miércoles, 11 de septiembre de 2013

Necrofilia






Patria, socialismo o muerte”

Lema revolucionario reiterado por Hugo Chávez Frías



“La guerra civil es fratricida pero necesaria”

“Soy yo o la guerra”

“Esta revolución es armada y la defenderemos con sangre”

Hugo Chávez Frías



Al diagnóstico de “disociados psicóticos” oficialmente hecho por supuestos psiquiatras de la revolución a los opositores al régimen, debe agregarse la acusación obstinada de “necrofílicos”. La causa de tal imputación -por lo demás muy seria pues ha sido un trastorno muy característico de muchos asesinos seriales- yace en las repetidas exigencias de la opinión pública y la dirigencia opositora de que se diera un parte médico preciso con respecto a la terrible enfermedad –supuestamente curada- que aquejaba al portento de Sabaneta y que finalmente lo mató, especialmente, con el objeto de determinar su aptitud para ser reelecto presidente; inquietud que como probaran posteriormente los hechos, era plenamente justificada. Inexplicablemente esas imputaciones de necrofilia han continuado hasta el presente.

En las citas que encabezan este escrito, todas pronunciadas por el difunto gigante y que encuentran eco en sus seguidores, existe una constante que es la idea de muerte. Además de la palabra “muerte” vemos variantes de ella como “guerra”, “sangre” (que derramada es muerte, como en este caso) y “fratricida” (quien da muerte al hermano). Quienes tuvieron el estómago lo suficientemente recio para aguantar sus discursos, saben bien que el concepto de “muerte” siempre signó el pensamiento del fenecido dictador. La muerte es el leit motiv, la esencia de la revolución y su discurso.

Los intentos de golpe de 1992 arrojaron una importante cifra de muertes. Luego, en la campaña de 1998, al entonces candidato del MVR se le apodaba “el portaaviones”. Esta embarcación militar es sinónimo de muerte y destrucción; capaz de llevarlas hasta los más recónditos rincones del planeta. Es el portaaviones el sistema de armas (artefactos aptos para causar muerte) más poderoso creado por el hombre. No es casual que al comandante se le diera este apodo. El comandante era la muerte.

Recordemos la amenaza repetida del soldado bolivariano contra los adecos durante su campaña: “freiré sus cabezas”. Para freír una cabeza es necesario decapitar, es decir, dar muerte. (Muchos adversarios de los adecos, como era mi caso, nos horrorizamos ante tan generoso ofrecimiento). ¿Y qué me dicen de “muerte a la oligarquía” y “mueran los burgueses”? El teniente coronel tenía una obsesión con la muerte.

Con gran horror también escuchamos el grito de muerte caribe “ana Karina rote…” que el amoroso comandante no conoció jamás completo y cuyo significado –con toda seguridad- conscientemente ignoraba: “Ana Karina rote amucón papororo itoto mantó”, o, “solo los caribes somos gente y los demás son nuestros esclavos”. Aunque se nos ha enseñado que este era un grito de guerra y a estar orgullosos de él, la verdad es que es un grito fascista, supremacista y terrorista, de dominación, que emitían los indios caribes cuando atacaban poblados de otras tribus indígenas justo antes de dar muerte a los menos aptos –generalmente niños, ancianos y mujeres- y capturar para la esclavitud a los más fuertes, a quienes vendían a sus socios holandeses. Más muerte.

Los deseos de guerra civil del noble patriota barinés no eran más que deseos de muerte. Guerra es sinónimo de muerte. Y la guerra civil no es solamente fratricida como él observara, sino como toda guerra, filicida; tal como sostiene el pionero del psicoanálisis argentino Arnaldo Raskovsky. Toda guerra implica la muerte de los hijos de la sociedad que siempre son los primeros en el frente de batalla. A la guerra, la sociedad manda a morir a sus hijos, mientras los mayores quedan atrás haciendo política. Más muerte.

Así, la idea de muerte fue recurrente en el discurso del líder bolivariano y en el coro de sus secuaces. No es fortuito que la muerte signara su proceso revolucionario, haciendo de la muerte una de las principales, si no la principal, característica de la revolución. La sociedad venezolana está sitiada por la muerte. Con la tercera tasa de homicidios del mundo es indiscutible que hoy Venezuela es un país de muerte, superando en muerte aun a países en guerra. Si observamos que la tasa de homicidios cuando el gran constructor amoroso tomó el poder rondaba el 20 por mil y que para 2012 se ubicó próxima a 70 por mil (la cifra exacta elude precisión pues el régimen dejó de suministrar datos en este renglón hace dos años cuando este alcanzaba 57 por mil), no podemos más que concluir que este gobierno patrocina la muerte. O por lo menos su constante idilio con la muerte ha provocado que ella se manifieste como fenómeno social. Más muerte.

