viernes, 24 de agosto de 2012

Inversión Versus Rendimiento



Por Leonardo Silva Beauregard

Es posible que este escrito no sea más que una perogrullada y que muchos se ofendan por sentirse tratados como ignorantes (que no es mi intención), pero lo hago porque me asombra escuchar del gobierno “hemos invertido en esto, estamos invirtiendo en aquello, invertiremos en lo otro” cuando no existe demostración del rendimiento, es decir, del beneficio de tales inversiones ni garantía de que lo tendrán.

Obviamente inversión y rendimiento son conceptos distintos aunque relacionados. El segundo es la consecuencia que se espera y se busca con la primera. El signo positivo o negativo de una inversión depende de su rendimiento: es posible invertir mal o invertir bien. Cuanto mayor es el rendimiento, mejor es la inversión. La califica. Se puede invertir en una compañía que quiebre a los 6 meses o en una próspera, en Enron o en Apple. De manera que afirmar “invertimos tanto dinero en X” no necesariamente significa que se hace bien; de hecho, no significa nada, más allá de que se ha desembolsado una cantidad de dinero y quizás, que el administrador obra con buenos deseos e intenciones.

Por supuesto, debe existir una proporción sana entre el monto de la inversión y su rendimiento o rata de retorno. De ser cuantificable monetariamente, el retorno debe superar el costo del dinero, es decir, los intereses que pagaría el capital invertido (esta consideración es importante puesto que nos hemos endeudado hasta la médula para “invertir”) o el costo de la oportunidad, o sea, el beneficio de haber hecho la operación en otro proyecto (incluso, como haber colocado el dinero en alguna institución financiera o prestado a otro país, por ejemplo). En el extremo, no tiene sentido invertir 100 para obtener 0, o peor -10, es decir, perder o empeorar (¡sí, es posible, ha sucedido con la electricidad y el agua!). Esto sin juzgar si la inversión en determinada empresa es la estrategia conveniente. 

Lógicamente, en materia de políticas públicas no se puede esperar que toda inversión tenga un rendimiento positivo expresado en términos pecuniarios solamente. Existen otros beneficios no directamente mensurables en moneda (aunque indirectamente tengan un efecto sobre el PIB, el ingreso y la calidad de vida, sobre todo en el largo plazo) como es el caso de los que se obtienen en los sectores de Educación, Salud o Seguridad y Defensa, por ejemplo. Pero existen otros índices estadísticos como medida para estos, como de criminalidad, analfabetismo, morbilidad, mortalidad, etc.. 
 
Además de la proporción inversión-rendimiento y las estadísticas, hay otros métodos para medir la calidad de una inversión como los referenciales comparativos. Por ejemplo, en días pasados hemos escuchado con alarma cómo en la más reciente -y esperemos que definitiva- inauguración del hospital Pérez Carreño, se informó al país con orgullo que en él se había invertido $ 50.000.000 a lo largo de los 10 años que se ha llevado la construcción de esa obra todavía no concluida. Pero Carlos Ocariz denunció que el promedio mundial para este tipo de proyecto -incluyendo tanto a países desarrollados y subdesarrollados- de acuerdo a las dimensiones, servicios y número de camas, es de $ 4.000.000, o ¡sólo el 8% de lo que se ha le inyectado hasta ahora! Es decir, el régimen de jacta de haber destinado más de 12,5 veces -1.250%- lo necesario para esa “inversión”. lo que se traduce en que el rendimiento que algún día se obtendría si en efecto se concluye la obra, sería desproporcionadamente bajo o negativo: el rendimiento de un capital hundido (lo que realmente ha debido costar) equivalente a $ 4.000.000  tendría que ser mayor que el costo de $ 50.000.000, o bienes de capital de $ 4.000 millones tendrían que producir el beneficio de $ 50 millones, ya que lo que vale 4 costó 50 (en un análisis de Costo de Oportunidad se podría argumentar -y quizás demostrar- que es preferible colocar tal cantidad de dinero en el banco y pagarle a clínicas privadas con los intereses el tratamiento de los pacientes, por ejemplo. Pero las merecidas comisiones ilícitas que pagan los bancos a los revolucionarios por sus sacrificados servicios al pueblo son muy bajas ).

También hemos visto que declara haber invertido cifras récord en el sector eléctrico, lo cual es cierto. En efecto, en 13 años se dedicaron $ 7.700 millones ($ 2.000 millones desde 2007) al desarrollo de esta infraestructura. Ignoremos el hecho de que los expertos han denunciado sobreprecios del orden de hasta ¡el 60%! en las contrataciones para la adquisición de equipos y de que -por ejemplo- se compraron plantas cubanas de prontísima obsolescencia que ya dejaron de funcionar. Pero lo que sí está demostrado es que el rendimiento de tan formidable esfuerzo para el país ha sido o nulo o negativo, si lo juzgamos por la calidad de un servicio cuya falla total o parcial sufrimos a diario en todo el territorio (me refiero a las fallas que no son atribuibles a iguanas o rabipelados, o a la sequía en el verano o a las lluvias en el invierno, por supuesto).

Por último, como ya dije, se puede invertir y perder, y aún empeorar. Pero además se puede quedar endeudado. En efecto, la Deuda Externa que en 13 años pasó de $ 32.000 millones a $ 228.000 millones (que se sepa) para financiar las “inversiones” y el gasto corriente, que se suma a $ 1,3 billones en ingresos totales (que no bastaron a la voracidad mesiánica delirante) para un total de $ 1,5 billones ($ 50.000 que “recibió” -pero no vio- cada compatriota), nos deja ante la potencial situación de haber perdido lo invertido y quedar hipotecados por generaciones, con un monto que ronda los US $ 30.000 per cápita, para cada venezolano, hombre, mujer y niño; solamente de principal pues también hay que pagar intereses y comisiones de servicio. Y repito: “no tiene sentido invertir 100 para ganar 0 o perder 10”, y -además- quedar endeudado y pagando intereses compuestos por los 100.

En conclusión, no es relevante que un administrador de recursos con bolsillos sin fondo y chequera ilimitada se llene la boca afirmando “invertí tanto aquí o cuanto allá, estoy aprobando una inversión de tanto acá o acullá””, acompañando con el gesto de un plumazo como si estuviera sacando cuentas con cara de sapiencia. Lo importante -más bien- es que explique “cuánto nos beneficiamos o nos ganamos”, qué proyectos en realidad se concluyeron, y efectivamente presente las pruebas del éxito de tales inversiones más allá de las consignas, los mitos y las visiones grandiosas. O como decimos en criollo: que se le vea el queso a la tostada. (Y no sería malo que la explicación abarcara el “beneficio” que obtenemos de los $ 7.000 millones anuales “invertidos” en Cuba y otros “aliados”).

Hay una importante diferencia entre invertir y dilapidar.

Leonardo Silva Beauregard

Twitter: @LeoSilvaBe

No hay comentarios:

Publicar un comentario