lunes, 20 de abril de 2015

Esclavitud




La teoría de Karl Marx nació como reacción a la esclavitud de la clase obrera europea de principios del siglo XIX, causada -según él- por el capitalismo en la Revolución Industrial y el Maquinismo. La jornada del trabajador, quien laboraba en condiciones infrahumanas, podía sobrepasar las 16 horas diarias, 7 días a la semana, y si acaso ganaba lo suficiente para subsistir enfermo y desnutrido. Su expectativa de vida era muy corta en relación al resto de la población. De tal régimen no escapaban ni mujeres embarazadas ni niños. El obrero literalmente entregaba la vida para apenas comer.
Marx especuló que eventualmente esa clase obrera explotaría en una revolución violenta contra la clase dominante, el empresariado capitalista, y tomaría el poder instaurando una dictadura del proletariado, como llamó a la clase obrera. Esa dictadura sería el socialismo. La sociedad socialista dominada por el proletariado a través de un Estado totalitario omnipotente, luego daría paso a una sociedad igualitaria, armónica, perfecta, feliz: el comunismo.
Pero la teoría marxista resultó ser nada más que las elucubraciones erróneas de una mente genial. Luego del Manifiesto Comunista de 1948 y de la publicación de “El Capital”, jamás tuvo lugar una revolución obrera. Las dos grandes revoluciones vividas por el mundo, la bolchevique (soviética) de 1917 en Rusia, y la maoísta de 1948 en China, no partieron de la clase obrera ni en países industrializados, sino de campesinos, intelectuales y militares.
Casi 170 años después de las obsoletas y erradas especulaciones de Marx, el capitalismo probó otra cosa. Las condiciones del trabajador mejoraron. La jornada se redujo a 8 y aun 7 horas, 5 días a la semana, logró tener vivienda decente, salud, alimentación, educación, entretenimiento, servicios adecuados. Mientras todos los experimentos marxistas fracasaban y causaban deterioro en las condiciones de vida de los ciudadanos.
Ante el error en la predicción de Marx, el marxismo buscó otros caminos, como la vía armada en Cuba, Vietnam y Camboya; países que tampoco eran industrializados ni tenían una clase obrera desarrollada como la europea del siglo XIX, que eran esencialmente rurales; pero en los que era posible explotar los vicios del colonialismo francés y, en el caso de Cuba, también el descontento popular con una dictadura depravada y corrupta como la de Fulgencio Batista, a los fines de establecer el comunismo.
El chavismo, con estrategias engañosas en cuanto a ideología pero en la tradición de Acción Democrática y otros partidos de la socialdemocracia latinoamericana populista (Chávez usó a los mismos adecos y copeyanos, a los que simplemente vistió de rojo), innovó usando la vía electoral para acceder al poder; esto es, luego de haberlo intentado por las armas en 1992. Con la bandera de la lucha anticorrupción, de la honestidad, del pluralismo, siguiendo “la tercera vía”, proponiendo un progresismo dentro del capitalismo en el que el empresariado sería clave, conquistó el voto de quienes alimentaban esa fantasía tan latinoamericana del militar de mano dura derechista que ponga orden en el relajo, el caudillo, la cachucha. El anhelo de todo hijo con pobre figura paterna: un padre dadivoso, un macho proveedor en virtud de milagros, ocupando la silla presidencial en Miraflores.

