sábado, 7 de noviembre de 2015

Hay que votar


Hay que votar

En 1999 sospeché con fundadas razones que el chavismo haría fraude electoral para la elección de la inconstitucional Asamblea Nacional Constituyente. El sistema –un truco matemático, en realidad- del llamado “Kino” para la selección de candidatos ponía en desventaja a la oposición. La respuesta que obtuve de mis amigos chavistas y opositores cuando les argumentaba el carácter fraudulento del procedimiento y sobre todo, que este devendría en vicios de representatividad, fue “esas son las reglas del juego y fueron aceptadas”. Poco importaba e importa si el método de sufragio le es infiel a la voluntad popular. Lo accesorio triunfó sobre lo principal, lo adjetivo sobre lo sustantivo, la forma sobre el fondo, la mentira sobre la verdad, el fraude sobre el pueblo, la dictadura sobre la democracia. Con el 45% de los votos la oposición solamente obtuvo 5% de representación. Obviamente, una Asamblea Constituyente en la que el 45% de la sociedad sólo obtenga 5% de los representantes tiene que estar viciada, que carecer de representatividad y la resultante constitución no puede ser reflejo de la voluntad del pueblo.  Fue la instauración de la dictadura, en este caso, dictadura de la mayoría; pero no por ello menos dictadura, y quizás, la peor especie de dictadura.  Hecho que coadyuvó en gran medida a sustentar la ficción de democracia que permitió la consolidación de la dictadura chavista. En aquella época, siempre nadando contra la corriente, me tildaban de loco por opinar de esa manera.

Cuando se anunció la adopción del sistema de votación totalmente electrónico, previamente al Referéndum Revocatorio de 2004, tuve absolutamente claro, más allá de toda duda, que habría fraude. Se lo expresé a amigos de AD quienes descartaron mi opinión. No es necesario abundar mucho. Hoy sabemos que distintos estudios estadísticos hechos por diferentes expertos nacionales e internacionales, concluyen que cuando menos, en aquella oportunidad los resultados del Referéndum fueron estadísticamente inconsistentes y muy improbables. Un indicio vehemente de tal fraude es que los militares se apropiaron de las urnas electorales inmediatamente después, cuando las protestas populares comenzaron, las desparecieron y jamás permitieron su examen, ni conteo manual de las boletas, ni mucho menos auditoría del proceso y el contenido de las cajas. Simplemente las quemaron.

Por lo menos desde ese año 2004 el fraude electoral es la regla en Venezuela. El fraude tiene múltiples vertientes: abuso de todos los recursos del Estado para beneficio del oficialismo, violencia o soborno (voto asistido) para torcer la voluntad del elector, ventajismo oficial en todo sentido y por supuesto, trampa en el escrutinio; acto que se realiza invariablemente a puerta cerrada violando las normas en la materia. Indicios vehementes muy objetivos de estos reiterados fraudes electrónicos y de conteo son:
1- Negativa del CNE a conteo o revisión manual.
2- Negativa del CNE a auditorías independientes.
3- Negativa del CNE a observación internacional.
4- Negativa del CNE a auditoría o al menos, revisión del REP.
5- Negativa del CNE a presencia opositora en la Sala de Totalización de Votos.
6- Prohibicion de encuestas a boca de urna (exit polls) -procedimiento absolutamente fiable como predictor de resultados tanto en la historia electoral de Venezuela como en el resto del mundo- pues pusieron en evidencia estadísticamente el fraude de 2004 al dar perdedor al gobierno. Nunca más se hizo una exit poll en el país.
7- Posesión de las claves de seguridad y acceso al firmware de las máquinas de votación por parte del PSUV.
8- Falta de presentación de los Certificados de Verificación Ciudadana que prueban la transparencia de los procesos. La propia MUD incumplió dos veces con la promesa de presentarlos cuando ofrecía defender el voto del pueblo (“¡ganaremos y cobraremos!”).

