martes, 9 de octubre de 2012

The Day After

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Hay causas por las que vale la pena morir, pero no conozco ninguna por la que valga la pena matar”
Albert Camus
Pueden matarnos a todos, pero jamás podrán derrotar al pueblo”
Ho Chi Min

En primer lugar me permitiré plagiar o quizás, parafrasear a Elides Rojas: Pido perdón por haber permitido que la esperanza bloqueara mi sentido común en los últimos meses y las convicciones que tengo desde hace más de una década. En una ficción de Democracia es imposible vencer al régimen con los métodos que tal sistema provee, con todas las instituciones al servicio del Ejecutivo. Sobre fraude ya he manifestado en escrito anterior que todo el sistema se fundamenta en este (no me refiero sólo al electoral), pero debemos esperar a que las autoridades de la MUD y el Comando Venezuela -cuya honestidad jamás cuestionaré- expliquen al país los mensajes inequívocamente triunfales y absolutamente contradictorios con el desenlace final, apenas unas tres horas más tarde, que vimos de su parte al final de la jornada del 7 de Octubre; y que produzcan el 100% de las actas de votación cotejadas, tal como se comprometieron a hacerlo con los electores, en plazo perentorio. A esto tenemos derecho. De no hacerlo no quiero ni pensar en la conclusión a la que necesariamente debemos llegar, aunque con ello se haya pretendido salvar las vidas de nuestros hijos y las nuestras.



En la película The Day After vimos la devastación del holocausto nuclear. Nada más parecido a los sentimientos de los sobrevivientes a esa total destrucción que lo que se observó en las calles del país el Lunes 8 de Octubre, y que todavía no las abandona: Un sentimiento absolutamente luctuoso, de terrible pérdida, para más de 6,5 millones de venezolanos (según cifras oficiales) que lloraron anticipadamente la muerte del futuro de sus hijos. Curiosamente, más allá de algunos gritos de borrachera, muchos insultos a los majunches y muchos disparos en algunos sectores populares que aterrorizaron a los vecinos, tampoco hubo mayor celebración de los 7,8 millones “triunfadores”.

No debe confundirse la tristeza con depresión, son fenómenos distintos con apenas algunas conexiones entre sí. La tristeza es un sentimiento que caracteriza y denota los aspectos más nobles de la naturaleza humana, es la reacción natural a la pérdida y el dolor. Nada debe avergonzar de ella, nos define como humanos. La depresión, aunque en algunos aspectos se manifiesta con melancolía, es un estado más bien patológico que tiene, incluso, consecuencias en la respuesta inmunológica del organismo. La depresión aletarga y paraliza, la tristeza no. Sublimada, esta puede servir de combustible para la lucha que debe continuar y, junto con la esperanza, constituirse en un motor fundamental que la fortalece. El miedo, absolutamente normal en las presentes circunstancias, producto de que enfrentamos lo desconocido o lo muy conocido que ya anticipamos, debe sumarse a la tristeza y a la esperanza para impulsar la gesta que continúa desde el mismo 8 de Octubre.

En su concepción particular de la Democracia, en la cual la supuesta mayoría se abroga el derecho de insultar, oprimir, en sus propias palabras “imponerse” a la minoría (que no es tal, pues casi la mitad de un país no puede ser minoría), no cabe duda de que esta votación será interpretada por la revolución como un mandato para terminar de excluir o, peor, exterminar a no menos del 45% de los venezolanos. Esta conducta, sin embargo, resultará autodestructiva por diversas razones, tal como la Historia de la Humanidad lo demuestra.

