sábado, 8 de septiembre de 2012

Insulto Proselitista



Cuando pienso que ya el Comandante ha agotado su repertorio de ocurrencias se las arregla para volver a amenizarme con una nueva creación. Desde mi punto de vista el hecho de más importancia para la campaña el día de ayer, Viernes 7-9-12, desde la óptica del análisis de la situación real más allá de las encuestas que encuentran su camino hasta la opinión pública, fue su desaforado discurso. En él, sin que quepa duda alguna en mi mente, se expresó diáfanamente el drama que vive el soldado de Bolívar, el segundo de Dios que privilegió a nuestra tierra con su natividad.

Sin duda fue un discurso innovador en Política. No por la abundancia de insultos sino por el uso inédito de estos de una forma que jamás se habían observado en su dilatada historia. Porque es bien sabido que -siguiendo el ejemplo de Hitler, Mussolini, Stalin, Milosevic, Ceacescu y otros conocidos demócratas- el teniente coronel ha utilizado la ofensa contra quien percibe como adversario para descalificarlo, dividir y sembrar el odio con gran efectividad. A estos efectos es -indiscutiblemente- una herramienta proselitista de reconocida eficacia.

Pero rompiendo todos los mecanismos de relojería hechos para la medición, y esgrimiéndolo cual machete para abrir un nuevo camino en la selva de la arena política, utilizó el insulto para convencer ¡al insultado! de que debe votar por él, por la mejor opción. Realmente todavía no he logrado deshilvanar el proceso mental que le condujo a la conclusión de que llamando “agüevoneados” a los indecisos, ganaría la simpatía de ellos. Debe haber una explicación lógica posiblemente propuesta por asesores cubanos, veteranos de incontables campañas electorales libres y democráticas en los últimos 53 años que los simples mortales no estamos en capacidad de entender. Sobre la orden que impartió a sus activistas de introducir un cohete por cierto orificio a los neutrales, me abstendré de comentar.

Derivada de la palabra “güevón”, misma que tiene su raíz en “güevo” (quienes me han leído ya deben saber que me apasiona la etimología de las palabras y sus significados) u órgano genital masculino; es una deformación de “huevo” y se refiere a los testículos de los toros no castrados; “agüevoneado” se conoce dentro del léxico del venezolano como expresión muy procaz cuyo significado inequívocamente incluye acepciones como idiota, bobo, abúlico, falto de espíritu, cornudo, etc., sólo que con connotaciones muy despectivas. Por ello veo difícil que la intención del Comandante cuando la usó fuera cariñosa, o expresión de su ya muy característico amor. El Comandante insultó a los llamados Ninís.
 
Ya habíamos escuchado frases desconsideradas contra los hermanos que se mantienen neutrales a estas alturas del partido. Oímos indignados cuando declaró a los militares “el que no es chavista no es venezolano”, en clara alusión también a los indecisos que como tales, no pueden ser chavistas. Pero sobre esta expresión podría discutirse si en efecto es un insulto. Sobre “agüevoneado” no. Por cierto, en este mismo discurso de ayer hizo brotar mis carcajadas cuando con su acostumbrado estilo magisterial, les dio una clase a sus fanáticos acerca de Política: “debemos acabar con el sectarismo, con el sectarismo, con el sectarismo”. ¡¿No es sectario declarar “no venezolano” -por lo menos- al 60% del país?! ¡El Comandante tiene unas cosas...!

La verdad, quedé muy satisfecho con el discurso del Comandante. Es cierto que mantiene la consistencia del que ha conducido a lo largo del último año en el cual ha demostrado un debilitamiento de su posición política, su deterioro paulatino, pero jamás había expresado tan patentemente tanta desesperación. No se me ocurre una manifestación de agonía mayor, salvo caer postrado de rodillas e implorar el voto. Hay que estar en un predicamento extremo para intentar seducir a una audiencia ofendiéndola tan grave y procazmente. No es necesario llamar a un Joe Napolitan para que nos diga que el líder la metió hasta lo más profundo confesando su precaria situación, que debe conocer -no sólo por lo que observa en sus escuálidos actos y por su ausencia en la calle- sino por las cifras que las mismas encuestadoras que forjan estudios para el público le muestran a él en privado. Más claro no canta un gallo.

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