martes, 18 de septiembre de 2012

Salvar al Mundo



El psicólogo social Axel Capriles planteó algo fundamental desde el punto de vista de su disciplina: Capriles representa la esperanza, el candidato oficial el miedo. Argumentó que en 1998 este último había aglutinado ambas emociones, una poderosa causa de su contundente éxito electoral. Es cierto que el miedo -de signo negativo- es una de las herramientas más poderosas para impulsar al Humano, pero la esperanza -de signo positivo- lo es más. Y si consideramos que el miedo manejado por el candidato oficial es en gran medida consecuencia de la desesperanza, con más razón se fortalece la esperanza que representa Capriles.

El centauro de Sabaneta ha utilizado el miedo en múltiples facetas: miedo a él (“freiré cabezas, los pulverizaré, esta revolución es armada”, etc.); miedo a su ausencia (“soy yo o la guerra, si no gano habrá guerra civil”); miedo contra Capriles (les quitará las misiones, trae un paquete neoliberal capitalista salvaje); miedo para aglutinar a su alrededor (el Imperio nos invadirá); y miedo propio para impulsarse a sí mismo, para darse fuerzas para continuar su única obra, vale decir, para permanecer en el poder. Este último se ha manifestado de manera diáfana en sus discursos del último año, pero quizás nunca tan claramente como el pasado Jueves Santo y ahora en San Fernando de Apure. Miedo y más miedo. Pero ya es incapaz de ofrecer esperanza pues el Pueblo tiene razones para pensar que después de 14 años de haberle incumplido y agravado sus problemas, no cumplirá sus reiteradas y desgastadas promesas. Nadie le cree ya, así que -además de la relación patológica de líder destructivo con sus fanáticos- sólo cuenta con el miedo, y este no es más que una forma muy perversa de violencia.

Sus timoratos esfuerzos de hacer más promesas de cosas tangibles, concretas, encuentran el escepticismo del Pueblo. Ahora recurre también con fuerza a las promesas de ideales en extremo intangibles, muy abstractos: derrotar al imperialismo, salvar a la Humanidad, salvar a la Raza Humana. Ideales imposibles de asir por el Pueblo en contraste con los ofrecimientos que son parte de la vida cotidiana del venezolano: seguridad, comida, precios accesibles, educación, electricidad, agua potable, servicios, carreteras, etc.. Por delirante que parezca, estas promesas están escritas en su programa de gobierno consignado ante el CNE. Me atrevo a afirmar que se trata de un hecho inédito en la Historia, la primera vez que un candidato a la presidencia de un país (y de un país de influencia infinitesimal en el concierto mundial) ofrece a los electores salvar a la Humanidad. Aunque Hitler propuso el mismo propósito, creo que no lo hizo parte expresa de sus programas de gobierno ni de sus leyes.

Y es que no concibo nada más hitleriano que el delirio expresado en la idea de salvar la humanidad. No es sólo por el delirio de grandeza, el narcisismo implícito en tal pensamiento: soy El Mesías, El Salvador (“después de Dios...”) sino por el hecho de que fue precisamente el objetivo de Hitler salvar a la Raza Humana por medio de la depuración racial, con el exterminio y la esclavitud de razas inferiores, y el enriquecimiento del pool genético humano con el aporte de los genes de las razas superiores, incluyendo la propia Aria, por cierto, de procedencia persa y no europea, si es que realmente existe.

El nacionalismo mal entendido, propio del militarismo, refuerza la creencia en la supremacía de la raza o cultura propias: La exaltación de valores indigenistas aunque los indígenas se mantengan en la miseria (ya he señalado el corte nazi del grito "Ana Karina Rote..."); de la supuesta música nacional, que se reduce a pasajes llaneros de mal gusto con arpa, cuatro y maracas; de la pintura nacionalista como las “obras” terroríficas del dos veces Premio Nacional de Artes Plásticas Obdulio Rengifo que harían vomitar a Diego Rivera; y por supuesto, de los próceres nacionales en mezcolanza de religión, superstición y una novísima muy peculiar “visión” de la Historia, bajo la interpretación del sabio Corazón de la Patria, que en su calidad de segundo de Dios, desplazó a Bolívar como Padre de esta en la mitología nacionalista.



Al comienzo me referí al miedo. Es indudable que la esperanza lo ha superado. El venezolano lo ha perdido, y aquel que todavía no lo ha hecho, lo está utilizando para sólo sobrevivir. En las últimas concentraciones patéticas del candidato a la reelección se ha hecho patente este aserto: los trabajadores de Guayana le reclamaron airados en cadena nacional; ayer el Pueblo de Catia -otrora su fortaleza- lo abucheó y hubo que suspender la transmisión. Es precisamente el miedo el que permite luchar aún cuando no se tenga esperanza, pero mucho más si se tiene. Es evidente que el miedo signa la campaña oficialista, que el miedo domina a su candidato y parece mantenerlo de pie; en fin, que el miedo ahora solamente cunde en el patio del chavismo. El miedo lleva a cometer equivocaciones, disparates, incluso crímenes, y tanto como puede contribuir a la salvación, también puede conducir a la propia destrucción, sobre todo si se enfrenta a la esperanza.


Antes que salvar a la raza humana, el líder bolivariano ya está pensando en salvarse él mismo. Debería pensar en la salvación de sus propios seguidores y no animarlos a aventuras autodestructivas y criminales propias de un Hitler en su búnker. Y estos deberían entender que su futuro está en la esperanza, en la cual siempre tendrán un lugar, pues no somos “nosotros y ellos”, somos sólo “nosotros”, sólo esperanza.


Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe

1 comentario:

  1. Lo que quiere decir que el máximo líder de la revolución bolivariana en la decadencia; se comporta como un Mesías al ofrecer la salvación de la humanidad. Por otro lado piensa llevarnos al desbarrancadero para cumplir lograr dicha empresa.

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