martes, 10 de diciembre de 2013

Apatía





                                “Lo contrario del amor no es el odio, es la apatía”
Rollo May



No puede interpretarse el resultado electoral del 8 de diciembre como un fracaso de la oposición. Los escrutinios indican que lejos de ser un éxito para el gobierno, la jornada comicial del domingo anuncia el desmoronamiento de la secta que gobierna a Venezuela.


Según las cifras oficiales, el régimen logró 5.111.336 votos mientras que la oposición 5.268.828, con una ventaja de 157.492. Recordemos que con una ventaja similar, Nicolás Maduro se declaró ganador rotundo en las elecciones presidenciales y celebró su victoria con bombos y platillos. En todo caso, el gobierno obtuvo 49% de la votación mientras que la disidencia el 51%.


Sin embargo, cabe preguntarse por qué un gobierno fracasado, que ha arruinado al país, que ha causado una debacle económica inédita, que ha traído muerte y destrucción en magnitudes que desafían la comprensión, todavía logre más de 5 millones de votos y pierda por apenas 160 mil votos.

Las razones son varias. La primera es que todavía cabalga en la ola de la popularidad heredada de Chávez. Otra es su omnipotencia: cuenta con todos los recursos financieros y materiales del Estado. Otra es su omnipresencia contrapuesta a la ausencia de la oposición: la hegemonía mediática del régimen, su control de todos los medios radioeléctricos, y la censura a la oposición que se ve silenciada y ausente de las ondas hertzianas; a todo efecto mediático, la oposición no existe para el electorado que no acceda a Internet.


Pero la razón más poderosa de que la fracasada y falsa revolución todavía aglutine 49% del voto, es la apatía. Es lógico concluir que si en los comicios presidenciales votaron 7.300.000 por la causa democrática, faltaron 2 millones de votos opositores este 8 de diciembre –sin tomar en cuenta el inmenso número de venezolanos que se sumaron a la opción democrática como consecuencia del desastre de Maduro-. ¿Por qué en un momento de crisis de tan graves proporciones por lo menos 2 millones de demócratas se abstuvieron de acudir a las urnas de votación?


La razón yace más allá de la reticencia del elector a someterse al arbitraje de un CNE corrupto al servicio de la dictadura. No es el simple “perderé mi voto pues el CNE es un ministerio electoral del régimen”. La razón es que el elector se siente defraudado por un liderazgo que se negó a defender su voto después del 14 de abril (apartando su cuestionable y misteriosa conducta el 7 de octubre de 2012); concretamente, a partir del 17 de abril de 2013. Un liderazgo que había ofrecido “ganar y cobrar” abandonó la protesta y dejó solos a cacerolas y estudiantes para que fueran masacrados, con la excusa de evitar una masacre. Un liderazgo que no solamente no “cobró”, sino que entregó una clara victoria en bandeja de plata al régimen en una maniobra que recuerda el triunfo abortado de Jóvito Villalba contra Pérez Jiménez. Es legítimo y comprensible que el votante opositor se sienta defraudado por ese liderazgo.


El argumento que encontramos quienes decidimos que el camino, a todo evento, aun con un CNE adverso y un liderazgo entreguista, era votar a falta de mejor opción, y que debíamos promover esa vía electoral, fue el de que no colaborarían con el régimen entregando su voto a favor de una dirigencia sumisa o peor, colaboracionista del régimen. Difícil alegar contra tal razonamiento en vista de los hechos, aun si esa visión no es compartida.


De manera que si es cierto que se puede acusar de apatía al elector democrático que se abstuvo el 8 de diciembre, también se puede acusar de apatía –cuando menos- a la dirigencia que creó el terreno fértil para que ella germinara con su omisión de la protesta para hacer valer los pasados triunfos electorales. El liderazgo se abstuvo de defender el voto de sus electores; los electores se abstuvieron de votar por ese liderazgo.


Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe

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