lunes, 22 de octubre de 2012

Dominio




A lo largo de la Historia, los esfuerzos por establecer el dominio del pensamiento único invariablemente han tenido que recurrir a la violencia y a la muerte; y ni siquiera esto les ha garantizado la victoria. Es cierto que hoy vemos que subsisten una Cuba y una Norcorea parásitas que no existirían sin sus respectivos huéspedes; también una China que tuvo que apelar a la adopción del Capitalismo de Estado para crear el bienestar que el Comunismo de su pensamiento único le negaba. Salvo por estas excepciones que hasta podría discutirse si son tales pues también son experimentos fallidos, el totalitarismo ha fracasado en el largo plazo.



Además de que no existe ninguna diferencia sustancial entre la extrema izquierda y la extrema derecha, y poco importa si el nombre del líder es Hitler, Mussolini, Stalin, Pol Pot, Mao o Castro, lo cierto es que los intentos de establecer la dominación sobre una parte de la sociedad, minoritaria o mayoritaria, han requerido de la muerte de muchos. Y ni siquiera esto les ha concedido el éxito, a juzgar por los resultados. El intento fascista condujo a la muerte de no menos de 80 millones de seres humanos en la Segunda Guerra Mundial, y sus líderes terminaron o linchados o con una bala en la cabeza o con un seppukku (hara kiri) y bombas atómicas. El intento comunista causó no menos de 90 millones de muertes entre 45 millones de la Revolución Cultural comunista y otros crímenes en la China que huyó apresuradamente al Capitalismo hace 20 años; de 45 millones en hambrunas y ejecuciones en la URSS que hoy es tan capitalista que hasta la mayor mafia del planeta tiene, después de que el pensamiento único comunista la llevó al colapso; 4 millones en la Camboya del Kmehr Rouge cuyos líderes son juzgados en La Haya y el mismo Pol Pot ejecutado por sus otrora secuaces; unos 8 millones entre hambruna y ajusticiamientos en la Norcorea que sólo puede sobrevivir como parásita de China; y cientos de miles en la Cuba de Fidel absolutamente parásita de Venezuela y antes de la URSS, España y los cubanos en el exilio, sin cuyas dádivas el totalitarismo no se hubiera podido mantener.


En 1998 Venezuela votó por un cambio de gobierno, no de sistema. Con una serie de maniobras que no es el caso discutir en el presente pero que podrían resumirse en la palabra “fraude”, el líder ha interpretado a su antojo el concepto de Democracia y ha utilizado los recursos de ella para eliminarla. Es decir, la voluntad de cambiar un gobierno se trocó en la de cambiar un sistema. Ni la negativa popular refrendaria en contrario ha impedido la promulgación de leyes anticonstitucionales en este sentido. Y no menos del 50% del país se pronunció en contra de estas medidas, aunque la cifra precisa jamás la conoceremos puesto que el impoluto y neutral CNE todavía no ha dado los resultados adversos al régimen de 2007.


El concepto de Democracia excluye absolutamente que la mayoría imponga su pensamiento en la minoría. En Democracia el 99% no tiene derecho a imponerse ni a someter a la minoría, silenciarla y menos a aniquilarla. Si un régimen lo hace, por definición, no es democrático. En Democracia la mayoría tiene derecho a gobernar con importantes limitaciones, nada más. La legitimidad de origen se pierde si no se satisface la de desempeño. Pero en su concepción muy particular, que podríamos llamar Democracia Electorera (pues depende y se basa solamente en maniobras electorales, por lo demás, muy cuestionables), tanto la revolución como sus partidarios piensan y manifiestan que ganar elecciones les da este derecho a dominar a la mitad de la sociedad.
 
¿Pero si a un pueblo se le silencia –desconocer los resultados de un referéndum, por ejemplo, además de irrespetar y violar la Constitución, es silenciar- qué recurso le queda y, más grave aún, qué futuro le espera? La lucha violencia está condenada al fracaso, no sólo porque sus métodos son los menos efectivos, sino por que las armas las tiene el régimen, no la oposición. En consecuencia, sólo resta la lucha no violenta, la resistencia civil pacífica, y el voto en las condiciones mínimas de legalidad y equilibrio. Quedan a la disposición todos los recursos lícitos (que no llamaré institucionales pues las instituciones ya no existen). Y es que estos recursos, demandas, denuncias, y hasta el voto, deben ejercerse para –por lo menos- dejar constancia para la Historia y documentar la tragedia para la Humanidad.
Y ante un pueblo que se resiste a entregarse y rendirse, conformado por más de 6,5 millones de venezolanos y sus hijos (si aceptamos las cifras oficiales), ¿qué puede hacer el régimen? La respuesta es más bien sencilla si tomamos en cuenta que a esos millones se les sumarán buena parte de los 8 millones que votaron por el oprobio con la esperanza de seguir beneficiándose de la orgía de dólares de la revolución. Cuando estos dólares se tornen escasos, haya que pagar la deuda brutal, los diezmados ingresos petroleros sean insuficientes, los prestamistas se rehúsen a prestar, y se vea compelido a tomar medidas tan impopulares, tan dramáticas, tan traumáticas, que el muy condenado “paquete neoliberal” de Carlos Andrés Pérez parecerá una visita a Disney World cuando se le compare (de esto no le quepa la menor duda al lector, la crisis económica es inexorable), tendrá que usar la fuerza bruta, reprimir.
 
Desde 1998 tuve claro que el objetivo del proceso sería el exterminio de buena parte de la sociedad venezolana. Esta idea se me afianzó en los años subsiguientes. Me angustiaba la falta de conciencia de los líderes que hablaban del “peligro de perder la Democracia” cuando ésta ya había colapsado. Llegué a ser tildado de exagerado por amigos, parientes y conocidos. Creo que hoy caben pocas dudas de que esto es un hecho. Si a 6,5 millones (y a los que se sumen) no se les puede controlar, habrá que someterlos y aniquilarlos. No sé si serán necesarios campos de concentración bolivarianos. Ignoro cuántas víctimas más cobrará la “lucha de clases” expresada como delincuencia e inseguridad. Desconozco cuántos serán eliminados por la exclusión económica, social, y flagelos como la inflación. Y no tenga dudas quien esto lea, la inseguridad y demás plagas sociales y económicas no son fortuitas, son política de Estado, parte de ese plan de aniquilación conocido como Tierra Arrasada, de la cual, según los proponentes del proceso, surgirá una nueva casta y un nuevo orden. Podridos, pero nuevos.

Pero como ya he mencionado desde el comienzo del presente, las referencias históricas para los regímenes totalitarios no son nada halagadoras. Además de la descomposición interna que enfrenta la revolución debido, entre otras causas también, al grave estado de salud de líder, la incertidumbre que esto genera y la consecuencial pugna acerca de la sucesión; la violencia es pésima como método para conservar el poder en el largo plazo. Si Saddam Hussein, Slobodan Milosevic, Nicolae Ceaucescu, Pol Pot y Moamar Kadafi estuvieran vivos podrían abonar esta tesis, pero lamentablemente abonan la tierra, como sus predecesores Adolf y Benito. Y cuando el capitalismo salvaje no aporte suficientes dólares para mantener contentos a “los leales”, veremos lo más salvaje del socialismo salvaje. Ese día –no muy lejano- será su fin.



Leonardo Silva Beauregard
Twitter: @LeoSilvaBe

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