sábado, 20 de octubre de 2012

El Insulto






“No me importa que me insulten porque el insulto es la mejor prueba de que no pueden rebatirme, de que tengo la razón” Marcos Aguinis


Con gran preocupación he visto cómo a consecuencia de los extraños hechos de las últimas horas de la fecha electoral del 7 de octubre, se desató una campaña de insultos dentro de las filas opositoras. Por una parte –algo nada sorprendente- quienes se sintieron defraudados por la inexplicable actitud de los líderes opositores (cuya honestidad nunca insistiré lo suficiente que no cuestiono) la emprendieron contra ellos con calificativos como vendidos, cobardes, traidores, etc.. Pero lo que me pareció realmente grave fue la reacción de algunos de esos líderes y sobre todo, de algunos pensadores, académicos, columnistas, etc., varios, ex tripulantes del portaaviones-caldero para fritanga de cabezas, que no han escatimado en ofensas contra quienes sospechan juego sucio o denuncian fraude electoral.


La Psiquiatría define al insulto como una proyección identificativa, en términos freudianos, o una proyección de la sombra, en términos junguianos. Con él, el ofensor proyecta inconscientemente su esencia en el ofendido. Quien insulta, no ve su propia condición en su persona, la ve reflejada en la imagen del otro como en un espejo; el doble de Otto Rank. Lo que tanto le disgusta de sí mismo se lo atribuye al prójimo, en lo que se conoce como el fenómeno chivo expiatorio: “las culpas no son mías, son siempre del otro; no soy yo, es él”.


Haciendo a un lado estas consideraciones, la vida me ha enseñado que cuando a mis argumentos responden con insultos, inequívocamente gané la discusión, me dieron la razón. Y es que no existe mayor prueba de que un alegato es imbatible que el ser insultado. Es la demostración de que no existen razones susceptibles de esgrimirse en contra de una idea. En consecuencia, esa idea triunfó. Se agotó la oposición, o no hubo, en primer lugar, sustancia alguna oponible a la razón que se insulta.

De manera que cuando veo o leo a esos voceros supuestamente calificados recurrir a epítetos como “idiotas, ignorantes, descerebrados, traidores” contra quienes dudan del resultado electoral y piensan en la posibilidad del fraude, siento un frío que recorre mis entrañas, pues para mí es la inconfundible confesión de que algo pasó. Y por cierto, cabe mencionar que esa misma clase de adjetivos eran espetados a quienes con extrema angustia dudábamos de la fiabilidad del CNE y veíamos su vocación fraudulenta. Pero no fueron esos insultos los que en alguna medida disiparon el espectro del fraude –por lo menos en la superficie pues en la profundidad de mi mente quedó la duda-, sino la promesa del Comando Venezuela y la MUD de que nuestros votos serían defendidos, y que para demostrar tal defensa, la totalidad de las actas de votación del proceso nos sería presentada a los electores. Viniendo de personas cuya honestidad jamás he puesto en duda, creí, o mejor, quise creer. Y lo hice bajo la siguiente reserva: el fraude es posible, lo que es imposible es ocultarlo; pues contaba con los líderes opositores y la FAN que no aceptarían encubrirlo. (Ver mi artículo “¿Fraude?”).


Pero la omisión o negativa de presentar las actas ya a 13 días del proceso, sumada a los insultos como única respuesta real a quienes sólo pedimos que se cumpla un contrato, la palabra comprometida, hace pensar que algo se está ocultando. Es cierto que a los insultos los acompañan las palabras que reclaman un acto de fe de los escépticos: “¡No hubo fraude y punto!” Pero nada sería más saludable para acabar con la discusión acerca del sospechado fraude que producir ante el país las actas prometidas. De inmediato cesaría la disputa y se consolidarían la confianza y unión del grupo, indispensables para continuar la lucha de cara al 16 de diciembre. La pregunta obvia es ¿por qué no lo hacen si no hay nada que ocultar, si todo es diáfano? Creo que el lector sabe la respuesta, no lo ofenderé señalándosela.


Así que ante el expediente más sencillo y expedito disponible para cohesionar la UNIDAD que nos es vital, como lo es la presentación de las actas, sorprende que se le inflija un daño tan grave a la causa unitaria con los insultos. Le hacen un terrible servicio a la UNIDAD. No escapa ni al menos aventajado que el insulto, muy lejos de unir, divide. Pero más grave aún, el insulto, que denota intolerancia (y que de paso es muy característico del discurso y devenir oficialista), hace más extrema la posición contraria; no la atrae a la causa deseada. Y como ya dije, además de ser una confesión, descalifica absolutamente la posición opuesta a la tesis de fraude.

No me voy a referir a las frases de almanaque tales como “pasemos la página” o “los tiempos de Dios son perfectos” (lo que sea que esto signifique). Pero sí diré que la causa de la UNIDAD es de vida o muerte para no menos de 6,5 millones de venezolanos y sus hijos. Que aunque el 16 de diciembre pueda representar una batalla contra molinos de viento, hay que darla, más allá del temor de servirle a intereses espurios. Que no tenemos más opción o -como les gusta decir a los juristas- no nos es exigible otra conducta más que permanecer unidos y continuar la lucha pacífica, con votos, con resistencia civil, con todos los medios lícitos a nuestra disposición. Y en aras de esta causa, humilde pero decididamente ruego a nuestros líderes, sin insultar: Por favor, muestren las actas y acaben con la división, consoliden la unión.

Pero en el evento de que no estén en disposición de cumplir su solemne y grave promesa, diré: la UNIDAD debe ser una institución y como tal trascendente en el tiempo. Su existencia no debe depender de incidencias en el camino atribuibles a errores de sus líderes, quienes no son la institución pues son mutables. Si los líderes incumplen y son incapaces de cohesionar la UNIDAD por esta razón, entonces deben ser renovados. Y si no lo son, en lo que mí respecta, permaneceré en la UNIDAD y votando. Hasta el final, sin dar un paso atrás y sin arrodillarme. Se lo debo a mis hijos. Mi conciencia sabrá que he cumplido, no es mi problema lo que sepa la conciencia de aquellos que osen engañarme.



Leonardo Silva Beauregard
Twitter: @LeoSilvaBe

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