miércoles, 10 de diciembre de 2014

Sinceramente, Santa





Desde muy niño conocía a San Nicolás, nombre con el que los venezolanos –e imagino que todos los hispanoparlantes- conocían al viejito gordo con traje rojo y blanco y botas negras de trabajador del aseo urbano. Jamás escuché hablar de “Santa”.


Sabía que venía del Polo Norte en un trineo jalado por renos para traer regalos a los niños en Navidad. Pero esto me creaba una tremenda confusión. A mí me traía los regalos el Niño Jesús, así que cuando me preguntaban qué me había traído San Nicolás no sabía qué responder. Cuando consulté a mis padres acerca del trascendental tema contestaron que en realidad los regalos eran traídos por los dos personajes, en una suerte de sociedad que no lograron explicarme muy bien. Esto no hizo más que empeorar mi confusión. Y la verdad es que yo estaba encariñado con el Niño Jesús, así que miraba al viejo de barba blanca y cachetes rojos con cierta desconfianza.


La historia de que el gordo se venía desde el Polo Norte cada Navidad, debo confesar, no me la tragaba. No es que el cuento de que un bebé supuestamente hijo de Dios llegaba desde el Medio Oriente cargado de regalos fuera muy convincente, pero lo encontraba más verosímil que la leyenda gringa.


Llegada la pubertad y ya conocida la traumatizante verdad de que ninguno de los dos personajes traía los regalos y, lo que es peor, que había sido víctima de un engaño de mis padres y demás adultos, comencé a cobrar conciencia de que todo el asunto del personaje nórdico no era más que la expresión de la penetración cultural por parte de los bárbaros del Norte en los pueblos herederos de la cultura romana mediterránea.


Recuerdo que la primera vez que escuché “Santa” me llevé una gran sorpresa. Al oír los gritos infantiles en Chacaíto “¡Santa, Santa!”, juraba que se trataba de una aparición de la Virgen de Coromoto, o de Juana de Arco, o de la Madre Teresa de Calcuta; para llevarme una gran sorpresa al ver a un grupo de niños que se le montaban en las rodillas a un señor mayor, disfrazado de San Nicolás, con la barba blanca aunque con los bigotes teñidos de amarillo, seguramente por su afición al tabaco. Los renos no se divisaban por ningún lado, aunque la Guardia Nacional, que siempre se divisa junto con “su honor” –el “honor” es su divisa-, sí, cuidando con sus fusiles las colas de personas para entrar en las tiendas, así como la de clientes de Santa, con toda seguridad llevando la cuenta de los ingresos del viejo para luego martillarle la legítima mordida.


San Nicolás no era gringo, tampoco europeo –aunque el personaje actual es una mezcolanza del santo cristiano y figuras de mitos europeos-, y mucho menos esquimal. Tampoco fue italiano aunque se le conoce más como San Nicolás de Bari, pues sus restos fueron llevados a esa ciudad cuando los musulmanes invadieron Turquía. Fue un cura turco de la Anatolia, nacido en Licia y muerto en Myra, ciudad de la que fue Obispo, hace unos 1.600 años. Heredero de una gran fortuna que dedicó a la caridad dirigida hacia los más pobres con total altruismo, razón por la cual ganó fama como santo. Sin embargo, jamás habló Inglés, ni vio la nieve, menos el gélido Polo Norte, tampoco vistió el atuendo rojo, blanco y negro, colores de la Coca Cola Company Inc., hecho famoso a partir de la primera gran campaña publicitaria de esa transnacional que significó el debut del santo como el más exitoso vendedor que ha conocido la humanidad, producto del mercadeo capitalista que, vendiendo desde detergentes hasta tarjetas de crédito y joyas, conquistó el corazón de los niños modernos, esclavos de la televisión y víctimas de la inmisericorde y pedófila agresión de las transnacionales, que les venden juguetes con los personajes de las comiquitas a las que el Cartoon Network los hace adictos; compañías que, por cierto, también producen esas mismas comiquitas y financian los canales de TV infantiles.