Y a ese fin se dedicó la élite dominante (hoy, muchos perseguidos, muchos colaborando), empresarios (hoy casi todos expropiados), dueños de medios (hoy acorralados), intelectuales (hoy descubridores tardíos del militarismo y el comunismo), académicos (hoy execrados y empobrecidos), y demás oportunistas de la sociedad venezolana que pensaban que podrían controlar cual marioneta al zambo que harían Presidente de la República. Estos y no los dóciles votos que simplemente obedecían al mercadeo de publicistas que entienden que el venezolano vota como cuando compra detergente, son los verdaderos responsables de la tragedia, de haber llevado a delincuentes de cuello azul, o mejor, marrón, al poder.
Así, el socialismo (o comunismo, da igual pues no es ninguna de las dos cosas) llegó al poder en Venezuela, en las últimas elecciones libres y aceptablemente limpias que vio el país, en 1998. Pero resultó que lo que inicialmente se llamó “el proceso” o –muy ofensivamente para la memoria de Simón Bolívar- bolivarianismo y más tarde, revolución bolivariana, no fue más que una operación de saqueo en escala nunca vista en la historia de la civilización; de destrucción de la economía y la fibra social por medio de políticas socialistas ya probadas como fallidas en todas las experiencias históricas de otros países, y de patrocinio del hampa y la inseguridad, también conocidas como “lucha social”. Todo, con el fin de destruir a las clases pensantes al modo estalinista -media, profesional, obrera, la burguesía­- y cultivar a la clase marginal, indigente, sin preparación para la vida social y el trabajo calificado (lo que Marx llamó lumpenproletariado); clase mendicante a la que se la debe mantener pobre ya que vota, y es dependiente de las dádivas con las que le compra los votos el Estado manejado por una nueva casta dominante compuesta por revolucionarios aburguesados, militares, testaferros, sanguijuelas oportunistas migradas de la democracia “puntofijista”, también clientes del mismo Estado expoliado. (El escándalo de Andorra pone en evidencia ante el mundo este modelo).
El grave error de la banda de delincuentes ineptos que constituyen lo que algunos temerarios se atreven a llamar “gobierno”, fue –en la ejecución de su Tierra Arrasada- no prever que los precios del petróleo podían caer de $100 por barril (imposible mayor imbecilidad). De manera que mataron la gallina de los huevos de oro y ya no cuentan con los recursos para revivirla, como planificaron. Al Capone se sentiría avergonzado de colegas tan torpes.
Como en todos -absolutamente todos- los experimentos comunistas de la historia, las políticas económicas de los revolucionarios humanistas con dólares en Andorra, EEUU y Suiza,  fracasaron. Estas políticas que autónomamente hubieran causado el colapso económico, contaron con el catalizador de la corrupción humanista y la ineptitud revolucionaria. Condujeron a la debacle que vive hoy Venezuela, signada por escasez (como la hay en Cuba o Corea del Norte y la hubo en la URSS y China), inflación y colapso de los servicios.
La inflación –pronto hiperinflación-, que en el capitalismo es reflejo del crecimiento sano de la economía mientras se mantenga en niveles bajos, en socialismo tiene causas estructurales y características totalmente distintas. La inflación conduce a que el pago que recibe el trabajador por su labor se deteriore hasta desaparecer, o hasta apenas ser suficiente para cubrir sus necesidades básicas de alimentación, para sobrevivir. Y cuando el trabajo sólo genera lo necesario para mantenerse con vida, se llama “esclavitud”. Por lo tanto, la inflación puede equipararse a la esclavitud.
De manera que la implementación de las especulaciones marxistas, especialmente la ejecutada por criminales, atracadores, saqueadores y forajidos iletrados, finalmente lleva a aquello a lo que Marx pretendía poner remedio: la esclavitud.
Deng Xiaoping se percató de esto en China hacia 1979, y este país viró abruptamente hacia el capitalismo, lo que le permitió ser la potencia capitalista que es hoy. Rusia también arribó al capitalismo, aunque de forma menos planificada, y se transformó en la sociedad más capitalista salvaje y corrupta del planeta. Y Cuba, la metrópolis del Imperio antiimperialista anticapitalista del cual somos colonia, en estos momentos está efectuando su viraje y pide sea aceptado su ingreso en el concierto de las economías capitalistas, al tiempo que aprieta su garra parásita y férrea sobre Venezuela por conducto de los dinosaurios traidores que dicen ser comunistas mientras esconden el dinero robado al pueblo esclavizado en Andorra.
Pero los esclavos -que no se saben esclavos aunque sin duda se sienten tales cuando reciben un pollo por una firma para salvar los reales del esclavista, o cuando compran un kilo de la desaparecida carne con 10% de su salario mensual-; los esclavos engañados que no sabían que al entregar sus votos trocados por la promesa de bienestar que el dueño del canal de televisión le llevó a su hogar, estaban decretando su esclavitud, sentirán hambre y rabia. Con el estómago tan vacío como los anaqueles de los mercados imposibles de surtir gracias a la ausensia de divisas que se fueron a paraísos fiscales en forma de botín, los esclavos muriendo de enfermedades imposibles de curar pues las medicinas desaparecieron porque sus dólares están en Andorra; reclamarán ese líquido viscoso compuesto por la hez de la escoria humana que corre por las venas de los esclavistas humanistas socialistas –en realidad esclavistas capitalistas que le exigen ser socialista al esclavo- que tienen sus cuentas bancarias en el Imperio y pagan propinas de cien mil euros, y que no es sangre.
¡Asco!
Leonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe

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