sábado, 10 de noviembre de 2012

El Sermón de la Montaña




La lectura que más me ha impactado en la vida es el Sermón de la Montaña, compendio y piedra fundamental de la doctrina del judío de la Casa de David Yoshua Ben Yosef, Jesús Hijo de José, Jesús de Nazareth, Jesús Hijo de María, el Cristo. No creo exista documento más importante para la Humanidad tanto por su valor estético como por su mensaje cada día más vigente, en especial, en nuestra Venezuela.


Muchos han vinculado al Verbo con el odio. Odio a ricos, odio a judíos, odio a oligarcas, odio a yankees, odio a burgueses. Odio. Pero la Palabra es la negación del odio. Ni al peor enemigo se le debe odiar si se respeta al Verbo. Odiar hasta al Diablo es pecado de acuerdo con Jesús. Él predicó sólo amor, primero a Dios, luego al prójimo y a todas las cosas. Quien predique odio, aun al más terrible enemigo, sencillamente no es cristiano; no conoce a Cristo.


En ese instrumento Cristo derogó buena parte de las Leyes Mosaicas. Decretó amor a Dios, no temor a su ira. ¡¿Cómo se puede temer a la Fuente de Eterno Amor y recipiente de todo el nuestro?! Sería un sinsentido. Estableció la igualdad de la mujer, cual primer feminista, al cuestionar la palabra de Moisés en el Levítico en el sentido de que la indemnización por la vida de una mujer debía ser la mitad que por la de un hombre; "valen lo mismo", dijo. Ordenó amar a los enfermos y a no execrarlos, so pena de lapidación si intentaren regresar al poblado, como establecía la Ley para con aquellos que portaran la mácula blanca (lepra). Y ordenó amar al enemigo y exponerle la otra mejilla, en la definición de lo que hoy llamamos “no violencia”, en aras de la cual hizo su máximo sacrificio.



Y es que la no violencia exige la máxima entrega; la mayor ofrenda capital que pueda hacer humano alguno. Esto lo sabía el Ungido cuando se ofreció a los azotes y la Cruz para ganar su batalla contra el mal, y cuando dejó instrucciones a los suyos que también implicaban el máximo sacrificio en pos de esa batalla, tal como la historia nos lo revela. Pero por más que las fuerzas del mal campeen en el Universo, jamás podrá decirse que el Cristo no venció en su gesta, una y otra vez.


Hoy nuestra madre exige nuestro sacrificio. Parte de él es votar. Pero el grueso del mismo es defender ese voto, las condiciones mínimas de legalidad y equidad para realizarlo, y el respeto a nuestros derechos ganados hasta por vía de Referéndum en 2007. Debemos exigir que la decisión del pueblo sea respetada y no soslayada por leyes contrarias a la voluntad popular. El cuestionable triunfo del 7 de octubre es –en todo caso- un poder para gobernar el país, no para cambiarlo en contra de lo dispuesto en el mandato refrendario de 2007. 

La Ley está de nuestra parte, la razón está de nuestra parte, la Palabra está de nuestra parte.









Leonardo Silva Beauregard
Twitter: @LeoSilvaBe

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