domingo, 9 de septiembre de 2012

Violencia



Pueden matarnos a todos, pero jamás destruirán al Pueblo”
Ho Chi Min

Desde antes de haber entrado en su presente desesperación, el régimen ha recurrido a la violencia de sus grupos de choque (usando un eufemismo) para atacar a los adversarios en los actos de calle. En general, la violencia ha sido un signo constante emblemático de este gobierno. Sin duda ella tiene sus raíces en la formación de sus líderes en los cuarteles y la guerrilla, así como en los intentos de golpe de estado en 1992. Ella se manifiesta en los discursos del gobernante y sus acólitos, en sus amenazas de freír cabezas y guerra, en el crecimiento formidable de la delincuencia, y en casi todo aspecto de la vida diaria, como la denegación de servicios de salud a enfermos. Capítulo especial merece una expresión particularmente violenta de la era chavista: la Lista Tascón-Maisanta, la cual se ha utilizado para excluir a más de 4 millones de venezolanos y sus grupos familiares de áreas de la vida social que incluyen salud, educación, contratos con el Estado y servicios públicos como adjudicación de pasaportes, por ejemplo; en una versión socialista del Apartheid. Hoy, hordas amorosas idealistas de hombres nuevos partidarios del gobierno impidieron la manifestación a favor de Henrique Capriles en La Pastora, por medio de un ataque armado violento. El acto fue suspendido por los líderes opositores para evitar consecuencias lamentables.

La Historia Universal enseña que lo frecuente -quizás la regla- es que la violencia fracase. Es posible que obtenga éxitos temporales, pero finalmente falla. Sabemos qué sucedió con las pretensiones de Napoleón, con los países que iniciaron la Primera Guerra Mundial, con el nazismo y el fascismo en la Segunda Guerra Mundial, con Viet Nam, con Afganistán, con la extinta Unión Soviética, con la Camboya de Pol Pot, y paremos de contar. Por alguna razón que no entiendo, los líderes cometen los mismos errores, en un loop reiterativo que parece definir la Historia. Parece que no la leyeran.

Por otra parte, el camino abierto por hombres como Ralph Waldo Emerson y León Tolstoi fue transitado con un inmenso éxito por Mohandas Gandhi y Martin Luther King. Es imposible reconocer que la estrategia no violenta del Mahatma derrotó a la violencia británica al poner en evidencia su perversión. Otro tanto sucedió con el Movimiento de los Derechos Civiles (Civil Rights Movement) y las conquistas de la negritud norteamericana contra quién la violencia del Estado y la sociedad conservadora fracasó estruendosamente, al punto de que un país en el cual un negro (no usaré el término afrodescendiente por considerarlo hipócrita) no podía entrar en un restaurant para blancos en 1960, hoy es gobernado por un negro.

Es trillada la frase “la violencia es el arma de quien no tiene la razón”. Esto no la hace menos cierta. Escuché a Marcos Aguinis decir “la violencia (insulto) es la demostración de que no tienen argumentos para debatir”. Y es que las propuestas tanto como los desmanes, delitos, ineficiencia, torpeza, corrupción, y en general, la ignominia del gobierno son indefendibles. No existen ya argumentos viables para justificarlos. Por lo tanto, es natural -sumando el déficit moral e intelectual de su capital humano- que recurran a la violencia para tratar de detener el indetenible avance de la candidatura de Capriles en los corazones de los venezolanos, máxime en el estado de desesperación que agobia al oficialismo.

Es indudable que la violencia del discurso del líder rojo ha repuntado en los últimos tiempos. Quizás por sentirse acorralado y sin nada que responder ante el reclamo del Pueblo, salvo los ya muy conocidos insultos de su limitado repertorio los cuáles no voy a transcribir; y la imputación de sus culpas a los mismos recipientes de esa violencia. Esto coincide con el incremento de la violencia de sus partidarios en los medios sociales de Internet, en los medios de comunicación del Estado, y en las calles. Encuentro difícil creer que quien se siente triunfador manifieste tanta desesperación con tal discurso y actos de violencia extrema. Y no existe la menor duda de que los miles de vecinos de La Pastora han de sentirse indignados y atropellados, no sólo por impedir la reunión con Capriles y escuchar sus palabras, sino por el peligro de muerte al que unas pocas decenas de antisociales del gobierno los sometió con sus armas, quienes al terminar con su ataque con toda probabilidad regresaron a sus habituales actividades de atraco en las calles de esa parroquia. En conclusión, el uso de la violencia sólo logra el efecto contrario a la intención que impulsa su uso, es un boomerang. Con sus armas terminaron captando más votos para la Democracia.


Leonardo Siva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe

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