miércoles, 12 de noviembre de 2014

La importancia de la sindéresis



Cuando escuché en 1998 el discurso del comandante eterno en su campaña electoral, decidí estudiar al personaje y el fenómeno del entonces naciente chavismo, especialmente la “Historia Documental del 4-F” de Kléber Ramírez Rojas -ideólogo fundamental del MBR-200-; libro que si todo venezolano –incluyendo directores y propietarios de medios, “intelectuales”, empresarios, académicos, políticos, líderes gremiales, etc.- hubiera “hecho su tarea” y lo hubiese leído, con seguridad nos hubiéramos ahorrado esta pesadilla de 16 años en un viaje al Jurásico de la historia política de la humanidad.

Aquel discurso ciertamente estaba cargado de verdades y medias verdades, como es el caso de la corrupción moral del estamento político y empresarial; de las colas gratis en los aviones de PDVSA; de las amenazas de persecución y “freír cabezas”; o de las profundas diferencias y exclusiones en la estructura de la sociedad. Pero también estaba plagado de mentiras; mentiras de tal naturaleza y proferidas con tanto histrionismo, que el 44% del país las percibió, se resistió a adoptar la “moda Chávez”; moda que como todas aquellas que tan frívola, dócil y entusiastamente adopta el venezolano, trátese de la camisa Columbia, del iPhone o el iPad o la Montblanc; de la afición por la selección de Brasil al Mundial de Fútbol (cuando todos salían en caravanas pintados de verde y amarillo, envueltos en la bandera del país “amigo”); de ir forrado de blanco a las romerías con pitico y todo, o de andar disfrazado de verde con maraquita y casco –blanco y verde que en 1999 fueron reemplazados con el rojo en franelas y boinas-; de uniformarse con Crocs, con Oakley, con Gucci o con Nike; de escuchar al pedófilo Michael Jackson con su hipócrita We Are The World, o a Shakira cantando Pasillaneando en Inglés con sus característicos y monótonos alaridos en glissandi; de hacer colas para comer la tóxica, insípida y saturada de aditivos carne de McDonald’s; en fin, moda que expone ese hueco cultural, ese vacío intelectual, ese desconocimiento de la historia, y consecuencial carencia del sentimiento de nación que origina la frivolidad con que el venezolano ve al mundo, incluso al de la política que le es vital,  y que hizo posible el ascenso al poder de hombres inadecuados al interés nacional, y, finalmente, la elección del hijo de Sabaneta que llegó a vengar sus resentimientos en el país que decía amar junto con su pueblo, al que le deseaba la guerra civil desde muchos años atrás

El 56% de nuestros compatriotas vio la candidatura de Hugo Chávez Frías con la misma frivolidad con que es espectador de un partido de la Vinotinto o compra unos Dolce & Gabbanna, y de esta manera decidió abordar el portaaviones barinés –sí, el portaaviones, arma más letal creada por el hombre; no el barco hospital de Florence Nightingale- y sumió a este noble país en las tinieblas medievales de una dictadura sangrienta y retrógada que ha llevado a Venezuela a épocas superadas de su historia cuando Juan Vicente Gómez acabó con la epidemia de revoluciones que marcaron la segunda mitad del siglo XIX hasta 1903. Retraso demostrado con la primera importación de petróleo que esta otrora superpotencia petrolera ha hecho desde 1908.

Así que cuando a partir del tercer año del régimen muchos de los pasajeros del portaaviones decidieron bajar o fueron forzadamente bajados de la nave, tuvieron que integrarse a ese 44% que siempre comprendió el plan comunista, totalitarista, fascista (sí, hay fascismo de izquierda, es exactamente igual al de derecha pero usa franelas rojas en vez de camisas pardas o negras) militarista, y adoptaron un discurso en el que los eufemismos, frases vacías y timoratas, las ambigüedades y la hipocresía abundan, que carece de sindéresis.

De esta manera, quienes desde que con la creación de la Asamblea Constituyente de 1999 y el proceso constituyente aquejado de vicios de representatividad (el método usado para elegir sus miembros resultó en que el 45% del país solo tuviera 3% de representación) comprendimos claramente que había comenzado el camino de la dictadura, sentíamos repugnancia ante la frase “la democracia está en peligro”, misma que todavía es proferida por muchos líderes de oposición, incluyendo al joven incapaz casi iletrado que ganó el favor de la masa opositora, otro producto de los frívolos gustos en moda de nuestros compatriotas, autor de otra frase seguramente acuñada para no ofender al dicatdor: “democracia populista imperfecta”.

Es inaceptable que a estas alturas del partido, con presos políticos, torturados, perseguidos, asesinados, despojados, exilados; todavía haya líderes políticos, gremiales, y empresarios, intelectuales y  artistas que se refieran a nuestra tragedia y a la lucha como “diatriba política”, que todavía hablen de la “democracia en peligro”, que todavía traten de convencernos de que tenemos una “democracia imperfecta”. ¿Cómo puede haber diatriba política, ¡cómo puede haber política! en una sociedad sin libertades en la que una opinión puede significar un viaje sin retorno a las mazmorras? Sencillamente la política colapsa en una sociedad así y solo resta la lucha muy desigual y sacrificada. Ese tipo de mensaje sugiere que o proviene de personas con un alto grado de muerte neuronal, o de personas que han concertado algún tipo de compromiso con la dictadura en la creencia de que sus prebendas, beneficios, contratos -pingües o ingentes-, o diminutas parcelas de poder, resistirán los embates del comunismo y serán respetados por los delincuentes que gobiernan.

La participación de individuos así en la lucha contra el totalitarismo comunista –que es la lucha por la vida y el futuro de nuestros hijos- pone de manifiesto una falta de sindéresis en el discurso opositor que desacredita la causa libertaria democrática tanto en el ámbito interno como en el internacional, a la vez que fortalece a la dictadura, ya que goza del certificado de origen de una oposición que intenta presentarse como mortal adversaria pero que luce ante los ojos críticos comprometida, sobornada o chantajeada, y diáfanamente colaboracionista. Una oposición –como ha sido la regla en todos los ensayos comunistas como el soviético- generada por el mismo régimen para crear la ilusión de que hay debate político y que por tanto, su carácter no es dictatorial.

Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe

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