martes, 16 de diciembre de 2014

Guerra Económica




Nicolás Maduro denunció a principios de 2013 una presunta guerra económica contra Venezuela, en un intento fallido además de imbécil, pues ni la militancia del PSUV cree en ella. La supuesta existencia de esa guerra contra la revolución, librada por el Imperio, la derecha fascista, la oligarquía, la burguesía, los comerciantes, los judíos y todos los demás enemigos pertenecientes a la mitología comunista, para llevarla al colapso; no es más que una fábula para tratar de velar el fracaso de 15 años de régimen chavista, del cual Maduro es protagonista, aunque en honor a la verdad hay que decir que es el heredero de un desastre económico que se venía gestando y que igualmente hubiera arrollado al Galáctico si estuviera con vida. Él sólo lo empeoró.


Lo cierto es que nada distinto podía esperarse de este nuevo intento comunista de capturar un país para llevarlo al bienestar predicho por el marxismo; bienestar que solo llega para los revolucionarios, militares y jerarcas del partido pero jamás al pueblo. Por alguna misteriosa razón los comunistas no aprenden de sus reiterados errores o crímenes, e insisten en implantar la misma receta que a tantos millones ha matado o llevado a la miseria.


A los comunistas “bolivarianos” les bastaba verse en el espejo de Cuba, Corea del Norte, la extinta Unión Soviética y China, para nombrar solo a cuatro.


De la primera ya sabemos que ha sobrevivido 55 años gracias a la caridad de otros países, comunistas y capitalistas. Primero fue la Unión Soviética, que le suministraba el equivalente a la mitad de los dólares que hoy le regala Venezuela. Luego, la revolución de los Castro vivió de los recursos que, obtenidos en países capitalistas, enviaba la diáspora cubana a sus parientes y amigos de la isla. Después, fueron nuevamente conquistados por los españoles, especialmente de la industria del turismo, a quienes hasta territorio, playas enteras, tuvieron que entregarles para obtener divisas que en su mayor proporción fueron a parar al patrimonio de los Castro y otros miembros de la jerarquía del partido. Por último llegó Hugo Chávez a regalarles a los ancianos perversos que oprimen la isla antillana -a título personal pero con los bienes del pueblo venezolano-, la riqueza petrolera, a cambio de dominación política e ideológica (de Cuba sobre Venezuela), y de contratos en los que nuestro país les troca petróleo por bienes y servicios sobrevalorados provistos por Cuba, como médicos que no llegan ni a enfermeros (por los que Fidel cobra $ 120.000 al año mientras les paga $ 600 mensuales); administradores “expertos” de fincas y haciendas expropiadas por el Estado que podrían recibir instrucción de los calificadísimos agrónomos venezolanos, expertos que sólo han cultivado azúcar, tabaco y marranos apenas producidos en cantidades despreciables; y administradores de aduanas absolutamente innecesarios que sustituyen a nacionales más calificados y menos corruptos; para no nombrar a otros enviados como militares, espías, policías, etc..


De Corea del Norte sabemos que es un país sumido en el atraso, que comparado con su hermana del Sur es una nación de la época de las cavernas, donde el único supuesto avance tecnológico se reduce a unos cohetes que siempre están probando pero nunca funcionan, que vive de las dádivas de la capitalista China, y en el cual han muerto cerca de 7 millones de habitantes debido a las terribles hambrunas que les ha regalado el sistema comunista manejado por la casta militar y la dinastía de los obesos Kim Jong.


La Unión Soviética sencillamente se derrumbó por no poder competir con el mundo capitalista. La política del glasnost y la perestroika promovida por Mikhail Gorbachev llegaron demasiado tarde. Los gastos de defensa se comieron el presupuesto del Imperio Rojo, y su economía lisiada colapsó al pretender superar la iniciativa de “La Guerra de las Galaxias” –sistema de defensa espacial impenetrable para los misiles balísticos soviéticos- auspiciada por el gobierno de Ronald Reagan. Lo anterior, unido a un sistema comunal incapaz de alimentar a la población que condujo a hambrunas que mataron a más de 40 millones de almas, y una economía primitiva que lo mantenía en estado de escasez y desabastecimiento crónico; fue la causa eficiente del fracaso del experimento comunista que tanto daño causó a la humanidad.


