martes, 27 de agosto de 2013

Magnicidio y sabotaje








Al uso de la dictadura cubana, el Comandante Galáctico recurrió a la especie de los innumerables supuestos intentos de magnicidio en su contra. Fidel Castro, el bon vivant ataviado de militaroide verde oliva que lideriza Cuba, metrópolis que además ocupa el territorio de Venezuela; de acuerdo con la inteligencia cubana ha sufrido más de 655 atentado; todos fallidos. Debemos concluir que la misma CIA que tan exitosamente desde que era la OSS de la Segunda Guerra Mundial llevaba a cabo operaciones de asesinato en el extranjero, en realidad es una organización de inteligencia totalmente inepta a la hora de liquidar al cubiche mayor. Y precisamente esa CIA inepta es la que asesora a la oposición venezolana en sus maniobras magnicidas en Venezuela, que ya suman 89 contra el portento de sabaneta, y por lo menos tres contra el ilegítimo Maduro; todas fracasadas. Esos catires de la CIA son unos tirapiedras.


Sin entrar a discutir si el supuesto asesinato de Maduro o Chávez, desde un ángulo etimológico, constituirían verdaderos magnicidios (la palabra “magnicidio” viene de “magno” que significa “grande” y de estos señores lo único grande es el Ego, en el caso de Maduro la estatura, y en el de ambos la cobardía), hay que aceptar que el aroma de falsedad que despiden estas delirantes acusaciones contra la oposición se percibe a kilómetros de distancia, cual el de pescado en putrefacción.


Decíamos que “magno” significa “grande”. Es difícil concebir algo más magno que el pueblo, a su vez sagrado; sólo segundo a Dios en grandeza. Y ese pueblo está muriendo no muy lentamente. No sólo muere de a poco cada vez que su soberanía es lesionada con fraude electoral; cuando su fe y bondad son burladas con engaños; cuando el acceso a información le es negado con la hegemonía de los medios por parte del Estado; cuando lo silencian con planazos, lacrimógenas, perdigones o la compra de Globovisión o Últimas Noticias; cuando lo reprimen con amenazas, terrorismo de Estado, jueces y fiscales esbirros. Sino de manera mucho más eficiente, cuando lo asesinan a razón de 60 homicidios diarios (tercera peor tasa mundial de homicidios), lo matan por negación de servicios debido al deterioro de equipos, o por desabastecimiento de insumos médicos en los arruinados hospitales de uno de los países más ricos de la Tierra. Vadearemos el tema de las muertes cuyo momento desconocemos, las que jamás cuantificaremos, pero que con toda seguridad ocurrirán a consecuencia del envenenamiento de las aguas y el ambiente como resultado de los derrames petroleros más grandes de nuestra historia y de los tóxicos arrojados a la biosfera por las explosiones y otros accidentes en la refinerías; todos debidos a la incapacidad e impericia del personal de esa industria y la falta de mantenimiento por falta de dinero desaparecido en el expolio. Pero no soslayaremos nuestra acusación por los fenecidos en esos siniestros como el de Amuay. A la lista de ofensas contra la vida de ese pueblo, finalmente sumaremos todos aquellos que sucumben y sucumbirán presa del hambre por la escasez, la hiperinflación asesina y, en general, por la devastación del aparato económico del país que promete mucha más hambre, desempleo y esclavitud, agravados bajo el peso de la más formidable deuda externa que pueda tener país alguno en proporción a su economía. Magnicidio es matar al pueblo. Magnicidio es matar su futuro.




El fascismo –al igual que toda revolución- siempre pretende borrar la historia y la realidad, y reescribir una nueva versión de los hechos. Lo vimos en la Unión Soviética desde que los bolcheviques tomaron el poder. Hasta en las películas de Serguei Eisenstein puede verse esta pretensión, como en su “Acorazado Potemkim”. De Lenin y compañía Hitler con su Goebbels copió el método. También tuvo su cineasta que le ayudó a reflejar la falsa realidad sustituta y a reescribir la historia, la talentosa Leni Riefenstahl. Y por supuesto, el bananofascismo bolivariano también tiene sus cineastas forjadores de la realidad paralela oficial de magnicidios y sabotajes que acompaña a la historia reescrita por el aparato de propaganda tropigoebbeliano, como Carlos Azpúrua y a Luis Alberto Lamata, por cierto, una nueva especie de artista que piensa que el espectador está obligado a todo evento a ver sus bodrios.


