viernes, 5 de junio de 2015

Islamismo y bolivarianismo

Dedicado a Enrique Aristeguieta Gramcko
Siempre maestro



En sus pervertidos escritos, hacia 1996, el argentino peronista Norberto Ceresole se autoproclamaba padre ideológico de la revolución islamista y del bolivarianismo de Hugo Chávez. Fue más allá al afirmar que la revolución era una sola: islámica en Asia y África y bolivariana en América Latina.

Es oportuno recordar que Ceresole fue, en efecto, consejero cercano  y ductor de Hugo Chávez en los años siguientes a su liberación de Yare. Era entusiasta promotor de esa depravada corriente llamada “revisionismo” que sostiene que el Holocausto no existió, que no es más que un fenómeno mediático creado por el sionismo y el imperialismo victorioso en la Segunda Guerra Mundial con el objeto de victimizar al pueblo judío, y facilitar así su dominio sobre la economía mundial. “Ya que es falso que los nazis exterminaron 6.000.000 de judíos, <<fueron apenas 600.000>>”. O sea, corramos la coma un cero hacia la izquierda y aquí no ha pasado un carajo. ¡Por Dios, por Alá, por Buda y por Yahvé, un muerto ya es demasiado!

Así que no debería ser sorpresa para nadie, en especial para la dirigencia intelectual, política, empresarial, gremial, social, mediática y oligárquica, para las élites que llevaron a Hugo Chávez al poder en 1998 (no me refiero a los irresponsables e imbéciles que votaron por él de la misma manera en que compran el detergente que esas mismas élites les venden), que la revolución bolivariana desarrollara íntimos lazos con el terrorismo islamista, brazo armado de la revolución islámica, cuyo epicentro es el aspirante a metrópolis del califato: el eje Irán-Sudán, y los movimientos apoyados por este, como Hezbolá, Al Qaeda y otros. Revolución que se fundamenta no solamente en el pensamiento teocrático de los ayatolás persas, sino en la ideología del jurista y filósofo Hassan al Turabi, de Sudán.

A pesar de representar solamente el 8% del islam, el chiísmo pretende dominar el mundo árabe con esta revolución y establecer un califato que se extendería en las regiones meridionales de Asia y África, unido al bolivarianismo, en la zona meridional Americana. “La gran nación meridional bolivariana”, escribía el trasnochado Ceresole. No solamente los más grandes yacimientos de petróleo, sino los canales de Panamá y Suez en manos de fanáticos vinculados a la internacional comunista. Una garra estrangulando la garganta de la civilización capitalista.

Ceresole explicaba por qué fue necesario inventar esa monserga llamada bolivarianismo y armar todo ese teatro en el que Hugo Chávez sería una especie de médium que se comunicaba –al modo en que hoy Nicolás habla con el pajarito- con el Bolívar al que tantos vieron sentar en la silla vacía que siempre le guardaba a su lado. Siendo que en Latinoamérica la religión no tenía la fuerza de cohesión suficiente para amalgamar al pueblo como si la tiene la religión musulmana en Asia y África, era necesario incorporar al eterno de Sabaneta al culto esotérico supersticioso de los cinturones de miseria venezolanos con José Gregorio Hernández, Las Tres Potencias (María Lionza, Guaicaipuro y El Negro Felipe), la Santería, el cristianismo y catolicismo; unidos con el pensamiento pleistocénico izquierdista y agregados a las que según el propio Chávez eran las ideas de ese Simón Bolívar que libertó a medio continente, en lo que bautizaron “bolivariamismo”. Islamismo en el mundo árabe, bolivarianismo en América; dos caras de una misma moneda.

De manera que tampoco debería sorprender, si es que son ciertas las acusaciones por parte de los servicios de inteligencia de EEUU, según reseñan los medios internacionales, que el sirio-venezolano Tareck El Aissami, sea señalado como la cabeza y principal financista de Hezbolá y Al Qaeda en Venezuela.

Anteayer leímos consternados dos noticias. El Estado Islámico ejecutó a tres hombres por el terrible delito de ser homosexuales, ante una multitud en la ciudad de Mosul, lanzándolos desde la azotea de un edificio, para luego ser lapidados graciosamente mientras agonizaban en el pavimento. La turba chavista en el municipio Mario Briceño Iragorry del estado Aragua, bajo órdenes del gobernador Tareck El Aissami, de acuerdo a la denuncia del alcalde Delson Guárate, tomó por asalto la alcaldía, agredió físicamente a los trabajadores y arrojó desde la azotea del edificio al camarógrafo Alejandro Ledo, por el delito de filmar el ataque de los colectivos oficialistas. Hoy corrió la noticia de que el joven trabajador linchado por el Estado Islámico chavista del Osama de Aragua está al borde de la muerte.

Ya hace una semana el califa de Aragua, como lo bautizó Antonio Sánchez García, había declarado que Henrique Capriles estaba considerado objetivo militar estratégico en la lucha armada, clara amenaza de muerte; por lo tanto, no es de extrañar que también haya dado la orden de violentar a los trabajadores de la mencionada alcaldía aragüeña, como indica Guárate.

Tanto Diosdado Cabello como el propio El Aissami pretendieron justificar el abominable crimen de “nuestra gente” contra “los fascistas de la derecha, que son los verdaderos violentos porque nos provocan”. El teniente o capitán se atrevió a comentar jocosamente la poca altura del techo del edificio desde donde fue arrojado Ledo. Tales “justificaciones” no surten ningún efecto legal como tampoco psicológico –fuera de sus propios seguidores-; a nadie convencen, aunque sí indignan. Es muy posible que ignoren que, independientemente de que pueda o no ser probado que los jerarcas del chavismo dieran la orden de agredir a los funcionarios de Mario Briceño Iragorry, instigaron el conflicto exactamente del modo que llevó a Slobodan Milosevic a morir en su celda de La Haya, después de enfrentar a la Corte Penal Internacional por genocidio en los Balcanes. Será interesante verlos el día en que intenten justificar a “su gente” y a sí mismos ante jueces que no están en la nómina del PSUV en la bella ciudad holandesa.

Leonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe

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