lunes, 1 de octubre de 2012

Simbiosis Idiota

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Una característica que ha marcado el discurso y luego la obra del líder de la revolución bolivariana, es el profundo desprecio por la inteligencia de su audiencia. Esto ya era patente en su campaña de 1998, en la que atribuía todos los males del país a la culpa de los mismos gobernantes que reincidentemente una audiencia ávida de encontrar chivos expiatorios había elegido para sus cargos; esa misma audiencia que vistió la militarista boina roja en la misma cabeza que antes ostentó cascos blancos, verdes y naranjas, con sus respectivos ropajes, pitos y maraquitas de los mismos colores. Fue el discurso simplista y maniqueo “la causa de absolutamente todos sus padecimientos, la corrupción, la inseguridad, los bajos precios del petróleo, etc. no es de ustedes que los eligieron, sino de ellos; y yo los vengo a salvar”.

Pero al poco tiempo de su victoria electoral -luego de sus éxitos como el Referéndum y la Constituyente- sus argumentos comenzaron a hacer agua y el matrimonio con esa audiencia hambrienta de idioteces pero que ya se recobraba de la embriaguez causada por el vaho del teniente coronel, llegaba a su fin. Sólo los menos pensantes o los más interesados, permanecieron bajo sus efluvios en un proceso de ruptura que condujo a los acontecimientos del 11 de abril de 2002, el Paro Petrolero.y la Huelga General 2002-2003.

Incansable, el discurso pueril de promesas, consignas ideológicas, mensajes de odio y segregación, salpicado de lecciones de Historia, Filosofía, Economía, Derecho, y otras disciplinas que abarcan el canto y la declamación que el Comandante -con el dominio que lo caracteriza- comunicaba a una masa crédula, continuó. Para la mayor parte del país se hizo obvio que el gobernante pretendía engañar. En un comienzo muchos nos sentimos aludidos y nos ofendimos por su presunción indudable de nuestra idiocia, hasta que comprendimos que no hablaba para nosotros, sino exclusivamente para sus seguidores a quienes con sus fábulas, hacía patente, consideraba idiotas. Y no digo que lo fueran -jamás lo he pensado-, sólo que él los presumía tales, pues persistía en engañarlos y ellos, aferrados al fanatismo, hacían eco a sus palabras.

Catorce años después, cuando ya es evidente que las promesas que en todo ese tiempo no cumplió no serán cumplidas, que no son los yankees ni los judíos ni los ricos ni los burgueses los responsables de absolutamente todas las plagas de nuestra sociedad; que no es el imperialismo el enemigo puesto que estamos sometidos al imperialismo cubano al punto de que su bandera es izada y besada por nuestros militares; que no salvó el sistema eléctrico sino que casi lo ha dejado perder; que no acabó con la corrupción sino que la elevó a magnitudes jamás vistas en el país y posiblemente tampoco en el planeta; que la inseguridad no es causada por el capitalismo sino por su ineptitud o quizás volición pues luce política de Estado; que el desarrollo económico socialista es una hecatombe; en fin, que su fracaso es rotundo y escandaloso; insiste en prometerles a los suyos que ahora sí gobernará para ellos, que ahora sí solucionará sus problemas, que ahora sí cumplirá, pero con la contradictoria frase “yo no les he fallado”, en medio de su anáilisis “autocrítico” en el que reconoce su falla total. Es decir, insiste en presumir que habla para imbéciles.

Quizás más llamativa que esta presunción de imbecilidad con respecto a sus propios seguidores (insisto, él sabe que nadie más le cree), es la respuesta de estos; respuesta que resumiré en la frase “al Comandante lo tienen engañado”. Los hemos visto desesperados denunciando atropellos de funcionarios del régimen en los refugios en los que se encuentran desde hace muchos años sin que su problema de vivienda -cuya solución reiteradamente promete- encuentre solución, a la voz “yo amo a mi Comandante pero él no sabe lo que nos hacen”. Los hemos escuchado narrar cómo son expulsados de ministerios, Asamblea Nacional, ¡hasta del mismísimo Miraflores!, cuando van a suplicar que les asignen el apartamento que les prometieron cuando la vaguada de 1999 en Vargas, con el quejumbroso “si mi Comandante supiera nos ayudaría, pero yo voto por él”. Poco les importa que él haya declarado “nada sucede en Venezuela sin que yo lo sepa”.

Es decir, los propios afectos al Comandante consideran que él también es un idiota pues si piensan que absolutamente todos sus empleados -la mayoría designados por él mismo- son capaces de mantenerlo bajo engaño, es inevitable concluir que el gobernante tiene que ser un imbécil. Así que por lo tanto, nos encontramos ante una simbiosis entre dos entes que presumen cada uno -aunque no estén en lo cierto- la imbecilidad del otro a fines de lograr sus objetivos egoístas: uno, el político, los votos de sus partidarios; otro, el elector, los beneficios clientelares del Estado.

O es esto, o no lo tienen engañado, o nadie está engañado.

Leonardo Silva Beauregard
Twitter: @LeoSilvaBe

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