Tan blindado es el fraude que ni aun ganando la oposición puede ganar. Ni siquiera el choro galáctico supremo fue capaz de explicarle a la periodista Andreína Flores cómo fue posible que en las últimas parlamentarias la oposición, con 48% de los votos solamente obtuviera 39% de los escaños (65 diputados), mientras que el régimen, con 49% de los votos obtuviera 59% de las curules (98 diputados).  La explicación a la dama en cadena nacional se redujo a una sarta de insultos y cantinfladas.

El anterior preámbulo lo hago con el objeto de dejar muy en claro que siempre he estado consciente de que el CNE, más que una oficina de elecciones de Miraflores, es el comando de campaña del PSUV. Jamás el Poder Electoral independiente.  Que su misión es el fraude electoral para dominar al pueblo venezolano y perpetuar a la dictadura en el poder.

Sin embargo, no soy abstencionista. Al menos no en las presentes circunstancias. Además de las protestas no violentas en todos los ámbitos y del activismo interno e internacional, el voto tiene una importancia vital en la lucha por la causa democrática.

El voto sirve, por ejemplo, para mostrarles al régimen y a quienes tengan oportunidad de conocer los escrutinios reales (con seguridad organismos de inteligencia extranjeros, además de la metrópolis cubana), cuántos nos oponemos a la dictadura criminal y expoliadora. No permitirán la apertura de las urnas para su revisión manual independiente, pero conocerán a la perfección cuántos somos. Y esa información trascenderá a la opinión pública internacional que tiene la lupa puesta en Venezuela y para la historia, como constancia de la debacle del chavismo y de su opresión sobre Venezuela.

El régimen ha podido salirse con la suya en el pasado con fraudes de cada vez mayor magnitud ya que contaba con un porcentaje importante de votos a favor. Pero en estos momentos el rechazo absoluto hacia el chavismo se acerca a 90% (si es que las encuestas en dictadura son exactas y no sesgadas a favor del gobierno por efecto del miedo, caso en que el rechazo sería mayor), de manera que se verá forzado a un fraude de tales dimensiones que lo aislaría aún más y lo  desacreditaría al punto de precipitar su caída.

Así que es muy posible que el gobierno se abstenga de perpetrar ese megafraude suicida que le asegura su fin de forma expedita y, tal como ya amenazó Nicolás el Ilegítimo,  opte por desconocer los resultados electorales, por negarse a entregar el poder y pasar a gobernar con los militares unidos a un dizque pueblo que dice tener  (será en Cuba que lo tiene, pues el de Venezuela obviamente habría votado contra el derrotado chavismo, si no, no tendría necesidad de desconocerlo), en una salida que –según su visión- le alargaría tan solo un poco más su permanencia en el poder o aumentaría las probabilidades de permanecer en él.

Y es que el chavismo se encuentra en una situación extremadamente grave. Su carácter autodestructivo y la ambición brutal y desmedida de los revolucionarios humanistas causaron su acorralamiento. Está en un callejón sin salida al que llegó sin ayuda (aunque culpe al imperialismo, al fascismo, a la burguesía, a los gringos, a los judíos, a los empresarios, a Uribe, a JJ Rendón, a Marco Rubio, a Bob Menéndez, a la guerra económica…). La verdad es que le sucedió como a esos personajes de James Bond o Flint, esos villanos de Ian Fleming tipo Goldfinger, que mueren aferrados a una bolsa de diamantes que se niegan a soltar para no perderla y así poder agarrarse de la cuerda que los salvaría de caer al abismo, gracias a la ambición desmedida que les impide ver que van a la muerte segura.

El desprestigio ante la humanidad es total. Lo investigan por narcotráfico, lavado de dinero, financiamiento del terrorismo, violación de Derechos Humanos. Las noticias acerca del rastreo al formidable desfalco de PDVSA y la subsecuente movilización de fondos ilegítimos a través de la banca mundial y en particular de la andorrana por parte de Rafael Ramírez y su banda, que incluye a su primo, la cual ya calculan en unos $9.000 millones (según publica la prensa internacional) son inocultables.

