lunes, 9 de noviembre de 2015

Dies irae





No existen ni vestigios de duda de que somos testigos de la agonía y muerte del chavismo y sus corrientes conexas, como eso que llaman “madurismo” (?) o “cabellismo” (el primero una gavilla de tintes políticos muy superficiales que disimulan su talante gangsteril, el segundo tan solo una banda de hampones de alta peligrosidad; ambos saqueadores de la Cosa Pública).

Hasta la dirigencia chavista reconoce la posibilidad de derrota electoral en un intento desesperado de lograr votos mediante extorsión con la amenaza de crear Armagedón. Incluso, antiguos patriotas cooperantes como Luis Vicente, el encuestador con voz de soprano engripada con habilidades y vaho de serpiente constrictora experto en todo, desde Acupuntura hasta Física Cuántica, pues acerca de todo pontifica a sus feligreses, dice que hoy predice “que pierde” (en las parlamentarias). Ni hablar de los colaboradores de la página chavista Aporrea, quiénes –salvo los más fanáticos que le achacan a Nicolás la culpa del naufragio (“traicionó su legado”, ignorando que precisamente Nicolás es ese legado) y no al idiota galáctico que fue quien en realidad hizo el hara kiri- escriben en pasado de lo que “una vez fue un sueño convertido en pesadilla”. Dan por muerto al chavismo. Y culpan a la “cultura gangsteril que se adueñó de la revolución y Chávez cometió el error de permitir”.

Réquiem. La Secuencia de la Misa de Difuntos comienza con el Dies Irae, el Día de la Ira (de Dios). Es el día en que el Señor, el Juez Supremo viene a pedir cuentas y a juzgar severamente. Según la profecía de David con la Sibila, cuando los siglos hayan sido reducidos a cenizas. El terror por el futuro cundirá entre los juzgados.

Dies Irae. El Día de la Ira ha llegado. Pero no es el de la Ira de Dios, no todavía. Ese llegará inexorable. Es el de la ira del pueblo. Dios condena a los malditos a la llama eterna al final de los tiempos. Debemos esperar a ese Juicio Final. Pero el pueblo no. El pueblo es implacable y condena en el presente sumaria y expeditamente. Luis XVI y María Antonieta, Nicolás y Alejandra, Nicolae Ceausescu y señora, Benito Mussolini y amante, Saddam Hussein y sus secuaces, Moamar Kadafi y sus hijos, entre otros, pueden dar fe de ello.

La palabra “rechazo” ni remotamente define en estos momentos el sentimiento del pueblo venezolano contra el chavismo y sus excesos “sodomitas” propios de la decadencia del Imperio Romano. Lo que se escucha en la calle, en el Metro, en los mercados, en las paradas de autobús, en los expendios de comida, en las aceras, no es rechazo, es ira, rabia, arrechera, odio, desengaño y lo más grave, deseo de venganza. Todos en una magnitud pavorosa. Apartando al chavista, al boligarca, al boliburgués, a los militares, a sus testaferros, a los enchufados en general, no existe venezolano que no culpe al chavismo por la tragedia que está viviendo, por su ruina, por el saqueo del país, por la miseria, por la destrucción, por la muerte del futuro de sus hijos.

Y no hay venezolano que no se sienta ultrajado por las riquezas acumuladas en tiempo récord por esos enchufados que en enero de 1999 vivían cercanos a la indigencia y hoy se codean con Bill Gates en Forbes. Por la ostentación “nueva rica” vulgar de esas riquezas, por los fluxes de $5.000 de Diosdado y Pedro Carreño, por los relojes de $50.000 de Hugo y Nicolás, por las carteras de $5.500 de Cilia y Delcy, por las 4Runners de $40.000 de diputados que ganan $100 mensuales, por las Hummers de $150.000 de militares y policías que ganan $100 al mes, por las ropas y joyas valuadas en decenas de miles de dólares con que se retratan las infantas Chávez en los resorts más exclusivos del mundo con el jet set internacional sin haber trabajado un solo día en sus vidas, por las noticias de cuentas milmillonarias en dólares y euros en Andorra y Suiza de revolucionarios humanistas, por las propinas de 100.000 euros pagadas por boliburgueses socialistas humanistas a conserjes de hotel en Paris. Todo esto mientras el pueblo hace colas para comprar comida y medicinas y se mata a golpes por el último pollo, y los niños y enfermos mueren sin medicamentos para un cáncer que se pudo curar si no les hubieran saqueado esos dólares y euros.

