martes, 14 de octubre de 2014

Venezuela ensangrentada





La semana pasada hubo dos hechos sangrientos de particular e inaudita ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­atrocidad que conmovieron al país: el asesinato del joven diputado oficialista Robert Serra y su asistente; y la muerte de José Miguel Odremán y cuatro miembros del colectivo que este lideraba, el colectivo “5 de Marzo”, a manos de funcionarios del CICPC, la policía científica venezolana.


En el caso de Serra, la reacción inmediata del régimen fue culpar criminal e irresponsablemente a la oposición del horrible crimen, incitando un posible brote de violencia por parte de sus grupos de choque y de sus simpatizantes.


Pero a menos de una semana de los hechos, la policía científica y el propio régimen han informado que en el salvaje doble homicidio participaron cuatro ciudadanos colombianos con el liderazgo de uno de los guardaespaldas del diputado del PSUV.

De manera que al intentar achacar el despreciable hecho a los adversarios políticos, el gobierno lanzó un boomerang que se le devolvió evidenciando su falta de credibilidad y sus bajas intenciones ante la opinión pública, y ante sus propios seguidores. El acto irresponsable, mezquino, potencialmente peligroso y oportunista de utilizar la tragedia de la muerte de un venezolano de sus propias filas, se le revirtió a la dictadura causándole un grave daño irreparable.


Por si fuera poco, con motivo de la masacre en que cayó abatido José Odremán con más de 40 disparos de arma de fuego que tuvo lugar en Quinta Crespo, se generaron dos versiones contradictorias –o quizás no tan contradictorias- que presentaban al jefe del colectivo “5 de Marzo” como un luchador social, un héroe de la revolución, según algunos voceros oficiales; mientras el CICPC presentaba casi coetáneamente la versión de que Odremán, bajo el camuflaje provisto por el colectivo “5 de Marzo” como un ente legítimo vinculado al régimen con funciones lícitas, desarrollaba actividades delictuales de especial gravedad, que incluían el tráfico de drogas, el secuestro, el cobro de vacunas a comerciantes de su ámbito territorial, extorsión, robos, atracos y asesinatos perpetrados con inusitada saña.


La verdad es que las dos versiones no son contradictorias, pues es ya costumbre que los grupos de choque y algunos colectivos (no todos), estén relacionados con el delito y la violencia, en especial contra opositores en las manifestaciones de protesta y marchas contra la dictadura; que incluyen el asesinato, generalmente cometido cobardemente, sin ningún pudor y con mucho desprecio de las consecuencias legales que pudieran tener para los perpetradores, pues saben que son absolutamente inmunes a la marcha de la justicia; y también con total desprecio por la vida humana.

De manera que aceptando las dos versiones -además soportadas con un sinnúmero de fotografías del revolucionario malandro Odremán con distintas personalidades de la cúpula del gobierno revolucionario, que van desde el extinto Comandante Eterno y el actual usurpador de la Presidencia de la República, hasta el general Barrientos y José Vicente Rangel- es inevitable concluir en que era tenido como actor relevante del proceso revolucionario, que por cierto, tenía acceso irrestricto al Palacio de Miraflores. Es decir, que podríamos referirnos al máximo jefe del colectivo “5 de Marzo”, como el “Tequeño de La Revolución”, una suerte Forrest Gump o del Zelig de Woody Allen; personajes omnipresentes en todos los hechos de relevancia histórica, aunque en este caso política. Y aceptando la versión de la policía científica que presentó información precisa de la actividad antisocial de Odremán y otros malhechores de sus colectivos (el occiso declaró hace un mes que era responsable de la dirección de, por lo menos, dos colectivos más); es necesario llegar a la conclusión de que este “luchador social” era un delincuente de alta peligrosidad patrocinado por y con licencia del régimen, para cometer los más bajos y espantosos crímenes vestido con el atavío de revolucionario que le proporcionaba inmunidad, coartada, impunidad y protección del Estado, en sus actividades antisociales y de represión extraoficial contra opositores.


José Miguel Odremán encontró una muerte muy violenta y despiadada en un encuentro armado con un órgano del mismo Estado que lo patrocinaba, mostrando una escisión en el chavismo que anuncia su fragmentación y desmoronamiento, manifestada en el enfrentamiento de grupos armados paramilitares no oficiales subvencionados y entrenados por el régimen llamados colectivos, que recibieron armas, inclusive de guerra y de alta sofisticación, de un gobierno irresponsable y criminal que jamás previó que al hacerlo sembraba el germen de su propia destrucción; contra entes oficiales legítimos del propio régimen. Y todos sabemos que el enfrentamiento de dos cuerpos armados de una institución del Estado con grupos armados vinculados al mismo gobierno es guerra civil.



Leonardo Silva Beauregard

@LeoSilvaBe

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