lunes, 21 de octubre de 2013

El lado oscuro






"Nuestra vida es un tejido entrelazado con el Bien y el Mal."
William Shakespeare



La división en Bien y Mal corresponde a una visión dejada atrás por la humanidad hace casi 2.000 años. La religión de raíces zoroástricas del persa Manes, el Maniqueísmo, proponía esa visión del Universo escindida en estos dos conceptos enfrentados, que el judaísmo, el cristianismo y la Filosofía pudieron probar como falsa. En las revoluciones políticas, sin embargo, sobrevivieron vestigios de esta concepción: la revolución trae lo nuevo que es bueno, que es el Bien; y desplaza lo malo, lo anterior, que es el Mal. La revolución bolivariana –el chavismo- no escapa a esta óptica disociada, que está muy bien definida en las expresiones falaces “Cuarta República” y “Quinta República”.


En interesante analogía con la visión griega del concepto divino, el Antiguo Testamento nos presenta un Dios capaz del bien y del mal. Un Dios que, así como da la vida y el maná, es capaz de matar en Sodoma y Gomorra fulminando a las hijas de Lot en el proceso, o de instruirle a Josué la matanza en Jericó y ayudarlo derribando sus murallas. Es cierto que es posible estirar el concepto de “bien” hasta aplicarlo al “mal” cuando se utiliza para destruir un “mal” peor.




Bien y mal son dos caras de una misma moneda; son partes inseparables de la unidad. Si Dios creó todo, es inevitable concluir que creó tanto el bien como el mal. ¡Hasta el Diablo es creación de Él! El concepto griego antiguo de Daemon no se refiere al Demonio como personificación del mal, sino a dioses como entes capaces de albergar tanto al bien como al mal en su esencia.






Como el individuo –y desde una aproximación junguiana-, la sociedad también encierra estos dos conceptos en una singularidad: el bien y el mal son dos polos opuestos pero entrelazados que se expresan como el lado luminoso  y el lado oscuro del inconsciente colectivo. Y el lado oscuro, la sombra, es la legítima expresión de ese inconsciente (y del individuo o del colectivo) tanto como lo es el lado brillante.


En este orden de ideas, es posible concluir que el chavismo es manifestación del lado oscuro de la sociedad venezolana, pero siempre manteniendo como premisa, además, que nada es absolutamente oscuro (el mal), ni nada es absolutamente luminoso (el bien). Muchos de los peores aspectos de la sociedad, como la maldad, la corrupción, la traición, el egoísmo, la delincuencia, la avaricia, etc., se manifiestan en la proyección de ese lado oscuro que -dicho sea de paso- siempre es motivo de vergüenza y temor.




Y aquí llegamos a otro aspecto importante: podemos concebir el chavismo como la proyección identificativa de nuestra sombra como individuos y como sociedad. Y en este sentido, como proyección de una parte de nuestra esencia. En otras palabras, el chavismo somos nosotros mismos.


La división entre el Bien, la revolución, y el Mal, todo lo anterior o distinto, solo surgió a partir de 1998 con el discurso divisionista del Comandante. Anteriormente, las dos caras de la moneda permanecían fusionadas y en armonía relativa. Pero a partir de ese momento comenzó un proceso de escisión que eventualmente condujo a la disociación absoluta de la psiquis colectiva de la sociedad venezolana, y la encaminó a la total disolución del concepto de nación. Es decir, a la psicosis. De manera que, esta división en “ellos” y “nosotros” es consecuencia de ese desgarramiento morboso, y en este sentido, es enfermedad.


Así que la sociedad enfermó, se psicotizó, dejó de ser “nosotros” solamente  para ser “ellos” o “nosotros” (con una “o” disyuntiva, de exclusión que haría imposible la convivencia). Una enfermedad que se manifiesta de muchas formas pero sobre todo, en el deseo de una de las partes, “nosotros”,  de exterminar a la otra, “ellos”. Dependiendo del bando y sin importar cuál este sea, unos son “ellos” y otros “nosotros”.


Es de esta manera que vemos en insultos como “plastas majunches, si no les gusta el socialismo, ¡váyanse!” o “chavista no es gente”, que cada uno de los sectores desea la total aniquilación del otro. O en frases más explícitas como las muy depravadas e infames del propio líder eterno: “soy yo o la guerra” o “la guerra civil es fratricida pero necesaria”. Imposible concluir que ellas encierran un deseo de avenimiento y unión. Es claro que llaman a la división y a la aniquilación de los hermanos; a la muerte total de una de las partes del todo, si el dominio de la otra no es aceptado.


Los chavistas no vinieron de Marte. Son venezolanos tanto como los opositores (aunque les nieguen a estos esta condición). Paradójicamente (desde la perspectiva chavista), son producto de la sociedad, de los liceos, academias militares y universidades que creó esa democracia que tanto odian y reputan como fracasada. Cuando le niegan existencia histórica y méritos a esa democracia, niegan su propio pasado, su historia, y se confiesan parte integrante de ese fracaso; y claro está, niegan su presente que es consecuencia de ese pasado.


El gran aporte de Jesús en sus enseñanzas -que en medida importante no son más que la derogatoria de muchos preceptos de las Leyes Mosaicas y de concepciones del Antiguo Testamento como el temor a la ira de Dios, el miedo a Dios- fue el amor. Jesús sustituyó ese miedo por el amor. Y un amor llevado hasta sus últimas consecuencias cuando ordenó amar hasta al enemigo. Así, que aun equivocadamente concibiendo al chavista como enemigo, mal puede un cristiano odiarlo.


La meta de la sociedad, expresada en los objetivos, tácticas y estrategias de la oposición que debe esforzarse para permanecer como el lado luminoso y en alguna medida todavía sano de esa sociedad, tiene que ser la reunificación del país. En consecuencia, insistir en el “ellos o nosotros”, en la escisión, en los insultos que igualan a opositores con chavistas, solo impedirá la curación social y conducirá al fracaso de la nación.


Luego del triunfo del chavismo en 1998, como consecuencia de los desmanes del régimen, comenzó una migración de sus simpatizantes hacia la disidencia. Esto se hizo manifiesto diáfanamente el 14 de abril de 2013, cuando con todos los poderes, con un CNE subordinado, con 2.000.000 de votos fantasmas en el REP entre muertos y “electores” sin huellas digitales registradas, con “votos asistidos”, con sobornos, con coacción, etc., el régimen solo fue capaz de forjar una ventaja de 200.000 votos. El crecimiento de la disidencia solo es posible si continúa esta migración desde el chavismo. Es el proceso de curación.


El nazismo -otra secta fanática destructiva como el chavismo- se fragmentó, colapsó y se redujo a su mínima expresión, como le está sucediendo al chavismo a partir de la desaparición de su líder sociopático. Es irracional, absurdo y fascista pretender la aniquilación del chavismo, apartando el hecho de que iguala cual chavistas a quienes la deseen o proponen. Setenta años después del colapso del Tercer Reich, de la fragmentación del nazismo, todavía Hitler tiene seguidores: se ven en las cárceles norteamericanas y cometen crímenes en Europa. Pero a todo efecto práctico, políticamente tienen importancia marginal. Con el chavismo debe suceder algo similar: sus sectores más comprometidos en razón de la responsabilidad criminal que pudieran tener, seguirán existiendo; así como una minoría ciega y fanática de simpatizantes.


Es innegable que un grupo más bien reducido, principalmente constituido por la dirigencia más corrupta y sus testaferros de la boliburguesía, eventualmente deberá enfrentar la justicia, pero el grueso de sus filas debe tener asegurada la integración con el resto de sus hermanos, pues, además, estamos condenados a vivir en el mismo territorio.


Es contrario a los intereses de la nación pretender la aniquilación absoluta del chavismo, negarle existencia, o mantener la división; lo cual sería actuar exactamente de la misma forma en que el chavismo ha actuado con la disidencia. La venganza, cuyo deseo es muy comprensible como sentimiento en respuesta al daño que muchos hemos sufrido, no es la solución que conduzca a la curación del país, a la unión. Es indispensable que nos reencontremos con nuestra sombra luego de haberla conocido, enfrentado, comprendido y -más importante aún- tolerado. Que alcancemos la curación como sociedad acabando con la disociación entre el lado oscuro y el luminoso; que estos dos nuevamente se fusionen. Que volvamos a ser una sola nación.






Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe

1 comentario: