martes, 13 de agosto de 2013

Poderes inhabilitantes





En la víspera del octogésimo séptimo cumpleaños de su amo y mentor, Fidel Castro Ruz, el títere piticubiche que en virtud del fraude electoral del 14 de abril de 2013 y del ejercicio desmedido del terrorismo de Estado ejerce hoy ilegítimamente la presidencia de Venezuela, el cucuteño Nicolás Maduro, anunció que solicitaría poderes especiales mediante una ley habilitante para luchar contra la corrupción, al tiempo que convocó a acciones de calle (¡?) para combatir a este flagelo hipertrofiado por la robolución bolivariana.


Aunque debemos convenir en que en atención a sus desatinos y fracasos, entre los muchos de ellos las devaluaciones reiteradas, más que una ley habilitante Maduro ha hecho méritos para una ley inhabilitante; es necesario señalar que llama poderosamente la atención el estado de escisión mental, de desvinculación con la realidad, de disociación, en fin, de aparente psicosis en que se halla el señor Maduro para plantear tal medida en las presentes circunstancias.


La historia demuestra que una solicitud de poderes como la que ahora hace el agente cubano devenido en dictador, solo es posible cuando un gobierno goza de un amplio piso político, de un basamento sólido sobre un apoyo popular extendido. Pero es el caso que el régimen de Maduro contaba con mucho menos del 50 por ciento del electorado (arreado, sobornado, extorsionado, obligado, coaccionado, “asistido”, etc.) para el día de las elecciones presidenciales, razón por la cual se vio forzado al patente fraude; y que ese porcentaje inferior al 50 por ciento dramáticamente disminuyó en las semanas y meses que siguieron a la maniobra fraudulenta, gracias a los atropellos represivos de la dictadura y a sus criminales desaciertos en todos los ámbitos, particularmente, en el económico.


De manera que la solicitud delirante de Maduro; uno de los tantos delirios a los que ya nos tiene acostumbrados; mismos que no necesariamente se relacionan con pajaritos y otra fauna; la hace en medio de las peores y más adversas circunstancias políticas posibles para desgobierno alguno: carente de pueblo que la sustente, tanto a la solicitud como al desgobernante que la formula.


Pero lo anterior no es lo más ridículamente risible. Lo que realmente hace desternillar de amarga risa indignada al venezolano es que esa lucha contra la corrupción la plantea el gobierno más corrupto que ha conocido Venezuela desde la última presidencia del cacique Guaicaipuro. Un gobierno que ha despalillado un billón seiscientos mil millones de dólares y no tiene una sola obra importante que mostrar, aparte de un supermercado en las inmediaciones de la Plaza Venezuela; como consecuencia del latrocinio más feroz al que ha sido sometida la Cosa Pública en la historia nacional. Un gobierno tan ocupado en el expolio de la nación mientras construía “patria”, que luego de obtener los más ingentes ingresos en la historia del país, lo deja hipotecado en primero, segundo, tercero y cuarto grado con la más formidable deuda externa que sea capaz de concebir la mente humana, en proporción a los recursos de la economía: no menos de $250.000 millones de dólares que deberán pagar generaciones futuras mientras los descendientes de los corruptos de ese mismo gobierno tienen garantizados siglos de ocio sin recurrir al vil trabajo. Un gobierno con funcionarios tan sumidos en el expolio que aunque “logró construir patria”, dejó a la nación inmersa en la más terrible ruina, en la que ni electricidad confiable produce el otrora ejemplar sistema eléctrico nacional. Un gobierno cuyo fracaso rotundo es consecuencia de la más asquerosa, inmensa y grosera corrupción que ha conocido país alguno en la faz de la Tierra; país víctima del más horrible crimen cometido en los anales de la civilización.


¿Y qué pretende Maduro cuando llama a acciones de calle contra la corrupción? ¿Que los revolucionarios pobres de ayer, boligarcas y boliburgueses gigaricachones de hoy, como los empresarios de la Administración Pública Diosdado Cabello, Rafael Ramírez, Aristóbulo Istúriz, Pedro Carreño, Cilia Flores, José Vicente Rangel, el propio Nicolás Maduro –y pare usted de contar-, todos con fortunas “honestamente” habidas en legítima compensación por su lucha contra la pobreza del hambreado pueblo; dirijan la vanguardia de una manifestación contra sus socios narcotraficantes de la FAN, contra el crimen de MERCAL, contra el escándalo del BANDES, contra la debacle de PDVSA, contra la desaparición de recursos que debieron invertirse en la infraestructura eléctrica, y contra el robo en toda obra inconclusa revolucionaria que ha succionado dineros públicos sin mesura, llámese ferrocarril, represa, o rescate del Guaire?


¿O acaso pretende Maduro que esos mismos personajes revolucionarios ex pelabolas, hoy gigamagnates, no manifiesten en esa vanguardia anticorrupción y en vez sean linchados por el engañado pueblo que tendrá que pagar durante generaciones la deuda derivada de sus rapaces desmanes? ¿O será que Maduro plantea un harakiri colectivo para toda la camarilla corrupta civil y militar del PSUV,  al modo del que ejecutaron en el Japón Feudal del período Edo “Los Cuarenta y Siete Ronin” de Asano?


Solo bajo los anteriores supuestos tendría sentido la guerra anticorrupción con los métodos planteados por Maduro, quien es entusiasta de la pena de fusilamiento en el único caso de los delitos de corrupción; caso en el cual –especulamos- tendría que fusilar hasta al propio pelotón de fusilamiento a menos que recurra a tiradores extraños al gobierno y al PSUV.


Maduro no merece poderes especiales para luchar contra la corrupción. Es Venezuela quien merece otros hombres al frente de su gobierno que no antepongan sus cuentas bancarias a las necesidades del país. Venezuela requiere hombres especiales –no poderes- que no la expolien condenando a su pueblo a la miseria y a los revolucionarios a la riqueza eviterna.





Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe


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