De China basta decir que si no hubiera virado hacia el capitalismo, la jerarquía del partido, la élite que detenta el poder, se hubiera hundido arrollada por las miserias de un pueblo que entregó no menos de 45 millones de víctimas a causa del fracaso del sistema de comunas bautizado por Mao como “El Gran Salto Adelante”; el gran salto adelante hacia un abismo espantoso. Ante la tragedia y avizorando la desaparición de la revolución, Deng Xiaoping promovió en 1979 el gran viraje al capitalismo de estado que salvó al país y a la oligarquía comunista ultracorrupta que lo gobierna.


De manera que lo que Maduro llama “guerra económica” no es más que el resultado previsible de toda empresa dirigida a la instauración del comunismo.


Pero sí es cierto que hay una guerra económica. Fue iniciada por Hugo Chávez y su equipo de “economistas” liderado por los gurúes Jorge Giordani y Nelson Merentes. Esta guerra económica, como política de Estado inscrita dentro del plan conocido como Tierra Arrasada, ha consistido en el desmantelamiento de la economía nacional.


El establecimiento de políticas restrictivas y atentatorias contra la propiedad privada arruinaron el aparato productivo. Medidas como el control de precios (incluyendo el control de cambio), generaron escasez e inflación (algo que se aprende en el primer semestre de Economía) además de grosera corrupción; las expropiaciones pusieron tierras e industrias en manos de un Estado del que –como es la regla para todo Estado pero en especial para el comunista- se esperaba incompetencia para ponerlas a producir o gerenciarlas eficientemente. Extrajeron el cerebro y la columna vertebral de PDVSA, otrora, una de las compañías más exitosas del mundo. Con el despido masivo del personal calificado que le daba vida, acabó de un solo plumazo y la rabo’e cochino con el know how que tantos años de esfuerzo costó construir. Hoy “la nueva” PDVSA carga con una deuda brutal y es incapaz, tan siquiera, de dar mantenimiento a su planta. En fin, el socialismo arrasó con la economía venezolana. Libró la verdadera guerra económica contra este noble país y su pueblo, que todavía se mantienen en pie después del terrible crimen cometido en su contra.


La corrupción merece capítulo especial. Podemos expresarla con una fórmula matemática: la Corrupción es directamente proporcional al número de kilogramos de peso corporal ganado por el revolucionario desde que tomó el poder. La verdad es que desde el comandante hasta la fiscala han rechazado todas las acusaciones en contra de funcionarios “socialistas” corruptos, basándose en que “no existen pruebas”. ¡¿Que no hay pruebas?! ¿Qué se puede decir de los signos exteriores de riqueza –fluxes, corbatas, relojes, joyas, viajes, carros de superlujo, mansiones en Venezuela y el extranjero, yates, gustos gastronómicos y etílicos onerosísimos-, acaso no son prueba, o por lo menos, motivos razonables para iniciar investigaciones?


Pero la realidad es que la corrupción también es política de Estado. El plan Tierra Arrasada, que incluye no solamente el aspecto económico sino el social, como la inseguridad, destinada a destruir las clases pensantes, también contempla el nacimiento de una nueva casta dominante enriquecida, directa o indierectamente, con los dineros públicos. La llamada boliburguesía es la expresión de esa casta, constituida por “empresarios”, banqueros, testaferros, militares, funcionarios, es decir, los propios revolucionarios; todos simples comisionistas corrputos del Estado cuyas mordidas no perdonan ni los recursos de las llamadas “misiones” para el necesitado pueblo.


La destrucción sistemática de la economía en yunta con la corrupción explican la catástrofe que Maduro llama “guerra económica” y han llevado a la dilapidación de los más grandes ingresos que ha tenido el país en toda su historia, unos $ 2.500 billones (2,5 millones de millones), garantizándole al pueblo generaciones de sufrimiento, miseria y pago de deuda externa, mientras los revolucionarios y sus familias gozarán de cientos de años futuros sin tener que trabajar.


Esta es la verdadera guerra económica.


Nicolás Maduro, con su verbo pervertido e ignorante, ha anunciado que se dedicará exclusivamente a luchar contra una guerra económica que no existe, esto significa que solamente se ocupará de dirigir la represión bárbara a la que recurrirá para intentar mantenerse en el poder. Su preparación cubana –únicos estudios que se le conocen después del fracasado tercer año de bachillerato- le permitirá conducir de forma sanguinaria (capacidad que ya demostró en las protestas de principio de año) esa represión.


La lucha contra la “guerra económica” no es más que el pretexto para exterminar a la disidencia, doblegarla y destruir la moral de quienes se oponen al dominio cubano y la instauración de su miserable sistema comunista en Venezuela, que solo garantiza el atraso y el hambre, como los ha exhibido Cuba en más de medio siglo de miseria.


Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe

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