando al mundo desde su atalaya. No, Nicolás confiesa todo eso, y además reclama airado y furioso haciendo una escena de malcriadez porque se siente en su derecho de pisotear a su despreciado pueblo. Es una mezcla de extrema ignorancia con psicopatía y maldad.

Los venezolanos debemos estar triplemente agradecidos con Nicolás: por las tablets, las casas, los carros y la comida que “nos regaló” (con nuestro propio dinero, el poco restante que no se ha robado el chavismo); por confesar ante el mundo el fraude electoral (el “ventajismo” no existe, es un eufemismo, jurídicamente existe el fraude); pero sobre todo, muy por encima de todo –y de todo corazón lo digo- por proporcionarnos tantas horas de risa, sin duda, un remedio infalible.

Sólo lamento que Laureano Márquez, Claudio Nazoa y Emilio Lovera tienen ahora un competidor con el talento necesario para dejarlos fuera del negocio.

Leonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe

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