domingo, 20 de octubre de 2013

Parásitos apátridas






No existen diferencias sustanciales entre el fascismo militarista nacionalista de izquierda y de derecha. La proyección identificativa y la construcción de un enemigo que no es más que la propia imagen del fascista reflejada en el adversario, es su esencia psicológica. Este mecanismo permitió a Adolf Hitler acusar de “parásitos apátridas” a adversarios y judíos cuando instauraba su dictadura amparado en los poderes especiales que le confirió la Ley Habilitante de 1933; y hoy le permite al régimen de Nicolás Maduro usar exactamente el mismo lenguaje del austríaco (quien por cierto, se sabe con precisión que nació en un solo lugar y no en 6 lugares diferentes) para atacar a la oposición.




Nacido en la vecina Austria –con partida de  nacimiento conocida-, Hitler careció de formación académica. Abandonó tempranamente los estudios de escuela secundaria para jamás graduarse de bachiller. En la creencia de que tenía talento artístico, decidió emprender una carrera como pintor que lo llevó al fracaso cuando ni siquiera aprobó el examen de admisión de la Academia de Bellas Artes de Viena. Aunque no intentó como chofer de autobús en una ciudad en donde no había metro, practicó diversos oficios menores –incluyendo el de pintor de pésimo gusto y técnica- mientras atravesaba una terrible situación económica. Así le sobrevino la Primera Guerra Mundial en 1914.


Terminada la guerra, Hitler no se hizo sindicalista comisionado por una potencia extranjera insular, sino que continuó en el ejército desarrollando labores de espionaje político. Así, cuando le asignaron la infiltración del Partido Obrero Alemán, conoció a quien llegaría a ser su gran amigo y aliado: Ernst Röhm.


Gracias a su oratoria incendiaria siempre rica en referencias a los “apátridas parásitos” y judíos culpados por él de la derrota de Alemania en la guerra, a quienes también responsabilizaba de las onerosas cláusulas del Tratado de Versalles, Hitler ascendió vertiginosamente en el partido. En 1920 ya lo controlaba y le cambió el nombre a Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, o Partido Nazi. Entonces decidió abandonar el ejército.


En 1923, luego del fallido golpe de estado conocido como el Putsch de Münich, que intentó apoyado por tropas del ejército bajo el mando del General Erich Ludendorff, y con la intervención de las SA, los “Camisas Pardas” del partido (grupo de choque conformado por delincuentes veteranos de la guerra), fue enviado a prisión después de un juicio que acrecentó su popularidad. Gracias a una amnistía dictada por el gobierno, salió de la cárcel el 20 de diciembre de 1924. De manera que Hitler sí participó en un intento fallido de golpe de estado.


A partir de 1925 Hitler reorganizó el partido que en 1930 se convirtió en la segunda fuerza del parlamento en las elecciones de ese año, en virtud del descontento de un pueblo esclavizado por la crisis económica, depresión e hiperinflación. El austríaco aprovechó esta circunstancia para renunciar a su nacionalidad y asumir la alemana (al igual que en Venezuela, la Constitución no le permitía tener doble nacionalidad como presidente) para lanzar su candidatura a la presidencia en las elecciones de 1932, cuando fue derrotado por amplísimo margen por el anciano Von Hindenburg.


Hitler presionó con la fuerza parlamentaria del Partido Nazi para para ser nombrado Canciller, lo que finalmente consiguió cuando Von Hindenburg lo designó el 30 de enero de 1933. La quema del Reischtag, sede del parlamento alemán, supuestamente por parte de los “apátridas parásitos comunistas y judíos corruptos” justificó la aprobación de poderes dictatoriales para “acabar con la corrupción" de estos grupos (en esa época no se hablaba de “cadivismo”), con las consecuencias para Alemania y la humanidad que todos conocemos.




Para 1933 los “Camisas Pardas” -a diferencia de los “colectivos” rojos, fuerzas bien organizadas-  alcanzaban 4 millones de miembros, superando con creces al número de efectivos del ejército. Hitler nombró como su comandante a su entrañable amigo Ernst Röhm, hombre de recia personalidad que no ocultaba su homosexualidad, de la que Hitler más tarde dijera nunca haberse percatado.


En la visión Nazi del mundo, muy homofóbica, la homosexualidad era inadmisible. Röhm se granjeó la enemistad mortal de Hermann Göring, Heinrich Himmler y Reinhard Heydrich, entre otros. Así, justificándose en su condición de homosexual, y acusándolo falsamente de un complot contra Hitler, en la “Noche de los Cuchillos Largos” Röhm fue apresado y luego asesinado. Hitler no lo pudo salvar, especialmente cuando fue “informado” de su homosexualidad, ante lo cual, aun cuando no lo acusó de “mariconsón”, mostró gran sorpresa. A partir de esta fecha, Hitler –a quien además de la extraña relación con Eva Braun y un todavía más extraño enamoramiento con su sobrina Geli (ambas mucho menores que él, no mucho mayores), jamás se le conocieron mujeres- se reveló homofóbico y desató una brutal persecución contra homosexuales. En descargo de Hitler hay que reconocer que no aclaraba reiteradamente que sí le gustaban las mujeres.



Aunque Hitler jamás llegó a hablar con pajaritos, era aficionado a la lectura de y creyente muy entusiasta en temas esotéricos y ocultistas que combinaban la pseudociencia con la cuasireligión, siempre relacionados con el nacionalismo y el racismo. Quizás debido a su pobre formación académica era ignorante de las Ciencias, lo que lo llevó a despreciar todo lo relacionado con la instrucción universitaria que nunca tuvo. No fue seguidor de Sai Baba, sin embargo, quizás porque este apenas comenzaba su carrera y, especialmente, porque era exponente de una “raza inferior”.
 


Inmediatamente después de la promulgación de la Ley Habilitante, fue fundada la Gestapo. Dependía totalmente de las SS -como se conocía a la milicia Nazi que eventualmente llegara a supervisar a la Fuerza Armada Alemana o Fuerza de Defensa (Wehrmacht)-, y aunque su función expresa no era exactamente procesar y censurar información, su competencia estaba referida a materia de Seguridad del Reich, o Seguridad Nacional. Cualquier similitud con la CESPPA que hoy crea el régimen venezolano cuando también se solicita una ley habilitante para luchar contra la corrupción de los “parásitos apátridas” de la derecha fascista, no es una infeliz coincidencia. Sin embargo, a diferencia de la CESPPA, no era la Gestapo ni la SS la que mandaba en Alemania, era Adolf Hitler. Y Adolf Hitler no era agente subordinado a una potencia extranjera.


En aquellos días Adolf Hitler invocó una “guerra económica” librada contra Alemania por las potencias imperialistas victoriosas firmantes del Tratado de Versalles (hay mucho de verdad en esto), por los judíos "corruptos", los marxistas, y demás “apátridas parásitos”. La defensa de Alemania en esta guerra fue la justificación del dictador Nazi para incendiar al mundo con la Segunda Guerra Mundial y para exterminar a quienes él designó como enemigos de su Patria adoptiva; Patria que llevó a la casi total aniquilación.




Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe

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