viernes, 6 de noviembre de 2015

Veinte minutos de felicidad




En mi diario periplo buscando los escasos medicamentos para el asma (sí, los asmáticos también tenemos condena de muerte en socialismo, pues encontrar los salvadores broncodilatadores y los corticoesteroides orales es casi tan difícil como encontrar un revolucionario pobre) entré en un Locatel. Mientras me despachaban algunas medicinas que logré encontrar (no los ausentes broncodilatadores ni los esteroides) me percaté de que una señora a mi lado tenía 6 pastillas de jabón para baño. No puedo negar que me emocioné y le pregunté dónde las había encontrado. Respondió que en un carrito de mercado en la entrada que había pasado desapercibido a mis ojos (mis dotes de bachaquero son nulas). Al terminar de pedir los medicamentos que pude encontrar, me fui directamente a buscar los preciados jabones.



Ahí estaba el carrito. No quedaban muchos jabones, así que sonreí  y le comenté al portero que se encontraba cerca que hoy éramos felices gracias a tan sencillo artículo de higiene que en los países bajo el ineficiente, empobrecedor e inferior capitalismo abunda en todas las marcas, tamaños, olores, colores y precios, pero que en el maravilloso socialismo que nos brinda abundancia, bienestar y felicidad suprema  es poco menos que inexistente. El guardia rio a carcajadas. Tomé las seis barras que me correspondían de acuerdo a las instrucciones del Sistema de Abastecimiento (no, no de “Racionamiento” como diría infundadamente cualquier fascista calumniador, desestabilizador y traidor a la patria, de “A-bas-te-ci-mien-to”) Seguro y partí sonriente, invadido de una felicidad que no recordaba haber sentido en unos cuantos años. De una felicidad suprema, en fin.



Todo venezolano no revolucionario, militar o enchufado sabe lo difícil que es sentirse feliz en medio de la tragedia que padece Venezuela que, además, promete empeorar en el corto plazo. Y justamente aquí yace una de las grandes virtudes del socialismo, por algo el régimen –hasta en su programa de gobierno- habla siempre de la felicidad del pueblo ¡y hasta un viceministerio para la Felicidad Suprema del  Pueblo creó! Sospecho que un mecanismo para darle esa felicidad suprema al pueblo es generar desabastecimiento de productos para que cuando aparezcan en el mercado, experimentemos esa verdadera y legítima felicidad suprema que nos proporciona encontrar un  bien de primera necesidad que creíamos desaparecido.



Hay que admitirlo, la dictadura socialista es hábil y experimentada  creando mecanismos para brindarle bienestar y felicidad suprema al pueblo. Es el caso de lo sucedido con el papel tualé, por ejemplo. Resulta que los genios chavistas de la economía, con la sabiduría, competencia y visión de Estado que los distingue, sin duda consecuencia  de la profunda formación profesional que poseen y de la amplia experiencia en el manejo de las Ciencias Económicas y las políticas públicas, previeron la escasez de este decadente producto capitalista, inducida por los enemigos de la patria, el fascismo, el imperialismo, los judíos, los gringos, el capitalismo, la burguesía, la oligarquía, Álvaro Uribe, J. J. Rendón, Marco Rubio y demás agentes de la Guerra Económica, y en consecuencia, generaron la brutal inflación y el desabastecimiento de comida que hoy nos aqueja para reducir la necesidad  y demanda de papel tualé.



Revisé los anaqueles de la tienda por unos minutos más buscando otros productos que –claro está- no encontré. No existe en Venezuela ningún suplemento de Potasio, vital para asmáticos que reciben altas dosis de medicamentos que causan depleción de este electrolito y para pacientes que reciben diuréticos. Antes, en la miserable era capitalista, cuando éramos infelices y comíamos Perrarina, se conseguían estos suplementos en diferentes marcas nacionales e importadas. Nadie imagina la felicidad suprema que provoca un calambre causado por pérdida de Potasio…



Fui a hacer la cola para pagar, realmente contento, no, feliz, felicísimo supremamente por haber conseguido esos dos paqueticos de jabón. ¡Seis pastillas! me hicieron olvidar el terror de ir al automercado a comprar comida para mis hijos y encontrarme que el queso que costaba Bs “Fuertes” 2.000 la semana pasada, hoy costaba Bs “Fuertes” 3.700. Conversé alegremente con personas en la cola que celebraban al igual que yo el milagroso hallazgo.



“¡El próximo”! Fui llamado a la caja para pagar. No podía creer que por fin me bañaría con un jabón decente y no con la porquería maloliente importada quién sabe de dónde incapaz de mitigar los olores de la piel. La cajera pasaba los productos por el haz de laser de la registradora electrónica. Súbitamente hizo una pausa, me miró a los ojos con cierta culpa en su rostro. Con la actitud grave de quien informa la muerte de algún ser querido    dijo -señor, lo siento mucho, pero hoy no es su día. -¿Cómo que no es mi día? –Su cédula, señor, termina en 8 y hoy toca 6 y 7; a usted le toca mañana. Hoy no puede comprar los jabones. Tiene que venir mañana, que es cuando le toca.



El hombre puja pero no llora, así que olvídense de que lloriqueé y pataleé ante la joven. Vamos a estar claros, soy un macho. Es más, las lágrimas que resbalaban por mis mejillas eran seguramente producto de alguna alergia. Pero sin duda ella captó mi dolor, mi desengaño: -Pero venga mañana temprano, a lo mejor todavía quedan. -¡Pero los bachaqueros me van a dejar sin nada! -Venga temprano señor, y a lo mejor todavía consigue...



Cuando ponía mis dedos en la captahuellas pensaba en el sinnúmero de ocasiones en que, cuando llega mi día de compra de acuerdo al terminal de mi Cédula de Identidad, ya no quedaban productos para mí porque la plaga parásita creada por el chavismo llamada “bachaqueros” se los había llevado todos para revendérmelos a 5, 10 veces el precio. Pensaba en si los hermanitos Chávez, Cabello, Maduro, Istúriz, Flores, alguna vez han tenido que pasar sus pulgares por una captahuellas cuando hacen mercado en Aruba, como todo revolucionario que se respete. Pensaba en si ya Nicolás Maduro había podido conseguir y consignar su Partida de Nacimiento ante el CNE, mientras yo tenía que identificarme plenamente para poder comprar pasta dental. Pero sobre todo pensaba en las mamás de Chávez, Nicolás y todos los revolucionarios que tienen nuestros reales guardados en Andorra.



Le dije a la cajera, en voz alta: “No sé por qué en momentos como este me vienen a la mente recuerdos gratos de la señora Elena de Chávez y de la madre de Nicolás”. Tanto la cajera como la gente a mi alrededor rieron sin parar. Así es el venezolano, aun caminando al paredón va riendo.



Entonces comprendí con claridad. Tenía que sentirme agradecido con la revolución y los revolucionarios. En medio de la angustia que significa hoy ser venezolano, del miedo de no saber si mañana podremos alimentar a nuestros hijos, de la ansiedad de no conocer al trasponer el umbral de la puerta si regresaremos al final del día o un motorizado con una Glock .40 nos enviará en una visita sin retorno a la morgue, de la tristeza extrema de ver a Venezuela hundida en la destrucción, la muerte y la miseria, debía sentirme muy satisfecho de haber podido disfrutar de 20 minutos de felicidad gracias a la posesión efímera de 6 jabones.



Leonardo Silva Beauregard

@LeoSilvaBe

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