Pero hablemos claro, sería injusto afirmar que los capos capitalistas son absolutamente insensibles. Y esta, su sensibilidad, es precisamente la razón por la cual el viejo gordo dejó sin empleo al Niño Jesús. Hubiera sido una atrocidad poner no solamente a un bebé, sino ¡al mismísimo Hijo de Dios, a Dios!, según el dogma de la Santísima Trinidad, a vender en todos los hogares, desde los más miserables hasta los más encumbrados, los bienes que alimentan el consumismo que propulsa a la economía capitalista. La oferta debe satisfacer la demanda para que haya equilibrio de mercado, y Santa se ha encargado desde 1931 de asegurar ese equilibrio y de mantener en crecimiento el PIB de las democracias capitalistas.


Y esta es la razón por la cual los comunistas odian a Santa, como se le conoce ahora después de que adoptáramos dócilmente el cariñoso apodo gringo; como todo lo adopta el frívolo venezolano, de la misma forma que adoptó la moda del chavismo en 1999, del gusto por la execrable hamburguesa insípida de McDonald’s desde los años 80, de las cholas Crocs, de la celebración de nuestra típica fiesta de Jálogüin, o de las Camisas Columbia en la segunda década del siglo XXI.


Pero una cosa es reconocer que Santa es el máximo vendedor del capitalismo, a quien por lo demás, jamás le han pagado una sola comisión por ventas, es decir, que es esclavo del sistema que también esclaviza a los niños que les exigen a sus padres los juguetes que él “trae” (pero que en realidad vende); quienes también son esclavizados ya que no pueden negarse a los deseos de sus hijos so pena de una insoportable culpa; y otra muy distinta es acusarlo de ser agente de la CIA como hacen los comunistas, quienes con toda seguridad han urdido planes para envenenarle a Rodolfo y demás renos, y para revocarle la visa de transeúnte, y evitar que venga al paraíso socialista fundado por el galáctico a conspirar junto con el fascismo de los lacayos del Imperio (del Imperio que odian pero al que le reclaman amargamente cuando les revoca la visa para ir a Disney World y comprar en Rodeo Drive o en la New York’s 5th Avenue).


Por mi parte, considero a San Nicolás (me niego a llamarlo Santa, el Spanglish me causa severos ataques de caspa, además de que el nombre parece de carajita) una víctima incomprendida más del capitalismo salvaje (nunca tan salvaje como el bárbaro comunismo), tan víctima como sus clientes, niños y adultos, pues su imagen actual que data de apenas 83 años, borró de la cultura popular la identidad del milenario sacerdote turco que ha sido uno de los más grandes benefactores de la humanidad.


Lo único que podría reclamarle al gordinflón de rojo es que –junto con el también nórdico arbolito importado, nevado con sustancias químicas contaminantes también importadas hacia este trópico, ambos pagados con recursos desviados absurdamente que servirían para comprar drogas contra el cáncer que hoy faltan- puso en la lista de especies en peligro de extinción al Niño Jesús y al Nacimiento. Y no es que pretenda con una actitud chauvinista ultranacionalista despreciable y absurda que "Santa" sea erradicado de nuestra cultura, sino que no desaparezcan de ella esos impolutos iconos de nuestros orígenes mediterráneos.


Sinceramente, espero que esta Navidad a los comunistas no se les ocurra pasar a Fiscalía al gordo bonachón acusado de espionaje y conspiración para cometer magnicidio, pedirle a la Interpol que libre una alerta roja para mantenerlo fugitivo si no es detenido, y decretar que será el Negro Felipe asistido por María Lionza con su danta, el encargado de traer los regalos a los niños. Regalos que con la ruina económica en que sumieron al país en su noble esfuerzo de darle patria a su amado pero depauperado pueblo, prometen ser el regreso del trompo, la perinola y el gurrufío, todos elaborados con la tecnología de punta nacida de la ciencia artesanal de los científicos no elitescos de esos novísimos inventos socialistas llamados comunas.


Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe

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