lunes, 22 de abril de 2013

Confesión






El imbécil suele presumir la imbecilidad de los demás. En su limitación intelectual juzga que convencerá con su mentira a sus semejantes que cree inferiores o iguales. Cuando la imbecilidad se conjuga con la maldad y la mentira, se forma una mezcla destructiva y autodestructiva formidable. Ellas se proyectan en los congéneres sin límite y sin conciencia. Es la tragedia del malvado imbécil mentiroso.


Sobre la mentira decía Albert Camus que es sinónimo de odio, que para odiar hay que mentir; y que además, la mentira siempre alcanza al mentiroso y lo lleva a su perdición. “El odio es en sí mismo una mentira (…) no se puede odiar sin mentir (…) El privilegio de la mentira es que vence al que pretende servirse de ella”. Y si la mentira acompaña a la imbecilidad y a la maldad, el fenecimiento del agente es seguro.




Nicolás Maduro se ha destacado como mentiroso hasta el punto de que el pueblo lo bautizó espontáneamente “mentira fresca”. Willie Colón le hizo honor al tema del mismo nombre compuesto por el músico venezolano Rolando Padilla y tuvo un éxito rotundo en Internet. Maduro ha combinado como nadie, ni siquiera como Hitler, sus embustes con su cortedad de luces y las patentes limitaciones de su intelecto. Por ejemplo, mintió y se desmintió sobre la enfermedad de Chávez y sus supuestas reuniones maratónicas con el moribundo líder; mintió sobre materia económica coetáneamente con la aplicación de medidas impopulares como la devaluación.


Así, lo vimos en su discurso de “victoria” el 14 de abril en la noche aceptar la apertura de las cajas de votación y el recuento de votos, para al siguiente día negarse rotundamente a la revisión que aceptó horas antes. ¿Por qué ese cambio repentino de opinión? La respuesta es obvia hasta para un niño. Mintió sin escrúpulos y sin pudor.


A la mentira de Maduro siguió la de Tibisay Lucena, quien insultó con ella la inteligencia del pueblo venezolano: se negó al recuento de votos con la excusa de que en Venezuela “no existe el voto manual”. Lo hizo en consonancia con su jefe inmediato, el tenebroso psiquiatra Jorge Rodríguez, jefe de campaña de Maduro, quien ya había adelantado la misma tesis. Las mentiras de estos personajes, fundamentadas en argumentos baladíes, encontraron el rechazo del pueblo y, cuando menos, la perplejidad de la opinión pública internacional que no podía entender por qué –si todo el proceso electoral y los resultados eran transparentes- se producía esta actitud, máxime cuando el más interesado en reafirmar su legitimidad y despejar toda duda sobre la misma era el propio Maduro. ¿Por qué reaccionaron así Lucena y Rodríguez si no tenían nada que ocultar? No ofenderé al lector exigiéndole una respuesta.


Después de mucha presión interna y externa, especialmente de UNASUR, la psuvista Tibisay Lucena aceptó una auditoría condicionada. Pero solamente para declarar al día siguiente que tal auditoría no era un reconteo de votos y que las fuerzas democráticas no debían abrigar ninguna esperanza con ella, pues en Venezuela no existía esa figura. Su copartidaria, la cínica rectora robolucionaria Sandra Oblitas, posteriormente dio una rueda de prensa con declaraciones del mismo tenor. ¿A quién pretenden engañar con esa mentira? ¿Por qué estas funcionarias oponen tantos obstáculos para una revisión que solamente despejaría toda duda de su “honesta” gestión? ¿Por qué se arriesgan a engañar hasta a sus amigos de UNASUR? Nuevamente, la respuesta es obvia.


Detrás de toda mentira se oculta una verdad. Así lo han demostrado diversas disciplinas como el Psicoanálisis. Detrás de la mentira pueril e idiota de Maduro y sus secuaces del partido y el CNE se oculta una inmensa verdad: Hubo fraude electoral en Venezuela el 14 de abril de 2013. No cabe otra interpretación. La mentira alcanzó a los mentirosos que descargaron su odio sobre la casi totalidad de los venezolanos. Con imbecilidad decidieron caminar hacia su propia destrucción, hacia su total perdición, pues esa mentira es la más diáfana e inequívoca confesión de fraude. La presidencia de Maduro ostenta el estigma indeleble del fraude y la ilegitimidad. Así lo juzga la Humanidad, así lo juzgará la Historia.


Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe


No hay comentarios:

Publicar un comentario