sábado, 27 de junio de 2015

La Catira (Artículo de Paulette Cécile Silva Beauregard)

Esta es la primera vez que introduzco en este blog un escrito de otro autor como entrada. Se trata de un artículo de mi querida hermana, profesora Paulette Cécile Silva Beauregard, que considero de gran pertinencia en la actualidad:

La Catira

Tengo muchos meses molesta con la imagen de Venezuela promovida por políticos y tertulianos irresponsables en los medios de comunicación españoles, como parte de las campañas electorales para las diversas elecciones de este año. Hace unos meses escuché a Monedero decir, cuando se le preguntó si quería traer el modelo bolivariano a España, una obviedad: España no es Venezuela, pero para rematar diciendo que en Venezuela, por ejemplo, no existía una tradición sindical.Se ve que el asesor de Chávez (no olvidemos que cobró muy buen dinero al Estado venezolano por un “encargo”) no hizo su tarea: leer sobre la historia de Venezuela para poder asesorar y opinar.
El caso Monedero me hizo recordar una excelente investigación realizada por Gustavo Guerrero hace pocos años. Se trata de Historia de un encargo: “La catira” de Camilo José Cela. En este libro Guerrero hace una revisión meticulosa de las relaciones entre España y Venezuela en una época clave: la dictadura de Franco y la de Pérez Jiménez. Las relaciones entre ambos dictadores permitió a Camilo José Cela dedicarse a un encargo que le hizo el dictador venezolano: escribir una novela de tema venezolano (el título mismo de la obra, La catira, no deja dudas al respecto). Copio un fragmento de la nota sobre el libro de Guerrero que hace la editorial Anagrama porque es muy clara: “Como en un vivo fresco histórico, se anuda así, alrededor del affaire de La catira, una intrincada trama de intereses en la que se confunden la ambición personal de un joven y destacado escritor, los sueños de los inmigrantes económicos españoles que se instalan por miles en Venezuela, la propaganda de una dictadura, los objetivos internacionales de otra, la resistencia de los intelectuales venezolanos y el exilio republicano contra el autoritarismo” (http://www.anagrama-ed.es/titulo/A_379).
Más allá de las ambiciones personales de intelectuales como Cela (o Monedero), creo que el caso permite pensar cómo las élites se aprovechan de las circunstancias políticas en su propio beneficio. Pero también deja ver que esa actitud arrogante y ambiciosa no es la opinión supuestamente unánime de todo un país. Recordemos que la osadía de Cela fue combatida por venezolanos y españoles.
Hace poco la ministra de agricultura española, Isabel García Tejerina, en un programa de TVE, intentaba cambiar de un solo golpe una imagen hoy muy extendida en los medios de comunicación: las políticas económicas del actual gobierno del PP han provocado un desplome del “estado de bienestar”. En un acto de prestidigitación, quiso convertir las políticas del PP en medidas que buscaban proteger a los más débiles (son sus palabras). Y para conseguirlo, usó una carta que tenía escondida en la manga: los españoles no ven esa realidad porque tienen una mala imagen de sí mismos. El argumento fue el siguiente (transcribo): “En el mundo, la peor opinión de España la tienen los argentinos, venezolanos y los españoles”.
La explicación de la ministra se cae por su propio peso: se trata de una burda especulación, no comprobable, basada en generalizaciones y clichés. Lo interesante del asunto es que meta a españoles, argentinos y venezolanos en un mismo paquete, seguro con el objetivo de dar verosimilitud a su acto de prestidigitación. También agregaba odio, sentimiento que buscaba cegar a los espectadores para que no reflexionaran sobre la tontería que estaba diciendo.
Esta misma semana, Pablo Iglesias comentaba en la televisión que ha sido agredido por venezolanos. No apruebo por ninguna razón ese comportamiento. Sí me pregunto si les pidió el pasaporte a sus agresores porque si lo hubiera hecho habría comprobado que muchos de los venezolanos que viven hoy en España lograron venirse -en ese enorme, excepcional y lamentable éxodo de venezolanos profesionales- gracias a la ley de Memoria histórica. Quiero decir con esto que la mayoría son hijos o nietos de españoles. Españoles que tuvieron que emigrar a buscar una mejor vida a Venezuela, por motivos políticos o económicos. Cuando esos “venezolanos” reclaman a los políticos españoles políticas más claras, debe pensarse que representan una de las formas que ha adoptado la indignación contra los políticos en España. En este caso, la indignación de los emigrados y retornados, parte también de la historia de España.
La opinión de algunos políticos españoles sobre Venezuela no puede ser confundida con la de todos los políticos españoles y menos con la de todos los españoles. Y desde la otra orilla, hay que decir exactamente lo mismo: la opinión de algunos políticos venezolanos sobre España no debe confundirse con la de todos los políticos venezolanos y menos con la de todos los venezolanos. La muy lamentable imagen de Chávez interrumpiendo de un modo grosero a Zapatero y luego la del Rey gritándole a Chávez que se callara, no fue más que una muestra de la incapacidad de los políticos a ambos lados del Atlántico. Bromas y canciones aparte, la escena dejó ver que la patanería y la arrogancia florecen en todas partes. Concluir que todos los venezolanos actúan como Chávez o que todos los españoles son como el Rey, sería una conclusión errónea, una mera generalización.
No es raro que las relaciones entre Venezuela y España, después de la independencia, hayan sido difíciles y que lo sigan siendo en algunos momentos tanto tiempo después. Peor aún si políticos e intelectuales aprovechan las circunstancias para abrir las heridas históricas en su propio beneficio, sea por un encargo o no. Los clichés, generalizaciones y odios que promueven de un modo arrogante algunas personas a ambos lados del Atlántico deben ser combatidos, como hicieron en su momento españoles y venezolanos con La catira de Cela.
Aprendí desde muy pequeña que los españoles formaban parte de mi vida, que pasaban por un mal momento debido a la dictadura y que era mi deber tenderles la mano Esa fue la Venezuela en la que crecí, bromas y chistes aparte. Aprendí también a querer la lengua castellana y más aún la literatura escrita en castellano. El siglo de oro español fue para mí una revelación y lo que marcó mi vida: dedicarme a la literatura. No hay familia venezolana que no sienta cariño por los españoles, como sé también que lo mismo ocurre al otro lado del Atlántico. No dejemos que políticos e intelectuales oportunistas quieran escribir otra historia lamentable de La catira.

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