miércoles, 2 de octubre de 2013

¿Y la Nueva Trova Yankee?






A pesar de que a mis once años ya era un comunista furioso, quizás estimulado por la juventud de mi padre quien ingresara en el Partido Comunista de Venezuela a los 13 años de edad, quizás por la lectura de tantos libros marxistas en la biblioteca de mi casa (rica en otros temas también), quizás por las peripecias de El Ché que leía en su Diario y otros textos; siempre tuve claro que algo no estaba bien con las canciones panfletarias que le escuchaba a Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Soledad Bravo y Alí Primera (la voz de serrucho desentonado de este me causaba particular rechazo). Es posible que mi mente preadolescente captara que había algo asqueroso en eso de cantarle al amor con fusiles.


Canciones de amor que anunciaban cómo de la sangre, “de todas las sangres, del miedo y del hambre” (en el momento cuando decenas de millones de chinos y soviéticos morían de hambrunas socialistas) y de la muerte, surgiría el “hombre nuevo”. Otras que reclamaban la desaparición de los alambres de púas en las fronteras entre los países libres de un mundo en el cual el Muro de Berlín garantizaba la muerte a quien intentara saltarlo hacia la libertad. Y todavía otras que al final de una oda a lo que parecía ser amor sensual, con un sorpresivo final exclamaba “te amo  a ti, revolución”, justo en el instante en que esa revolución fusilaba a hermanos, no solo a adversarios políticos, sino hasta artistas por el simple hecho de ser homosexuales.


Aun como niño intuía que el mensaje político, el panfleto disfrazado de música y poesía, no era Arte. Es posible que esta intuición se debiera a alguna sensibilidad especial que en esos años me permitiera ingresar en la Escuela Superior de Música, admitido por el maestro Vicente Emilio Sojo. Es posible que se debiera a mero sentido común. Más tarde conocí opiniones de uno de los próceres de esa revolución tan cantada, José Martí: "a la poesía, que es arte, no vale disculparla con que es patriótica o filosófica"; o “no es poeta (...) el que pone en verso la política y la sociología". Pero para esta época, mi tardía adolescencia, mi rechazo ya se había trocado en repudio y desprecio. Entonces comprendí que estas canciones perfectamente podían ser obras maestras de propaganda de Joseph Goebbels.




Y obras maestras eran, a juzgar por los resultados. Obras maestras de publicidad y mercadeo en el sentido más capitalista de los términos. Sus giros musicales, prestados de una amalgama entre el Barroco, el Impresionismo, el Rock y el Jazz, salpicados de movimientos armónicos y acordes portadores de disonancias artificiales muy hermosas, eran verdaderos jingles “pegajosos” que despertarían la envidia de cualquier Quincy Jones. Hablemos claro: la Nueva Trova vendía; hasta los jóvenes más sifrinos y capitalistas tarareaban sus canciones antiimperialistas. Porque es música de masas, de consumo masivo; una Coca Cola musical roja. Por mi parte, y ya no siendo comunista, me asqueaba.




Entonces pasé a preguntarme, ¿por qué algo tan bello y maravilloso como esa revolución requiere propaganda que le esté siempre cantando a su pueblo lo bella y maravillosa que es esa revolución? ¿Por qué un pueblo tan feliz por obra de su revolución necesita panfletos que continuamente le recuerden con música sensual y pegajosa lo feliz que es por obra de esa revolución? ¿Por qué si el comunismo necesita un Silvio Rodríguez que cante a la dignidad marxista el capitalismo no necesita a un Frank Sinatra que le cante al Interés Compuesto? ¿Por qué si el comunismo tiene un Pablo Milanés que le canta a la igualdad impuesta con el fusil y la flor, el capitalismo no tiene un Willie Nelson que cante “Te amo mi Propiedad Privada”? ¿Será porque el capitalismo no necesita propaganda para sus virtudes ya que son patentes y tangibles para toda la sociedad, y nadie tiene que recordarlas ni tenerlas presentes? ¿Será que el comunismo le canta a aquello de lo que carece? La verdad es que no imagino a Paul Simon cantando “mi vida eres tú Dividendo Neto…”


No tengo ningún empacho en decir que si alguna vez escuchara al modo de “Comandante Ché te mataron, pero en nosotros dejaron, el recuerdo de tu memoria, forjado en moldes de gloria”, una elegía musical para el General George Patton, gorila derechista capitalista que contribuyó a liberar al mundo del fascismo en la Segunda Guerra Mundial y héroe del Sitio de Bastogne, me voy en vómito…


No se me malinterprete, no estoy diciendo que el artista debe ser neutral. Solo que el Arte no debe estar al servicio de la política con manifestaciones burdas. El Arte no es propaganda.  Y sobre todo, propaganda no es Arte. Pienso como Albert Camus que el artista siempre debe estar comprometido con sus semejantes, con la sociedad, tener conciencia política: “Por la definición, (el artista) nunca debe estar al servicio de quienes escriben la historia, sino al servicio de quienes la padecen”. O como también dijo: “Particularmente, no puedo vivir sin mi arte pero jamás he puesto mi arte por encima de toda otra cosa”.


Y es que en esta materia estoy con Ismael Rivera, el gran Maelo: “Mi música no queda ni a la derecha ni a la izquierda, tampoco da las señas de protesta general, mi música no queda ni a la derecha ni a la izquierda, queda en el centro de un tambor legal”. Maelo me dio esperanza y alivio en aquellos años de adolescencia en que éramos agredidos por la Nueva Trova Cubana. Me los sigue dando.




Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe

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