miércoles, 6 de noviembre de 2013

Decreto




Como en todo fascismo, el comunismo se fundamenta en el poder hegemónico del Estado. Es naturaleza del pensamiento comunista que los objetivos sociales solamente se logran como consecuencia de las imposiciones del Estado. Los decretos del Estado omnipotente, omnisciente y omnipresente rigen todos los aspectos de la vida ciudadana. 


El mercado no se equilibra por sus fuerzas sino por la intervención estatal. Los precios no se fijan como consecuencia de la interacción entre oferta y demanda sino que los decreta el Estado, así como las cantidades consumidas y hasta el sabor de las comidas. El Estado genera una “realidad” mediante normas. ¡Hasta la felicidad la decreta el Estado!




El Estado comunista –por ejemplo- pretende controlar la inflación con medidas represivas de carácter policial, controles de precios, castigos a lo que los burócratas interpreten como acaparamiento siendo realmente inventarios, controles sobre controles sobre controles, algo que nadie entiende que llaman “militarización de la economía”, etcétera; en lugar de crear el clima económico propicio que permita la producción eficiente y en cantidades suficientes que es el verdadero remedio contra este flagelo económico. Curiosamente no existe forma de que el comunista entienda que la producción en cantidades apropiadas, es decir, la oferta suficiente para satisfacer la demanda, hace bajar el nivel de precios. En su lugar, intenta bajar los precios poniendo un fusil en la frente del empresario y otro en la espalda del consumidor. En otras palabras, decreta mediante normas la salud de la economía. Y justifica estas normas como medidas necesarias contra una supuesta guerra económica, haciendo caso omiso a que en todo régimen comunista se han dado las mismas plagas.


Y el bienestar lo decreta de diversas formas. Una es pretendiendo que la escasez y las largas colas para comprar comida y toda clase de bienes no existen, mediante la prohibición de tomar fotos y videos e informar sobre la materia. Es decir, decretando la inexistencia de estos males. Otra es decretando la “suprema felicidad” del pueblo con una norma constitucional y la creación de un despacho ministerial absolutamente orwelliano ad hoc.


También decreta su popularidad prohibiendo marchas o impidiendo el libre tránsito para que los manifestantes acudan a los lugares de protesta, llegando incluso, a cerrar los accesos a las ciudades y reprimir los cacerolazos.


Decreta que la corrupción gubernamental no existe cuando los órganos competentes se niegan a investigar las numerosas denuncias de delitos contra la Cosa Pública perpetrados por dirigentes oficialistas.


Decreta que no hay apagones ni fallas ni racionamiento eléctrico al sentenciar que solo se registran “suspensiones temporales del servicio” y sabotaje de la derecha fascista y de bandas de iguanas pitiyanquis y rabipelados apátridas.


Y el colmo es que ahora decreta la lealtad a Nicolás Maduro y a sus candidatos para las alcaldías, por la interpuesta persona del cadáver que los oficialistas se niegan a soltar y al que cargan como una suerte de Cid Campeador vitalicio: el del Comandante Eterno sin cuya imagen no son nada, no existen. Decretando la lealtad a ese cuerpo inerte, sin vida, que el embalsamamiento preserva de la putrefacción, pretenden que el difunto libre por sus herederos la batalla por el favor de un pueblo hambreado que -harto de engaños, atropellos y desatinos, para no hablar de crímenes, corrupción administrativa y ostentación grosera de riquezas por parte de una élite gangsteril obesa-, votará masivamente en su contra el 8 de diciembre, tal como muestran las encuestas de todos los signos.


¡¿Tan desesperada es la carencia de afecto por el Galáctico y sus secuaces que el amor a Chávez tiene que ser decretado en Gaceta Oficial?! Si decretaron la felicidad nada de raro tiene que hoy decreten el amor…





Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe

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