jueves, 26 de noviembre de 2015

Chavismo y muerte





Si algo define al chavismo, es la palabra “muerte”. No solamente porque nació a la luz pública causando muerte y destrucción en los fallidos golpes de estado de 1992, sino porque la muerte ha signado su discurso y procederes, especialmente, desde que tomó el poder. Y no solamente porque todo lo que toca lo mata, llámese Agroisleña-Agropatria o PDVSA.

La campaña de Hugo Chávez en 1998, que a tantos intelectuales, periodistas, empresarios y académicos sedujo, se basó en buena parte en la amenaza de muerte masiva a importantes sectores del país: “Freiré sus cabezas”. Que hoy los conversos no digan que los engañó o lo malinterpretaron, para freír una cabeza hay que decapitar primero, es decir, matar. La muerte llevó al monstruo traidor y resentido de Sabaneta al poder.

Ya en la Presidencia, el cobardón Teniente Coronel constantemente amenazaba con guerra civil: “Soy yo o la guerra”, “esta revolución es pacífica pero armada con fusiles, tanques, aviones…”, etc.. Y es que el rencoroso macaco veía la guerra como una necesidad para purificar a la sociedad venezolana. Estando cautivo en la prisión de Yare escribió “la guerra civil es fratricida pero necesaria”. Guerra es muerte. Las amenazas de guerra por parte de los herederos del difunto dictador continuaron después de su muerte.

Los asesinatos de chavistas, que desde familiares de los fallecidos hasta periodistas de investigación relacionan con pugnas internas del chavismo, como los casos de Danilo Anderson, Jesús Aguilarte, Eliécer Otaiza, Robert Serra y otros menos notorios, confirman el carácter tanático de esta secta fanática destructiva.

El nexo con la muerte característico del chavismo se pone de manifiesto de distintas maneras. Una, no de poca relevancia, es el culto necrofílico al cadáver y figura del galáctico eterno. “¡Chávez vive, la lucha sigue!”, los ojos de Chávez y su rúbrica en cada rincón urbano, las constantes invocaciones de su nombre, también denotan el tánatos chavista. Inequívocamente, expresiones morbosas de personas que no existen sin la presencia –aunque sea en la imaginación- del fallecido amo.

En fecha reciente, Nicolás amenazó con violencia a la sociedad venezolana en caso de perder las elecciones del 6 de diciembre. Luego de un amenazante “ganaremos como sea”. Declaró “si perdemos no entregaremos e iremos a la calle (…) y en la calle somos candela con burundanga”. Diáfanamente, estas palabras conllevan la amenaza de genocidio.

Pocos dudaron del significado homicida del “como sea” de Nicolás. Y a los pocos días vimos ejemplos de ese “como sea”. La caravana proselitista del candidato opositor por el circuito 3 de Miranda, Miguel Pizarro, fue atacada a tiros por matones vinculados al oficialismo, algunas fuentes señalan que eran escoltas del saltimbanqui mercenario William Ojeda, candidato del PSUV. Que se sepa, ni siquiera una averiguación abrió el Ministerio Público.

Anoche vivimos otro caso del “como sea” del depravado seguidor de Sai Baba. El Secretario General de Acción Democrática en Guárico, Luis Manuel Díaz, fue asesinado por una banda de “luchadores sociales socialistas humanistas” afectos a la dictadura, sin duda, siguiendo órdenes superiores. Cuando el mitin de Altagracia de Orituco, en el cual compartía tarima con Lilian Tintori la esposa de Leopoldo López y quizás el verdadero blanco de los sicarios, llegaba a su final, hacia las 7:30 p.m., se escucharon unos disparos y la víctima se desplomó exánime.

No hay palabras para calificar el abominable hecho, todas suenan triviales, huecas frente a la magnitud del avieso crimen. Con este asesinato una parte de cada venezolano también murió. Las del Secretario General de la OEA, Luis Almagro, fueron particularmente significativas y fieles al sentir del pueblo: “es una herida de muerte a la democracia”.

Pero esas palabras de Almagro, que por muy cargadas de significado y sentimiento no dejan de ser extraordinariamente sobrias, y sobre todo, no acusan a partido alguno, causaron la reacción virulenta del desesperado Nicolás, quien las calificó como un ataque a Venezuela, a su pueblo y a la revolución, y tildó al dignatario de “basura”, con su depurado lenguaje de estadista que lo caracteriza.

En primer lugar, ya el venezolano está harto de que los señalamientos a criminales del chavismo, sean lavadores de dinero, narcotraficantes, choros o violadores de Derechos Humanos, sean calificados por la jerarquía chavista como “ataques contra Venezuela y el pueblo venezolano”. Son acusaciones muy específicas e individualizadas a delincuentes o directamente al gobierno, que lejos de ser el pueblo, es enemigo del pueblo, a juzgar por las miserias a que lo tiene sometido mientras los gobernantes engordan en sus yates y palacios.

En segundo lugar, pero aún más importante, las palabras de Nicolás constituyen una confesión, ya que Almagro, al no acusar, no debía haber provocado a quien es inocente, solamente a quien se siente o sabe culpable. Con su reacción desmedida y virulenta el cucuteño admitió su vinculación con el asesinato de Luis Manuel Díaz.

Si con algo siempre se puede contar, es con la torpeza del chavista; máxime si su nombre es Nicolás Maduro.

Leonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe

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