martes, 30 de abril de 2013

Disociación Fascista Socialista o Psicopatología del Socialismo Cotidiano









Siguiendo un guión creado en La Habana inspirado en la propia experiencia cubana, heredera de los métodos stalinistas que a su vez adoptó el Nazismo, el postchavismo recurre a la repetición de la mentira de carácter proyectivo para desacreditar a Henrique Capriles –ganador de las elecciones presidenciales pasadas- y a la oposición. Joseph Goebbels, el infame ministro de propaganda del Tercer Reich, es famoso por la frase proferida en distintas variaciones: “una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad”.


De esta manera, los venezolanos hemos escuchado hasta el cansancio la acusación de fascistas contra mucho más de 7 millones y medio de electores que disienten de los robolucionarios. El país ha sido saturado de vallas publicadas con dineros del Erario Público con las palabras “Capriles asesino”. Reiteradamente el dictador, sus ministros y otros voceros oficialistas han acusado de asesinato al Presidente despojado. Hasta acusaciones infundadas de drogadicción han sido pronunciadas contra el joven líder, como lo hizo la impresentable Ministra de Asuntos Penitenciarios Iris Varela, al tiempo que le advertía que ya le tenía reservada una celda para recluirlo y rehabilitarlo.





Enarbolando la acusación de “fascistas” contra los diputados opositores, nuevamente estos fueron bárbaramente asaltados por los miembros de la bancada robolucionaria –verdadera horda de hunos- bajo las órdenes del salvaje, brutal y siniestro teniente Diosdado Cabello, Presidente de la AN, quien de nuevo les negó el derecho de palabra a los parlamentarios demócratas si no reconocen al ilegítimo Nicolás Maduro como presidente, mientras el régimen se niega a auditar completamente el pasado proceso electoral. Aun María Corina Machado, una dama, fue golpeada en el piso del hemiciclo del parlamento por los “diputados” devenidos en grupo de choque fascista.




Pero el régimen -y sus turbas bárbaras- se encuentra en un vórtice que lo está devorando. Los jerarcas se están ahogando en las arenas movedizas de su propio excremento del fraude, del cual han quedado convictos y confesos con la negativa a acceder a la auditoría completa con los cuadernos de votación electorales. Ya la reiteración ad infinitum de la mentira, las acusaciones que no son más que proyecciones identificativas de la propia naturaleza primitiva y fascista del oficialismo, son ignoradas por el pueblo que observa la incongruencia entre ellas y la conducta delincuencial del postchavismo. Las teorías de Stalin y Goebbels tropicalizadas por el G2 cubano y adoptadas por el régimen fasciobananero del tirano Maduro, agente de la inteligencia cubana insertado en la vida política de Venezuela y ascendido a la Presidencia de la República en virtud del más torpe fraude electoral de nuestra historia; han demostrado que son falsas ante una población que observa el desbocamiento desaforado de la nomenklatura postchavista.


En su mentira, los herederos del difunto Comandante se han desvinculado de la realidad. Perdieron conciencia de que la repetición infinita de sus embustes no encuentra  receptividad en los venezolanos. Sus personalidades se escindieron entre la realidad que cesaron de percibir y su cuento repetido en la red de medios oficiales que ya nadie escucha. Los envolvió el éter de sus propias proyecciones que los ciegan en la ruta acelarada hacia el abismo al que se dirigen y al que están dispuestos a arrastrar el país.


“Una revolución no entrega jamás el poder”, dijo el sátrapa Fidel Castro, emperador cubano que subyuga a Venezuela. Los revolucionarios, con la justificación de que la revolución persigue un interés superior, están dispuestos a todo, incluso a asesinar, para preservarla. Preservación que casualmente coincide con los intereses personales de los corruptos “socialistas” que detentan el poder mientras tanto. Y digo “mientras tanto” porque la implosión de esta revolución que hace mucho dilapidó el bien más preciado de toda revolución: el capital moral que le da autoridad para instaurarse; es inevitable y está catalizada por el fraude del 14 de abril que desnudó ante el pueblo y el mundo su carácter absolutamente forajido. 


Somos testigos de la agonía precipitada de un régimen dictatorial que con sus desmanes, crímenes y atropellos se ha declarado totalitario. Pero en esa agonía, en brazadas desesperadas para salvarse de ser succionado hacia el agujero negro que inexorablemente la engullirá, la revolución no se detendrá en la destrucción de todo lo que la rodee antes de emitir su último aliento.


Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe

domingo, 28 de abril de 2013

¡Fascistas!




Una característica destacada del fascismo es su capacidad de proyectarse en quienes percibe como adversarios o, mejor, como enemigos. Esta materia ha sido exhaustivamente estudiada por el Psicoanálisis, en particular por autores como Jung, Von Franz y Reich. El fascista, como lo hicieron Mussolini y Hitler en la tradición de Stalin, proyecta inconscientemente en terceros su maldad, atribuyéndoles características que le son propias, sus propios defectos, y culpándolos por todos sus males; trátese de comunistas en el caso de los Nazis o el Macartismo, o de traidores lacayos del capitalismo en el caso de los comunistas. El fascista deposita sus culpas en el prójimo a quien persigue en una suerte de ritual de purificación de las mismas. Al destruir al adversario culpado, mata su propia esencia que tanto le avergüenza y odia.

La palabra fascismo viene del Italiano “fascio” y este del Latín “fasces”, que significa “haces” y se refiere al símbolo que los generales romanos ostentaban en el casco conformado por un haz de espigas de trigo.



Nacido en la Europa de entre guerras, el fascismo plantea el rol absolutista del Estado como empresario y su intervención en todos los aspectos de la existencia ciudadana, una economía cuyo manejo es totalmente dirigida por el poder central, y el nacionalismo extremo con características revanchistas en el que el pensamiento disidente es considerado traidor a los intereses de la patria y la agresión física es justificada contra los “traidores”. El fascismo se considera a sí mismo monopolista del patriotismo. Su talante es completamente totalitario y no admite la participación política de otros partidos; la hegemonía partidista es su esencia. Otra característica importante del fascismo es su exaltación del militarismo y la violencia.

Curiosa pero no sorprendentemente, el antifascismo de la izquierda adquiere exactamente las mismas características del fascismo de derecha. Adopta los mismos elementos esenciales. Recurre a las mismas proyecciones, quizás con mayor intensidad. Así, Pier Paolo Pasolini, el gran cineasta y pensador italiano llegó a decir “no existe peor fascismo que el antifascismo”. Según apuntan Fernando Savater y Manuel Caballero de forma independiente, no existen diferencias sustanciales entre el fascismo militarista nacionalista de derecha y el de izquierda.

En los años recientes y especialmente en las últimas semanas siguientes al fraude electoral del gobierno, hemos visto que el régimen ilegítimo de Nicolás Maduro y sus acólitos continuamente acusan de fascistas a opositores, en particular, al líder ganador defraudado en las elecciones presidenciales del 14 de abril, Henrique Capriles Radonski. Las agresiones físicas contra disidentes son acompañadas con el grito “¡fascista!”, como fue el caso del diputado William Dávila, quien fue salvajemente herido por sus pares “antifascistas” de la bancada oficialista. Las amenazas de muerte que recibimos muchos por el solo hecho de pensar distinto, a través de diferentes vías, incluyendo mensajería de texto, son siempre acompañadas con las palabras “fascista”,“traidor” y “vende patria”.

Los fascistas “antifascistas” rojos desataron una brutal represión contra los estudiantes, muchos de ellos adolescentes, que protestaban contra el fraude y pedían recuento y auditoría de votos. Aun mujeres sufrieron abusos de autoridades militares que torturaron a los detenidos. Ayer, el general disidente Antonio Rivero fue convocado a una reunión con el Ministro del Interior, general Rodríguez Torres, su compañero de promoción, y fue arrestado al acudir de buena fe, por el solo crimen de pensar diferente y denunciar la invasión cubana en todos los niveles, incluyendo el sector militar.

La conducta extrema de recurrir a las persecuciones y la represión en contra de aquellos designados como enemigos; conducta proyectiva fascista exacerbada por el temor y la desesperación de saberse descubiertos en el fraude; de saberse acorralados por las solicitudes democráticas y constitucionales de Capriles y la oposición, a las cuales no se pueden resistir sin evidenciar la culpa en el fraude; y de saberse atrapados –en fin- por su propia mentira insostenible y la extrema debilidad por la ilegitimidad derivada de la confesión involuntaria de fraude contenida en la negativa a una auditoría completa con revisión de los cuadernos electorales, solamente llevará al eventual colapso al gobierno tambaleante que groseramente conculcó los derechos del pueblo venezolano.



