domingo, 11 de noviembre de 2012

Constituyente





Tan solo 12 años más tarde de nuevo soplan vientos de constituyente. Los mismos que en 1999 propusieron la necesidad de “refundar la república” hoy -pareciera- ven la necesidad de requetefundarla. Como que la refundación de 1999-2000 no fue tal. Y otra vez, para mi olfato, como en aquella convocatoria de 1999, estos vientos tienen el inconfundible tufo a fraude y a dominación.

El sabor amargo de saberme defraudado con la convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyente de 1999, con el método írrito de selección de representantes y, en general, con todo el proceso constituyente, todavía lo conservo en mis papilas. Además de que se hizo en medio de un clima general de vindicta y división, e independientemente de que la calidad técnico-jurídica del texto (apartando sus agresiones al Castellano) sea sobresaliente, no puedo apartar la idea de que a tal asamblea no tuve representación: de 131 constituyentistas solo 3 eran de oposición, el 45% del país sólo obtuvo 2,3% de representantes; una desproporción rayana en el fraude. Además, fue ignorado el principio de representación proporcional de las minorías. Recuerdo que mi argumentación acerca de estos vicios era refutada con un lapidario “esas fueron las reglas del juego”; solo que no era ningún juego. Una Constituyente, por definición, jamás deber ser aplastante.


Si el ambiente para una constituyente estaba viciado en 1999, ahora es corrosivo. La división es más profunda, el deseo de someter a la disidencia es mayor, el árbitro electoral está cuestionado como no lo estaba para aquel proceso, entre otros vicios. En pocas palabras no existen las condiciones mínimas para embarcar al país en un proceso constituyente sano, muy por el contrario, de él sólo puede resultar una perversión.

Y una de las mayores perversiones es la motivación, su espíritu. En el año 2007 el pueblo en Referéndum, le negó al Ejecutivo la posibilidad de hacer una reforma constitucional para el establecimiento de un estado comunista. Así que lejos de llamar a un acuerdo nacional en búsqueda de la paz y el bienestar común, para la suscripción del “Contrato Social” por consenso de toda la población; se busca corregir aquel revés electoral y con un árbitro servil. Aprovechando la cresta de la ola del triunfo del 7 de octubre, se pretenderá terminar de someter a esa mayoría que no desea un cambio de sistema político y económico en el país. 


 No debe perderse de vista que como todo contrato, una Constitución es un acuerdo de voluntades en el que se llega a convenciones en una negociación en la que cada parte sacrifica en algo su posición en beneficio del bien colectivo. Es, en resumen, un acuerdo para organizarse y gobernarse. Pero como en 1999 se la ha concebido como un instrumento para someter y hasta se la ha irrespetado al punto de apodarla La Bicha, cuando sus disposiciones no son del todo convenientes, como a un insecto, una cucaracha. Esto es tan cierto que hemos observado que sus disposiciones operan sólo contra opositores en ciertas circunstancias.
No está demás argumentar que si apenas 12 años después el régimen desea cambiar la misma Constitución que tanto cacareó en el pasado, esta no fue más que un engaño, una suerte de escalón en la persecución de sus fines aviesos. Una Constitución que no trasciende en el tiempo no es una institución y en ese sentido, no pasa de ser una burla, un engaño. La aborrecida y condenada Constitución de 1961 ya tenía 38 años y la norteamericana –documento constitutivo de la revolución más longeva del orbe- ya tiene 246 años. Las constituciones no son ropa interior a cambiarse periódicamente.
En conclusión, se puede afirmar con comodidad luego de todo lo argumentado, que una constitución emanada de un proceso constituyente en la presente situación sería nula, y que la pretensión de someter a la mitad del país bajo ese mecanismo deberá ser enfrentada con todos los recursos lícitos que nos ofrece la ficción de Democracia, en especial, la Resistencia Civil No Violenta pero muy activa. Es la hora de la movilización de la sociedad (1) en la defensa de sus derechos y libertades. No se puede esperar ni un segundo más.

(1) No uso el término “sociedad civil” en este caso; toda sociedad es civil mientras se demuestre lo contrario.

Leonardo Silva Beauregard
Twitter: @LeoSilvaBe


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