viernes, 12 de abril de 2013

Ultraje









Luego de la muerte del líder bolivariano, cuando anacrónicamente Nicolás Maduro comenzó a hacer campaña electoral necrofílica con su figura a manera de Cid Campeador, pensé que el ungido bigotudo era una parodia de esa figura. Intentaba torpemente imitarlo en sus gestos y palabras, hasta en sus chistes y anécdotas de la cotidianidad. Adoptó el estilo de sus insultos y amenazas. Incluso pretendidas manifestaciones artísticas en forma de baile brotaron de su cuerpo mastodónico. Aun las imputaciones paranoides de conspiraciones magnicidas se manifestaron en su primitivo, alienado, caótico y pueril discurso. El odio emergió de sus fauces. Su cuerpo adoptó la forma de un comandante grotescamente distorsionado; de un monstruo que mueve a la risa y a la repulsa.


Pero estaba equivocado. Cuando narró la anécdota de su encuentro con el fallecido reencarnado en un pajarito lo supe. Nicolás no era una parodia, era un ser con vida propia. Un personaje de tira cómica. Una víctima de sus cortas luces, limitado intelecto y barbarie. Un prisionero de su ignorancia. Y no estoy solo en esa apreciación: el planeta entero rió al unísono su narración de la conversación con la menuda ave, mantenida con gorjeos de parte y parte. Los trinos de Nicolás hicieron desternillar de la risa al mundo civilizado.


Pero Nicolás no es solo un hazmerreír, un simple payaso. Es mucho más que eso; mucho más que un Popov. Es un engendro brutal. Lo comprendí cuando, entonando el himno del invasor cubano, ultrajó y obligó  a cientos de ¿venezolanos? que lo acompañaban a ultrajar a millones de compatriotas que vemos con repugnancia e indignación la dominación de la bota antillana en nuestra patria.


Es cierto que su brutalidad y estulticia han entretenido a millones. ¿Quiénes no han reído hasta el cansancio con su ignorancia de la geografía nacional? ¿Quién se ha resistido a explotar en carcajadas al escuchar su descripción de la belleza de los Esteros de Camaguán que ubica en Apure y no en Guárico? ¿Quién pudo evitar una mueca risueña al escucharlo hablar del estado La Guaira o del estado Margarita? Y sus ridículos atavíos, con plumas indígenas en su vacua testa, o sombreros de cogoyo en una versión Carmen Miranda pero con pajaritos, merecen mención especial.




Pero no todo es risible en la figura del usurpador. Su carácter ultrajante domina; lo que quedó patente en su discurso de cierre de campaña, en el que dentro de innumerables disparates, consignas, falsedades y lugares comunes, prometió a sus seguidores -a quienes denominó “patas en el suelo” en un insulto, en una vejación  desconsiderada- una escuela para “mongólicos”, usando un término que la Humanidad ha eliminado por estimarlo denigrante de los afectados de Síndrome de Down; un término que hasta la ONU instó a dejar de usar hace 30 años. La ignorancia de Nicolás no sólo es audaz, es brutal; es ultrajante.


Venezuela no merece más ultrajes.





Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe

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