sábado, 27 de junio de 2015

Si perdemos los matamos



El chavista es un demócrata de extrañas convicciones. Sólidas, pero extrañas. Se proclama demócrata a carta cabal. El más demócrata de los demócratas. Reclama el mérito de ser autor desde el poder, de la más perfecta de las democracias. Una democracia “bonita, multicolor, incluyente, tolerante, pluralista” en la que si alguien protesta, va preso. Una democracia en la que hay libertad de expresión mientras esa expresión coincida con su pensamiento único y no atente contra sus intereses, so pena de que una bala le atraviese el cráneo “haciendo un sonido hueco”. Una democracia en la que abundan los procesos electorales que siempre gana su partido, aun bajo las peores condiciones de malestar social, haciendo fraude electoral, incluso, impúdicamente abierto.

Le gustan las elecciones siempre que sepa que, bien por legítimo apoyo popular, como sucedía hasta 2002, o recurriendo a las trampas de su ministerio de elecciones, conocido como CNE, tiene garantizado el triunfo. Pero aun así, por las dudas, y para asegurarse de que el miedo le traerá los votos que le facilitarán el fraude, tiene la precaución de amenazar “proselitistamente” con muerte: “soy yo o la guerra”, acostumbraba a vociferar el psicópata eterno, o sea, “o votas por mí o te mato”.

Y sus herederos practicaron el mismo lenguaje desde el día en que metieron su cadáver en un frigorífico de La Habana, para presentarles a los fanáticos seguidores de la secta el muñeco de cera que enterraron tres meses después en Caracas. Si la “derecha gana las elecciones, tomaremos los fusiles rodilla en tierra”, decía algún general ejerciendo su política cuartelaria. Diosdado Cabello hablaba de irse a la montaña si Nicolás perdía las presidenciales. Pero, aunque el chavismo era minoría desde –por lo menos- 2004, incluso, hasta las últimas elecciones presidenciales, la oficina electoral del régimen, su CNE, contaba con votos oficialistas suficientes para montar un fraude que –desde la perspectiva chavista únicamente, puesto que nadie con más de cuatro neuronas creyó en la victoria de última hora y 1% de ventaja de Nicolás- tenía visos de verosimilitud.

Pero hoy, cuando absolutamente todos los venezolanos vivimos el diario terror de ir a comprar la escasa e inasequible comida, de trasponer la puerta de la casa sin saber si una bala nos espera, de ver a nuestros parientes, amigos y conocidos muriendo de cáncer sin medicinas mientras los revolucionarios inundan de euros y dólares robados al pueblo los bancos de Andorra, Suiza, Miami y Panamá; lograr el mínimo  de votos necesarios para el fraude electoral indispensable para no perder la AN luce una empresa imposible.

Y es que las encuestas que se publican arrojan 80% de rechazo al régimen chavista. Además de reportar datos levantados hace dos meses, son encuestas sesgadas, como toda encuesta en dictadura, máxime en una tan primitiva y sangrienta como la chavista. ¿En verdad alguien cree que la señora con 6 hijos arriesgará perder los beneficios y bonificaciones de una pensión o misión respondiendo en contra de los que tienen del poder de matar a su familia de hambre? ¿O que lo hará en contra del que le advierte que la sacará del apartamento que le prestó el Estado para vivir? Claro que no. Es obvio que las cifras verdaderas que manejan los servicios de inteligencia gubernamentales han de ser peores para el chavismo.

Así que repitiendo el trillado guion escrito por el choro galáctico, el 24 de junio Nicolás reiteró su amenaza: “en el supuesto negado de que la derecha gane la AN, habrá un estallido social. El pueblo no se dejará quitar su revolución. Y yo seré el primero en lanzarme a la calle”. Es decir, olímpicamente declaró que el chavismo, ¡el propio gobierno!, desconocerá el resultado electoral adverso; la voluntad del pueblo.

Cabe preguntarse, “¿entonces para qué estos gorilas se molestan en ir a elecciones?, ¿de qué pueblo habla si justamente el pueblo será el que lo derrotará electoralmente?, ¿se referirá al pueblo cubano, al chino, al nicaragüense, porque el venezolano le estaría diciendo claramente con su voto “¡fuera, váyanse, no los queremos!”?, ¿será que estamos frente a unos Luis XIV turbocargados que no solamente son el Estado sino también el pueblo?”

Imposible interpretar las palabras de amenaza de Nicolás –otra variación sobre el tema “soy yo o la guerra” y “si gana el imperialismo (la AN) vendrán tiempos de masacre y muerte”- de otra manera que no sea que el chavismo desconocerá la voluntad popular. Nicolás ha dicho claramente que usarán al pueblo como sustituto del escaso papel tualé.

La desvergonzada amenaza sugiere que el chavismo está decidido a hacer la madre de todos los fraudes y que tomará las armas para hacer valer la grotesca trampa. Lo que no entienden Nicolás, Diosdado y los pseudogenerales –que sólo pueden ser generales en este país- que juran que Venezuela es un gran cuartel con 30 millones de soldados rasos con el cerebro reblandecido por la disciplina militar, es que al chavismo le llegó su hora final. Que es un dinosaurio que agoniza en medio de sus últimos y ensordecedores estertores. Que ni el indetenible pueblo venezolano cuya arrechera ya alcanzó límites que lo hacen muy nocivo para tiranos corruptos que persisten en humillarlo dominándolo con escasez, inflación, colas, inseguridad, racionamiento, captahuellas y planazos, ni el resto de la civilización aceptan ya más la existencia de una peste putrefacta como esa dizque ideología que ha profanado el nombre de Bolívar llamándose “bolivarianismo”, y que no es más que un furúnculo en la historia de la humanidad.

Es seguro que lo intentarán. Es posible que la MUD evada por enésima vez su deber histórico y de nuevo acepte el fraude, traicione a los electores en la defensa del voto declarando a los pocos minutos que el chavismo ganó limpiamente (“aunque con cierto ventajismo”) y mande a bailar salsa. Pero es bueno que sepan chavistas y opositores colaboracionistas que ya el pueblo no resiste más. Que ya es imposible represar su voluntad. Que es mucho más peligroso y costoso, en todo sentido, pretender aplastar la opinión popular que obedecer su mandato y cumplir con las generaciones futuras. Es momento de vida o muerte.

Leonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe





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