Leonardo Silva Beauregard
Twitter: @LeoSilvaBe

sábado, 27 de abril de 2013

Represión







 



Luego de cometer fraude electoral el pasado domingo 14 de abril, de haber aceptado para después rechazar la auditoría y el recuento de la votación, de haber aceptado nuevamente por presión interna y, sobretodo, externa de los socios de UNASUR la auditoría electoral, auditoría que después de aceptada condicionó y limitó; el régimen ha recurrido a la violencia pues es la única forma –por demás desesperada- de sostenerse con cerca del 80% del país en contra, de acuerdo a los últimos sondeos de opinión. Sólo la fuerza bruta le da alguna probabilidad de mantener el poder en el cortísimo plazo.

Ya en el artículo “Confesión” dijimos que las negativas, las mentiras y el guabineo del gobierno y su CNE ante las exigencias de auditoría y reconteo de votos constituían la más diáfana e inequívoca confesión de fraude. Es imposible imaginar una forma más clara de expresar “hicimos fraude”. Es evidente que así lo han interpretado el pueblo y la opinión pública internacional.


En su desesperación, el gobierno la emprendió no solamente contra quienes protestaron en las calles o quienes tocan cacerolas con sus grupos armados, sino contra empleados públicos bajo sospecha de haber votado por Capriles o simpatizar con la causa libertaria. Así, el derecho a la intimidad y el trabajo de cientos de miles fue violado por altos funcionarios rojos que públicamente declararon su desprecio por las normas y leyes. Los teléfonos celulares, cuentas de Facebook y Twitter así como de correos electrónicos de sospechosos contrarrevolucionarios fueron vulnerados por jefes de ministerios y oficinas públicas, en una deplorable maniobra por lo demás inútil que no doblegará el espíritu de las víctimas.

Para enfrentar las protestas populares pacíficas pero decididas y al liderazgo de Henrique Capriles en la conducción de las mismas, el régimen no ha tenido otra ocurrencia más que desatar represión y persecución desmedidas. De esta manera, sus voceros, cada uno en un tono más virulento y violento que el otro, aun saltándose competencias como fue el caso de la procaz Iris Varela, han amenazado con cárcel al candidato defraudado opositor y a otros importantes dirigentes demócratas.



Es muy patente para una mente medianamente capaz que si apresan a Capriles habrá dos consecuencias distintas: se enfurecerá aún más al ya muy arrecho pueblo, lo que acrecentará las protestas y el repudio hacia el régimen; y se reforzará la admisión de fraude. Pareciera que o el gobierno se desprendió de todo pudor o que está tan temeroso y desesperado que tiende a cometer errores básicos.

¿Cómo quedaría ante los venezolanos y el mundo un régimen que produce unos resultados electorales cuestionables y cuestionados, que acepta y horas después se niega a una auditoría y recuento de votos que en derecho le corresponde al pueblo, que sofoca con brutalidad las protestas pacíficas en su contra incluso violando Derechos Humanos de adolescentes y mujeres, y que para colmo, amenaza con cárcel al candidato ganador cuya victoria fue arrebatada de la manera más burda? Quedaría como lo que es: una dictadura ignominiosa desprovista de pudor, forajida, dirigida por psicópatas que en la defensa de sus intereses egoístas son capaces de los más terribles crímenes.

A las amenazas Capriles contestó de la única manera posible: “¿Que me van a meter preso?, ¡háganlo, échenle piernas!” A ninguna otra respuesta había lugar y ella fue coreada por mucho más de 8 millones de venezolanos que están dispuestos a cualquier sacrificio para preservar su voluntad y sus derechos.

Pero Venezuela no es Cuba, ni los venezolanos cubanos, ni estamos en la época de la guerra fría, ni la dictadura oprobiosa de un Batista acaba de ser derrocada por los robolucionarios bajo el liderazgo de Maduro. Venezuela es el país de un pueblo heredero de aquellos que tuvieron el brío y la valentía de acompañar en alpargatas y sin abrigo a Bolívar hasta la Bolivia del distante Sur a través de los abruptos, gélidos e inhóspitos Andes, para dar libertad a los ciudadanos de América. Los herederos por cuyas venas corre la sangre de aquellos valientes libertadores no podrán ser sometidos con represión y el intento inútil de infundirles miedo. No podrán con la voluntad del pueblo de Bolívar.