El populismo clientelar en el que se cimienta el régimen -las dádivas para comprar “lealtades” de un pueblo sumido en la pobreza y dependiente del Estado- será en extremo difícil si no imposible de sostener con un sector privado de la economía a todos los efectos suprimido y con un Estado que lo sustituye, cuyos ingresos provienen casi exclusivamente de la renta petrolera. Independientemente de los avatares de los precios del Mercado Internacional de Petróleo, la producción de crudo venezolano y su industria se han venido deteriorando, de manera que, si no se invierte en esta infraestructura, habrá serio menoscabo de los ingresos petroleros. Esto es especialmente cierto si tomamos en cuenta que a PDVSA le será prácticamente imposible realizar planes de inversión ya que su deuda pasó de $ 3.000 millones a $ 43.000 millones, copando su capacidad y posibilidades de obtener financiamiento para estos efectos. Además, sabemos que la deuda externa conocida (incluyendo la de PDVSA) alcanza $228.000 millones, lo que hace virtualmente imposible que el país contraiga más endeudamiento. Ha trascendido que los prestamistas ordinarios de este gobierno no están muy inclinados a aumentar su exposición. Es posible que en la “doble contabilidad” de un Estado paralelo surgido del destino del 50% del ingreso por petróleo que no entra regularmente en el presupuesto nacional, y cuya suerte nadie fuera del gobierno conoce, haya recursos para financiar temporalmente la molienda de real. Pero la venta de 11 toneladas de las reservas de oro en fecha reciente para financiar gasto corriente, habla en contra de esta hipótesis y alimenta la de que los mercados crediticios están inaccesibles en estos momentos. En pocas palabras, pareciera que -a menos que tenga un as en la manga- el sistema paternalista se hará insostenible en el mediano plazo y con ello los afectos de ese pueblo que lo apoya.

Desear la muerte de otro ser humano, además de ser moralmente objetable, degrada y daña a quien profesa tan infame sentimiento. Así que no debe confundirse con este que me vea en la obligación de abordar el tema de la salud del líder de la revolución. De su enfermedad sabemos que es cáncer, que es grave, que ya era avanzado cuando fue diagnosticado, que ha recibido tratamiento agresivo (patente en su aspecto y en las serias limitaciones que impuso a su campaña) incluyendo varias intervenciones quirúrgicas, que ha recidivado, y que el tratamiento con corticoides continúa (su hinchazón es inocultable). Diversos informes con prognosis desalentadora han trascendido a la luz pública, pero no existen fundamentos para confiar en ellos. Todo esto, sumado al secretismo del propio paciente quien -a diferencia de otros jefes de estado más responsables y considerados con sus gobernados que han informado con detalles sus aflicciones con el mismo tipo de enfermedad, como es el caso de Santos en Colombia- ha ocultado todo detalle de su mal, lo que hace sospechar que no es de buen pronóstico, arroja serias dudas acerca de su aptitud física para terminar el próximo sexenio. Lo cual coloca en vilo las expectativas del país que se enfrenta a lo desconocido en el sentido de la continuidad del gobierno y la posibilidad de nuevas elecciones. Esto arroja incógnitas también acerca del futuro de una organización política y sus seguidores a quienes sólo los une el culto hacia la sola personalidad del líder y el acceso a los recursos del Estado, y que más que como partido se comporta como secta destructiva, tal como sostienen algunos especialistas como el psiquiatra Franzel Delgado Senior; con las inevitables consecuencias para la otra mitad el país.


En este momento lo fundamental es que nada atente contra la UNIDAD opositora que con todos sus defectos es un formidable logro y lo mejor que tenemos. Continuar la lucha y la resistencia con todos los recursos legítimos no violentos. Jamás contestar la violencia con violencia ni el insulto con insulto. Sublimar todas la emociones humanas que experimentamos para nutrir esa lucha. Exigir a nuestros líderes claridad aunque confiemos en su entereza moral y convicciones democráticas. Tener conciencia de que no lidiamos con un adversario normal sino con uno que nos considera enemigos a eliminar y que -como ya ha demostrado- no tendrá límites en los métodos que utilizará para destruirnos. Hacer un esfuerzo para colocarnos en el pensamiento de las mentes que enfrentamos para anticipar y contrarrestar sus maniobras transgresoras. La UNIDAD es nuestra única oportunidad de supervivencia.



La última escena de The Day After concluye con una voz que se desvanece en el silencio y el negro de la pantalla; voz que desde algún refugio pregunta a través de un receptor de radio “¿hay alguien allí? ¿hay alguien? ¿queda alguien?…” sin obtener respuesta. Este no es el caso en Venezuela. Hay 29 millones de venezolanos que -a pesar de todos los intentos por dividirlos temporalmente exitosos- están condenados a vivir juntos y entenderse como lo que son: hermanos. No debe haber insulto ni atropello que desvíe a las fuerzas opositoras del objetivo de la unión. Es imposible sobrevivir como país sin ella. Y es imposible construir un país a partir de la muerte de millones, vale decir, construirlo con quienes la causaron, tal como lo demostró la experiencia de la Camboya de Pol Pot, y de la URSS, para nombrar solo a dos.




Mantengamos la esperanza y la unidad. Sigamos en el camino, es el correcto.



Leonardo Silva Beauregard
Twitter: @LeoSilvaBe




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