La civilización ya no tiene dudas de que Venezuela goza de un gobierno forajido. Y a esto se suma que también está desacreditado por inepto, como consecuencia de su bárbaro manejo de la economía que ha arrasado hasta sus cimientos al otrora emporio petrolero que en sólo 2 años pasó de ser el tío ricachón que regalaba dinero a diestra y siniestra, el mendigo indigente que va de puerta en puerta pidiendo limosnas para comer, como en efecto lo ha hecho Nicolás el último año. Nadie da nada por el chavismo. Ni sus aliados chinos pueden ya continuar financiando su permanencia en el poder, es decir, el saqueo. Un gobierno incompetente y ladrón en las proporciones de esta revolución es insostenible para China y contrario a sus intereses, pues sabe que dólar que le “presta” es dólar que se esfuma en la ineficiencia y en los bolsillos de los revolucionarios.

Hay síntomas claros de que el cerco alrededor de la dictadura venezolana y de las sanguijuelas que la aprovecharon para desangrar al país se está cerrando. Los casos de Aponte Aponte, Rafael Isea, Leamsy Salazar, Franklin Nieves y muchos más que todavía no conocemos están relacionados con este cerco y con las pesquisas de movimientos financieros ilegítimos en el sistema bancario mundial.

Lo anterior significa que la amenaza de Nicolás con respecto a desconocer resultados electorales y a negarse a entregar el poder debe ser tomada muy en serio. El chavismo, tanto por razones ideológicas del castrocomunismo (la revolución puede servirse de los votos para llegar al poder, pero jamás aceptará ser depuesta con votos) como por el hecho práctico de que por sus crímenes tanto comunes como de lesa humanidad no puede darse el lujo de salir con votos ni de ninguna otra manera sin jugarse hasta la última carta por desesperada que parezca, ya que la perspectiva es la Justicia Penal Internacional, la cárcel segura para los revolucionarios humanistas y testaferros y la pérdida de sus fortunas mal habidas.

Pero sucede que ese escenario del desconocimiento de la voluntad del pueblo y la declaración descarada y abierta de dictadura sería el suicido definitivo e inmediato del chavismo. La cúpula chavista militar-civil tendría que enfrentar una formidable oposición tanto interna como externa. Muchos militares difícilmente aceptarían asociarse y apoyar una dictadura totalitaria desprovista de cualquier velo de democracia señalada con toda clase de crímenes que podrían llevarlos a la cárcel o a algo peor. Los demás países, incluso aliados, se volverían en contra de tal maniobra. El repudio nacional e internacional sería total. La reacción popular sería al menos de la misma intensidad que en el escenario de fraude.


Las dos alternativas que le quedan al chavismo, fraude masivo o irrespeto al resultado electoral y declaración expresa de dictadura totalitarista son su tumba definitiva. Mas siendo la segunda la confesión de delito sin ningún pudor que deja libre de dudas su carácter contrario a derecho, lo que obligaría a todo ciudadano, incluyendo militares, a activar los mecanismos constitucionales en defensa de la democracia, a diferencia del fraude que permitiría el velo de la duda, es esta la que se debe propiciar. En ambos casos se requieren los votos. Sin votos no son necesarios ni el fraude ni el desconocimiento de resultados.
 

Entonces, el peor escenario para el chavismo se daría con el irrespeto a los resultados de las elecciones,  la subsecuente negativa a entregar el poder y la formación de la anunciada junta militar-civil con ese tal pueblo con que “cuenta” el chavismo que no sabemos dónde está puesto que habría votado en su contra. Sería el catalizador de la debacle chavista y su desaparición. Pero para que la dictadura desconozca la decisión del pueblo es indispensable que exista esa decisión, misma que no puede existir si no hay votos. Por lo tanto, el pueblo venezolano debe votar masivamente contra el PSUV para catalizar su destrucción. La peor opción del chavismo necesariamente es la mejor opción de la disidencia.

Leonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe


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