jueves, 23 de agosto de 2012

Por El Ché Rompí Con Fidel


Por Leonardo Silva Beauregard


Voy a escribir de memoria sobre un tema que no he leído desde que tenía doce años de edad, así que ruego al paciente lector que tolere cualquier imprecisión que pueda tener, pero en sustancia no creo que me desvíe radicalmente de la realidad. Y la verdad, a estas alturas del juego, no tengo la menor intención de releer una materia que ahora veo tediosa. Aclaro que no tengo la más mínima pretensión de hacer una apología o exaltación de un hombre a quien se le atribuyen horribles crímenes. Sólo deseo exponer algunas ideas que están claras en mi mente desde la pubertad sobre una contradicción -y quizás injusticia- de la revolución.

En aquella época, como casi todo joven, sufrí el contagio del retrovirus del marxismo, máxime siendo hijo de padres que se unieron al Partido Comunista desde muy temprana edad. Contaba en mi casa con una biblioteca amplísima y algunos libros se convirtieron en mi obsesión, entre ellos mi favorito: “El Diario del Ché”, escrito durante los días de guerrillas en Bolivia de este revolucionario, como también “Bolivia Bajo el Ché” y algunos escritos de Régis Debray, el periodista francés que se unió a su guerrilla. Quizás por su condición de asmático igual a la mía, este personaje que acababa de ser asesinado en 1967 pasó a ser para mí lo que Supermán, Batman o El Zorro para otros niños. Desde los diez años me dormía leyendo sus aventuras relatadas con su propia letra, fantaseando que estaba a su lado en la montaña empuñando también una carabina M-1 calibre .30 made in the USA, que era su arma predilecta. Cuanto material sobre mi ídolo caía en mis manos lo leía con avidez, así que creo que tengo alguna autoridad para emitir una opinión sobre su destino. No está de más mencionar que en mi cuarto no había un afiche de El Ché, había tres distintos, uno con una foto de su cadáver, que en mi confusión de ideas propia de la inmadurez que espero no haber superado, estaban al lado de mi otro héroe: Mohandas Ghandi. Pero jamás hubo uno de Fidel Castro, y ya explicaré por qué.

Lo relevante para lo que deseo esbozar, es el recuerdo de la angustia solidaria que padecí leyendo los sufrimientos y la propia angustia del mártir guerrillero causados por el aislamiento, el acoso del enemigo, las privaciones de todo tipo y la enfermedad en la selva boliviana de Cochabamba. En su pésimo Castellano, cuya calidad ya yo percibía pero toleraba (insistía en escribir “me recuerdo” en vez de “me acuerdo” o “recuerdo”, por ejemplo), narraba su desesperación por la falta de contacto con el Partido Comunista Boliviano, de municiones, de calzado, de comida, incluso de medicinas (broncodilatadores y antibióticos) para su terrible asma y las neumonías derivadas de esta. Lo visualizaba expectorando esputos purulentos, como a mí tantas veces me sucedió. Los padecimientos de El Ché y su columna guerrillera, durante meses, llegaron a lo indecible. Tuvieron que improvisar botas e incluso prescindir totalmente de zapatos y andar descalzos. Algo que lo intrigaba y atormentaba era que no entendía por qué había perdido totalmente el contacto con el PCB que manejaba Mario “Chino” Monje, su Secretario General, único conducto de suministro logístico; por qué lo habían abandonado.

Lo que no sabía el médico guerrillero argentino, según pude investigar en aquellos días a través de algunos autores, era que Fidel había instruido al Chino Monje cortar absolutamente toda colaboración, apoyo y contacto con los rebeldes, cercenar el cordón umbilical y dejarlos a merced del Ejército y Fuerza Aérea Bolivianos, los Rangers estadounidenses y la CIA. Por la lectura que hice con anterioridad de la carta de renuncia al gobierno y ciudadanía cubanos que El Ché dirigió públicamente a Fidel, pude colegir que -entre líneas decía- las cosas no habían terminado muy bien entre los dos líderes de la Revolución Cubana. No sé si sea cierta la tesis de varios analistas y fuentes de que Castro lo vio como un rival capaz de disputarle liderazgo y decidió que era más valioso para la revolución como mártir, bien muerto, a la vez que eliminaba a un posible adversario. Hasta he llegado a escuchar la versión de que Fidel negoció con la CIA su entrega. Sin embargo, todo esto pertenece -en lo que a mí concierne- al campo de la especulación. Pero de lo que no cabe la menor duda -lo que sí es totalmente seguro- es de que la guerrilla de El Ché fue abandonada a su suerte por el PCB que como todos los partidos comunistas latinoamericanos, estaba bajo la autoridad directa y jefatura absoluta de Castro quien solamente rendía cuentas a Khrushev, al Soviet Supremo y a la KGB, y todavía no existe una explicación satisfactoria para esto más allá de la excusa baladí de que la situación se había tornado tan peligrosa para los operadores comunistas bolivianos, que no pudieron continuar con el apoyo vital para los guerrilleros. Esta, a mis once años, no la creí, y a mis cincuenta y tres, mucho menos. Allí nació mi primera decepción con Fidel, al inicio sentí odio -hasta que comprendí lo dañino de este sentimiento- que se transformó en rechazo. Así, desde mis once años supe quién es ese monstruo y lo que se puede esperar de él.
 
Curiosamente, casi todos los revolucionarios antiimperialistas visten franelas con la imagen de El Ché, réplicas de su boina, compran y portan sus afiches, seguramente todos made in the USA o algún otro rincón del Imperio Capitalista (imagino que hasta vasos y ropa interior con su rostro se comercian) sin tener conciencia de cómo fueron los meses finales de su héroe devenido en icono-producto de mercadeo y consumo masivos castro-comunista pero capitalista, en detergente de la revolución.



Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe

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