miércoles, 21 de noviembre de 2012

Putrefacción






"Cada vez que un hombre en el mundo es encadenado, nosotros estamos encadenados a él. La libertad debe ser para todos o para nadie"

Albert Camus

 


Desde hace unos dos meses es noticia el caso de Jimena Araya, mejor conocida como Rosita, estrella de televisión vinculada amorosamente con el peligroso PRAN llamado el “Niño Guerrero”, fugado de la cárcel de Tocorón. La celebración de las elecciones presidenciales y otras noticias de importancia no han logrado desplazar a Rosita –dama de indudable belleza reforzada con unos cuantos litros de silicona en implantes en algunas zonas estratégicas de su anatomía- de las primeras planas en todos los medios y es el tema de conversación obligado en cualquier encuentro.

Rosita no es una inocente palomita con la mala suerte de haberse enamorado de un delincuente. Si los delitos que se le imputan con ciertos, es otra delincuente común en gavilla con malhechores de ligas mayores. Es acusada -entre otras cosas- de introducir prostitutas en la cárcel que albergaba a su novio para lucrarse del negocio de prostitución manejado por éste dentro del retén judicial. Pero esto es peccata minuta. Es mucho más grave que se le acuse de cómplice en secuestros. Ciertamente, según las autoridades, Rosita fungía de masajista a domicilio para “captar” clientes para el secuestro por parte de la banda de Héctor Guerrero Flores, el verdadero nombre del Niño Guerrero; y es de hacer notar, algunas víctimas del Niño, fueron asesinadas por este. Pero la acusación contra Rosita está referida a su participación en la fuga de su novio, quien –afirman algunas fuentes- pagó Bs. F 500.000 para escapar.

Jimena ha negado toda vinculación con el jefe criminal. Niega conocerlo “ni por fotografías”. Sin embargo, existen fotos en las que ella posa junto al joven armado con una pistola en la cintura. La “actriz” –vinculada al régimen a través de su relación con el partido PODEMOS en Maracay, y de quien también se dice tiene lazos con el gobernador Isea- rechaza todos los cargos en su contra. Lo cierto es que logró en tiempo récord –si medimos por la experiencia de tantos otros reos venezolanos- salir en libertad bajo fianza. “Se hizo justicia” publicó en su muro de Facebook.

Es indudable que la historia de Rosita revela una descomposición profunda en la sociedad; más si tomamos en cuenta que ella no representa el único caso en el medio de la farándula que se ha relacionado con la delincuencia y narcotráfico. Pero no es a esta podredumbre solamente a la que deseo referirme. 

En esa relación que a veces se torna enfermiza público-medios de comunicación se ha generado una bola de nieve -en una suerte de retroalimentación- que va in crescendo y nada la detiene. Más publican los medio sobre el sórdido caso, más ejemplares venden, más audiencia generan, más clicks reciben, en fin, mayor demanda se desarrolla. Es un fenómeno que recuerda al de las colas que se forman en las autopistas cuando los conductores desean satisfacer su curiosidad haciendo pausa para ver los restos de algún accidente fatal.

Y el espacio e interés que debía destinarse a noticias realmente relevantes y de trascendente importancia para el país y el mundo es o soslayado o reducido a un segundo o tercer plano. Tal sería el caso de la desesperada situación de los presos políticos, algunos con graves afecciones; o de otros problemas importantes que afectan la vida nacional como es el caso del Decreto 058 del Ministerio de Educación; o el debate sobre la supuesta constituyente; o la tragedia de los enfermos de cáncer y otras enfermedades y el colapso del sistema de salud; o los casi 200.000 homicidios y la inseguridad que es impostergable solucionar; o la inminente crisis que amenaza a la economía venezolana; o…



Pero los órganos falseados con implantes de Rosita despiertan infinitamente más interés que la osteoporosis del comisario Simonovis, o la enfermedad de la doctora Afiuni, y aún más que la tragedia que es la privación ilegítima de su libertad; más interés que el impacto que el Decreto 058 tendrá en la educación de nuestros hijos; más interés que lo que una constituyente avasallante tendría sobre el futuro del país; más interés que la salud de nuestros connacionales; más interés que el abismo económico que enfrentamos; en fin, más interés que todos los problemas de trascendencia que confronta en estos momentos cruciales la sociedad venezolana.



Y no digo que no se le dé importancia al caso de Rosita –que la tiene pues es reflejo de la putrefacción que vive Venezuela y que en mucho explica este mismo fenómeno que denuncio ahora-, sino que se atiendan con la misma energía y vehemencia los otros problemas que he descrito y muchos otros más que no he mencionado, y que a diferencia del caso Rosita, son vitales, de vida o muerte para todos.

Leonardo Silva Beauregard
Twitter: @LeoSilvaBe

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