Pero el perenne coqueteo con la palabra muerte encontró un abrupto fin cuando el dictador necrofílico fue diagnosticado con un agresivo cáncer incurable que lo encaró con su propia muerte. Súbitamente el “patria, socialismo o muerte” fue sustituido con “patria socialista, viviremos y venceremos”. La palabra muerte fue proscrita del lenguaje revolucionario. Aunque en justicia hay que decir que siempre encontró salida con la ayuda del inconsciente en variantes como “soy yo o la guerra” o “si gana la oposición tomaremos los fusiles rodilla en tierra”.

Mas lo que el comandante sabía que sucedería finalmente tuvo lugar. La muerte acudió a la cita con él en los últimos días del mes de diciembre de 2012. Su cadáver fue embalsamado cual faraón egipcio -suerte que suelen tener los déspotas, como Lenin o Eva Duarte de Perón- escondido, posteriormente transportado a Venezuela en donde el 5 de marzo de 2013 Nicolás Maduro, en una actuación merecedora del Oscar, en medio de lágrimas y pucheros, anunció su fallecimiento.

A partir de este momento el comandante fue Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. Primero en su ataúd, y luego en la palabra del candidato oficial quien lo invocaba en iteración frenética y paroxística, fue el centro de la campaña electoral del oficialismo. Atado en su caballo, el cadáver del Centauro de Sabaneta, mostrado a sus seguidores como si aún lo plenara la vida, protagonizó la lucha –finalmente fallida- por la elección del “primer presidente chavista”. Un cadáver de quien todavía afirman “vive”, captó los votos que no fueron suficientes para una victoria sin fraude en la elección presidencial del 14 de abril de 2013.

Desde los faraones de Egipto momificados hasta el Drácula de Hollywood pasando por los zombies del vudú haitiano, la fantasía arquetípica de la muerte en vida es parte del inconsciente humano. El ser humano tiene una morbosa relación con la muerte de la cual intenta escapar manteniendo intactas las características corporales vitales del fallecido, preservando su carne además de sus palabras, como si viviera. Y el postchavismo, sediento de liderazgo, carente de talentos e intelectos, ante la indetenible fragmentación, hace esfuerzos por mantener vivo al muerto que les dio riquezas y ubicación en el Universo  a sus seguidores, como apéndices de un hombre y parásitos de un Estado que llegó a identificarse con ese hombre. El postchavismo -los primeros fragmentos de la secta destructiva que se desmorona- se negó a aceptar la muerte de su único líder y factor de cohesión. El postchavismo se aferró a un muerto. Chávez vive. Más muerte.

Y es perfectamente lógico que el postchavismo tratara de evitar a toda costa la descomposición del cadáver y de sus primitivas ideas con su consecuencial desaparición, pues ese muerto en vida fue su razón de ser. El chavismo fue Chávez; tan solo el pegamento, la excusa para el agavillamiento de interesados para tomar el poder con el único fin de expoliar un país. Y el cadáver de Chávez es todo lo que resta del chavismo; es el postchavismo. Si el cadáver se hace cenizas y desaparece, lo mismo sucederá con el postchavismo.

Acompañando a este culto de negación de la muerte del líder, también se observan manifestaciones eróticas de los seguidores por el muerto: “Te amamos Chávez”, o , “te amamos comandante”. Erotismo por un cadáver se conoce como necrofilia. (RAE. Necrofilia. 2. f. Perversión sexual de quien trata de obtener el placer erótico con cadáveres).



En un giro que recuerda al genio de Alfred Hitchcock, cuya imaginación –pensaba- era la única capaz de crear al Norman Bates de “Psycho”; ese personaje que dormía con el cadáver putrefacto de su madre por él asesinada años antes, últimamente el presidente ilegítimo ha manifestado orgulloso que en repetidas ocasiones se escapa a dormir en las noches al lado del cadáver del comandante galáctico en su mausoleo. Imposible pensar en mejor ejemplo de necrofilia en todo su erotismo.
 

“Necrofilia” viene del griego, nekros (de donde surge en Latín, necro) que significa “muerte” y philia o filia (tomada por el Latín, filia) que significa “amor”. Y la atracción por la muerte descrita en los párrafos anteriores, primero del comandante, y luego de sus seguidores, se conoce también como necrofilia. (RAE. necrofilia. 1. f. Atracción por la muerte o por alguno de sus aspectos).



Ante la evidencia es inescapable concluir desde una óptica freudiana que la acusación de necrofilia contra opositores no es más que otra de las tan características proyecciones identificativas en las que incurre continuamente el fascismo socialista, y que se une a la de “apátridas” hacia quienes nos oponemos a la ocupación cubana o a la entrega del Esequibo; a la de “disociados psicóticos” a quienes no aceptamos “la realidad” que presenta VTV; y a la de “fascistas” cuando nos golpean y disparan por pensar de forma diversa.


“¡Necrófilos, Chávez vive!”

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Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe





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