Confutatis maledictis. “Rechazados son los malditos y arrojados a la llama eterna. Apiádate de mí y llámame entre los benditos. Te ruego de rodillas con mi corazón casi hecho cenizas...” Hay pecados que ningún dios se permite perdonar. Ni Yahvé, ni Alá, ni Buda (que no es dios), ni siquiera el charlatán de Sai Baba, los pueden perdonar. ¿Perdonar niños sin leche ni pañales muriendo de cáncer por falta de medicinas mientras los revolucionarios obesos a punta de caviar se bañan en Buchannan´s 18 y champán Cristal con los reales que les robaron a esos niños? Para ellos la llama eterna.

Confutatis maledictis. También lo dice el pueblo. Y esto es lo grave. Se respira la sed de venganza. La gente ya no se conforma con la salida del chavismo. Unos queremos justicia. Los que jamás fuimos “engañados” (entiéndase “seducidos con promesas de riqueza fácil”) queremos ver a los delincuentes enfrentando cortes nacionales e internacionales en juicios justos (lo que nos está negado a los disidentes hoy). Pero la gran masa desengañada y miserable, que no puede satisfacer la canasta mensual con el 10% de su valor como salario mínimo, que gana $10 diarios, el 0,1% del precio del atuendo del revolucionario típico o 20% de lo que pagará el diputado chavista por la botella de whisky este mediodía en el restaurant más lujoso de Caracas, quiere venganza.

Al fuego de ese incontenible deseo rabioso de venganza, Nicolás decidió echarle gasolina (seguramente importada, porque nacional, no hay). Declaró sin pudor que el chavismo ganaría “como sea” (léase “hasta con fraude”) y que de no ganar (es decir, si la votación en contra es tan apabullante que ni el fraude es posible o verosímil), no reconocería los resultados (o sea, la voluntad del pueblo), no entregaría y pasaría a gobernar con el pueblo (¡¿con el mismo al que le desconocerá la voluntad en su contra o con el cubano?!) en una junta cívico-militar (entiéndase “decretaré la dictadura militar –porque pueblo no hay- por la calle del medio).

Burlar la voluntad del pueblo desconociendo su decisión en el estado anímico en que se encuentra, es suicida. Hasta el cansancio he sostenido la vocación autodestructiva del chavismo. Una maniobra de esta naturaleza diáfanamente la confirma.

Pero es que el chavismo se suicidó. Los chavistas “pensantes” de Aporrea razonan que “la cultura gagnsteril que Chávez permitió” lo exterminó. Pero es peor que eso. El comandante supremo imbécil no “la permitió”, ¡la instauró! Cuando llegó al poder, el idiota de Sabaneta creó un sistema clientelar “gangsteril” que le garantizara su permanencia en el poder. Estimuló el saqueo del Estado para comprar lealtades de militares y civiles. Además, propició el enriquecimiento súbito de la nueva élite dominante, la boliburguesía, para empoderarla económicamente con los mismos fines. Hizo de la corrupción y el expolio política de Estado. Hoy el chavismo paga las consecuencias pues ese día decretó también su muerte.

Con la actitud cortoplacista e inmediatista del atracador en moto o del cobrador de peaje de barrio, el lumpen chavista asaltó el poder. Arrasó con todo y no construyó nada. Bueno, sí construyó un puente sobre el Orinoco al doble de lo que debió costar. De resto, el chavismo no dejará para la posteridad ni una sola obra importante para testimoniar su existencia. Los arqueólogos del futuro no sabrán de su paso por la Tierra. Felizmente Internet y los libros guardarán su huella para generaciones futuras (que seguramente volverán a cometer el mismo error, pues no es la primera experiencia del chavismo en la historia: el nazismo, el fascismo, el estalinismo, el maoísmo, e incluso, el castrismo, todos trágicamente fallidos, fueron versiones mucho más ilustradas de él).

Apagones, cortes de agua, hospitales colapsados, pacientes muertos sin tratamiento, carreteras destruidas, tierras abandonadas que alguna vez albergaron cultivos transformados en maleza, cabillas oxidadas en obras inconclusas, la pestilencia de un Guaire poluto de aguas cloacales marrones que costó $6.000 millones “descontaminar” y hacer navegable, fábricas fantasma paralizadas que antes de ser expropiadas colmaban los mercados y hasta exportaban, 280.000 homicidios, la base espacial en el llano que no fue, el inexistente canal del Orinoco al Caribe, el ferrocarril Caracas-Buenos Aires que sólo existió en la mente delirante de un psicópata, el sistema ferroviario nacional que no pasó de unos planos aprobados por Fidel Castro y unas columnas sin rieles visibles desde la Autopista Regional del Centro, son prueba de la obra del progresismo chavista… De su inexistencia, esto es.

Y aquí explicaré por qué el bobo galáctico era bobo, imbécil, idiota. No solamente porque sentó las bases de la propia destrucción de la que él juraba su magna obra, su V República de 300 años parangón del III Reich de 1.000 años de Hitler, y del país. Se presentó, como todo fascista populista, como el gran nacionalista a ultranza. Gastó dos billones de dólares (un 2 seguido de 12 ceros) en proyectarse como el salvador de Venezuela y del planeta, pero hasta con el Esequibo lo engatusó Cuba. Los hermanos Castro alimentaron su ambición desmedida de muchacho pendejo resentido con pobre educación de un pueblo apartado del llano venezolano. El impetuoso pero iletrado que había llegado a Teniente Coronel gracias a favores de políticos de la democracia como su padrino Rafael Caldera de quién sus padres eran seguidores como dirigentes copeyanos, cuyos buenos oficios le allanaron la entrada en la Academia Militar que de otra manera no lo admitiría con 3 materias aplazadas, y de otros que le permitieron soslayar su reprobación en el Curso de Estado Mayor y en otras materias de su mediocre carrera académica, también apadrinado por compañeros de su hermano adeco, fue embaucado por su gran amor, el anciano Fidel Castro y su degenerado hermano Raúl. Lo casaron con China para que le entregara el país hipotecándolo con una brutal deuda externa. Lo hicieron pelear a muerte con los gringos –con todo el mundo, en realidad- para terminar aliados a ellos a espaldas de “sus herederos”. Lo hicieron comprar la lealtad de los vecinos caribeños de CARICOM y Guyana para terminar perdiendo el Esequibo con la sociedad Guyana-EEUU-China auspiciada por Cuba y apoyada por el CARICOM. El consorcio de la Exxon-Mobil de EEUU con Nexen Petroleum de China y la Hess de Guyana, apoyado por los Castro y los vecinos del Caribe para la exploración y explotación del Esequibo, es un monumento a la oligofrenia de Hugo Chávez sólo comparable al descrédito mundial de su “obra”.

La revolución jamás fue un objetivo. Tan solo fue un pretexto para asir el poder, dominar a un pueblo y así proceder a saquear en gran escala un país. La visión delincuencial sustituyó a la de estado, la conducta criminal primitiva de hamponato común reemplazó a la de constructores. Mataron la gallina de los huevos de oro decretando así su acorralamiento y desaparición. Los Gucci sustituyeron a las alpargatas en los pies del revolucionario devenido en burgués sin trabajar ni producir, pero esas alpargatas jamás abandonaron el cerebro desprovisto de talento y moral. Lo que fue finalmente su perdición.

El chavismo está muerto y enterrado. Eso dicen los pensadores chavistas de Aporrea. Pero sus restos no tendrán paz. Ni el pueblo ni Dios lo permitirán. El pueblo lo juzgará antes que el Altísimo, el 6 de diciembre. Está en manos de la jerarquía chavista –de los malandros atrincherados en el poder- decidir la pena que el juicio popular les imponga: la violenta e implacable de un pueblo silenciado colérico, o la nacida de tribunales legítimos apegados a la justicia. La segunda puede llegar de dos formas, pues es insoslayable: sin pasar por el trauma violento de un pueblo enardecido contra el que tendrá que cometer genocidio para intentar controlarlo, lo que empeoraría las consecuencias para los jerarcas; o pasando por una masacre que le garantizaría su día ante la Justicia Internacional Penal. Y en cualquier caso, enfrentará la Justicia Divina.

Leonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe

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