lunes, 7 de diciembre de 2015

Diecisiete años





Diecisiete años he esperado este día. El día de la muerte oficial del chavismo. Es su muerte a la manera en que el fin de la Segunda Guerra Mundial significó la muerte del nazismo. A la  vuelta de unos años, existirán chavistas, pero el chavismo carecerá de relevancia política.

Tomó diecisiete años, muchas muertes y mucha destrucción llegar al día que nunca debió llegar y que no hubiese llegado si el petróleo no hubiera subido de $8 por barril. Quienes no murieron físicamente, murieron moralmente. Una generación fue asesinada, por lo menos, castrada. Si los avatares del mercado del petróleo no le hubieran dado los recursos económicos para financiar su populismo parasitario y para comprar, literalmente, comprar, el liderazgo de Hugo Chávez dentro y fuera de Venezuela, los 17 años de dictadura chavista habrían sido imposibles. La revolución bolivariana, su mera permanencia en el poder y la compra del supuesto liderazgo de Hugo Chávez nos costó a los Venezolanos $2,5 billones y no se hubieran podido financiar sin el petróleo a más $100 el barril. El azar, el ciclo del mercado petrolero permitió que un modelo que no podía sobrevivir sin los brutales ingresos por exportaciones de crudo que disfrutó el socialismo del siglo XXI, un modelo improductivo clientelar insostenible en cualquier otra circunstancia, hundió a Venezuela en la tragedia.

Cierto, solamente se ganaron –aunque por avalancha- unas elecciones parlamentarias. Aunque el poder oficialista en la AN se redujo a menos de la mitad, el Presidente sigue siendo Nicolás y los demás poderes permanecen en manos del chavismo, por ahora. En este sentido, el chavismo no ha muerto. Aun si se inician procesos para un referéndum revocatorio y la renovación de los otros poderes o incluso, si se convocara a una Asamblea Nacional Constituyente (es la oportunidad propicia para hacerlo, por cierto), todavía ostenta el poder parcialmente.

Sin embargo, los números son letales para el chavismo y su poder político está en fase terminal. Un 75% de la población electoral participó, algo totalmente idito, incluso, para elecciones presidenciales. El hecho de que se haya producido tan formidable afluencia de votantes es en sí mismo un enorme triunfo para la oposición o más precisamente, una terrible derrota para el chavismo, pues obedece al deseo de venganza de un pueblo harto de atropellos, opresión, humillaciones, ruina, escasez, amenazas, colas y la inflación más alta del planeta que decidió acudir masivamente a las urnas comiciales para vengarse. La rabia contra el chavismo  –que no contra Nicolás exclusivamente (baste pensar qué pasaría si Diosdado estuviera en sus zapatos)- movilizó al vejado y degradado pueblo venezolano.

Lo que es aún más grave. Si un gobierno como el chavista, hegemónico, totalitario, que usó y abusó de los recursos casi infinitos del Estado para obtener votos, que monopolizó los medios de comunicación y la propaganda al punto de que la oposición no hizo publicidad, no existía mediáticamente para la población, logra apenas 31% en unas elecciones que casi son plebiscitarias, está agonizante y el partido que representa moribundo. En otras palabras, si con todas las trampas del llamado eufemísticamente “ventajismo” (que en realidad es fraude) un régimen que controla hasta el árbitro electoral tiene casi 70% del país en contra, está caído y su derrocamiento es cuestión de trámites.

En un despliegue de imbecilidad, Nicolás dio un discurso de aceptación de la derrota que básicamente fue la repetición de los mismos argumentos que llevaron al chavismo a esa derrota, incluyendo las amenazas al pueblo. Culpó de la misma a la inexistente guerra económica, una fantasía que el pueblo evidentemente rechaza puesto que no lo disuadió de votar en contra del gobierno. Culpar a esa fulana guerra imaginaria equivale a que el ferretero de una esquina culpe al ferretero de la otra esquina de su quiebra debido a que vendía mejores productos a mejor precio, o a que un boxeador culpe de su derrota al otro boxeador por pelear mejor y pegar más fuerte. Esto es, si esa guerra existiera, que, obviamente para  todo aquel con más de dos neuronas, no existe.