Leonardo Silva Beauregard
Twitter: @LeoSilvaBe

lunes, 22 de abril de 2013

Confesión






El imbécil suele presumir la imbecilidad de los demás. En su limitación intelectual juzga que convencerá con su mentira a sus semejantes que cree inferiores o iguales. Cuando la imbecilidad se conjuga con la maldad y la mentira, se forma una mezcla destructiva y autodestructiva formidable. Ellas se proyectan en los congéneres sin límite y sin conciencia. Es la tragedia del malvado imbécil mentiroso.


Sobre la mentira decía Albert Camus que es sinónimo de odio, que para odiar hay que mentir; y que además, la mentira siempre alcanza al mentiroso y lo lleva a su perdición. “El odio es en sí mismo una mentira (…) no se puede odiar sin mentir (…) El privilegio de la mentira es que vence al que pretende servirse de ella”. Y si la mentira acompaña a la imbecilidad y a la maldad, el fenecimiento del agente es seguro.




Nicolás Maduro se ha destacado como mentiroso hasta el punto de que el pueblo lo bautizó espontáneamente “mentira fresca”. Willie Colón le hizo honor al tema del mismo nombre compuesto por el músico venezolano Rolando Padilla y tuvo un éxito rotundo en Internet. Maduro ha combinado como nadie, ni siquiera como Hitler, sus embustes con su cortedad de luces y las patentes limitaciones de su intelecto. Por ejemplo, mintió y se desmintió sobre la enfermedad de Chávez y sus supuestas reuniones maratónicas con el moribundo líder; mintió sobre materia económica coetáneamente con la aplicación de medidas impopulares como la devaluación.


Así, lo vimos en su discurso de “victoria” el 14 de abril en la noche aceptar la apertura de las cajas de votación y el recuento de votos, para al siguiente día negarse rotundamente a la revisión que aceptó horas antes. ¿Por qué ese cambio repentino de opinión? La respuesta es obvia hasta para un niño. Mintió sin escrúpulos y sin pudor.


A la mentira de Maduro siguió la de Tibisay Lucena, quien insultó con ella la inteligencia del pueblo venezolano: se negó al recuento de votos con la excusa de que en Venezuela “no existe el voto manual”. Lo hizo en consonancia con su jefe inmediato, el tenebroso psiquiatra Jorge Rodríguez, jefe de campaña de Maduro, quien ya había adelantado la misma tesis. Las mentiras de estos personajes, fundamentadas en argumentos baladíes, encontraron el rechazo del pueblo y, cuando menos, la perplejidad de la opinión pública internacional que no podía entender por qué –si todo el proceso electoral y los resultados eran transparentes- se producía esta actitud, máxime cuando el más interesado en reafirmar su legitimidad y despejar toda duda sobre la misma era el propio Maduro. ¿Por qué reaccionaron así Lucena y Rodríguez si no tenían nada que ocultar? No ofenderé al lector exigiéndole una respuesta.


Después de mucha presión interna y externa, especialmente de UNASUR, la psuvista Tibisay Lucena aceptó una auditoría condicionada. Pero solamente para declarar al día siguiente que tal auditoría no era un reconteo de votos y que las fuerzas democráticas no debían abrigar ninguna esperanza con ella, pues en Venezuela no existía esa figura. Su copartidaria, la cínica rectora robolucionaria Sandra Oblitas, posteriormente dio una rueda de prensa con declaraciones del mismo tenor. ¿A quién pretenden engañar con esa mentira? ¿Por qué estas funcionarias oponen tantos obstáculos para una revisión que solamente despejaría toda duda de su “honesta” gestión? ¿Por qué se arriesgan a engañar hasta a sus amigos de UNASUR? Nuevamente, la respuesta es obvia.


Detrás de toda mentira se oculta una verdad. Así lo han demostrado diversas disciplinas como el Psicoanálisis. Detrás de la mentira pueril e idiota de Maduro y sus secuaces del partido y el CNE se oculta una inmensa verdad: Hubo fraude electoral en Venezuela el 14 de abril de 2013. No cabe otra interpretación. La mentira alcanzó a los mentirosos que descargaron su odio sobre la casi totalidad de los venezolanos. Con imbecilidad decidieron caminar hacia su propia destrucción, hacia su total perdición, pues esa mentira es la más diáfana e inequívoca confesión de fraude. La presidencia de Maduro ostenta el estigma indeleble del fraude y la ilegitimidad. Así lo juzga la Humanidad, así lo juzgará la Historia.


Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe