miércoles, 24 de diciembre de 2014

Feliz Navidad





"Cada vez que un hombre en el mundo es encadenado, nosotros estamos encadenados a él. La libertad debe ser para todos o para nadie"

Albert Camus



El 19 de diciembre, cinco días antes de esta Navidad, Marcelo Crovato intentó suicidarse en su celda de Yare III, en donde se encuentra en calidad de preso político por el solo “delito” de ejercer su profesión de abogado, supuestamente protegida por un fuero especial, en la defensa de familias que sufrían allanamientos policiales en Chacao por ayudar a estudiantes que protestaban contra el régimen. El abogado lleva nueve meses preso sin haber tenido juicio y menos condena; las audiencias para su presentación han sido pospuestas inumerables veces. Ese día le informaron que la orden de privación de libertad había sido ratificada. A Crovato se le niega asistencia médica y comida adecuada, a pesar de que es víctima de cáncer de piel y tiene trastornos psicológicos causados por su injustificado e inhumano encierro violatorio de sus Derechos Humanos, como el de tantos presos políticos que mantiene la dictadura.


De la situación de Inés González (@inesitaterrible) no sabemos mucho. La tenebrosa policía política la ha mantenido incomunicada en sus mazmorras durante más de tres meses. Aunque se conoce que está viva, nadie –ni sus abogados- ha podido hablar con ella. Inesita es culpable de emitir su opinión en Twitter y de pensar diferente. De no ser comunista.


Leopoldo López, Enzo Scarano, Raúl Baduel, Raúl Emilio Baduel, Alexander Tirado, Daniel Ceballos, Salvatore Luchese, y muchos otros presos políticos, permanecen tras las rejas víctimas de torturas, mientras el resto de sus compatriotas hace sus compras de última hora en los centros comerciales y se disponen a cenar hayacas, ensalada de gallina, pan de jamón y dulce de lechosa, a la espera de la llegada de “Santa” –apodo en Inglés preferido por el venezolano que jamás osaría llamarlo San Nicolás- con Rodolfo el venadito.


Al igual que otras 250.000 venezolanas que lo hacen bajo el velo asfixiante del anonimato, 43 madres lloran las muertes de sus jóvenes hijos en las protestas de comienzos de 2014, de las que cínica y desvergonzadamente el régimen ha responsabilizado a la oposición, aun cuando Internet está saturada de videos que muestran a sus policías, guardias y colectivos matando; mentira que los pocos fanáticos –por cierto muy bien recompensados por serlo- que todavía lo siguen aceptan como cierta.


Esos 43 mártires que hoy no cenarán con sus familias ni escucharán el “jojojo” de “Santa”; familias cuyo duelo será ignorado por vecinos que disfrutarán los tradicionales Frosty the Snowman con Ray Coniff, María La Bollera y Mi Burrito Sabanero en mosaico con Feliz Navidad de Feliciano y Noche de Paz con Los Tucusitos; dieron la vida por la libertad de su país y de sus hermanos, entre quienes se encuentra un tal Ricardo Sánchez. Son mártires que entregaron todo por Venezuela sin exigir nada a cambio; ni el recuerdo de su sacrificio; ni la añoranza de su risa. Que murieron por amar.


Y sí, hasta por la libertad de “eso” llamado Ricardo Sánchez murieron, otro miembro de su generación. Lucía que lo indicado era soslayar absolutamente ese nombre, ignorar su existencia. Era lo racional. Mas descubrí que es tarea imposible: nadie puede permanecer con esa tóxica podredumbre en el estómago. Sabemos que Ricardo Sánchez cuenta los billetes con el rostro de Benjamín Franklin mientras que 43 y 250.000 madres más, sufren la ausencia de sus hijos, desconsoladas bajo el manto de la negra sombra de la muerte que se cierne sobre Venezuela. Dijo Ricardo Sánchez que votó porque “cree en el diálogo”, de lo cual nadie tiene dudas: cree en el diálogo que le permite regatear el pago por cada uno de sus votos que colaboran para que el comunismo se afiance, que traicionan; regodeándose al pensar en las riquezas que van llenando sus bolsillos y su cuerpo obeso por devorar tanto estiércol; pero que horadan su vacía y grotesca alma, en la que ni el mal quiere ya habitar.


Quiero desear una feliz Navidad a mis compatriotas, a pesar de que sé que es imposible que lo sea. Nadie puede ser feliz con tanta muerte, con tanta destrucción, con tantos presos y torturados, con tantas madres llorando, con tantos enfermos sin medicinas, con tantos pacientes de cáncer sin esperanza por escasez de medicamentos, con tantos niños sin leche, y con un país que ya no es. Ya no es, ya no está. 

Y los millones comprando con billetes falsos en centros comerciales cuando estas letras nacen, no son señal de que vive. Son señal de implosión. Compran como quien eufórico celebra antes de saltar a un abismo con un bungee sin cuerda. Con la evasión oculta detrás del frenesí consumista. Con la negación de ese terror de saber que pronto sucederá lo inevitable.


Tragaré cada bocado de hayaca con dificultad -que no con culpa- con el esófago espástico a causa del dolor, la angustia, la arrechera, la tristeza, la impotencia por el sufrimiento de Inesita y Marcelo; por la ausencia de 43 hijos que no conocí y aun así murieron por mí; por el sacrificio de todos mis presos políticos cuya prisión es la mía aunque no lo sepan ni yo recuerde todos sus nombres. Por el duelo de saber que mi país se borró hasta la nada. Y el miedo de desconocer si entre los muertos que todavía debemos entregar, estarán más hijos, incluyendo a los que sí conozco.


Feliz Navidad para quien pueda tenerla. Yo no.


Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe


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