miércoles, 31 de julio de 2013

Absoluta confianza




Siempre he tenido absoluta confianza en la inteligencia militar, en su torpeza. Este régimen me ha reforzado ese sentimiento desde sus comienzos hace 14 años. Desde entonces estuvo claro su carácter totalmente autodestructivo. Se puede confiar ciegamente en que la brutalidad del militarismo fascista nacionalista lo conducirá a su eventual pero inexorable colapso.

Así  vimos cómo más allá del mérito propio, la figura de Henrique Capriles Radonski como líder máximo opositor y luego ganador de las elecciones del 14 de abril, se vio fortalecida por los continuos ataques, insultos y menciones del entonces candidato Hugo Chávez, primero, y del incapaz Nicolás Maduro, después.

También fuimos testigos del ascenso de la juez María Lourdes Afiuni al pedestal de heroína nacional de la resistencia e icono internacional de la lucha democrática en Venezuela, gracias al crimen que el Estado cometió en su contra por orden del autócrata, en venganza personal relacionada con los desafueros de su hija.

Y gracias a esa brutal torpeza obtuvo la causa democrática lo que ha sido su mayor victoria desde 1999: el triunfo del 14 de abril; no tanto el inocultable triunfo en las urnas electorales, sino el de la comisión del fraude y de su posterior confesión por parte de las autoridades del régimen, aun las electorales. Contemplamos a un Nicolás Maduro vociferando el 14 que se recontarían los votos y se revisarían las urnas, que se abrirían las cajas contentivas de las boletas de votación: “¡que hablen las cajas!”, dijo; para unas horas después, el 15, negarse rotundamente a tal revisión y reconteo; le faltó gritar “¡que callen las cajas!” Imposible mayor confesión de fraude. También escuchamos con satisfacción a Tibisay Lucena, Sandra Oblitas y a Socorro Hernández argumentar absurdamente en contra de la auditoría electoral y el recuento de votos, para luego, bajo presión de UNASUR, aceptar la tal auditoría que resultó ser chucuta y autoadministrada, en contra de lo dictado por el organismo regional. No puedo imaginar una confesión mayor de culpa en la comisión del delito electoral de fraude. Negarse a la auditoría o condicionarla equivale a declarar “hicimos fraude”. Repito, se puede tener la más absoluta confianza en la brutalidad del totalitarismo militarista fascista.

Días después observamos otra indiscutible victoria de la causa democrática. En ejercicio de la mayor imbecilidad de que es capaz la inteligencia militar, el teniente Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, no solamente violó la Constitución y las leyes al negarle el derecho de palabra a los diputados opositores que no reconocieran el triunfo fraudulento de Maduro en las elecciones del 14 de abril, sino que llegó al extremo de propiciar la agresión física de esos representantes del pueblo. Ese día Cabello le declaró a Venezuela y el mundo que el gobierno ilegítimo de Maduro y la robolución bolivariana ejercen una impúdica y férrea dictadura en el país que no conoce límites; y amenazó: “No se equivoquen, Chávez era el muro de contención a nuestras locuras” (¿Acaso advertía su disposición de tomar medidas más drásticas como fusilamientos?). Es difícil pensar en un mayor servicio a la causa de la libertad que los desmanes de Cabello.

Ayer el mismo Cabello en la Asamblea Nacional, abusando de las atribuciones que le dan la Constitución y las leyes, dirigió el procedimiento de allanamiento de la inmunidad parlamentaria del diputado Richard Mardo, infundadamente acusado de corrupción por el régimen, usando, incluso, pruebas forjadas a tal efecto. En una inversión de roles que parece ubicar a Venezuela en un universo paralelo constituido por antimateria en el cual todo es invertido, los corruptos están persiguiendo a los honestos. El teniente Cabello, sobre quien pesan múltiples denuncias por corrupción que han sido engavetadas por el Ministerio Público, y quien ha acumulado una fortuna personal en el ejercicio de la función pública que desafía la comprensión humana; en sociedad con otro adalid anticorrupción, el diputado Pedro Carreño, entre cuyos méritos está el de haber sido dado de baja del ejército por haber estafado la cantina militar que estaba bajo su administración; procedió a liderar el procedimiento en contra de Mardo. Sin cumplir con los extremos establecidos en la Constitución Nacional, la inmunidad de Mardo fue allanada. A pesar de que la norma magna ordena el requisito de que la moción de allanamiento debe contar con 66,67% del parlamento, esta fue aprobada con solo el 58,79% del mismo; es decir, solamente con los votos de la bancada oficialista. La Constitución fue violada, el Estado de Derecho colapsó por enésima vez en estos 14 años. Nuevamente habló la dictadura y triunfó la democracia.

El caso Mardo es expresión de un plan siniestro para decapitar la resistencia democrática. No dudamos que le seguirán procedimientos de alguna clase contra líderes clave como María Corina Machado y Leopoldo López, entre otros. Es obvio que estas maniobras no solamente serán inútiles sino que constituirán nuevas e importantes victorias para la libertad, pues además de que delatan la naturaleza del régimen y su debilidad, jamás lograrán decapitar una oposición que aglutina las voluntades de muchísimo más de 8 millones de venezolanos, en cifra creciente, y en la cual sobra el talento para su liderazgo y conducción. Con este atropello el gobierno totalitario se hunde aún más en su propio excremento. Y hay que agradecer que por lo menos no ha recurrido al asesinato, como clama la naturaleza perversa robolucionaria.

Para un régimen militarista que ha torcido la voluntad popular con fraudes electorales flagrantes y violando derechos humanos a mansalva, violar la Constitución de forma tal que le otorga la jerarquía del ausente papel higiénico, es peccata minuta. Es capaz de cometer mayores crímenes en su desesperado esfuerzo por aferrarse a un poder que por ejercerlo ilegítimamente y por estar amenazado por la peor crisis económica en la historia del país que lo enfrentará a protestas populares inéditas y conmoción civil, se le escapa como aceite entre los dedos de las manos. De un régimen que se niega a aceptar que su momento histórico –o antihistórico- pasó, signado por el mayor despilfarro de recursos que ha conocido nación alguna y por el desperdicio de la mejor e irrepetible oportunidad de haber catapultado a Venezuela al primer mundo en vez de haberla sumido en la ruina, la destrucción y la miseria, con el agravante de haber comprometido su futuro con la más formidable deuda externa que pueda albergar la imaginación, y que asegura la subyugación de futuras generaciones de venezolanos a potencias extranjeras imperialistas como China.



Leonardo Silva Beauregard
Twitter: @LeoSilvaBe

2 comentarios:

  1. ...Tus amigos de la oposicion oficial y enchufados no tienen responsabilidad en éste berenjenal?

    ResponderEliminar
  2. Aunque no logro descrifrar con exactitud lo que pretendió expresar, imagino que la respuesta sería un sí; esto es, si tuviera amigos en esos predios. Sin embargo, quienes me conocen saben que lamentablemente no cuento con amigos en tan exclusivos círculos. Gracias por su amable comentario.

    ResponderEliminar