miércoles, 19 de septiembre de 2012

Sainete Moral En Dos Actos





Los rostros de ultraje e indignación de los diputados revolucionarios que increpaban al joven parlamentario Juan Carlos Caldera por haber recibido sobornos por parte de un conocido neoburgués, súbitamente convertido en ultrarrecontrarrequetemultimillonario a consecuencia del Paro Petrolero 2002-03, perteneciente al entorno íntimo del líder de la revolución bolivariana, conmoverían hasta al más insensible observador. Hombres como Diosdado Cabello, Pedro Carreño y Julio Chávez, ampliamente conocidos por su incuestionable honestidad, denunciaron con visible gravedad y repugnancia la violación de la Moral en que incurrió el criminalmente ingenuo político, la que calificaron como un delito contra el Pueblo venezolano y exigieron que la Asamblea Nacional votara para iniciar de inmediato una investigación “hasta sus últimas consecuencias”.

El primer acto de este obra (RAE, “obrar”, 5ta acepción) fue la presentación en los medios oficiales del video en el cual un misterioso personaje, cuya imagen fue velada y su voz distorsionada, le entregaba a Caldera lo que parecía ser un fajo de billetes en efectivo. Los actores conversaron acerca de la posibilidad de concertar una entrevista con Capriles y “el jefe”, quien quiera que este sea. Cuando Caldera respondió a la publicación declaró que el misterioso personaje era Wilmer Ruperti, hombre de confianza condecorado por el inquilino de Miraflores. Como ya expresé en otro artículo, no existe justificación alguna para que el diputado de Oposición hubiera acudido a la cita con este agente del chavismo, cuyas maniobras ilícitas con videos han constituido hecho noticioso en el pasado, es decir, cuya afición de cineasta clandestino es ampliamente conocida, apartando el hecho de que sus peculiares procederes en general, han sido reseñados por los medios.

En el segundo acto, los revolucionarios socialistas (hoy connotados multimillonarios, empresarios de la Administración Pública, ataviados con los trajes de las más finas combinaciones de seda y cachemira de miles de dólares, corbatas exquisitas de seda de $ 500 a pop, camisas a la medida de impecable manufactura y lujosas piezas de relojería suiza, cayapearon con sobradas razones al muchacho “burgués” en blue jeans de $30 y humilde camisa blanca sin corbata. El joven soportó sereno los epítetos, rasgaduras de camisa, imputaciones y especulaciones de los revolucionarios acerca de la procedencia y destino de los fondos del soborno. Sugirieron -incluso- los posibles orígenes de estos en el narcotráfico (¡¿acusan a su propio socio de narcotraficante?!) y claramente denunciaron que estaban destinados a la campaña de Henrique Capriles. Los diputados socialistas, con sus gestos de comprensible asco ante tanta corrupción y miradas de reprobación, conmovieron a la audiencia al punto que pienso que serán fuertes candidatos a los Premios Oscar a la mejor actuación de la Academia de Artes fílmicas y Cinematográficas de Norteamérica. Sir Lawrence Olivier se hubiera sentido opacado.

Pero por fin le llegó el turno al imputado. Con decisión se levantó y procedió a hacer una exposición que con toda seguridad, sacudió las expectativas y quebró el esquema de los oficialistas. Declaró lo obvio: para que haya corrompido tiene que haber -por lo menos- un corruptor, vale decir, el misterioso coprotagonista del film, no precisamente el muchacho de la película; y ambos son igualmente delincuentes. Claramente dijo: es uno de ustedes. Acto seguido pasó a decirles que podían ahorrarse la votación y todo el procedimiento para allanar su inmunidad parlamentaria, pues en el mismo acto renunciaba a tal privilegio y se separaba del cargo para que se procediera de inmediato a la investigación, incluyendo los vínculos del régimen con el sobornador. Una respuesta que sin duda no esperaban los torpes revolucionarios, quienes son conocidos por sus estratagemas para eludir las responsabilidades y la Justicia, y que los mismos acusadores han protagonizado al evitar múltiples investigaciones en su contra e impidiendo aquellas contra compañeros hasta en la propia Asamblea Nacional, como sabe el país que sucedió con los casos de PEDEVAL, Amuay, Aponte Aponte y tantos, tantos otros que superan en varios órdenes de magnitud al caso en cuestión.

Lo que parecía un revés para la causa opositora, súbitamente se tornó en un nuevo bochorno para el régimen dentro de su campaña reducida a la guerra sucia, pues creo que no escapa al venezolano promedio que los revolucionarios lucían como verdugos del débil en desventaja y cómplices del corruptor; en ejecutores de las órdenes de Miraflores. Así como fui inmisericorde en mi juicio acerca de la torpeza criminal de Caldera, ahora estimo que su conducta ante el país y los suyos en la sesión de la AN, reivindica por lo menos parcialmente su grave falta. Su estoicismo y gallardía -salvando las enormes distancias- me recordaron el talante con que Tomás Moro enfrentó al tribunal de Enrique VIII, a conciencia de que su defensa sería inútil, imputado con delitos creados por el propio rey que sabía conducirían a su propia muerte.

En pocas palabras, Juan Carlos volteó la tortilla.


Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe

1 comentario:

  1. Muy bueno, estamos ante el deslave del regimen. A estas alturas poco o nada pueden hacer para desprestigiar la candidatura de H Capriles.

    Saludos

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