Así, como hizo el fascismo describiendo una realidad paralela, los medios del Estado se ocupan 24 horas al día de hipnotizar a una audiencia inexistente que ha huido prudentemente hacia el cable; esto es, cuando hay servicio eléctrico. Al estilo de los soviéticos con Chernobyl, intentan desesperada pero inútilmente de convencer a un pueblo que ya no les cree (si es que logra sintonizar VTV a causa de los apagones) de que nuestras refinerías están siendo voladas por la oposición apátrida agavillada con iguanas y rabipelados dirigidos por J. J. Rendón, y no por los verdaderos saboteadores: los incapaces y negligentes funcionarios del gobierno con Rafael Ramírez a la cabeza que hasta mantenimiento le negaron a la noble empresa, mientras estaban ocupados en el saqueo.

Llama poderosamente la atención que un régimen que ha tenido la pericia –casualmente muy similar a la cubana- de develar nada menos que todos los planes de magnicidio urdidos contra los gobernantes revolucionarios; quiero decir, todos los 92 hasta la fecha; un régimen que en este sentido batea 1.000, un promedio que ni Ty Cobb hubiera soñado alcanzar; al mismo tiempo es incapaz de abortar un solo plan de sabotaje. Con un pitcher batea mil, con otro se poncha siempre. Este cuento, por pendejo que estimen al pueblo, nadie se lo cree. Hasta mi rottweiler sospecha que o hay engaño en la fábula de los magnicidios, o la hay en la de los sabotajes, o la hay en ambas. Como buen fascista, la dictadura deposita siempre la culpa de sus fracasos en terceros y recurre a la mentira para ganar simpatías.


Si bien es cierto que los cuentos de magnicidio y sabotaje constituyen operaciones clásicas del fascismo que todo el que tiene nociones de historia los ha observado hasta el hartazgo en otros lugares, no es menos cierto que en la actual situación son hasta desconcertantes. La realidad paralela generada por el aparato de propaganda tiene sentido mientras exista un receptor del mensaje. Con la derrota electoral del 14 de abril, el fraude, la represión desencadenada y la conducta del pueblo en las semanas y meses subsiguientes, la dictadura se mostró en evidencia ante el mundo y quedó muy claro que la base popular del chavismo quedó totalmente socavada. Hoy no es más que una minoría lastimosa y en gran medida suspicaz de sus líderes obesos y ricachones, de quienes, a pesar del cegador fanatismo, ya perciben sus mentiras. De manera que nos encontramos con un Maduro y un Ramírez, acompañados por el goebblelito Villegas, que en un ejercicio absolutamente onanista, hablan para sí mismos, intentando autoconvencerse –o autocomplacerse- de que no tienen responsabilidad en los siniestros y de que hay planes de magnicidio de la oposición. Como mucho, solo sectores reducidos del PSUV -la jerarquía- toma como verdades los mitos imbéciles e inverosímiles confeccionados en Cuba.


Como muestra del real magnicidio que debemos denunciar, el que se ha cometido con el expolio de Venezuela y con la ruina de su infraestructura y su economía, están los casi dos billones de dólares (cada billón es un millón de millones, no es el billón gringo. Un 2 seguido de 12 ceros),  $2.000.000.000.000, desaparecidos, esfumados, en la gestión de un régimen que no tiene ni una sola obra, una sola carretera, una sola represa, un solo ferrocarril, una construcción importante terminada que enseñar como prueba de haber pasado por aquí; y que además, deja a generaciones venideras de venezolanos en esclavitud ante los imperiales chinos y rusos, con una deuda externa de no menos de $250.000 millones. Este es un magnicidio que no podrán ocultar.


O quizás logren hacerlo con un acto de magia. La “desmaterialización” de esos $2 billones, además de magnicidio, es también un gran acto de magia que ni Houdini con David Copperfield asociados con Sai Baba hubieran jamás logrado; en especial, en la difícil y complicada maniobra del truco que fue hacer “materializar” nuevamente esos dólares en la múltiples cuentas bancarias que mantienen los revolucionarios, testaferros y herederos en los paraísos fiscales; como la del mayor magnicida y taumaturgo de las filas socialistas: el Comandante Eterno.




Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe


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