martes, 6 de agosto de 2013

El voto es protesta





Mucho hemos visto argumentar con alegatos que aparentan sostenerse en la lógica y que en efecto lo hacen aunque en un nivel de análisis muy elemental y primitivo: “votar con un CNE que realmente es una oficina electoral del régimen y su partido carece de sentido; la solución es la abstención mientras no se cambie a este CNE”. Demostraré que la anterior conclusión, aun partiendo de premisas verdaderas, es falsa.


Con asombro hemos leído que antes de votar en las elecciones del 8 de diciembre de 2013, y en especial, en un eventual referéndum consultivo realizado con el objeto de convocar a una asamblea constituyente, tal como lo ha asomado Henrique Capriles en días pasados, es necesario cambiar los poderes, en particular, el electoral. Con razón se esgrime que el actual árbitro electoral nos garantiza la comisión del fraude reiterado desde el Referéndum 2004, por lo menos. Y que mientras los poderes permanezcan en la actual situación de servilismo a la dictadura, debe prevalecer la abstención.


Los precedentes argumentos lucen absolutamente lógicos e incontestables, pero la realidad es que adolecen de simpleza, puerilidad y ligereza; revelan la ausencia de una visión global del problema, no toman en cuenta todos los elementos y fracasan al comprender la total y verdadera función del voto así como su poder.


Quienes abogan por el abstencionismo en las actuales circunstancias, entienden el voto como un derecho y deber que se ejerce periódicamente para llevar autoridades a cargo público. Aunque esto es cierto, es necesario subrayar que el voto es mucho más que eso. En primer lugar, el voto es la manifestación de la voluntad popular soberana e inalienable en su forma más legítima. Luego, el voto es la emisión de la opinión del elector concebido de manera individual y del pueblo desde una óptica colectiva. 


Pero el voto tiene otros propósitos y cumple otras funciones. Por una parte le recuerda al gobernante que los ciudadanos existen y, más importante aún, le informa cuántos son y de cuánto apoyo de la masa electoral él goza. No obstante, en ciertas circunstancias, como la presente en Venezuela, el voto es una herramienta de protesta civil no violenta de formidable valor en la lucha por la democracia y contra la opresión; quizás la más poderosa. Es posiblemente esta la función más importante del voto en una sociedad que se encuentra sometida al oprobio de una dictadura en medio del colapso institucional consecuencia de que todos los entes del Poder Político estén secuestrados por y al servicio de esta dictadura, máxime si es ella en extremo corrupta y forajida como la que somete a Venezuela.


Complementariamente con protestas no violentas de otros tipos como marchas, huelgas, huelgas de hambre, vigilias, concentraciones y toda otra clase de manifestación, el voto es esencial a la lucha sin violencia debido a sus múltiples efectos derivados de las funciones ya mencionadas. Y en esto el sufragio ha demostrado particular eficacia.


Para comenzar, el gran número de votos depositados en contra de la dictadura y a favor de la opción democrática, caso que se hizo patente el 14 de abril de 2013, fuerza al régimen delincuencial a recurrir al único mecanismo distinto a las armas que le ha permitido aferrarse al poder: el fraude electoral; fraude de tracto sucesivo y con diferentes vertientes que ha operado –insisto- cuando menos desde el Referéndum Revocatorio 2004. Fraude que ha sido la regla en todos los procesos electorales venezolanos por lo menos desde esa data. Al obligar a la dictadura a cometer fraude (que es violencia), los humildes pero poderosísimos electores la compelen a delatarse y ponerse en evidencia, a mostrar ante la nación y el mundo su real esencia, y lo que es más importante, a colocarse a la defensiva en situación de extrema debilidad, ya que su ilegitimidad queda confesa. Esto sería imposible de no existir los votos.


Quienes propugnan la abstención como solución a la crisis venezolana y proponen reducir la lucha a tan solo acciones de calle, deben verse obligados a aceptar que sin el voto no hubiera habido ni hubiera podido probarse ante el mundo el fraude electoral y la podredumbre de las “instituciones” públicas, incluyendo la FAN. Además de que no habría un gran triunfo robado a la oposición por el cual luchar, la lucha sería por una causa mucho menos tangible que las más de 8 millones de boletas electorales portadoras de la voluntad popular hoy burlada, irrespetada y violada.


El haber depositado mucho más de 8 millones de votos a favor de la libertad y en contra del oprobio, abrió la posibilidad de que el pueblo venezolano por fin conociera con precisión y sin dudas, que la resistencia es mayoría. Y así también mostró a un régimen desesperado, con la base popular que alguna vez tuvo erosionada al extremo de haber tenido que fabricar por distintos medios, más de un millón de votos, además del millón (o con seguridad mucho más) de votos escamoteados a Henrique Capriles. El voto satisfizo la función práctica de anunciarnos que en efecto, tal como sabíamos pero no podíamos probar los opositores, somos más, muchos más que la infinitesimal minoría popular que en estos momentos brinda su apoyo al gobierno dictatorial totalitario del ilegítimo usurpador Maduro.


Por último, protestar en defensa del voto y la exigencia de que su expresión se respete, no podría hacerse si este sufragio no existiera. Por otra parte, el argumento de que el CNE debe ser cambiado previamente, así como otras ex instituciones del Estado, para poder convocar a una Constituyente, carece de sentido: Si es posible (que no lo es, aun cuando los abstencionistas pretendan afirmar que lo es) cambiar y purificar al CNE y la FAN (cuando menos) antes de una constituyente, ¿entonces para qué convocar a una constituyente cuyo objetivo es precisamente el cambio en estos organismos, el rescate institucional, la restauración de la majestad y la honestidad de Poder Público y su neutralidad, y acabar con la corrupción rampante en estos poderes para poder transitar hacia la democracia? ¿Acaso piensan los abstencionistas que solamente con protestas de calle lograrán convencer al régimen de que mansamente renuncie a su control sobre todas las ramas del Estado, incluyendo el CNE? ¿O es que piensan recurrir a la fuerza y la violencia para entrar en las instalaciones de estos organismos, someter a sus funcionarios para luego cambiarlos por venezolanos decentes que no cometerán fraude y reconocerán la voluntad del pueblo?


No sé si sea necesaria una lección de Historia para los abstencionistas, pero tampoco sobra pues hasta la asfixia los hemos visto alegar “dictadura no sale con votos”. Hago de su conocimiento que la más férrea y asesina dictadura que ha visto el continente suramericano, la muy corrupta dictadura de Augusto Pinochet en Chile, salió justamente con algo conocido en la civilización como voto. En Chile, el “no” de la libertad depositado en urnas electorales, derrotó al “sí” de la opresión. El voto le puso fin a casi 18 años de ignominiosa dictadura.


Para cerrar, hemos escuchado con extrema preocupación que algunos abstencionistas argumentan que su negativa a votar equivale a no arrodillarse ante el dictador, a preservar la dignidad y la moral. Aparentemente con la pretensión de no herir el amor propio, de no humillarse según dicen, están dispuestos a entregar no solamente su libertad y quizás sus vidas, sino también las de sus hijos, así como el futuro de esos vástagos que quedarían condenados a medrar en una sociedad que no les garantiza ni la vida, ni la alimentación, ni la educación, ni la libertad. En una sociedad que solo les ofrecerá la muerte moral, espiritual y quizás la física en medio de la ruina total del país.




Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe

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