Por lo demás, eso que la dictadura llama “guerra económica” no es más que lo que ha sucedido en cuanto experimento comunista se ha hecho en el mundo, llámese Unión Soviética, China maoísta (antes de Deng Xiaoping), castrismo, Corea del Norte o Chile allendista. La tal guerra económica no es más que la inviabilidad del modelo marxista. Es lo que sucede cuando se expropia, se elimina la propiedad privada, se nacionaliza, el Estado asume el rol de empresario y establece controles en todos los aspectos de la actividad económica (y social), comenzando por la regulación de precios. Cuando los pioneros del comunismo, incluyendo a Cuba, lo abandonan, el chavismo lo está descubriendo. ¿Qué le hizo pensar al chavista que lo que siempre fracasó con otros, aun más capaces, tendría éxito con él?

Mas no fue solamente el fracaso económico lo que causó la venganza comicial del pueblo venezolano. A este hay que sumarle la inaudita y formidable corrupción de la revolución. No conoce la historia venezolana un gobierno más corrupto que el chavista. Apartando las grandes guerras, no se ha cometido crimen mayor contra país alguno. Cuando el pueblo depauperado, miserable, muriendo de enfermedades por escasez de medicinas, sin leche, sin harina, ¡carente de papel tualé y jabón!; ve a los jerarcas chavistas derrochando lujos; haciendo ostentación de riquezas groseras imposibles de justificar, obtenidas súbitamente; engordando con caviar, champán y escocés de 18 años; manejando 4Runners y Hummers; con cuentas en Andorra y el Imperio de miles de millones de dólares cuya procedencia no pueden explicar legítimamente; con mansiones imposibles de mantener  y ni hablar de comprar con sus sueldos de servidores públicos; vistiendo atuendos y joyas equivalentes a miles de salarios mínimos; se siente burlado, ultrajado, saqueado, engañado y sediento de vindicta, pues sabe que lo arruinaron con el único móvil de expoliar y acumular fortuna personal.

280.000 hogares venezolanos guardan luto por homicidios a manos de un hampa desatada como política de Estado para la “lucha de clases”. Uno de cada cien venezolanos ha sido asesinado. 90 muertes diarias suman el mismo número de familias a ese total de hogares en duelo. Al pueblo lo matan mientras los parásitos por quienes votó se jactan de llevar 12 guardaespaldas cuando van a los restoranes más caros del país o hacen parrilladas en sus mansiones con carne traída de Aruba y Miami.


Con un recuento de elecciones pasadas que incluía cifras, Nicolás pretendió justificarse y demostrar que el chavismo permanecía saludable, cuando en efecto lo que logró fue probar que su ejercicio de la Presidencia lo había reducido, por lo menos, a la mitad. Y hasta lo sentenció al decir que la votación había sido una bofetada a su gobierno. A confesión de parte… Una pobre intervención muy lastimosa, como suelen ser las suyas.

Para comprender la gravedad de la situación del chavismo hagamos el ejercicio de imaginar cómo serían unas elecciones en las que este tuviera que medirse estando fuera del poder, sin los recursos ilimitados del Estado a su disposición. La conclusión es catastrófica.

Y esa situación del oficialismo tiende a empeorar, sencillamente porque el daño al país no se reparará en el corto plazo y la realidad económica empeorará. La responsabilidad recaerá en el Ejecutivo y la oposición en la AN fortalecerá su prestigio y su poder.

Nicolás resultó ser lo que imaginábamos: un gran hablador de pendejadas. Según él, a esta hora debería estar en la calle donde es “candela con burundanga” defendiendo la revolución y decretando la dictadura. Es de presumir que los militares se rehusaron a acompañarlo en la estúpida, temeraria y suicida aventura: “nosotros no iremos para La Haya por tus desmanes”.

El chavismo hizo lo impensable, quizás compelido por vestigios de racionalidad en la FANB tomó el único camino inteligente, el que le otorgaba alguna probabilidad de sobrevivir en el largo plazo, aunque fuera reducido a su mínima pero justa expresión: aceptar su derrota y negociar, en lugar de “ganar como sea”, es decir, con fraude o de desconocer los resultados electorales.

Macri electo en Argentina, Dilma camino a los tribunales en Brasil, y ahora el chavismo acorralado en Venezuela, en apabullante minoría, odiado por el pueblo, cercado por las potencias capitalistas, con sus dirigentes señalados por delitos de lesa humanidad, incluso, narcotráfico. Todo parece indicar que comienza la primavera latinoamericana. Ciertamente, empieza la primavera amarillo, azul y rojo. Diecisiete años después.

Leonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe

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